Morton Feldman, un fractal de sonido y silencio

En el centenario del nacimiento del compositor estadounidense Morton Feldman (1926-1987), conviene volver a su obra de transformaciones permanentes, en la que sobresale la belleza de la tensión no resuelta.
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Quería resucitar la experiencia de escuchar la música de Morton Feldman justo cuando se está haciendo. Revivir mi primer contacto con los sonidos del compositor de vanguardia estadounidense. Fue en 1993, hace más de treinta años, cuando escuché la grabación de Piano and string quartet con la pianista japonesa Aki Takahashi y el cuarteto estadounidense Kronos. Y ahí estoy de nuevo, reincidente, ahora en una sala de conciertos, la Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México. Percibo la espaciada caída de las notas de sus Intermissions 1, 2 y 3 por obra y gracia del pianista mexicano Francisco García Torres.

El primer centenario del natalicio del compositor estadounidense se cumplió apenas el pasado 12 de enero. El afamado crítico Alex Ross se quejó en las páginas de The New Yorker que Feldman no había merecido una celebración en los primeros días del año en su tierra natal, la ciudad de Nueva York. Mejor hubo maratones en la Universidad de Buffalo, donde Feldman dio clases varios años de su vida, y en Los Ángeles, California. Los cinco conciertos celebrados el 12 y 13 de enero en el Center for 21st Century Music de la Universidad de Buffalo pueden apreciarse en YouTube.

La Ciudad de México también se sumó al reconocimiento de Feldman –sin duda, un autor de minorías–, gracias a la pasión por la música contemporánea y al entusiasmo para difundirla del Ensamble del Centro de Producción y Experimentación de Música Contemporánea (Cepromusic) y su director artístico, José Luis Castillo, un español con largas, profundas y fuertes raíces en México.

Ahí estoy, el sábado 31 de enero, en el concierto inaugural de la temporada 2026 del Ensamble Cepromusic. García Torres interpreta las Intermissions. Reparte notas. Parecen gotas de una lluvia que amaina. En esos intervalos –también podría llamarlos recesos o descansos–, cae un celular en la duela del lado derecho de la sala; luego otro del lado izquierdo. El pianista repara en ambos incidentes sonoros, pero prosigue, avanza notas, siembra sonido en el tiempo. Son cinco minutos cautivantes, de pura revelación.

No se me dificulta recuperar mi primer contacto con la música de Feldman: la audición en CD de aquel cuarteto de cuerdas con piano. Todo un desafío para mi percepción: por unos instantes sentía que no sucedía nada y en otros que todo cambiaba. Transformación permanente, pero en una suerte de cámara lenta. Un fractal de sonido y silencio expandiéndose, hallando sitio; un lienzo en el que se iban manifestando trazos que muy pronto ya eran otros. Podría aventurarse que Feldman buscaba explorar la lentitud extrema, la belleza de la tensión no resuelta y el impacto de la contención musical. Esa pieza, creo, ilustra muy bien el estilo feldmaniano con duraciones largas, ritmos repetitivos suaves y armonías que no se resuelven de manera convencional.

Treintón que privilegiaba el rock y el jazz en su dieta musical, decidí adentrarme entonces en el mundo del compositor sin demasiados referentes de teoría musical, pero con la revelación clara, a nivel instintivo, de que aquellos sonidos ya habían sacudido los parámetros de lo que hasta entonces entendía por música.

Hurgar en el personaje, en su biografía y su obra, me condujo en algún momento a sus escritos, recopilados en Give my regards to Eighth Street. Collected writings of Morton Feldman (Exact Change, 2000) y traducidos al español como Pensamientos verticales (Caja Negra, 2012); me dejaron clara su estrecha amistad con John Cage, su pertenencia a la así llamada Escuela de Nueva York, el ánimo que lo emparentaba con Cage por dejar cierta parte de la interpretación al libre arbitrio de los músicos (aunque sin tanta manga ancha como en el caso de Cage), así como su estrecho vínculo con poetas, creadores de amplio signo y, sobre todo, artistas plásticos del expresionismo abstracto (la plana mayor del movimiento: Cy Twombly, Robert Rauschenberg, Philip Guston, Franz Kline, Jackson Pollock y Mark Rothko).

Me alegró enterarme, varios lustros después de mi “descubrimiento” de Feldman, que Steve Reich, el minimalista que más me importa (sin que ello deba leerse como un desdén a Terry Riley, Philip Glass o John Adams), tras lamentar no haber estado más cerca de Feldman, su contemporáneo, ni de consultarle sobre su proceso creativo, revelara que Piano and string quartet es, a su gusto, “la obra más bella de Feldman que conozco”. No estaba tan perdido, me dije. Y menos al saber que Reich describió la música de Feldman como “una experiencia inmersiva y sensual, similar a sentir increíbles, cálidas, lentas y hermosas gotas de agua durante un largo periodo de tiempo”.

