Frases sin fama

 

Nadie habla nunca de la segunda frase de Moby-Dick:

Hace unos años –no importa cuánto hace exactamente–, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. (trad. José María Valverde)

Tampoco importa qué pasó luego de que llevaron al coronel Aureliano Buendía a conocer el hielo:

Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.

Pocos se interesan por saber de qué manera particular es infeliz la familia Oblonski:

Todo estaba trastornado en casa de los Oblonski. Habiendo sabido la princesa que su esposo tenía relaciones amorosas con una institutriz francesa recientemente despedida, declaró que no quería ya vivir bajo el mismo techo (trad. J. Santos Hervás)

La obsesión por las primeras frases ocupa un lugar preeminente en la lista de extravagancias que relacionan al lector – y al no lector– con la obra. En algunos casos, esta práctica ni siquiera incluye la frase completa, sino únicamente las primeras palabras. ¿Qué sigue luego de “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...”? ¿Es por pereza que nunca nadie cita la primera, hermosa y larga frase de “El Aleph”?

Este síndrome se manifiesta de diferentes formas. Como nos gusta categorizar, hay listas bastante arbitrarias de las mejores primeras frases, hay ensayos dedicados a estudiar la expectativa que generan los principios, hay artículos de ocasión. Es útil memorizarlas para las charlas de café y nada mejor que una buena primera frase recitada con solvencia para hacerle creer a los demás que hemos leído el libro entero más de una vez.

Si fuera por necedad, cualquier podría decir que la relevancia y utilidad de la primera frase consiste en introducir la segunda y así sucesivamente. Es raro escuchar que se hable de la literatura como de una construcción; al contrario, usualmente tendemos a aislar sus elementos y a pensarlos en partes: las mejores primeras frases, los títulos, las portadas, el diseño, los personajes, la trama, el estilo y lo demás. 

Pero no se trata ni de relevancia ni de utilidad, sino de mitologías que predisponen al lector y lo condicionan a suponer que si la primera frase no atrapa o engancha o sorprende o seduce no vale la pena continuar con el libro. Hay un remedio, sin embargo, que puede curar el síndrome: seguir leyendo, porque durante la lectura es muy probable que encontremos frases sin fama que nos dicen mucho más, como lo comprueba este blog dedicado a compilar experiencias de lectura alejadas de esta clase de estereotipos.

Curiosamente, en el mundo hispanohablante carecemos de un principio literario. El primer folio del manuscrito del Cantar de Mío Cid está perdido, lo que nos condena a abrir el primer texto literario escrito en nuestra lengua y a encontrar a Rodrigo Díaz de Vivar a la mitad del llanto. Cuando el poema empieza, ya empezó todo: quizá allí esté implícita una metáfora de la lectura.

 

 

 

La obsesión por las primeras frases ocupa un lugar preeminente en la lista de extravagancias que relacionan al lector – y al no lector– con la obra.

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Le invito lea el menú de Profética, ya verá de qué trata y dígame si en verdad "nadie hablade la segunda frase".

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