“¿Podrías escribir lo que escribes si no fueras tan menuda, Joan? ¿Te dejarían hacerlo si no fueras tan físicamente inofensiva?”, le escribió Eve Babitz (Los Ángeles, 1943-2021). La Joan a quien le habla es Didion (Sacramento, 1934-Nueva York, 2021). La carta fue escrita en 1972, pero Babitz no llegó a enviarla, la guardó junto a otras cartas y papeles en unas cajas que Mirandi, la hermana de Babitz, descubrió después de la muerte de Eve. Avisó a Lili Anolik, la periodista y escritora cuyo perfil sobre Eve Babitz en Vanity Fair había ayudado a rescatar sus libros, especialmente El otro Hollywood y Días lentos, malas compañías. Anolik publicó en 2019 Hollywood’s Eve, su libro sobre Eve Babitz. Pero esa carta la puso de nuevo en la senda y se volvió a sumergir en Babitz y en esas cajas, y en tratar de desentrañar la relación entre esas dos escritoras que fueron amigas y en las que Anolik quiere ver dos modos contrapuestos de entender la escritura. Didion ayudó a Babitz, y luego se distanciaron y, azares de la vida, murieron con unos días de diferencia. El resultado es Didion y Babitz.
Al final del libro, a propósito de la cercanía entre la muerte de ambas, escribe Anolik: “Joan no intentó sobrevivir a Eve. Si algo hizo, fue intentar reunirse con ella. Según lo veo yo, a pesar de lo mucho que se habló de la serie de amantes de Eve, y a pesar de lo mucho que se habló del matrimonio de Joan, ambas estaban solas. No quiero decir solas cuando les llegó el final. Quiero decir siempre solas, solas de manera esencial. En lo más profundo, estas mujeres eran solitarias, reservadas, implacables, independientes en pensamiento y acción, cercanas al ascetismo en sus hábitos, casi fanáticas en su rigor, de espíritu indomable e inquebrantable. Vírgenes –o solteronas– en el sentido más profundo. Novias del Arte. Tampoco hombre alguno les llegó de verdad. Y la una era a la otra lo más cercano a una secreta hermana o cómplice. A un alma gemela.” Antes de llegar a este hermanamiento un poco artificial entre las dos escritoras, Anolik escribe 425 páginas con un ojo en las vidas y carreras de cada una, que no avanzaron en paralelo –Didion tuvo lo que quería: reconocimiento; Babitz fue mucho menos metódica con su escritura y con su vida–, pero cuyas personalidades, en la vida y en la literatura, pueden verse, más que como opuestas, como complementarias.
Cuando Babitz le escribió la carta que no mandó, Joan Didion ya era Joan Didion, gracias a Arrastrarse hacia Belén, la colección de ensayos sobre California que se había publicado en 1968. Y, aunque a Babitz le molestaba la mirada pasada por Nueva York que Didion daba de Los Ángeles ahí y sobre todo en la novela Según venga el juego (1970), lo que según Anolik irritó a Babitz fue un artículo de Didion sobre el movimiento de liberación de la mujer. Anolik, después de aclarar que “a Eve le desagradaba el movimiento de la mujer tanto como a Didion”, explica: “Que Joan quisiera venderse a sí misma para conservar su viabilidad como escritora, a Eve le parecía bien. Eve era práctica. Comprendía la necesidad, los dilemas de la supervivencia. Qué no le parecía bien a Eve: que Joan, con su artículo en el New York Times, estaba vendiendo a las mujeres para quedar bien con los hombres; igual que Joan, con su Según venga el juego, había vendido su Los Ángeles con Nueva York.”
El artículo de Didion fue la espoleta que descubrió una discrepancia mayor, según Anolik: “Me avergüenza que no leas a Virginia Woolf. Es como si la consideraras una ‘novelista para mujeres’ y que solo puede gustar a las cabezas de chorlito, mientras que tú, periodista incisiva y precisa, tú nunca querrías formar parte de la clase de gente que deambula sin rumbo en Las olas. Tú prefieres quedarte con los chicos a reírte de las bobadas de las mujeres y escribir con tu prosa certera sobre María que todo lo tenías menos el Arte.”