Alguien en la escena neoyorquina de la música contemporánea enmendará más pronto que tarde la omisión de inicios de este año con respecto a la celebración del legado de Feldman. México, por lo pronto, no se ha quedado atrás. El Ensamble Cepromusic y Castillo no solo mantienen en su repertorio varias composiciones de este judío de Brooklyn que trabajó de joven en el negocio textil de la familia antes de abrazar totalmente la composición. Durante el encierro al que nos obligó la pandemia de covid-19 interpretaron Words and music, de Feldman, con la colaboración de la Compañía Nacional de Teatro y Radio Educación. La obra es uno de los frutos del trabajo conjunto entre el compositor y Samuel Beckett, Premio Nobel de Literatura 1969, irlandés de nacimiento (como su cercano y referencial James Joyce), pero que eligió el francés como lengua de expresión, interrogación, trajín y forcejeo. Neither, una ópera, es otro producto del vínculo creativo entre ambos artistas que ojalá algún día sea interpretada en concierto en México.

El Ensamble Cepromusic y Castillo han abrazado la difusión del legado de los grandes compositores contemporáneos. Así lo han hecho en años recientes aprovechando los centenarios de Iannis Xenakis, Pierre Boulez y Luciano Berio, por ejemplo, y en este 2026 lo harán no solo con Feldman, sino también, entre otros, con György Kurtág (una leyenda centenaria y viva) y Manuel Enríquez, compositor mexicano que impulsó la creación y difusión de música nueva.

En su concierto inaugural del 2026, el Ensamble Cepromusic también tocó Intersections 1. Y el pasado viernes 13 de febrero, García Torres acometió las Intermissions 4, 5 y 6 con elegancia, tacto y amplia noción del tiempo y el espacio. El próximo mes de mayo –en lo que promete ser un evento musical imperdible–, el Ensamble interpretará ese tour de force llamado Piano, violin, viola, cello, con duración de una hora y 17 minutos; ahí el compositor explora la sutil interacción tímbrica entre los instrumentos en un entorno de quietud absoluta.

Días antes del concierto inaugural de la temporada 2026 del Ensamble tuve la oportunidad de charlar con el maestro Castillo sobre el estilo de Feldman, sus aportaciones y los desafíos y oportunidades que plantea la interpretación de su música. Para el director de orquesta, en Feldman es importante “su pensamiento del tiempo”. Es alguien, me explicó, que necesita mucho tiempo para expresar lo que quiere. “Un compositor que trata de iterar, de repetir fórmulas relativamente breves a lo largo de un tiempo muy grande, muy dilatado”. En un nivel morfológico, desarrolla Castillo, su música está construida en función de repeticiones de módulos muy pequeños, en los que la repetición lleva a otros lugares y así sucesivamente. Pero en un nivel de articulación superior, la música de Feldman nunca se repite. “En su primer nivel morfológico –razona– es repetitiva, sí, pero no como la de Glass o Reich, porque en un nivel superior, sintáctico, nunca se repite. Incluso los elementos que llegan a aparecer en algún momento raras veces lo hacen de una manera literal. Es música en la que te reconoces, pero nunca sabes qué va a suceder con ella. En ese sentido, creo que es importante para el escucha y también para el intérprete ese principio de no predecibilidad. A diferencia de otros compositores, como Glass o Reich y en menor medida Adams, los patrones en la música de Feldman no evolucionan de una manera predecible. Él decía algo así como que los patrones son completos en sí mismos, no necesitan de desarrollo, pero sí de tiempo, de extensión. Necesitan vivir en el tiempo.”

Rechoncho, miope, persuasivo comunicador de humor agudo, Morty, como le llamaban sus amigos de la escena neoyorquina de mediados del siglo XX, fue alumno de Stephan Wolpe y Edgar Varèse (“¿Sabes, Feldman? Sobrevivirás. No estoy preocupado por ti”, le dijo alguna vez el francés).

Castillo hace un comentario interesante sobre los títulos que Feldman puso a buena parte de sus obras: For Bunita Marcus, For Christian Wolff, For Philip Guston, For Stephan Wolpe, For Samuel Beckett, For John Cage, For Frank O’Hara: “me parece de un gran humanismo y, por otra parte, de un compromiso con el sonido realmente fascinante.”

Es la misma razón por la que me habría gustado sostener una charla virtual con Ryan Dohoney, profesor de musicología de la Universidad de Northwestern y autor de los libros Saving abstraction. Morton Feldman, the de Menils, and the Rothko chapel (Oxford University Press, 2019) y Morton Feldman. Friendship and mourning in the New York avant-garde (Bloomsbury, 2022). “Por toda su austeridad, fragilidad y abstracción –escribe el académico en el segundo libro–, la música de Feldman está amarrada con relaciones humanas.” Al repasar los títulos de las obras del compositor, Dohoney sintetiza: “Una letanía de dedicatorias y una necrología parcial.” Ambos libros, ricos en detalles biográficos y vínculos sociales, sostienen una reveladora realidad en el proyecto creativo de Feldman: la obra artística como fruto de los vínculos afectivos.

En este 2026 se celebrarán los centenarios de figuras musicales de diversos ámbitos, estilos y corrientes. No solo de los ya citados Kurtág y Enríquez; también de Betsy Jolas y Hans Werner Henze, a los que Cepromusic prestará la atención merecida. Y en otros estilos, sin duda más populares y masivos, habrá que tener presentes los de José Alfredo Jiménez y Rubén Fuentes; o los de Miles Davis, John Coltrane y Chuck Berry. Ecléctico, curioso e incluyente, trataré de atender todos ellos, pero, en agradecimiento a las revelaciones de Feldman, sin duda aprovecharé hasta la menor oportunidad de escuchar sus sonidos en el preciso momento en el que se van haciendo.~


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