Escena de Hijas del bosque, de Otilia Portillo Padua.

México en el festival SWSX

El cine mexicano tuvo una presencia vibrante en el festival South by Southwest 2026.
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South by Southwest, mejor conocido por sus siglas SXSW es, sin duda, el festival de cine más ecléctico del mundo porque, en sentido estricto, es mucho más que un festival de cine. Fundando en 1987 en Austin, Texas, desde el inicio ha fusionado música, cine, medios interactivos y alternativos, conferencias y exposiciones a lo largo de poco más de una semana.

Al momento de que usted lea estas líneas, el SXSW 2026 habrá terminado después de haber presentado en competencia y fuera de ella más de un centenar de largometrajes, varios conciertos, algunas conferencias magistrales –la más destacable, la de Steven Spielberg acerca del inevitable tema de moda, la inteligencia artificial– y hasta una exhibición de lucha libre japonesa a saber por qué razón (aunque, ¿por qué no?).

Esto suena algo caótico y algo hay de ello, aunque el adjetivo vibrante también viene a la mente. Así podría definirse, de hecho, la presencia mexicana en el SXSW 2026, con dos filmes realizados en nuestro país y otro más, dominicano, que cuenta con la coproducción de una compañía nacional, Disruptiva Films. Este último es Niñas escarlata (República Dominicana-Mexico-Alemania, 2026), ópera prima de la cineasta dominicana Paul Cury Melo.

Las niñas escarlata del título son las jovencitas que son obligadas a la maternidad no deseada, al peligroso aborto clandestino o incluso arrastradas a la muerte debido a las restricciones legales sobre la interrupción del embarazo existentes en República Dominicana. Cury y su coeditora, Laura Basombrio, enlazan con eficacia dramática media docena de testimonios de madres adolescentes –una de ellas violentada por el padrastro–, de jovencitas abusadas –una muchacha regalada por su padre a otra familia a los 4 años –, de mujeres anónimas que lograron interrumpir el embarazado no deseado –y que por ello pagaron dolorosas consecuencias– y hasta de una dolida madre que perdió a su hija en un aborto clandestino.

Y mientras en las escuelas dominicanas, al parecer, no hay más educación sexual que recomendar la abstinencia para evitar un embarazo no deseado y los legisladores de ese país discuten si es pertinente cambiar unas leyes promulgadas en 1884 que penalizan el aborto con 5 a 20 años de prisión, los rostros y las voces en off de estas muchachas cuentan otras historias, no desconocidas, sino silenciadas, como esa veinteañera que se pregunta y nos pregunta, en desafiante rebeldía, como lo hiciera la Stella Inda de Los olvidados (Buñuel, 1950), por qué tendría que amar a un hijo que provino de una violación.

Hay otro desafío no solo temático sino formal en Mickey (México, 2026), personalísimo documental de Dano García, quien ha vuelto al SXSW después de haber ganado, hace casi una década, el premio de la audiencia con su notable ópera prima, Los reyes del pueblo que no existe (2015), que dirigió antes de su transición, cuando todavía se llamaba Betzabé García.

Mickey y Dano se conocieron en su adolescencia, en Mazatlán, en un momento en el que los dos empezaban a definir no lo que querían ser sino lo que realmente eran. Realizada a lo largo de diez años, entre Mazatlán y la Ciudad de México, Mickey es, pues, la crónica de la dolorosa pero también festiva transformación de un tal Mickey Bustamante, nacido en 1994 dentro de una familia sinaloense típicamente conservadora, a la artista multidisciplinaria y desbordada mujer trans MIS$ Mickey, omnipresente en las redes sociales desde que tenía 11 años (¡en MySpace!) y hasta la actualidad, en la que es seguida por casi un millón de personas en Youtube, Instagram, X, Facebook, Tik Tok, similares y conexos.

