Fotografía: Minneapolis, Minnesota, protesta contra Trump. Alejandro Diaz Manrique / Shutterstock.

La era del fascismo americano

Nadie quiere que lo llamen fascista, tampoco los fascistas, y es una acusación que a menudo se arroja a la ligera. Pero un recorrido por las variedades de este movimiento europeo del siglo XX muestra que Trump y MAGA comparten muchas de sus características.
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Ni siquiera los fascistas quieren que los llamen fascistas. Un movimiento ideológico vago, frecuentemente contradictorio y pocas veces coherente, propio de los primeros decenios del siglo XX, quedó tan contaminado por los crímenes genocidas de los nazis y sus seguidores que el fascismo se convirtió en sinónimo de asesinato en masa. Ya desde los comunistas de los años treinta, que empleaban la palabra para designar todo aquello que se desviara de la línea estalinista correcta, “fascista”, con sus consonantes siniestras y sibilantes, se ha convertido en un insulto comodín.

Poca gente sabe ya qué es realmente el fascismo. En Estados Unidos en particular, las referencias históricas se manejan con tanta arbitrariedad que pierden todo sentido. Podemos recordar a Michele Bachmann, la excongresista republicana por Minnesota, que en cierta ocasión comparó los tipos impositivos elevados con el Holocausto, o a su colega republicano de Ohio, que creía que el mandato gubernamental de vacunarse contra el covid equivalía a la segregación, la persecución y el exterminio de los judíos.

¿Qué es entonces el fascismo, en realidad? ¿Es Donald Trump un fascista? Observadores serios, entre ellos el gran historiador estadounidense de la Francia de Vichy Robert Paxton, han concluido que el movimiento MAGA de Trump, sobre todo tras el violento asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, debe efectivamente clasificarse como fascista.

El problema de acotar el fascismo es que ha adoptado variedades muy diversas: el fascismo cuasirromano de Mussolini, el “clerofascismo” de Franco y Salazar, el fascismo antirrepublicano francés, el etnofascismo flamenco, el fascismo cristiano-ortodoxo rumano, el fascismo holandés, el fascismo noruego, el fascismo japonés del culto al emperador, y la lista continúa. Cada uno tenía sus propias particularidades religiosas, políticas y raciales. El nacionalsocialismo alemán concebía la “comunidad orgánica” –un concepto compartido por la mayoría de los fascismos– en términos raciales; los europeos del sur se remitían a la Iglesia católica, que Hitler, criado como católico, despreciaba.

Quizá todo intento de definir el fascismo como una ideología estable esté condenado al fracaso. Los movimientos fascistas nunca se distinguieron por la solidez de sus ideas. Lo suyo era, más bien, la acción violenta. El fascismo del siglo XX fue un culto a la velocidad, la modernidad, la juventud y el élan revolucionario, pero también un anhelo reaccionario de una grandeza pasada e imaginaria.

La palabra “fascista” irrumpe en la política en la década de 1890, cuando los jornaleros italianos se rebelaron contra los propietarios latifundistas en Sicilia. Se llamaban a sí mismos los Fasci dei Lavoratori. Los fasci designaban un haz de varas, antiguo símbolo romano del poder y la unidad. Los lavoratori eran los trabajadores, inspirados por el socialismo y el milenarismo cristiano. Mussolini, un periodista de izquierda, adoptó el símbolo fascista durante la Primera Guerra Mundial para su movimiento nacionalista. A su vez, se inspiró en las ideas del poeta Gabriele D’Annunzio, un individuo pequeño y contrahecho cuyo entusiasmo por seducir a mujeres rivalizaba con su ardor por las hazañas militares. Todavía muy leído en Italia, D’Annunzio fue el poeta de la violencia.

Todos los movimientos fascistas compartieron un voluptuoso amor por la fuerza, retórica y real. Mussolini tenía sus squadristi, Hitler sus camisas pardas, los rumanos los “escuadrones de la muerte” de la Guardia de Hierro. Hasta Oswald Mosley, que no llegó a los extremos de otros, tenía sus biff boys (entrenados por “Kid” Lewis, un boxeador judío). Se soltaba a milicias belicosas para que forjasen la revolución con sangre. Había veteranos de guerra sin empleo y otros hombres duros a quienes no les faltaban ganas de pelea, y también abundantes intelectuales de despacho que se regodeaban en el derramamiento de sangre desde sus escritorios.

