Paglia: contemplar las ruinas

Considerada la “feminista anti-feminista”, Camille Paglia es una las mentes más lúcidas de la actualidad. En esta conversación habla sobre el feminismo, la educación en las universidades y lo que podemos aprender del mundo antiguo.
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Fusionar a Frazer con Freud fue la ambición que llevó a Camille Paglia (Nueva York, 1947) a escribir un libro donde la Historia coexistiera con el arte, la psicología, la biología y la religión. El resultado fue Sexual personae. Arte y decadencia desde Nefertiti a Emily Dickinson, un volumen de más de ochocientas páginas con el que la autora adquirió una voz pública y cambió el rostro del feminismo. Su mentor fue Harold Bloom. Era 1990. Ahora, con motivo del lanzamiento que hace Paidós de la nueva edición de este título ya clásico pude entrevistar a Paglia. Todo lo relativo a ella asombra, inquieta y no pocas veces incomoda. En un momento en que la interpretación de la realidad parece psicótica por la falta de puntos de referencia gracias al absolutismo de las redes que nos saturan de información, Paglia –a quien se le ha llamado la feminista anti-feminista– opina que existe toda una generación perdida de mujeres que salen de los programas de estudios de género y señalan, por ejemplo, que la belleza (Naomi Wolf) “es una conspiración heterosexista de un puñado de hombres encerrados en una habitación para destruir el feminismo”.

{{Paglia, Feminismo pasado y presente.}}

 A lo que ella revira: “Cuando las mujeres se distancian de los hombres, se hunden en un estancamiento psicológico y espiritual.”

{{Paglia, Sexo, arte y la cultura americana.}}

 Le encanta definir su trabajo como extravagante y explosivo. Gracias a Sexual personae pudimos hablar de lo que significa la cultura del iPhone, de la atroz pérdida de la cronología histórica y del inexorable fin que enfrentan todos los imperios. Del otro lado de la línea encontré a una mujer con una mente de una velocidad admirable, la entereza de quien sostiene lo que afirma y a una persona en extremo cordial ante quien es imposible ser indiferente. La entrevista estaba pactada para treinta minutos. Me concedió treinta y tres.

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Decidí escribir Sexual personae como un libro gigantesco, serio, que pudiera cruzar la Historia combinando distintas disciplinas académicas. El manuscrito fue rechazado muchas veces, incluso por editoras. Entonces Betty Friedan había revivido el activismo político de las mujeres tras el vacío que se produjo después de que se ganó el derecho al voto. Desde mi punto de vista el feminismo estaba dominado por un grupo relativamente pequeño de mujeres. Entre ellas, Gloria Steinem, una figura muy poderosa perteneciente a los medios de comunicación. Durante décadas ellas no permitieron que hubiera puntos de vista alternativos sobre los temas de género.

Yo había estado elaborando mis ideas desde que en la secundaria me enamoré de la figura de Amelia Earhart y después de El segundo sexo, el libro de Simone de Beauvoir que me regaló un colega belga de mi padre en la universidad donde él era maestro. La magna obra de De Beauvoir me inspiró, me mostró de qué eran capaces las mujeres. Pensé que había una enorme carencia de argumentaciones serias cuyas autoras fueran mujeres. Por eso decidí escribir Sexual personae: una voz muy desafiante y acreditada que a mi parecer era necesaria y que tampoco existe en la historia de la música, comentario que me ha causado muchos problemas porque dije que aún no ha habido una gran mujer que lleve la guitarra eléctrica principal en una banda de rock con un sonido que sea totalmente suyo.

Mi principal inspiración fue tratar de construir algo enorme, tal y como los hombres edificaron obras de arquitectura, templos, edificios públicos. Trabajé mucho tiempo en ese libro con ideas que me venían desde la adolescencia, y para cuando apareció en 1990 el establishment feminista era muy arrogante en el sentido de que controlaba el discurso. En los medios estadounidenses era Steinem quien decía cosas como: “Una mujer necesita a un hombre como un pez necesita una bicicleta.” En otras palabras, les decía a las mujeres que no necesitaban a los hombres. Y mientras tanto, la verdad era que Steinem era miembro de la sofisticada élite de Manhattan y jamás se presentaba en un evento sin la compañía de un hombre poderoso. Era indignante, una enorme hipocresía por parte de esas mujeres que desde luego chocaron con Friedan y la sacaron del movimiento.

