Artaud, el buen salvaje y la revolución

El mito del buen salvaje es casi tan viejo como nuestra civilización, pero, de acuerdo con Granés, tuvo también una influencia trascendente en el arte y la política del siglo XX: de los surrealistas a los sesentayochistas.

Aunque suele asociarse a Jean-Jacques Rousseau y su idea de la inocencia primitiva, la imagen del “buen salvaje” tiene remotos antecedentes en la poesía judeocristiana y en la griega. El Antiguo Testamento por un lado y Hesíodo por el otro. No es necesario insistir en el mito de Adán y Eva, por todos conocido, pero en cambio en Hesíodo sí, pues fue este fabulador griego quien hacia el siglo VII a. C. habló, en Los trabajos y los días, de una Edad de Oro perdida, cuyos hombres “vivían como dioses, con el corazón libre de preocupaciones, sin fatiga ni miseria”. De allí se desprende la idea de un pasado glorioso, habitado por seres puros y nobles, no aquejados por los vicios que han atrofiado el sucesivo curso de la historia.

De los tiempos remotos de Hesíodo también nos llega la imagen de la decadencia y la fragilidad humana. La pureza se corrompe, la felicidad se frustra, la armonía se desmiembra, y todo esto con penosa facilidad. El ser humano, en su estado primigenio, es vulnerable y alérgico a la diferencia. Basta con que un agente externo, llámese Pandora, Eva, Europa, progreso, ciencia, técnica, consumo o globalización, riegue su escama artificial sobre la tierra para que se inicie el ciclo destructivo. Todo lo que no surge de ese manantial inicial es nocivo; todo lo que ha pasado por el filtro de lo extraño, de la civilización, de la técnica o de la razón, desde los alimentos a la medicina, pasando por el parto, la ropa, el arte, la música o la crianza, queda despojado de su pureza natural.

El mito de la Edad de Oro y su corolario, el buen salvaje, despertaron con fuerza renovada a partir del descubrimiento de América. El contacto con los pueblos indígenas hizo resurgir la fantasía de un paraíso perdido y de un hombre puro y prístino, tal como debía ser en su estado natural, suficientemente poderosa como para contaminar los razonamientos de cronistas, teólogos y filósofos. Aquel Adán recién despertado a la vida, no corrompido por el reflejo deformante de la civilización europea, era en realidad muy distinto del que pintaría Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. En lugar de brazos torneados y pelo castaño, tenía piel morena, ojos negros y cabello oscuro. Practicaba costumbres raras, adoraba dioses paganos y hablaba lenguas extrañas, pero nada de eso le impedía vivir en estado de gracia y armonía con la naturaleza. Pedro Mártir de Anglería dijo de los indígenas del Nuevo Mundo que “no conocen los pesos ni las medidas, ni el origen de todas las desdichas, el dinero; viven en la edad de oro, sin leyes, sin jueces mentirosos, sin libros y en absoluto ansiosos por el futuro”. Y Tomás Moro, inspirado por los viajes de Américo Vespucio, fantaseó en 1516 con una comunidad humana perfecta, orientada por una especie de comunismo primitivo y cristiano, a la que dio el singular nombre de Utopía. Esta fantasía no solo inauguraría una fértil tradición literaria, sino que daría a Occidente uno de los conceptos fundamentales de su modernidad.

El Nuevo Mundo siguió imantando la imaginación de los europeos a lo largo del siglo XVI. Son bien conocidas las palabras que Montaigne dedica en sus Ensayos a los pueblos de la Francia Antártica (es decir Brasil). “Nada hay de bárbaro ni de salvaje en esas naciones”, decía. El espectáculo de esplendor y armonía los excluía de todas las taras comunes en Europa. Según él, era “muy raro encontrar un hombre enfermo, legañoso, desdentado o encorvado por la vejez”. A diferencia de las europeas, sus guerras eran “completamente nobles y generosas”. Como si fuera poco, “las palabras mismas que significan la mentira, la traición, el disimulo, la avaricia, la envidia, el perdón, les son desconocidas”. En pocas palabras, su mundo “desconoce la corrupción” que abunda en Occidente.