En la mayoría de los movimientos revolucionarios, la violencia es un medio para un fin: crear un nuevo orden. Esto era cierto en parte para los fascistas, pero la violencia también era un fin, una celebración nihilista del vigor salvaje. La cuestión es qué fin tenían los fascistas en mente. Y también aquí existían diferencias nacionales considerables: el Estado cristiano, el Volk ario, el retorno a la Iglesia y a la monarquía absoluta. Es más fácil ver aquello a lo que los fascistas se oponían.

La brutal experiencia de la Primera Guerra Mundial –y en Alemania la humillación de la derrota– había creado una generación de hombres para quienes el liberalismo no era más que una mentira despreciable para ocultar la barbarie innata del ser humano. Detestaban la democracia parlamentaria, que veían como un sistema podrido en manos de élites blandas, egoístas y deshonestas, corrompidas por el privilegio y la comodidad. Los partidos políticos eran meras plataformas para intereses venales. Odiaban a los intelectuales burgueses, a los banqueros internacionales, a los artistas modernos, a la prensa libre, a los abogados y a los científicos independientes; en la mayoría de los casos, eso equivalía a odiar a los judíos, asociados con esas profesiones. La sociedad burguesa debía ser demolida con la máxima violencia para dar paso a un tipo diferente de comunidad, que ya no estaría gobernada por la ley ni por elecciones democráticas, sino por la sangre, la tierra y el credo.

Muchos veteranos de guerra compartían la nostalgia por la camaradería masculina de las trincheras. El escritor alemán Ernst Jünger, nunca un nazi convencido pero sí un nacionalista prusiano, se alborozaba ante el impacto físico y espiritual del combate de masas. Este tipo de añoranza, con un núcleo frecuentemente misógino, condujo a la formación de fraternidades de élite militantes, con miembros vestidos muchas veces de negro, altos, gélidos, disciplinados, dominantes; en resumen: las SS. Estos grupos formarían la vanguardia de un movimiento dispuesto a limpiar la podredumbre de unas sociedades enfermas de individualismo liberal.

En todas las variantes del fascismo existía una aspiración hacia un Estado unificado en el que las diferencias de clase quedarían disueltas bajo el liderazgo de un caudillo carismático. Se prohibieron los partidos que representaban intereses distintos, así como los sindicatos independientes. El individuo sería incorporado a una masa colectiva. Los ciudadanos se convertían en soldados políticos, una expresión que reapareció en la política del Frente Nacional británico en los años setenta. Los soldados políticos no piensan por sí mismos: siguen a su líder, obedientes a cada una de sus palabras. El líder no está sujeto a la ley. Como dijo Hermann Göring: “Hitler es la ley.” Todo intento de cuestionar al líder o el nuevo orden se aplasta sin piedad, porque solo existe una verdad: la que dictan el líder y sus propagandistas. En el Estado fascista ideal no hay distinción alguna entre el líder y el pueblo, pues su voz es la voz del pueblo. En palabras de Hitler, pronunciadas en 1940: “¿Qué soy yo? No soy más que el portavoz del Volk alemán.”

Los demagogos que surgieron en los años treinta, adorados por millones de personas vociferantes que agitaban los brazos como hinchas de futbol, eran un grupo variopinto de inadaptados y fracasados que jamás habrían llegado al poder en circunstancias normales. Eran productos de su tiempo. Pues, al margen de sus dotes histriónicas –con frecuencia considerables–, compartían muchas cosas con sus seguidores. Los movían los mismos resentimientos y las mismas fantasías de venganza y dominación sobre aquellas personas ante las que antes se habían sentido inferiores: banqueros, artistas, intelectuales, catedráticos, periodistas y políticos liberales, tan frecuentemente asociados con los judíos.

El resentimiento popular siempre está con nosotros, pero en algunos periodos es más fácil manipularlo. La catástrofe de la Primera Guerra Mundial, el crack económico de 1929 y, en términos más generales, los efectos alienantes de unas sociedades cada vez más industrializadas llevaron a muchas personas a sentirse solas, desconcertadas y desarraigadas. La promesa de quedar estrechamente atados, como aquellos haces italianos de varas, bajo el liderazgo tranquilizador de un hombre fuerte, con la posibilidad de arremeter contra las viejas élites sociales e intelectuales, resultaba fatalmente atractiva.

