Los estadounidenses se enfrentan hoy a dos de los mayores retos de nuestra generación: la campaña del presidente Donald Trump para “alinear” el conocimiento histórico-cultural del país con su propia visión política, y la aceptación vertiginosa por parte del público de las herramientas impulsadas por la ia como sustituto del aprendizaje “solo cerebral” (en inglés, brain only) en nuestras universidades y escuelas. Sin embargo, en medio de los beneficios generados por el auge de la ia y los caóticos cambios de política en los que se basa la nueva administración, nadie parece darse cuenta de cómo se relacionan los resultados de la enseñanza impulsada por la ia y la reescritura ideológica de la historia y la educación pública por parte de Trump.
Sus últimas medidas en los ámbitos de la educación, de los medios de comunicación públicos y de la historia forman parte de un impulso implacable por homogeneizar el discurso y amenazar la capacidad –y la voluntad– tanto de los académicos como de la prensa de documentar la realidad y criticar las políticas gubernamentales y las actitudes de los líderes actuales. El uso cada vez mayor de la ia como sustituto del aprendizaje –y la enseñanza– en las aulas contribuye directamente a estos aspectos clave de la agenda a largo plazo del trumpismo.
En los últimos meses, la administración de Trump ha ordenado a los parques nacionales que “reevalúen” su interpretación de la historia de Estados Unidos. Oficialmente, el objetivo de Trump es celebrar “el excepcionalismo americano”. En la práctica, eso implica eliminar de las exposiciones, los monumentos y los sitios web del gobierno la historia de atrocidades cometidas en nombre de la prosperidad, la supremacía blanca y el “Destino Manifiesto” que formaron parte de la antigua, y ya casi suprimida, narrativa nacionalista del país. Hechos como la esclavitud y las pruebas de injusticias masivas contra los indígenas se están eliminando de la vista pública y, se espera, de la cultura general porque, según la administración de Trump, “desprestigian” a nuestros padres fundadores. Ya el hecho de que la mayoría de ellos poseían esclavos y defendían la esclavitud se considera ofensivo, pues según dijo Trump en agosto de 2025 al comenzar “la reevaluación” de los museos nacionales del Smithsonian “hay demasiado énfasis en lo mala que era la esclavitud”. Al descartar décadas de investigación acumulada y el consenso académico que informaban las exhibiciones del Smithsonian y otros sitios históricos nacionales, el presidente convierte nuestras instituciones de pedagogía y debate público en instrumentos de propaganda dirigida por la Casa Blanca.
La campaña del presidente para “reajustar” el conocimiento y el discurso públicos encaja perfectamente con las alternativas impulsadas por la inteligencia artificial al aprendizaje activo. Hoy en día, los desarrolladores de inteligencia artificial disfrutan de un acceso sin restricciones a la educación de niños y jóvenes. Estudios publicados recientemente por el Massachusetts Institute of Technology (MIT) revelan que los estudiantes que dependen de ChatGPT para escribir ensayos y resumir las lecturas asignadas son mucho más propensos a producir ideas homogéneasque pensamientos únicos desencadenados por la experiencia personal y la perspectiva original de cada individuo.
Según The Chronicle of Higher Education, la principal revista sobre el estado de la educación en los Estados Unidos, los profesores universitarios de historia y campos relacionados se han enfrentado a un ataque sin precedentes contra la integridad de los métodos probados a lo largo del tiempo para enseñar a los jóvenes a leer, escribir y pensar por sí mismos. En estados como Florida, los responsables y administradores de educación promueven activamente el uso de la ia, incluido ChatGPT, en las escuelas de primaria y secundaria y en las aulas universitarias. En las universidades, especialmente la Universidad de Florida, donde laboro, los profesores y los instructores asistentes de historia, así como de otras disciplinas basadas en la lectura y la escritura, se enfrentan habitualmente a una avalancha de trabajos de los estudiantes que son “generados por ia” o “asistidos por ia”, en lugar de ser el producto de un pensamiento independiente.
En octubre, la Universidad de Florida ha destacado “las jornadas de la IA” y “la vida de la ia en el recinto” a través de su instituto de enseñanza. La agenda incluye talleres sobre su promoción en el centro de escritura para estudiantes, talleres destacados sobre la “agencia de IA” y oportunidades para que los profesores ganen becas para desarrollar más clases cuya instrucción se basa en el uso de ia. Es de suponer que nadie que cuestione las ventajas o los peligros de confiar en la ia para la enseñanza tiene por qué solicitarla. Sin embargo, ningún administrador parece plantearse la siguiente pregunta: ¿qué valor tendrá un título universitario si los estudiantes utilizan la ia para leer, estudiar y escribir por ellos, mientras que el profesorado también la utiliza para leer, diseñar clases, escribir conferencias y calificar por ellos?