Escrito por su propio camarada de correrías y autoafirmaciones existenciales Dano García, en colaboración con Tonatiuh Israel y basado en el diario de MIS$ Mickey, el documental funciona no solo como una crónica trans sino, de hecho, como una expresión fílmica trans. Con encuadres en perpetua transición –el cuerpo de Mickey se convierte en lienzo para mostrar diversas imágenes, la historia es abordada en secuencias experimentales en las que incluso hay animaciones generadas en Second Life–, Mickeypasa del filme documental más tradicional –con todo y cabezas parlantes– a la biopic confesional en la que se usan videos familiares y caseros para después seguir con la catártica representación de ciertos momentos claves en la vida de MIS$ Mickey, como en esa insólita escena en la que su propio padre, ¿otrora homofóbico?, actúa frente a nosotros el momento en el que intentó “sanar” a su hijo dándoles a escondidas ciertas gotitas homeopáticas con las que, supuestamente, lo “curarían”, pues para él, por lo menos en ese entonces, era mejor “muerto que joto”.

Antes anoté que Mickey es un filme muy personal de García. Y no porque se trata de la historia de su amiga de la adolescencia con la que creció, a la que acompañó y con la que terminó desafiando todas las expectativas sociales y familiares habidas y por haber, sino porque, aunque sea oblicuamente, la crónica vital –en más de un sentido– de MIS$ Mickey refleja, de alguna manera, sus propias decisiones de vida y sus propias disidencias existenciales y cinematográficas.

Otro tipo de meditación existencial está en el centro de Hijas del bosque (México, 2026), tercer largometraje de la documentalista Otilia Portillo Padua. El filme, soberbiamente fotografiado por el multipremiado veterano Martín Boege, alterna sus poéticas imágenes entre los asolados bosques de las Lagunas de Zempoala del Estado de México y los inabarcables valles centrales oaxaqueños.

Esos dos lugares son los lugares de nacimiento de las dos protagonistas, las científicas y micólogas Eliseete Ramírez Carbabal y Julieta Serafina Amaya Pérez, Lis y Juli pa’ los cuates, dos jóvenes indígenas que crecieron en el seno de familias tradicionales que, por generaciones, han estado conectadas con los hongos que comen al momento de recogerlos y a bote pronto, que cocinan con sus salsitas y epazote, que hierven para curarse de esta o aquella dolencia y al que en ciertos momentos cruciales consumen –como el mítico “hongo santo” que se encuentra en la sierra mazateca– para saber qué les depara el futuro y hasta cuándo morirán, como sucedió con el extrañado papá de Juli.

Portillo, su cinefotógrafo Boege y su montajista Lorenzo Mora Salazar se mueven entre el riguroso documental naturalista –al que no le faltan escenas en el laboratorio y vistas a través del microscopio– y la juguetona representación de ese mundo alterno alienígena que siempre ha estado aquí, entre nosotros, pues sucede que Juli, Lis, sus familias y sus mentoras científicas, no son los únicos que aparecen en el documental. De hecho, desde el principio, en cuanto aparecen las primeras imágenes en pantalla, escuchamos en off las voces de los otros protagonistas, todos esos hongos que crecen en cualquier parte y en cualquier lado, toman la vida de lo que tienen alrededor –la tierra, las plantas y los árboles– para que después ellos mismos puedan no solo vivir sino crear vida, esparcirla y desarrollarla, hasta terminar fusionándose con otra especie, como sucede con los árboles micorrízicos.

Esta excéntrica narración en off paralela funciona, de hecho, como una suerte de simbiótica micorriza cinematográfica: los hongos puntualizan verbalmente su papel central en la vida de este planeta, no solo por las funciones biológicas específicas que juegan para el equilibrio de los ecosistemas, sino porque el conocimiento que tenemos de ellos –a través, por ejemplo, de la entrañable abuela de Lis, doña Julia Dolores Raimundo– va más allá de lo estrictamente utilitario. Por supuesto que los hongos sirven para alimentarnos y para curarnos de ciertas enfermedades, pero también existen para sí mismos y para todas las demás especies, para sostener la vida en la Tierra. Es decir, tenemos que saber más de ellos, sin duda alguna, pero como una forma de amor hacia todo lo que nos rodea, pues “nadie puede amar lo que no conoce”, como sentencia una emocionada Lis frente a Doña Julia. ¿Pienso, luego existo? Sí, por supuesto, pero también, pienso, luego amo. ~


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