Presentado exitosamente en los festivales especializados Fantastic Fest 2023 y Sitges 2023 para luego ser borrado del mapa cinematográfico durante dos años, El vengador tóxico (The toxic avenger, E.U., 2023), segundo largometraje del actor y ocasional cineasta Macon Blair (notable ópera prima I don’t feel at home in this world anymore, 2017), se ha estrenado en nuestro país después de haber sido exhibido a fines del año pasado en varios mercados internacionales.
Por qué este reboot del filme homónimo de culto producido y codirigido por Lloyd Kaufman fue enlatado durante dos años sigue siendo un misterio. He leído que la razón es que los distribuidores no sabían qué hacer con una película tan violenta y desvergonzadamente escatológica, pero si esto es cierto, la explicación resulta desconcertante: ¿no habían visto la película original de 1984? ¿Ya nadie que se dedica a producir o distribuir cine ve cine?
Y, vamos, El vengador tóxico original no es una película oscura ni desconocida. De hecho, se trata de la cinta más exitosa de la casa productora Troma, fundada por el ya mencionado Lloyd Kaufman al lado de su socio, colaborador y codirector Michael Herz. Troma es conocida y reconocida por realizar un cine con muy poco presupuesto y con todavía menos buen gusto. Como suele suceder con los filmes de serie Z, El vengador tóxico (1984), quinto largometraje producido por la entonces recién creada Troma Entertainment y dirigida a cuatro manos por Herz y Kaufman –con el seudónimo de Samuel Weil– tuvo un recorrido accidentado, para decirlo amablemente: realizada a inicios de 1984, se presentó en el mercado del Festival de Cannes de ese mismo año, para luego ser estrenada comercialmente, en Francia, un año después.
Así empezó el largo camino que la llevaría a ser exhibida, poco a poco, en buena parte del mundo –en México se estrenó en abril de 1991– e, incluso, a ser presentada en el festival especializado Fantasporto de 1990. La historia del pobrediablesco empleado de limpieza transformado, por la exposición de desechos tóxicos, en feroz protector de los desvalidos y en terrible vengador de todos los entuertos habidos y por haber, resultó ser tan exitosa que Kaufman y socios produjeron después tres secuelas, una obra musical, un cómic, un videojuego, una serie animada y, ahora, cuatro décadas después, este reboot coproducido por la compañía especializada en películas de horror y cómics Legendary Entertainment.
La premisa es básicamente la misma, aunque la historia haya sido más o menos corregida y no tanto aumentada sino más bien expandida. Aunque la estética splatter sigue presente en esta nueva versión –hay cabezas aplastadas, degollamientos en primer plano, desmembrados a discreción y hasta un malandro al que le sacan los intestinos por… ok, mejor véalo usted–, acá no hay supremacistas que gritan sus insultos raciales a voz en cuello como en el primer filme, no hay momentos de vergonzoso mal gusto como esas escenas –muy graciosas, lo confieso avergonzado– en las que se nos invita a reírnos de la despampanante novia ciega del Vengador Tóxico, ni hay secuencias sexosas ni abundancia de mujeres encueradas, que fueron la marca de fábrica de Troma en sus primeros años.
El nuevo vengador tóxico –encarnado por Peter Dinklage antes de la transformación y por el cuerpo de Luisa Guerreiro y la voz de Dinklage cuando se convierte en el monstruo heroico “Toxie”– no es un solitario alfeñique abusado por todos que vive con su mamá como en el filme de 1984, sino el sufrido y responsable viudo de mediana edad Winston Gooze, quien está dedicado a cuidar a su hijastro adolescente Wade (Jacob Tremblay) y que trabaja como afanador en una compañía de productos químicos. Condenado a morir por un tumor en el cerebro y rechazado por el maléfico dueño de la compañía Bob Garbinger (Kevin Bacon, adecuadamente caricaturesco), el buenazo de Winston decide robar la caja de seguridad de la empresa para pagar su costoso tratamiento experimental, pero con tan mala suerte que se cruza en el camino con J. J. (Taylor Paige), una valerosa militante ambientalista que busca desenmascarar el daño que le hecho la compañía a la ciudad. Capturado al intentar huir y tomado por los secuaces de Garbinger como colaborador de la subversiva J.J., Winston es echado a un depósito de desechos tóxicos, que provocarán su transformación en el invencible monstruo vengador del título.
Que esta nueva versión de El vengador tóxico está hecha con más dinero que la primera es más que evidente, no solo por el reparto de primer nivel –al que hay que agregar a Elijah Wood en el papel de una suerte de Pingüino batmanesco, pero con mejor corazón–, sino por los recursos de producción, mucho más vistosos y profesionales, tanto en la creación del monstruo como en los efectos especiales, prácticos y digitales. Lo que sí es muy similar en los dos filmes es la dispareja mixtura de humor, acción y violencia gráfica que nos remite, de hecho, a la chocarrera sensibilidad sanguinolenta y provocadora de los legendarios E. C. Cómics, insuperablemente homenajeados en el clásico ochentero Macabras historias de horror (Romero, 1982).
Eso sí, acorde con los tiempos que se viven en Estados Unidos, este vengador tóxico es bastante más progresista que el anterior: no se dedica solamente a desenmascarar y a eliminar a políticos corruptos y a sus socios gansteriles como en la película ochentera, sino que, ahora, el malvado irredimible es un empresario dizque benefactor que organiza ridículas cenas autocelebratorias (¿en dónde he visto esto?). Además y por si fuera poco, en la secuencia más regocijantemente violenta de todo el filme, “Toxie” se enfrenta a una repelente banda de fanáticos que ha secuestrado a los comensales de un restaurante bajo el grito de ¡abajo la agenda woke/feminista/globalista! y otros delirios similares. ¿En donde está el vengador tóxico cuando se le necesita? ~