Al respaldar el uso de herramientas de ia para enseñar historia, la principal asociación profesional de historiadores de nuestro país ha tomado, irónicamente, la iniciativa. En 2025, la Asociación Histórica Americana (AHA) publicó unas directrices que clasificaban el uso de herramientas de ia para diversas tareas de los estudiantes que las generaciones anteriores y actuales de historiadores considerarían una trampa. La categoría de “uso aceptable” incluye permitir que los chatbots resuman los puntos clave de una lectura “antes de leerla” o para un ensayo asignado utilizar “un chatbot de ia como compañero de escritura para ayudar a generar y desarrollar ideas”. Un colega, que lucha contra la dependencia de muchos alumnos a la ia en una clase de historia estadounidense obligatoria para todos los estudiantes de primer año de la universidad, respondió al informe de la aha con ironía: “Bueno, si implementamos estas sugerencias, lo único que lograremos sería enseñarles a hacer trampa, solo que mejor”. The Chronicle of Higher Education, citando estudios del mit, confirma este fenómeno y señala que las herramientas de ia “están diseñadas para la comodidad. Y la gente tiende a optar por la comodidad, especialmente cuando está bajo estrés”. Yo iría más allá.
Cuando los estudiantes universitarios confían en un “compañero de ia” para tomar notas, resumir lecturas y desarrollar un ensayo, no solo abandonan el deseo de desarrollar sus habilidades por sí mismos, sino que muchos de ellos llegan a creer que ChatGPT siempre puede hacer un mejor trabajo a la hora de extraer datos, analizar textos y escribir de lo que ellos pueden por sí solos. En otras palabras, ahora y en el futuro, millones de jóvenes estadounidenses no están y no podrán desarrollar todo su potencial porque simplemente piensan que no pueden hacerlo sin ia. Aceptarán las bases de pensamiento establecidas que se reflejan en la ia generativa como sustituto de la experiencia intelectual e incluso de la propia innovación.
Peor aún, los esfuerzos de la administración de Trump por recrear el contenido y las reglas del discurso público se están llevando a cabo mientras se anima a nuestros jóvenes a confiar en los pensamientos generados por ordenador de empresas privadas para que piensen por ellos.
El respaldo de los educadores al uso de la ia en las aulas garantiza que, dentro de unos años, los antiguos alumnos convertidos en ciudadanos no solo se mostrarán incapaces, sino también reacios a cuestionar las formas en que Donald Trump y sus sucesores puedan borrar de la historia hechos incómodos, dolorosos y vergonzosos. Necesitamos conocer esos hechos junto con las historias de triunfo en medio de la adversidad, el heroísmo y el tipo de pensamiento radical que provocó un cambio generacional monumental a favor de la igualdad racial, la justicia social y la protección de los derechos civiles o, en el caso de la Segunda Guerra Mundial, los derechos humanos universales. Cuando los estadounidenses se han visto impulsados a actuar, a cambiar el curso de la historia, el entendimiento de las injusticias sufridas por otros a menudo los ha impulsado.
El conocimiento de la historia hace eso. Nos hace sentir el dolor de los demás y buscar remediarlo en el presente. Queremos rectificar los daños y revertir su legado en el futuro. La indignación y la empatía por las vidas pasadas nos impulsan a actuar. La ia no puede sentir indignación por las injusticias históricas o actuales. La ia no actúa en respuesta a oleadas de empatía. La ia no siente dolor.
Nuestro objetivo al aprender la verdadera, aunque inquietante, historia de los Estados Unidos no es lamentarnos por el pasado de nuestro país, sino asumir su legado y mejorar nuestra sociedad. Lo conseguimos, generación tras generación, pensando por nosotros mismos y debatiendo juntos ideas heterogéneas y originales. Los educadores pueden combatir la dependencia de los estudiantes de la ia. Los más intrépidos entre nosotros ya prohíben recurrir a ella en los trabajos escritos con trampa.
Pero las formas de aprendizaje activo probadas a lo largo del tiempo, ahora llamadas métodos de enseñanza “resistentes a la IA” y “solo cerebrales”, permiten a los estudiantes adquirir habilidades y confianza en sí mismos. En mis propias clases universitarias, muchos estudiantes reconocieron que crear respuestas en clase a lecturas compartidas y escribir ensayos de examen a mano era algo novedoso para ellos. Varios calificaron la experiencia de “refrescante”, “menos estresante” e incluso cool. Cuando le pedí a una estudiante que me lo explicara, me dijo que escribir sin internet ni programas asistidos por ia como Grammarly le daba fuerza: “No sabía que podía escribir tan bien sin IA y, desde luego, no sabía lo bien que se siente sacar una A por mí misma.”
Las herramientas didácticas que utilizamos en nuestras aulas deben reflejar los mismos objetivos a los que se ha comprometido la educación en toda nuestra América por más de un siglo: crear pensadores independientes, innovadores, lectores activos de textos e intérpretes de la realidad. Necesitamos ciudadanos que puedan definir y defender la democracia basándose en el conocimiento, los hechos y el debate, y no en la agenda ideológica, la propaganda, las fantasías históricas interesadas o la opinión de un líder.
La crisis que describo transciende las fronteras de los Estados Unidos. Va a impactar a toda América. De eso podemos estar seguros. Lo que no se sabe es cómo ni exactamente cuál será la repercusión. ~