Un diálogo creativo con la diáspora afrocaribeña

La exposición colectiva “El cantar del caos-mundo” puede leerse como un encuentro poético de ritualidad y ensayos imaginativos para alumbrar el presente.
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Sabemos que el Otro está en nosotros, que no solo resuena en nuestro devenir, sino también en el grueso de nuestras concepciones y en el movimiento de nuestra sensibilidad.
Édouard Glissant

Cimarronaje, afrodescendencia, ancestralidad, emancipación y reconfiguración de identidades son los principales temas explorados en la exposición El cantar del caos-mundo. Una exhibición que es el resultado del viaje iniciático emprendido por cinco artistas latinoamericanos seleccionados por el programa Travesías de la plataforma de arte contemporáneo Terremoto,para realizar una residencia de tres semanas en República Dominicana.

El programa de la residencia fue curado por Luis Graham Castillo, quien organizó recorridos, encuentros con artistas y pensadores de la región, integrando también la fiesta, la ritualidad y la comida como formas culturales profundas que permiten comprender los territorios desde las entrañas.

Santo Domingo –una de las ciudades que alojaron a los artistas provenientes de México, Guatemala, Chile, Colombia y República Dominicana– se fundó sobre las bases organizativas de las plantaciones azucareras sostenidas por trabajo esclavizado. Las personas llevadas de África mantuvieron, sin embargo, su espiritualidad, su música y su gastronomía, las cuales se fueron mezclando con las de las personas originarias; esto dio forma a la riqueza cultural que se experimenta actualmente. Es en ese contexto que el autor Édouard Glissant trazó las bases de su propuesta de pensamiento archipiélago, un pensamiento intuitivo y vacilante que se opone al racionalismo instrumental de Occidente. Por otro lado, Glissant también mostró una preocupación por desarrollar una poética relacional que, en lugar de fundarse como conquista del territorio, busca deslizarse por el espacio, avivando encuentros con los demás seres. Su pensamiento fue el marco conceptual para el encuentro convocado por Travesías Terremoto: concebido como un lugar para pensar en las prácticas artísticas contemporáneas desde las experiencias afrodiaspóricas caribeñas.

Helena Lugo, directora del proyecto, comenta sobre las residencias: “son tan móviles, tan versátiles, que nos permiten realmente generar otros modos de encuentro. La residencia es un espacio para seguir pensando nuestro continente y nuestros propios contextos desde un lugar crítico y transformador”.

Tras el viaje, los artistas seleccionados realizaron un segundo encuentro en Ciudad de México para profundizar sobre la experiencia y para producir obras que permitieran compartir lo vivido, en interlocución con el propio bagaje y territorio de cada artista. Lo que podemos ver en la muestra El cantar del caos-mundo es el resultado de estos cruces emotivos y geográficos.

El artista guatemalteco Edizon Cumes presenta en El cantar del caos- mundo la obra AWÄN. Procurar la abundancia en tiempos de exterminio (2026), un proyecto de investigación conformado por un herbario de plantas comestibles, implantadas en los territorios colonizados, como la caña, el banano y el cardamomo, que además de sustituir la vegetación endémica significaron la imposición de trabajo esclavizado. El artista propone: “La ‘tierra arrasada’ la hemos convertido en espesos bosques; las tierras saqueadas, en abundantes milpas. Y donde se ha sembrado la muerte en forma de monocultivos de caña de azúcar y banano, nosotrxs seguimos pensando en la milpa.”

Por su parte, la artista dominicana Julianny Ariza Vólquez, quien se ha dedicado a desarrollar un trabajo para recuperar la memoria material dominicana y del Caribe, presenta la pieza Cantoras del estuario (2026), un altar acompañado de una instalación sonora que presenta a un tótem donde se reconfigura y rememora a las nodrizas afrodescendientes, esclavizadas para reproducir y criar a los niños. El sonido es un canto y un rezo que nos convoca a la ritualidad. Conformado por voces de mujeres activistas, imagina alianzas entre pueblos originarios y comunidades africanas esclavizadas. Entre los fragmentos se escucha: “Diosa del estuario, los gobernantes han sentenciado nuestras vidas. Oh, madre de agua y arena, recuerda a tus hijas que huyeron para convertirse en montañas… El salitre oxidará las cadenas, nuestros ruegos no irán al vacío. Ven y te diré cómo dejo ir el miedo como agua entre los dedos, alza las manos y echa raíces que se tejen bajo tierra…”