Ideas similares se reeditaron en siglos posteriores, y tanto Juan de Palafox (que vio en los indígenas un pueblo inocente, refractario a los pecados capitales excepto en compañía de los españoles) como John Dryden y Jean-Jacques Rousseau contribuyeron a afianzar la idea del buen salvaje, no contaminado por la ciencia, la enseñanza ni las demás promesas engañosas de la civilización occidental. En el siglo xx fueron los artistas de vanguardia quienes, siguiendo a Gauguin, buscaron en las culturas primitivas de África, la Polinesia y Oceanía una fuerza creativa original, no coartada por los requerimientos burgueses. Los dadaístas, con su odio a la cultura alemana en particular y a la civilización occidental en general, usaron las danzas y los cantos negros como desafío a la racionalidad. Retomaron el brutismo futurista para crear una música que era caos, un aluvión de ruidos y espontaneidad sin sentido que devolvía al estado natural y acercaba al niño y al salvaje. Para Hugo Ball, pionero del Cabaret Voltaire, todos nacíamos siendo reyes y libertadores, hasta que el peso del tiempo nos robaba la capacidad de soñar. La misión del artista era devolver al hombre a aquellos años de esplendor, a esa Edad de Oro perdida donde no había distancia entre la fantasía y la realidad. Solo volviendo a ser niños conjuraríamos la frustración; solo con la niñez sanaría el hombre.

Los surrealistas también sintieron especial atracción por las tallas y máscaras primitivas. Como el arte de los locos, las expresiones artísticas de pueblos primitivos parecían contener un elemento más puro y libre de contaminaciones, una fuerza imaginativa no censurada por el control ni la censura racional. Oriente se mostraba a sus ojos como un antídoto a “las mentiras estereotipadas de Europa”. En el quinto número de La Révolution surréaliste, publicado el 15 de octubre de 1925, dejaron constancia de su total repudio a las ideas que sustentaban la civilización europea. Aquel mundo cimentado en la necesidad y el deber les repelía, y en el extremo de su negación invocaron a los bárbaros de Oriente para que invadieran Europa y agilizaran el proceso de descomposición. Con ello invertían la lógica de Gauguin. El occidental ya no debía irse a tierras lejanas en busca de un paraíso incorrupto, sino esperar a que agentes purificadores llegaran a erradicar los vicios en su propio suelo.

Entre los surrealistas hubo grandes impugnadores de la burguesía y de Occidente, pero solo uno de ellos reeditó la gesta de Gauguin y se lanzó a la aventura en un lugar remoto y exótico, poblado de gentes primitivas que mantenían contacto con fuerzas subterráneas y mágicas capaces de restituir el equilibrio de la vida. Este surrealista, que en realidad dejó de serlo en 1927, cuando Breton ligó su movimiento al Partido Comunista, fue el prolífico y polifacético Antonin Artaud.

Entre los vanguardistas, nadie como él se enfrentó a la civilización occidental; nadie como él la culpó de envilecer la existencia; nadie como él denuncio la tiranía anárquica de los europeos que rompía la armonía moral de los primitivos. Su intuición le decía que el hombre moderno era un poseso que llevaba en su interior la “opresión tentacular” de la sociedad. Desvinculado de su humanidad –oculta tras un manto artificial, tan artificial como el teatro burgués– ignoraba cuáles eran los dramas y vivencias de su especie: las contradicciones, la violencia, la crueldad, las pasiones. A través del teatro Artaud se propuso recordarle al europeo cuál era su condición primigenia. Lo intentó con su adaptación de Les Cenci, una obra en la que agrupó temas radicales como la tortura, el incesto, el asesinato o la violación bajo aquella fórmula teatral diseñada por él y conocida como el Teatro de la Crueldad. El público, sin embargo, no fue receptivo a su propuesta y él, llevado por el desencanto, partió en 1936 hacia México.

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Comentarios (1)

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Antes que nada quisiera mandar una felicitación al autor de este artículo. Encontré este texto bien escrito, con una argumentación justa y que demuestra un conocimiento penetrante del arte moderno.

 

Por ello mismo, me atrevo a escribir algunas observaciones; como medio de entablar un diálogo con el texto que, espero, sea provechoso. Esto porque aunque bien fundadas, sus críticas veladas (porque hay que decirlo, este escrito no es sólo un rastreo del influjo de Artaud y la idea del “buen salvaje”, sino una crítica a lo que provocó tal idea).