Eve Babitz era hija de un violinista y una escultora, ahijada de Stravinski, y puro L. A. –lo que eso quiere decir se comprende también leyendo los libros de Babitz, pero incluye bastantes drogas–. No era raro que Babitz se liara con hombres casados; acabaría asumiendo su condición de “amante”, pese a que tuvo novios y relaciones prolongadas en el tiempo, aunque no exclusivas. Pintó, fue fotógrafa, hizo collages para portadas de discos y se sentía escritora. A la vez que el libro de Anolik, se publica Yo era un encanto, volumen que reúne artículos de Babitz, pura chispa, gracia y espontaneidad, y que empezó a publicar en Rolling Stone gracias a Didion. La power couple de la época, matrimonio fundado en la empresa común más que en el amor, según Anolik, Didion & Dunne, se iba a ocupar de corregir el manuscrito de Babitz y convertirlo en El otro Hollywood, pero Babitz se enfadó y prescindió de ellos. Luego, en 1974, presumiría de haber despedido a Didion. Y quizá ahí esté la verdadera razón del distanciamiento: el comentario de Didion al borrador de Babitz no fue entusiasta, Didion creía que había que trabajar más.
Lili Anolik desmonta El año del pensamiento mágico como libro “honesto”, señala la omisión del alcoholismo de Quintana Roo, la hija de Didion, en Noches azules, el libro que escribió sobre su muerte, cuya causa no explicita en él: pancreatitis crónica, debida principalmente al alcoholismo. Escribe Anolik: “Elegí mi bando: el de Eve. Algo que es evidente, pues estoy loca por Eve, la adoro con el abandono irracional de una fan. Además, Joan es alguien de quien me pongo en contra de manera natural: respeto su trabajo más de lo que me gusta; encuentro que es un personaje –medio princesa, medio aguafiestas– difícil de soportar; y le guardo rencor porque a nosotros, sus inocentes lectores, nos lanza un ejército aparentemente interminable de sus ensayistas personales, mujeres jóvenes de clase media que se toman sus propios sentimientos en serio y esperan que nosotros hagamos lo mismo.” Aunque Anolik no minimiza los disparates de Babitz, ni sus errores de juicio a la hora de tomar decisiones sobre su vida y su escritura, muestra demasiado pronto su antipatía hacia Didion. Habla de la adicción de Babitz a la cocaína y al alcohol, de que no corregía los textos… y, sin embargo, Eve era un encanto. ¿Cómo si no se explica que fuera consciente de que el volumen que una ocupa determina la percepción de los demás (hombres sobre todo) sobre su persona (y su trabajo, por extensión) y a la vez fuera tan inocente como para pensar que el tamaño no afectaba a los hombres? Esto le contó el escritor Dan Wakefield a Lili Anolik; él oye a Babitz hablar por teléfono con una amiga; ella cree que él está dormido: “Y la oí cómo me defendía frente a Diane, diciendo que mi entrepierna era, y cito, un agradable cambio respecto a la de Jim [Morrison], que, evidentemente, era mucho más grande. Bueno, pues salí de la cama de un salto y me largué del apartamento. Oh, estaba tan enfadado, ¡y avergonzado, por Dios, estaba tan avergonzado! Un par de horas después me llamó al Chateau para decirme que había estado hablándolo con su madre, ¡con su madre!, y que su madre le había explicado que los hombres eran susceptibles al tema del tamaño. ¡Esa fue su disculpa!”
Didion y Babitz combina la chismografía con intentos serios de analizar la obra y el papel de las dos escritoras; usa trucos para mantener la tensión y el interés del lector siempre alerta. Tanto Didion como Babitz y todos los secundarios son personajes carismáticos, capaces de sostener el libro. La época, finales de los sesenta, principios de los setenta, pura ebullición. Algunos cotilleos: la famosa foto de Duchamp jugando al ajedrez frente a una joven desnuda, que no es otra que Eve Babitz; el equipo Didion-Dunne y la sospecha de la homosexualidad de Dunne; la colección de amantes, novietes y líos de Babitz, que incluye a Harrison Ford antes de ser Han Solo, a Steve Martin, a Jim Morrison o a Annie Leibovitz, entre otros muchos. En fin, Woody Allen dijo que, de reencarnarse, le gustaría hacerlo en los dedos de Warren Beatty; las yemas de Eve Babitz no son un mal destino para una vida eterna de placer. Sus dedos, además, fueron de lo poco que no se quemó en un accidente que le dejó quemaduras de tercer grado en el 70% de su cuerpo. Lo cuenta la propia Babitz en el magnífico “Yo solía ser encantadora”. ~