Por su parte, Luisebastián Sanabria (Colombia) ha elaborado para esta exposición la pieza Lleva al desierto las ovejas (2026), una instalación en video donde observamos el viaje en automóvil del artista y su padre por Santander, Colombia, en busca de un árbol de manzanas. El artista cuenta que su homosexualidad ha sido un tema tabú en su familia, y la idea de tener un manzano en casa sería la metáfora de que todo puede crecer aun en territorios adversos. El artista comenta: “Papá asegura que me guía hacia el cielo. Y no es así. No quepo en su boca y él alumbra las esquinas para que lo vea. Verlo es sentir que es un pastor y que me trata como su oveja. Cada vez que me habla y me escribe, nos dirigimos al desierto, a su condena: ser testigo de cómo soy expulsado de la historia y de su mundo.”

Por otro lado, la artista, gestora territorial y escritora del desierto de Atacama, Carla Sobrino, preparó la pieza DOMÉSTICA(2026), una instalación donde cuestiona la exotización y la mercantilización global de la imagen de la llama, animal mítico que hoy en día se encuentra caricaturizado. La música que acompaña el video es el rap chileno “Chupacabras” de Tiro de Gracia, interpretado por la artista y su hijo Bruno, como crítica al sistema de fagocitación identitaria.

Y desde México, Miguel Cinta Robles, cuyo trabajo ahonda en las pedagogías de la tierra, ha desarrollado para esta exposición la pieza Informe técnico de la Nueva Comisión del Papaloapan (2026), resultado de una investigación sobre la construcción de las presas Miguel Alemán y Cerro de Oro entre los años cuarenta y ochenta, en la sierra baja mazateca (región del Papaloapan, Oaxaca). A través de fotografías, mapas y documentos, se reconstruye el desplazamiento de decenas de comunidades que perdieron sus tierras bajo el agua al ponerse en operación las presas. El archivo documental y el archivo del padre del artista han sido mezclados para desarrollar una ficción donde un grupo de sobrevivientes de la inundación implementa un cultivo sin fotosíntesis. Un ejercicio imaginativo que busca repensar el desastre.

Además de los artistas seleccionados, para la exposición se ha invitado a artistas cuyos temas de trabajo ahondan en mitos, reformulan la ritualidad y se proponen como estrategias de vincularidad, pensando en la relacionalidad que propone Glissant. Así en la exposición participa también Naomi Rincón Gallardo, quien presenta utilería de uno de sus videos, ahora convertida en escultura: Cihuateteo –deidad mexica asociada a la muerte por parto– aparece como una pepenadora que busca esquirlas culturales y fragmentos de cuerpos; Eugenia Martínez, por su parte, nos ofrece rememorar a Sycorax, la bruja de la obra La tempestad escrita por Shakespeare, invocada como potencia femenina de una cosmogonía que entendía a la Tierra como entidad viva; también participa Nicole Chaput con las pinturas escultóricas El divorcio de mis piernas (2021), Filete (2019), Mal de ojos (2025) y Novia de baba (2025), donde se aglutinan fragmentos de imaginería visual que intenta reconformar una corporalidad híbrida y experimental. A su vez, Devin Osorio presenta las piezas Un corito sagrado (2023), A veces hasta las sombras hablan (2023) y Raíces arquitectónicas (2023), en las cuales el artista explora la identidad caribeña migrante y queer; finalmente, RojoNegro (Noé Martínez y María Sosa) presenta Tepalcates de sueños (2020), una serie de pinturas con forma de animales, cuerpo y paisajes que son resultado del ejercicio de compartir sus narraciones oníricas para reconstituir los imaginarios de los linajes huasteco y purépecha de los artistas. La muestra puede leerse como un encuentro poético de ritualidad y ensayos imaginativos para alumbrar el presente. ~


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