Un año antes de morir Jorge Luis Borges publicó Los conjurados, su último libro. Había acordado con Alianza editorial la entrega de treinta poemas pero entregó cuarenta, treinta y dos en verso y ocho en prosa poética. Los fue componiendo en medio de los viajes que los múltiples homenajes por el mundo le obligaron. Los escribió en Cnossos, Kyoto, Ginebra, Berna y Buenos Aires, entre 1981 y 1983. Los conjurados fue su décimo tercer libro de poemas.
Edward Said desarrolló el concepto de “estilo tardío” para referirse a las obras artísticas creadas en la última etapa de un autor. “¿Se vuelve uno más sabio con la edad –se pregunta Said– y existen acaso unas cualidades únicas de percepción y forma que los artistas adquieren como resultado de la edad en la fase tardía de su carrera?” Es el caso de Shakespeare en La tempestad y del Sófocles del Edipo en Colono.
Hay obras tardías que coronan una vida entera de esfuerzo estético. Un claro ejemplo de esto lo representa Los conjurados de Borges. El libro, muy breve, exhibe un rigor sostenido. Aparecen los espejos, los laberintos, el tiempo, las rosas, los atardeceres, la Cábala, los libros, enunciados con la misma dicción que en la mayor parte de su obra poética. “Nadie se repite con tanta perfección como Borges”, señaló José Miguel Oviedo. Quizás el más alto logro literario de Borges haya sido la creación de una voz única, inconfundible. El tono y el lenguaje de Borges es el mismo en sus poemas y en sus entrevistas, en sus ensayos y en sus cuentos. Agudeza y gracia, inteligencia e ironía. Borges repite en su último libro símbolos y sintaxis de sus libros anteriores. “Si no soy monótono, no satisfago a mis lectores”, dijo en una entrevista. “Todo poeta –según Chesterton– concluye siendo su mejor parodista”. Nunca Borges fue más Borges que en Los conjurados.
Borges revolucionó el cuento y el ensayo en lengua española pero fundamentalmente fue un poeta. La fuerza y encanto de sus poemas no se encuentra en los experimentos verbales (en el intento de llevar el lenguaje más allá de sus límites) sino en las visiones que revela y en las reflexiones que suscita. Su hábito más constante es la enumeración, que el uso del versículo facilita. Para él la enumeración era un intento de remedar la variedad del cosmos, poblado de cosas singulares y sin embargo todas ellas “unidas por un vínculo secreto”. Desarrolló con los años un sistema complejo de ecos, autorreferencias y paráfrasis. En sus poemas en prosa el procedimiento más usual es la parábola. En Los conjurados, lejos de cualquier moda poética, volvió a lo elemental: el mármol, la piedra, la madera, el fuego, el río. Recurrió a personajes clásicos de la literatura: Don Quijote, Sherlock Holmes; históricos y legendarios como Julio César y Jesucristo. Borges no era afecto a las novedades, pero las incluye, como en su poema dedicado a Suiza. “Creo que la idea de hacer un poema a Suiza y de proponer a Suiza como un ideal, es una idea nueva”, comentó.
El último Borges no es un poeta de imágenes sino de temas y símbolos que son ideas que provocan emociones. Un tema recurrente en sus poemas es el tiempo. El tiempo no como algo ajeno que nos desgasta. “Somos el tiempo”, dice. En nosotros (en la memoria) está el pasado y en nosotros (como promesa), el futuro. Vivimos el presente –gozamos, sufrimos– de forma vana porque inevitablemente seremos olvidados. “Quizá la nube sea no menos vana que el hombre que la mira”. Estamos siempre en fuga. “Somos los que se van”.
La vida transcurre en medio de dudas. No sabemos si nos rodea un laberinto o el caos. Pero mientras estamos aquí, “nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo”. El hilo que nos puede conducir hacia la salida del laberinto tal vez sea “la mera y sencilla felicidad”. Nuestro deber en la tierra es ser justos y felices. El sufrimiento de Cristo no nos salva, “¿de qué puede servirme que aquel hombre haya sufrido, si yo sufro ahora?” La salvación es personal, “tu mismo tienes que salvarte”. Cada instante puede contener el infierno o el paraíso, cada uno toma su propia decisión. “No pasa un día sin que estemos, un instante, en el paraíso”. Pero todo es ilusorio. “¿Hay un fin de la trama? Ese fin no puede ser ético, ya que la ética es una ilusión de los hombres”. Borges no elaboró un sistema coherente, una explicación del mundo, “un mapa del universo”, como Schopenhauer. Podemos salir del laberinto siguiendo el hilo de la felicidad, pero ésta dura sólo un instante. Todo es pasajero. Todo es tiempo. Nos espera el olvido.
En sus últimos años, en múltiples entrevistas y conferencias, Borges expresó su deseo de morir. “Yo suelo sentir que soy tierra, cansada tierra”, dice en Los conjurados. La muerte lo libraría del peso del universo. Sin embargo la cercanía real de la muerte lo haría matizar ese deseo. Con María Kodama fantaseaba con la idea de la reencarnación, él que durante mucho tiempo quiso abrazar el budismo. La muerte nos desata, nos alivia. Pero la muerte lo acechaba. Piensa, entonces, “que la muerte es más inverosímil que la vida” y, por tanto, no es improbable que el alma perdure cuando el cuerpo ya sea un caos. Quizá no nos vayamos del todo. Que el olvido lo cubra todo es tan probable como que lo que ha pasado en la tierra no se pueda olvidar. Nadie lo sabe. La conciencia de la vida es personal, llega la muerte, sigue la oscuridad y el total olvido. Pero la vida de los otros continúa. Entre ellos la sombra de los que fueron pervive.