Traigan mujeres

Pero mientras tanto en la academia, en las universidades, los estudios de género habían comenzado a delinearse. Yo me opuse. Cuando estuve en el posgrado en Yale en 1968 ese fue el último año en que la facultad estuvo compuesta exclusivamente por hombres. Al año siguiente por primera vez aceptaron mujeres. Cuando las principales universidades como Princeton, Harvard y Yale se dieron cuenta de que había pocas mujeres en sus facultades, que su ambiente era por completo masculino, tomaron la actitud de “¡traigan mujeres, traigan mujeres!”, y es así como se formaron los estudios de género, los Women Studies, literalmente de un día para otro, y no lo hicieron las facultades sino los administradores, los burócratas universitarios para protegerse de la crítica de que no había mujeres en la facultad. Jamás hubo una investigación académica de qué debían constituir los Estudios de la Mujer o los Estudios de Género. ¡Nunca! Contrataban a cualquiera y qué demonios podía saber esa mujer sobre género, biología, historia, antropología, todas las necesidades académicas que nunca, jamás, fueron examinadas ni consideradas. Esto nos ha llevado al más absoluto caos que reina ahora en las universidades internacionales, incluidas Oxford y Cambridge, porque no hay ninguna base académica sobre la cual se sustenten los estudios de género. De modo que cuando en 1990 aparecí en escena con Sexual personae causó un shock que el departamento de publicaciones de una de las universidades más prestigiosas como Yale editara un libro que veía en la biología un factor determinante en las diferencias entre los sexos.

Lo que yo escribo no es determinismo biológico. Desde el primer párrafo del libro hablo de este intrincado encuentro entre naturaleza y cultura. Para poder hablar de género es necesario conocer todas esas áreas, incluida la biología. Desde el momento en que mi libro apareció lo trataron como el Anticristo. Steinem me comparó con Hitler, meramente porque recurrí a la biología. Existe esta propaganda, estas fantasías, estas alucinaciones, esta politización que ha corrompido la discusión acerca del sexo en todas partes: en los medios de comunicación y en la academia.

Me eduqué en el catolicismo, pero dejé la iglesia porque no había espacio para el pensamiento independiente. Al desafiar este tipo de dogma supe que mi libro no iba a publicarse, que habría problemas. Las críticas que plantea la teoría feminista nunca han sido estudiadas, absorbidas, escuchadas por quienes las enseñan, de modo que en todas partes hay ideólogos que dan clases de estudios sobre la mujer o temas de género. Esto está causando confusión entre los jóvenes y no creo que sea un camino hacia la felicidad personal, ni para hombres ni para mujeres.

El final del imperio

Mi visión de la historia proviene de que comencé a estudiar el mundo antiguo cuando era muy joven. Mi primer deseo fue convertirme en egiptóloga, así que tengo una visión muy amplia de la historia de las civilizaciones. Para mí la cultura es algo cíclico. Cuando reviso la historia de la cultura de la humanidad eso es lo que veo: la expansión de pequeños asentamientos a ciudades y luego a imperios. Los imperios se vuelven demasiado grandes y comienzan a desmoronarse porque no pueden sostenerse estructuralmente; las burocracias crecen demasiado y se vuelven parasitarias. Así que tienes culturas que son manejadas por burócratas, encabezadas por individuos a quienes solo les importan la riqueza y el poder. Veo que este es un patrón recurrente en la historia. Llevo años diciendo que nos encontramos en un punto de la civilización occidental muy parecido al del final del Imperio romano.

