Los libros se llenan de casas, será por el precio de la vivienda, eterna preocupación española. La periodista Llucia Ramis obtuvo el IV Premio de No Ficción Libros del Asteroide con Un metro cuadrado –guiño a la mejor canción de Vainica Doble–, donde aborda el asunto logrando que conviva la crónica periodística con la autobiografía. Era todo el mismo hueco, reciente libro de relatos de la escritora Eider Rodríguez, está lleno de muchas casas y muy distintas, un poco como si enseñar las casas de los personajes fuera otra manera de contarnos quiénes y cómo son. “Mares y ruinas” es el cuento en el que hay un guiño al asunto de la vivienda: las protagonistas jugaban en una casa medio abandonada como si fuera suya; cuando avanzan hacia la edad adulta –que las va a separar– visitan la casa, donde ahora vive la familia que la ha comprado y reformado. Pero las casas de los personajes son importantes en todos los cuentos: la casa de Román, en “Canícula”, se describe así: “Era una bonita casa color crema, muy cuidada, con ventanas y aleros azules. Una buganvilla cubría una esquina. Pegada a la casita principal había una casita, y en el jardín trasero, una mesa redonda de hierro a la sombra de un viejo nogal.” ¡Con ese jardín cómo no va a volver una mujer madura a que le hagan limonada y le den masajes! En “El agujero”, la pareja protagonista vive en lo que antes era el establo del caserío de los abuelos de él: “[El apartamento] Había quedado bonito, pero demasiado pequeño, y nosotros también deseábamos una casa más grande, nos correspondía.” Así que empiezan a cavar un hoyo, es idea del novio, pero, como es ella la que se queda en paro, será quien dedique el día a cavar, primero para ganar espacio, luego ya no se sabe bien para qué.
Esa idea de casa dentro de una casa está en Diminuta casa encantada, novela de Laura Fernández que pensó para que la pudieran leer sus hijos. La escritora mete todas sus obsesiones y sus pasiones aquí (otros universos, niños solitarios que se sienten raros, fantasmas, cartas, normas e instrucciones, los libros y, claro, ¡dinosaurios!) y funciona, milagrosa y misteriosamente. El libro tiene trama y aventuras, muchas, y se van enredando, enredando –“como en el muro la hiedra”–; es la novela que Laura Fernández ha escrito para su yo de diez o doce años y le grita que sí, que los libros son casa. La acción empieza con el anuncio de una mudanza: eso enfada a Bill, el niño protagonista, obligado a mudarse de casa, de ciudad y de colegio por culpa del trabajo de su madre, paleontóloga, la famosa doctora Willa S. Willetts. Como corresponde, Bill odia los dinosaurios, especialmente el de peluche que le regaló su madre, Harper Benjamin, junto al que está la casa encantada diminuta, habitada por una familia, también diminuta, y un fantasma. “Una historia […] solo ocurre, y ocurre cada vez, cuando alguien la lee”; esta novela es una invitación a compartir la fascinación por la literatura. Hay mucho humor, que opera a todos los niveles, con guiño al asunto de la vivienda también: “¡Oh, un PROPIETARIO, al fin!”, dice uno de los fantasmas.
Una casa sola, novela más reciente de la escritora argentina Selva Almada, cuenta la desaparición de una familia que se esfuma de la casa en la que vive en Entre Ríos. Solo la madre de la mujer trata de averiguar qué pasó, solo ella y la casa, que es la narradora de la historia, parecen echar de menos a la familia de Lucero. La casa de la novela de Almada nos habla también del terreno en el que está, el monte, el lago o río que hay no demasiado lejos. Pensando en el mundo rural diseminado, con las gallinas detrás de la casa y sin vecinos, me acuerdo de Mudanzas y otras novelas breves, de Hebe Uhart, otra escritora argentina, esta ya muerta. Las novelillas ahí reunidas contaban un ascenso social que se hacía efectivo a través de mudanzas que terminaban en lo urbano.
Vuelvo a los cuentos de Eider Rodríguez, en concreto a “Corazón de pato”; allí una madre acude con su hija a cenar a la casa de una amiga de la niña. “La casa era grande y hermosa, roja y blanca, construida en un barrio nuevo de Hendaya, y le habían pintado el nombre ‘Gure nahia’ en la fachada. ‘Nuestro deseo’. Vi el morro del Tesla asomando por la puerta del garaje. Fuera también tenían un Mini verde oscuro. El suelo delante de la casa estaba pavimentado, pero habían mantenido algunos parches de tierra del antiguo jardín para que pudieran crecer tres o cuatro árboles; yo sabía nombrar dos de ellos: una camelia y una mimosa”, cuenta la narradora, que es escritora. El marido no acude a la cena porque está en Zaragoza, ha quedado allí con una antigua amiga de la pareja para hacerle una donación de semen sin más intermediarios que el bote.
Y ahora una no novedad que está dentro de un libro que sí está entre las novedades en España: La marca en la pared, en Nórdica editorial, reúne unos cuantos cuentos de Virginia Woolf; unos son tempranos, otros son casi ensayos para La señora Dalloway –en el cuento que lleva su nombre lo que dice es “que ella misma compraría los guantes”– y en otros lo que hay es un juego con el tiempo. “Una casa encantada” es un cuento de cuatro páginas, ¡y con bastante diálogo! Es una pieza delicada y mínima pero hermosísima, que habla de cómo las casas contienen algo de la felicidad o la desdicha que en ellas sucedió. Me acuerdo siempre de una canción de El Niño Gusano: “Lo mejor de mi interior / bajo sábanas está / como en una casa / cerrada en invierno.” ~