Como un estoico, Borges anhelaba llegar a la muerte sereno y feliz. “Debemos entrar en la muerte como quien entra a una fiesta”. Así ocurrió. Un año después de publicar Los conjurados murió Borges en un hospital de Ginebra. Uno de sus médicos dijo que Borges entró en coma “por una felicidad excesiva”.
Durante mucho tiempo se insistió en la idea de que Borges había sido un escritor apolítico. Tras de su muerte se han publicado libros y ensayos decisivos que han modificado esa percepción. Su primer libro de poemas (que no publicó) se titulaba Los ritmos rojos, poemas que elogiaban la Revolución rusa. Sesenta y seis años después publicaría Los conjurados, que puede considerarse su testamento político.
Como a Kafka, a Rilke, a Joyce y a Proust, a Borges le fue negado el Premio Nobel por la postura que asumió en los años setenta en apoyo a las dictaduras militares en Argentina y Chile. Tardó varios años en salir de su error. En mayo de 1980 publicó en el diario Clarín una carta en solidaridad con los familiares de los desaparecidos por razones políticas y gremiales. La carta fue producto de la visita que las madres de los desaparecidos habían hecho a Borges. “A partir de ese instante, hablará mal de la dictadura en cualquier ocasión que se le presente” (Federico Guzmán, El miembro fantasma).
En 1982, como forma de distraer de la profunda crisis económica, la dictadura militar argentina se embarcó en la desastrosa Guerra de las Malvinas. Borges publicó entonces el poema “Juan López y John Ward” (incluido en Los conjurados) sobre el destino de dos jóvenes –uno argentino, inglés el otro– enfrentados por la insensatez de sus gobiernos. “Lo publiqué –dijo Borges– y no pasó nada”. El gobierno militar colapsó y fue sustituido por un gobierno democrático presidido por Raúl Alfonsín. “Creo que es nuestro deber apoyar a este gobierno –declaró en una entrevista–, está haciendo algo muy difícil”. Borges se refería al enjuiciamiento de los miembros de la junta militar argentina, acusados de crímenes de lesa humanidad durante la guerra sucia librada en contra de sus opositores.
Borges asistió el juicio en el que se acusó al teniente general Videla. “No juzgar y condenar los crímenes sería alentar la impunidad”, escribió Borges. Estaba convencido de que Argentina estaba arruinada económica pero sobre todo éticamente. Concibió entonces, como una forma personal de ayudar a su patria a reencontrar su camino, la escritura de un poema. En él imaginaría un país construido sobre la fraternidad y la razón. Esa empresa formidable tendrían que llevarla a cabo hombres y mujeres conjurados con un fin benéfico. Se trataba de una idea que concibió por primera vez en 1928. En ese año fue invitado, dentro de los Cursos de Cultura Católica, a la inauguración de una exposición del pintor Pedro Figari. Ahí instó a los criollos a olvidar su linaje y conjurar, en alianza con los inmigrantes, para crear un “hombre nuevo”, una “Argentina tolerante y hospitalaria donde personas de todo el mundo pudieran encontrar su hogar” (Erwin Williamson, Borges, una biografía). Ocho años más tarde, en el marco del Cuarto Centenario de la fundación de Buenos Aires, Borges expresó: “En esta casa de América, los hombres de las naciones del mundo se han conjurado para desaparecer en el hombre nuevo que no es ninguno de nosotros aún y que predecimos argentino” (Osvaldo Ferrari, En diálogo II).
Hacia el final de su vida, como una forma de “marcar un camino” a los argentinos, Borges volvió a la idea de los conjurados. En esta ocasión eligió hacerlo bajo la forma de un elogio a Suiza. Como se sabe, en 1291 diversos cantones formados por hombres de distintas lenguas y distintas religiones decidieron formar la Confederación Helvética, origen de Suiza. Los hombres de ese entonces tomaron “la extraña resolución de ser razonables, han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades”. El principio de fraternidad universal, anarquista, fue asimismo una forma de acercamiento con su padre, con el que había tenido desavenencias cuando este comunicó a su hijo adolescente que abandonarían Ginebra para instalarse en España. Borges pensó que la publicación de ese poema, y del libro con el mismo título, como el último gesto de su vida, sería su contribución personal a la reconciliación argentina.
Borges proponía para Argentina un destino cosmopolita en el que todas las nacionalidades y credos tuvieran cabida. Esa actitud cosmopolita tienen un origen griego (kosmos, mundo; polites, ciudadano), marcadamente estoico, filosofía que promovía una comunidad política universal. Ese estoicismo cosmopolita casa con la actitud estoica de Borges ante la muerte. El ideal estoico cifra su vida: fraternidad con todos los hombres y serenidad ante la muerte.
Borges deseaba la muerte y el olvido. Llegó la muerte pero no el olvido. Su obra nos acompaña y modifica. No sabemos si el mundo es un laberinto o un caos con apariencia de orden. Borges decía que el paraíso podía encontrarse cada día, en cada instante bajo la forma de la belleza. Pensaba que los hombres debían aspirar a la justicia y la felicidad. Su idea de la vida está condensada en un breve libro titulado Los conjurados, su último libro. En él Borges cantó por última vez. Nos queda seguir escuchando lo que dijo en sus poemas. ~