 

Empecemos pues con uno de los principales argumentos. Se dice, con razón que la búsqueda de un pueblo “puro” que viva en el “estado de gracia” nunca ha sido fructífera. Por un lado terina en un espejismo, por otro, en una decepción, cuando no en franca estafa. Es verdad. Sin embargo, hay una jiribilla en esa argumentación.

 

Me explicaré.

 

Como señala el artículo, la idea de un tiempo original donde la escisión y los males de la sociedad humana no existían permea a la mayoría (si no es que a todas) las tradiciones. El Jardín del edén judeocristiano; la edad dorada de los hindúes; el tiempo del sueño de los australianos; el tiempo de los antepasados míticos para los pueblos prehispánicos; el mundo antes del alejamiento de Dios de los pueblos africanos… Pero si no existen pruebas históricas para la existencia de tales eras es… parece perogrullada, porque no existe esa edad HISTÓRICA.

 

Eliade señala con razón que el tiempo de los mitos es un tiempo ahistorico; es decir, fuera de la Historia. Los mitos no están dentro de la Historia, sino antes, mucho antes; son la prueba de la existencia del mundo y del hombre. Y el tiempo humano, su caída –o para el mundo judeocristiano y moderno marxista o capitalista; su redención—comienza después de ese tiempo de los dioses. Con la palabra Historia no me refiero aquí a la definición normal (la de los acontecimientos posteriores a la escritura), sino a algo mucho más profundo: el tiempo antes de la consciencia de sí: antes del hombre como tal.

 

Obvia decir que en tanto se busquen pruebas de la existencia de esa sociedad entre los hombres, toda búsqueda será una quimera. La conciencia de sí supone una escisión: una herida por la que se nos va la vida. Esa herida es la boca, el lenguaje: sólo un ser que habla es consciente y sólo un ser consciente es mortal (entendiendo esto como consciente de su muerte; o si lo decimos como Nietzsche, Blake y Sócrates; velado a la eternidad). Ninguna sociedad humana puede ser perfecta porque el ser humano en sí es ya una herida. Para encontrar un ser que carezca de la miseria de la civilización (y ese es otro punto: el autor del texto juega con la mano escondida pues entiende civilización como civilización Occidental) sería necesario hallar una formada por seres inhumanos; “inocentes”. Ángeles o animales; bestias o dioses, quizá niños. ¿O acaso  bestias, árboles, ríos, nubes que son dioses; me pregunto qué tan lejos de la verdad estaban  los pueblos animistas? Sólo ellos están más allá del Bien y el Mal (sé que estudios del comportamiento de grandes simios –señaladamente el chimpancé; no casualmente nuestro pariente más cercano—hay comportamientos que pueden calificarse de humanos: la guerra, el asesinato, el chantaje).

 

Sobre la locura: el loco, y ese es su drama, no carece de límites ni de consciencia; al menos no de la misma manera que los animales o las plantas. O: lo que sucede es que ha visto el vacío de la existencia, de la civilización. Y ante ese vacío no ha podido arrojarse a la nada. Se ha creado una nueva moral: una donde nadie más cabe. Ha perdido la facultad de hablaros, pero no la facultad de hablarse: de separarse de sí mismo. Sólo el santo llega a tales límites, pero el santo es capaz de volver a este otro lado. No es de extrañarse que el santo sea un individuo ahistórico, pues ha escapado al tiempo humano.

 

En fin, otras observaciones después (debo irme a cierto lugar; o viene al caso cuàl y si no, e deja el camión).

 

Saludos.

 

Y si quieren ver más de mis opiniones relacionadas con el tema (invito al autor del texto), favor de visitar este blog. Mando los enlaces con más correlación, aunque en realidad… creo que todas las entradas lo tienen:

 

http://larosapublica.blogspot.mx/2012/08/el-santo-el-loco-el-bufon-el-artista.html

 

http://larosapublica.blogspot.mx/2012/08/el-santo-el-loco-el-bufon-el-artista-y.html

 

http://larosapublica.blogspot.mx/2012/10/el-santo-el-loco-el-bufon-el-artista-y.html

 

http://larosapublica.blogspot.mx/2013_02_01_archive.html

 

http://larosapublica.blogspot.mx/2013/03/el-santo-el-bufon-el-artista-el-nino-v.html

 

Un poco (o un mucho) nietzscheano el asunto, pero ni modo.

 

 

 

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