Puesto que las viejas élites de muchos países europeos –así como de Japón– estaban asociadas con el capitalismo, el populismo fascista solía tener una veta anticapitalista. En su intento de escenificar una revolución de derechas en 1936, los rebeldes fascistas del Ejército Imperial japonés asesinaron al vizconde Takahashi, exbanquero y ministro de Finanzas con conexiones con la familia Rothschild. Mussolini creó el Estado corporativo, donde se movilizaba a trabajadores y empleadores para reforzar los intereses de la nación. Mosley tenía ideas similares para una economía planificada por el Estado en Gran Bretaña. Pero, una vez en el poder, los líderes fascistas, incluido Mussolini, encontraron a banqueros e industriales perfectamente dispuestos a colaborar con el Estado fascista. Los contratos gubernamentales, una mano de obra dócil y, en muchos casos, abundante mano de obra esclava eran buenos para los negocios.

Otra característica que la mayoría de los fascistas compartían era el anhelo de grandeza imperial y expansión. Mussolini soñaba con un nuevo Imperio romano; Hitler quería incorporar toda Europa a su Reich; Japón se hizo con un imperio en el este y sureste asiático; los nacionalistas checos pretendían revivir el Gran Imperio Moravo de la Edad Media. Incluso los nacionalistas radicales noruegos albergaban ambiciones imperiales. En su celo por construir una esfera de influencia noruega, consideraban indispensable hacerse con Groenlandia.

¿Dónde encajan aquí Donald Trump, que también quiere Groenlandia, y sus adoradores de MAGA? El uso que hace del poder gubernamental para perseguir a opositores políticos, el chantaje a bufetes de abogados y universidades, y sus intentos de socavar la independencia del poder judicial han llevado a algunos estadounidenses a abandonar el país.

Compararlo con Hitler o incluso con Mussolini no resulta especialmente útil. A Trump puede que le guste ser un dictador, pero de momento no lo ha conseguido, ni ha cometido asesinatos en masa. Sostener, como hacen muchos, que Trump es simplemente un narcisista desprovisto de una ideología coherente tampoco nos dice nada. La mayoría de los dictadores –o aspirantes a dictador– emplean las ideas de manera instrumental, para afianzar su poder. “Nuestra doctrina”, dijo Mussolini, “es la acción.”

Pero hay ecos perturbadores. El movimiento MAGA gira en torno a lo que los alemanes llamaban el Führerprinzip, el culto al líder. Sin el dominio personal de Trump sobre sus seguidores y sobre la mayor parte del Partido Republicano, MAGA quedaría confinado a los márgenes más rancios de la sociedad. Triunfa en mítines multitudinarios donde sus discursos largos y serpenteantes apelan a las emociones temerosas, airadas y vengativas de la multitud, desafecta por las desigualdades económicas y desconcertada no ya por el industrialismo, sino por la desindustrialización y la alta tecnología global. Los que están en las garras de los demagogos no se exaltan con las ideas, sino con el tono amenazador, los eslóganes agresivos y los desafíos belicosos: “¡Encerradla!”, “¡Drenad el pantano!” Como ocurrió hace un siglo, el fervor revolucionario se mezcla con promesas de restaurar la grandeza pasada: Make America Great Again.

Los blancos de la retórica violenta de Trump son reveladores. Los inmigrantes de “países de mierda” son llamados “animales”, “se comen a las mascotas”, “no son humanos”, son “traficantes de droga, delincuentes, violadores” (los mexicanos) o “basura” (los somalíes). Este es el primer paso hacia el aislamiento y la persecución. Los ataques verbales desembocan en detenciones masivas, niños arrancados de los brazos de sus padres, sórdidos centros de detención y deportaciones a países donde las condiciones son aún peores y cuyas lenguas las víctimas ni siquiera hablan.

Elegir grupos concretos para maltratarlos es una táctica clásica del hombre fuerte. Esos grupos se convierten en chivos expiatorios de los resentimientos, los miedos y el malestar que sienten los seguidores más ardientes del demagogo. Quienes no son el objetivo pueden deplorar el trato que reciben, como probablemente hicieron muchos alemanes cuando los judíos eran apaleados, asesinados y enviados a campos de concentración en los años treinta, pero siguen sintiéndose seguros. Por eso los asesinatos en Minneapolis de Alex Pretti, enfermero, y Renée Good, madre de tres hijos, consternaron a muchos norteamericanos. Eran estadounidenses blancos corrientes del Medio Oeste. Si a ellos pueden abatirlos a plena luz del día agentes gubernamentales enmascarados, eso es algo que le puede pasar a cualquiera.

