La renovada apreciación de José María Velasco (1840-1912) reafirma la confluencia en su obra de dos vertientes pictóricas: el naturalismo y el romanticismo. El jardín de Velasco, exposición instalada actualmente en el Museo Kaluz, documenta de manera sobresaliente el fondo naturalista del pintor al exhibir parte muy importante de su trabajo botánico que, por lo general, se había mostrado como complementario de su pintura de paisaje, pero nunca con la profunda correlación que ahora se estudia y demuestra. Esta exposición logra una atadura precisa entre ciencia y estética gracias a la adquisición reciente que hizo el Kaluz de un acervo extenso reunido por María Elena Altamirano Piolle, bisnieta del artista. Nos revela otra modernidad, muy diferente de la establecida desde mediados del siglo XX en torno a su obra.
Junto con el valioso material de paisajes al óleo, acuarelas, dibujos preparatorios, libretas de apuntes, litografías, anotaciones manuscritas y demás, que acompaña la exposición, se revela la amplitud de la contribución del pintor a estudios colegiados de medicina, de biología, geología y meteorología, que lo instalan en la estela del barón Von Humboldt y en la cresta del naturalismo mexicano. Velasco reflexionaba sobre el clima, los vientos, las estaciones, al tiempo que estudiaba la morfología de las plantas que luego vertía en sus composiciones. Sus cuadros no son del todo “naturales”: recurría a la construcción de paisajes introduciendo imágenes de vegetales que conocía bien o cambiando de lugar las plantas, todo en aras de la composición pictórica, jugando con las luces para hacer resaltes.
No escasea en este arrastre el espíritu romántico, notable tanto en las pequeñas escenas “costumbristas” de sujetos campiranos que aderezan algunos primeros planos de sus paisajes o por la dignificación alegórica de roquedales y ruinas, o por el dramatismo de sus ahuehuetes –árboles predilectos del pintor– y los celajes panorámicos. Se añade a la muestra la presentación de objetos, como instrumentos ópticos y de medición, y en primer término la silla trípode, la sombrilla y la caja de pigmentos que hacen patente el trabajo al aire libre que vertía luego Velasco en composiciones de taller.
De esta exposición, la mirada crítica puede extraer reflexiones sobre el lugar que ocupa José María Velasco en la cultura mexicana. Puede detenerse de nuevo en la discusión de su hechura como el artista fundamental de la modernidad. Me refiero al uso político de su visión panorámica del paisaje como determinante de una imagen del país surgida del altiplano central y los volcanes. La monumentalidad de sus lienzos fue, al cabo, creación de una categoría nacional, el núcleo geográfico transmutado en núcleo de poder. Durante décadas, los paisajes de Velasco rigieron tanto en la decoración de oficinas gubernamentales como en los libros de texto gratuitos.
Contra cierta pretensa excepcionalidad nacionalista de su paisajismo (pues no habría recibido influencia, durante su estancia en Francia, del impresionismo, estrictamente contemporáneo suyo), resulta que su concepción sí se toca, y mucho, con los paisajes “nacionales” europeos compuestos a partir de vistas que incluyen castillos e industrias, recursos naturales, cercos poblacionales, cordilleras perimetrales, riscos… proyectado el todo desde un nivel superior, es decir por encima de la visión natural de un sujeto pintor: el nivel superior de la perspectiva caballera (la que se obtiene desde una montura ecuestre) o la del mariscal de campo desde un mirador, desdoblamientos del plano que Velasco proyecta efectivamente en sus composiciones.
¿Uso político? Por decreto, la obra de José María Velasco se constituyó como Monumento Histórico, es decir patrimonio nacional, en 1943. Hay que recordar que, desde la inauguración del Museo de Arte Moderno (mam) en 1964, y a lo largo de varias décadas, la Sala II llevó su nombre inscripto en el acceso, en tanto alojaba sustancialmente obras suyas pertenecientes al Estado. Una razón de este asiento parece irresistible: durante la fundación y la primera etapa del mam, la “modernidad” se entendía como bastión de la Escuela Mexicana de Pintura. Y sí: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, pero también el Dr. Atl, fueron discípulos suyos en la Academia de San Carlos. La línea estaba trazada. Fue hasta 1982 cuando los Velasco del mam se integraron al Museo Nacional de Arte (Munal), con lo que su lugar histórico se desplazó a un nuevo acomodo conceptual y físico. El arte moderno mexicano no podía ajustarse más como una emanación del linaje de la Escuela Mexicana.
El jardín de Velasco irradia un capítulo científico, ecológico y aun ambientalista extraído de la obra de un pintor que hoy recibe justificadamente el reconocimiento internacional. Complementan la exposición piezas contemporáneas de Thomas Glassford, Jan Hendrix, Patricia Lagarde, Wendy Cabrera y Ariel Guzik. El catálogo de la muestra merece mención aparte por la calidad de sus ensayos y el diseño editorial. Este jardín estará abierto al público hasta finales de mayo. ~