Hace unos días me tomé unas cervezas con una amiga ginecóloga que vive en el barrio Quintana de Madrid. Íbamos paseando por unas calles que, por su fealdad y encanto, me recordaban a las calles en las que me crié, obreras, viejas y residenciales, y de pronto atravesamos una llamada Fernando Pessoa. Yo solté un sonido como de grulla emocionada, porque no esperaba encontrarme una calle con ese nombre en medio de Ciudad Lineal. Mi amiga ginecóloga me preguntó sorprendida: “¿Quién es?” Un poeta portugués, le respondí yo; un poeta muerto que me gusta mucho.
Nos detuvimos en la esquina, en el bar Ruano, a mirar la placa de nomenclatura en la que ponía el nombre de la calle, y mientras yo le hacía una foto nos dimos cuenta de que esa luz primaveral de las siete de la tarde era perfecta. Así que decidimos quedarnos ahí, bajo el sol naranja, sentadas en unos taburetes altos de metal de uno de esos locales que ya es casi imposible encontrar en el centro, con rótulos rojos de los años ochenta y un interior oscuro, con olor a comida y amoniaco.
Mi amiga ginecóloga y yo habíamos quedado para despedirnos, porque en unos días se marcha a hacer una estancia de unos meses en Harvard, y hablábamos de las cosas que va a echar de menos de Madrid. Cosas como, por ejemplo, el local de la calle Embajadores al que va a lanzar hachas, navajas y cuchillos en diferentes paredes. Es algo que hace con frecuencia. Esa tarde, por ejemplo, después de haber estado en una guardia durante toda la noche en el hospital y haber traído al mundo, entre otras cosas, a una pareja de bebés diminutos llamados Martina y Manuel, de quienes tenía una foto en el teléfono, y después de haberse echado una siesta de un par de horas en casa, fue a su club de tiro de Embajadores para rebajar tensiones.
Lo descubrió hace alrededor de un año, gracias a una conversación que escuchó en el metro y que ella misma interrumpió para preguntar: “Perdonad, ese sitio del que habláis, ¿dónde está?”
Me cuenta que siempre va sola, que no conoce a nadie ahí, que se topa con personas con la mayor pinta de taradas que una se pueda imaginar, con tatuajes de arañas en la calva, dentadura de plata y cosas así, con aspecto de estar esperando la mínima oportunidad de tener una razón medio legítima para estrangular o degollar a alguien y estar justificados. “Pero luego todo el mundo es siempre muy majo y respetuoso”, me dice. Se lamenta de que, en Boston, encontrará posiblemente y con frecuencia lugares de tiro con armas de fuego llenos de supremacistas blancos, y eso a ella, naturalmente, no le interesa.
Le deseé buen viaje y empezó la Semana Santa. Yo me vine a una casa de campo vacía que tiene mi novia en La Roda, en medio de la llanura manchega, donde estoy en este preciso instante. Ayer ojeamos un programa que encontró de las fiestas que se celebraron aquí en el verano de 1993, y me encantaron algunos eventos que aparecen, como el III Campeonato Mundial de Ajedrecistas Ciegas y Deficientes Visuales (así está anunciado), que duró diez días en el septiembre de hace casi veinticinco años, o la fiesta de Elección Miss y Mister Tanga de la discoteca Ainoa, El templo de la Noche.
Llevo unas cuantas mañanas desayunando en el jardín, bajo la sombra de un árbol de lilas que, por el mes en el que estamos, me hace recordar irremediablemente el archiconocido poema de T.S. Elliot: “April is the cruelest month / breeding lilacs out of the dead land / mixing memory and desire / stirring dull roots with spring rain…” Y pienso tres cosas: que, por famoso y trillado que esté, sigue siendo uno de los mejores comienzos de un poema que he leído jamás, que abril no es ni muchísimo menos el mes más cruel y que irse de Madrid tiene casi más que ver con Madrid que con el lugar al que te vas. Con los años, se ha convertido en mi vara de medir. Nada es indisoluble a ella. Toda la calma, belleza o hastío la calculo en base a cómo es ahí, a cómo puede ser ahí. Tal vez necesito irme para dejar de estar tan ensimismada en mi propia ciudad, que ni siquiera lo es pero que ya la considero como tal.
Por lo pronto, todavía no he buscado en internet por qué hay una calle llamada Fernando Pessoa en el barrio de Quintana, ni dónde exactamente está el local al que va mi amiga, y esos misterios me sostienen.