El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés) existe desde 2003, como respuesta a los atentados del 11 de septiembre, pero nunca había sido tan grande ni había estado tan bien financiado como ahora. Calificar a los agentes del ICE de camisas pardas o biff boys de Trump sería una exageración, pero no tan grande. Se los emplea cada vez más como tropas de choque cuyos métodos brutales no se ocultan. Las redadas del ICE en ciudades gobernadas por demócratas tienen algo de espectáculo, una demostración de fuerza para proyectar una imagen de poder e intimidar a los opositores políticos. La abierta exaltación de la violencia es otro eco de la historia. En un mitin en Pensilvania, el actual presidente de Estados Unidos declaró que no le importaría que alguien, para llegar hasta él, “abriera fuego en medio de las noticias falsas”, señalando a los periodistas, a quienes llamó “chupasangres”.

El trato brutal y la estigmatización de inmigrantes y refugiados de países pobres forman parte de la política de la venganza. El otro paralelismo con el pasado fascista europeo es el odio a las élites: universidades, bufetes de abogados, financieros internacionales, periodistas. Hay algo profundamente perverso en la manera en que esto se expresa. La represión de los campus woke de la Ivy League, el arresto de manifestantes estudiantiles propalestinos y el acoso a profesores liberales se hacen en nombre de la protección de los estudiantes judíos contra el antisemitismo. Al mismo tiempo, un anuncio de la campaña de Trump muestra fotografías de George Soros, Lloyd Blankfein y Janet Yellen –los tres judíos prominentes en la banca y las finanzas– presentándolos como una parte de una conspiración internacional para robar la riqueza estadounidense y despojar al pueblo trabajador. Y una celebridad de internet abiertamente antisemita, supremacista blanca y negacionista del Holocausto es invitada a cenar en la residencia de Trump en Florida.

Otra perversidad del mundo MAGA es que algunos de los colaboradores más entusiastas de Trump pertenecen a las propias minorías que con frecuencia han sido víctimas de la intolerancia nativista. Tulsi Gabbard, directora de inteligencia nacional, es samoana; Kash Patel, director del FBI, es hijo de indios expulsados de Uganda, y el más violento agitador contra los inmigrantes, el asesor de seguridad interior de Trump, Stephen Miller, es el bisnieto judío de inmigrantes que huyeron de los pogromos rusos.

Y por encima de todos ellos, en su recién dorado Despacho Oval, soñando con gigantescos arcos del triunfo y enormes desfiles militares en Washington, se sienta Donald Trump, que, al más puro estilo del hombre fuerte, cree estar por encima de la ley. Sus ambiciones imperiales comprenden Canadá, América Latina y, por supuesto, Groenlandia, que confundió con Islandia. Cuando le preguntaron por qué necesitaba poseer Groenlandia, cuando el ejército estadounidense ya campea a sus anchas por allí, respondió que era por “razones psicológicas”. Y, ante la pregunta de si existían límites a su poder global, contestó: “Sí, hay una cosa: mi propia moral. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme.”

Si Trump no es un fascista, sus palabras, sus prejuicios, sus métodos y, sí, también su psicología son en todo caso fascistas. Así como los fascistas de los años treinta tenían sus estilos nacionales distintivos, Trump tiene el suyo. Es una figura muy estadounidense: el hombre fuerte como farsante, como celebridad televisiva obsesionada con las “audiencias”, los “impactos”, el espectáculo y la fama. El presidente de Estados Unidos es también un fanfarrón incorregible que presume del dinero que ha ganado. Sus peroratas, que parecen reproducir un flujo de conciencia que no se detiene nunca, combinan la amenaza de un capo de la mafia con la labia vendedora de un evangelista televisivo malévolo.

Precisamente porque es un estereotipo tan reconocible, muchos estadounidenses, incluso quienes no lo soportan, tienen dificultades para ver su administración a través del cristal de los días más oscuros de Europa. Un célebre intelectual estadounidense me dijo en cierta ocasión que lo que ocurrió en Alemania en los años treinta nunca podría suceder en Estados Unidos. “Nosotros los americanos”, me dijo, “amamos demasiado nuestra libertad.”

Puede que sea así. Hay brotes verdes de oposición. La virtud cívica norteamericana se manifiesta en la forma en que la gente intenta proteger a los inmigrantes de las redadas del ICE. El desprecio de Trump por el Estado de derecho encuentra la resistencia de jueces que se niegan a acobardarse. Los partidos de la oposición no han sido prohibidos aún, se celebrarán elecciones y el gobierno del hombre fuerte aún podría ser detenido. Estados Unidos no es un Estado fascista, todavía. Pero las señales son ominosas. Parafraseando a Mark Twain, la historia no se repite, pero vaya si rima. ~

Traducción del inglés de Daniel Gascón. 
Copyright © 2026, Ian Buruma, con permiso de The Wylie Agency (UK) Limited.


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