Foto: Rawpixel (CC0 1.0)

¡Usted no me cuenta!

Durante un encuentro con dos cubanos y un mexicano en Berlín, Huber Matos deja inconclusa la historia de su encarcelamiento.
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Hace casi veinte años, estaba yo viviendo en Berlín. Dos amigos cubanos me invitaron a tomar una cerveza. Uno de ellos era escritor; el otro, pintor. Ahí en el bar me dijeron que nos acompañaría otra persona. Entonces apareció un hombre que pasaba de los ochenta años con el abrigo pendiente del brazo. No lo reconocí; le vi aspecto de profesor universitario. Mi mente estaba ocupada en la malignidad de los alemanes, que servían la cerveza en tarros de un litro y había que beberla rápido, antes de que se calentara y perdiera las burbujas. La opción era pedir un tinto, pero en esos bares berlineses solían servir Imiglykos.

Mis amigos se pusieron inmediatamente de pie. “¡Comandante!”, lo saludaron con un tono que mezclaba lo militar y lo fraterno.

Se trataba de Huber Matos. Mis amigos me preguntaron si sabía quién era, en tanto el hombre me miraba. Yo, por no responder con un monosílabo, dije:

“Leí el reportaje que le sacó el Selecciones del Reader’s Digest a finales de los setenta.” Siempre da un poco de vergüenza citar esa fuente.

Él asintió. “Fueron los primeros que se interesaron en mi historia”, dijo, y me corrigió: “Apareció en junio de 1980.”

Aquella edición de la tal revista que solía imprimir el índice en la portada indica que en la página 60 puede leerse: “Huber Matos, el hombre que desafió a Castro”, entre otros artículos, como “Analfabetismo, crimen intolerable” o “Miguelito busca su gato” o “Cómo casi derribé el Taj Mahal”.

Mis amigos le hicieron las preguntas esperadas y él comenzó su crónica.

Iría alrededor del quinto o séptimo año de prisión, cuando el escritor lo interrumpió: “¡Usted no me cuenta!”, y aunque me dan ganas de escribirlo tal como lo escuché: “¡Uté no me cuenta!”, sé que mi oído no tiene el derecho de imponer grafías. “¡Usted no me cuenta!” No era una expresión para contradecir, sino para corroborar. “¡Yo también estuve preso!”, el escritor se paraba y sentaba, mientras hablaba con furor. “¡Me tumbaron al suelo! ¡Me patearon!” Se sentó. “Me tuve que enroscar, y les comencé a gritar…”. Se puso de pie. “¡Esbirros! ¡Esbirros!”

Los alemanes en el bar voltearon a vernos. El pintor le pidió al escritor que se sentara. “Estuviste una noche preso”, le dijo en voz baja. “El comandante pasó veinte años.”

En jornadas de prisión, Huber Matos había padecido miles de veces más que mi amigo. Pero yo tenía menos capacidad de encresparme por una contienda entre revolucionarios que por una ristra de patadas a un colega escritor. “Esbirros”, pensé.

Aprovechamos el dialogus interruptus para renovar las bebidas.

El comandante nos miraba con ademán de actor en espera del segundo acto.

Salud. Chocamos los tarros y se reanudó la historia. No recuerdo qué bebía el comandante.

Fuimos avanzando por otros años de prisión, pero yo ya tenía la cabeza ocupada en otra cosa. En narrar la existencia de un personaje que siempre tuviese que contar la misma historia, fuera a donde fuera, estuviera con quien estuviera. Me vino a la cabeza Ćorkan, el tuerto, en la obra maestra de Ivo Andrić, que ha de relatar la anécdota harto conocida de sus amores con una cirquera.

Los amigos cubanos hacían preguntas y comentarios. Así el comandante no podía hilar correctamente su historia. Estaríamos por el año decimosexto de prisión cuando dijo: “Me tengo que ir”. Una lástima porque la reseña de su liberación debía de ser interesante. Se puso el abrigo que un par de horas atrás era peso muerto y se marchó con paso soñoliento.

“¿No debimos acompañarlo?”, preguntó el pintor.

“¿Adónde?”, dijo el escritor. “¿A la salida? ¿A medio camino? ¿Al taxi? ¿A la Ku’damm? ¿A su hotel?”

Algo se truncó aquella noche; no solo la historia inconclusa de Huber Matos. El pintor se emborrachó de nostalgia y comenzó a pintar únicamente mapas de la isla de Cuba, de todos colores y sazones, desde miniaturas hasta murales, girando los puntos cardinales. Mi amigo escritor perdió el ojo del tigre y no volvió a escribir, y vaya que tenía talento; se convirtió en romancero de sus propios proyectos hasta que se quedó sin ellos.

No supe más ni de uno ni de otro. Los aprisionó Alemania con su ponzoñoso altruismo.

Eso ocurrió hace diecinueve años. Quizás, como Huber Matos, encuentren su liberación a los veinte.

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