Como estudiosa de la cultura he estado discutiendo la necesidad de que en todas partes la educación tenga una perspectiva mundial. Por desgracia los temas del mundo se están incorporando a los programas de estudio a través de un modelo de víctima, de una forma simplista de ver el mundo. Todo se reduce a los poderosos contra los que no tienen poder; a los victimarios versus sus víctimas. Es una telenovela. Esta no es la manera de enseñar Historia. Es una forma muy poco precisa. Existen grandes similitudes en cómo las grandes culturas surgen y florecen, decaen, colapsan y desaparecen. Hoy existe una sensación de caos por las redes sociales y la red; por la instantaneidad de las noticias que nos permiten leer sobre un desastre ocurrido al otro lado del mundo mientras desayunamos. Nunca habíamos tenido este tipo de saturación por exceso de conocimiento: el exceso de conocimiento de los desastres. Esto hace que la gente se sienta acosada y desgastada. Durante la mayor parte de la Historia la gente vivió muy aislada. La noticia del asesinato de Abraham Lincoln, por ejemplo, tardó meses en llegar.

Como profesora de medios de comunicación para mí es trágico lo que ha sucedido. Conforme todo se ha ido trasladando a la red el periodismo se va debilitando cada vez más. El análisis de las noticias llega en forma de tuits, pequeños estallidos de información. No sabemos qué es confiable y qué no lo es, qué ha sido manipulado y por quién. Siento mucha pena por los jóvenes de hoy que han crecido educados por el iPhone. Yo, a su edad, leía libros. Iba a la biblioteca a leer, leer y leer. Me parece muy preocupante que los jóvenes de Estados Unidos –que son los únicos de los que puedo hablar– no tengan ningún interés en los libros, crecen con muy pocos, las librerías han desaparecido por culpa de empresas como Amazon. Ni siquiera los ven. Para ellos los libros son algo tedioso.

Un mundo sin cronología

Como profesora noto que la cantidad de conocimiento riguroso que tienen los jóvenes es cada día menor. En el sistema educativo desde hace unos veinte años no existe una cronología, el orden en que ocurrieron los eventos en la Historia. No lo conocen. No saben geografía. Se les ha enseñado esta manera muy políticamente correcta de aceptar y tolerar cosas y emociones, pero no tienen datos duros. La generación más joven de Estados Unidos de hoy nunca ha experimentado algún desastre –excepto ahora con la pandemia–, nunca ha vivido una guerra. No tengo duda de que el hecho de que mi padre y mis tíos fueran a la Segunda Guerra Mundial, el trasfondo del Holocausto, de Hitler, de la Guerra Fría con la Unión Soviética, la bomba atómica, la era atómica, todo eso formó parte de mi generación. Los jóvenes estadounidenses hoy no tienen noción alguna de lo frágil que puede ser la economía, no entienden cómo funciona. Parecen creer que el sistema político puede cambiarse radicalmente y que ellos podrán seguir yendo a Starbucks a comprar un café hecho con granos que vienen de África. No tienen el menor sentido de lo que implica el sistema masivo de distribución que hace posible que lleguen hasta ellos el chocolate y todo tipo de frutas y verduras. Creen que es mágico. Desde mi punto de vista, nos dirigimos a un tipo de gobierno basado en la sensiblería. Las figuras poderosas del gobierno hacen declaraciones que están llenas de una compasión que se derrite y, mientras tanto, todas las operaciones que cohesionan al mundo son invisibles para los jóvenes. De manera que me preocupa mucho lo que considero una educación muy pobre en Historia. Antes pensaba que esto solo ocurría en Estados Unidos. Obviamente por la estupidez del comportamiento que estamos presenciando en Oxford y en Cambridge, en Inglaterra, por parte de los estudiantes que repiten los mismos tópicos de las redes sociales, creo que este es un problema público que atañe a la élite educada en muchos lugares del mundo.

Ozymandias

Es terrible estar en esta era post-libro. Es como el telégrafo. Todo se reduce a señales diminutas. Es terrible la habilidad de dar forma a las redes sociales utilizando robots a fin de multiplicar el número de mensajes para asediar a una figura política, instituciones académicas o compañías o lo que sea. Vivimos en un periodo de histeria. Resulta difícil creer que una organización de tal poder como el Imperio romano eventualmente caería en ruinas, desaparecería por completo. Nadie que hubiera vivido en esa época habría creído jamás que Roma sería olvidada. Hace doscientos años las familias aristócratas en Inglaterra enviaban a sus hijos al Grand Tour: ir a Europa a conocer los sitios principales. Una de las grandes lecciones consistía en contemplar las ruinas de Roma: ahí estaba un gigantesco e imparable poder militar, económico y político del que nada quedaba. Está el poema de Shelley Ozymandias que mira las ruinas de una estatua egipcia. Nada queda excepto esas piedras asoladas por el viento. Tres mil años de poderío egipcio desaparecidos. Los jóvenes deben saber esto. Piensan que todo es infinitamente sencillo porque han creado un paraíso social. No saben que existen todo tipo de problemas en cualquier cultura, incluso si se está en la cúspide. Siempre he trabajado por construir un currículum en el que invariablemente comienzo por estudiar la Edad de Piedra para lentamente ver cómo se fueron construyendo las entidades políticas, las leyes, Babilonia, Asiria, Sumeria. Esta es la sustancia que necesitan aprender. Hay que sacar a los jóvenes de este mundo fácil y superficial en el que viven con la histeria de las redes sociales. Hay que rescatarlos de eso. El iPhone es en extremo seductor y adictivo.

La política y el paraíso

Me preocupa que ahora nos comunicamos a través de un lenguaje acotado, no de palabras sino de abreviaturas. La lectura enriquece la mente, le da una secuencia al pensamiento y permite que sigamos un argumento de un párrafo a otro. Ese encogimiento del lenguaje también ha afectado al periodismo. Los periódicos en Estados Unidos están desapareciendo por esta rivalidad con la red en que todo se expresa en estas pequeñas explosiones de contenido. Creo que esto es algo regresivo, pésimo para el desarrollo mental y emocional. Los jóvenes están siendo incapaces de razonar, de formarse una lógica. Me preocupa que toda una generación, al menos en los países desarrollados, no tenga la habilidad de leer largas secuencias de lenguaje y seguir un argumento. Esto los coloca en el nivel más elemental. Necesitan entender qué es una voz objetiva, pero hoy se afirma que no existe la objetividad, todo está cargado políticamente, todo es sobre los poderosos que gobiernan sobre los que no tienen poder. Antes solía haber una voz objetiva que uno podía poner a prueba contra los propios pensamientos y la habilidad que uno tuviera para seguir una línea de razonamiento. Dada la dominancia del iPhone, los maestros piensan que ahora la educación debe concentrarse solo en la justicia social, en llamados al activismo social; esto me parece terrible. Esa parte de la vida de una persona debería estar separada de los estudios académicos. Esa parte que está comprometida con causas, que es política, para mí no debería formar parte de la educación. La educación consiste en entrenar la mente, introducir a los jóvenes a la enormidad de la historia del mundo, a las tragedias del esfuerzo humano.

Uno de los grandes temas de la poesía ha sido siempre la inevitabilidad de la destrucción de los logros de la humanidad y la frustración de los deseos, el sentido trágico de la vida. Esa visión de la transitoriedad de la vida la obtenían de la religión. Para eso leíamos a Sófocles, a Tucídides, pero eso se acabó. Claro que uno puede intentar lograr un cambio, pero la idea de que debemos estar llenos de resentimiento, sumergidos en teorías conspiratorias, es algo espantoso para los jóvenes. La educación les está fallando. Tenemos un desastre de proporciones gigantescas en nuestras manos. Toda su vida han estado inmersos en la red, en el iPhone, pero no tienen contenido, estructura, algún sentido de la Historia. Hoy los jóvenes creen que se puede llegar al paraíso, que el perfeccionismo es alcanzable, que la utopía puede ser real. No es así. ~

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