Un paisaje de costa. Al fondo las montañas, en las que no parece haber vida. La actividad se concentra monte abajo. Es curioso que se pueda transmitir el abigarramiento, un efecto que depende de la densidad, desde la parte más extensa de la imagen. No cuesta mucho imaginar una figura de un animal en uno de los contornos, en concreto una nutria desperezándose hacia el sol. En el cielo hay nubes, y también dos criaturas volando. La más lejana tiene alas como de mosquito y una cola larga y enroscada. La otra es una especie de demonio, con las alas como las de los murciélagos y las patas rematadas en garras. Persigue a los peces. Los peces también son insólitos: tienen tantas aletas que parecen peludos. Un pez peludo no deja de ser una nutria. Hay además un monstruo marino. Me llama la atención su expresión de gran congoja, como si en lugar de dar miedo lo sintiese. Los peces con pelos y el monstruo acongojado nadan hacia el pequeño galeón.
¿Y en tierra firme? Las chozas del fondo sugieren un poblado. ¿Y dónde está todo el mundo? Pues está todo el mundo fuera a bofetada limpia. Parece una alegoría preilustrada de la belicosidad humana. Los demonios pueden ser sus bajas pasiones encarnadas. Uno sacude con una rama a un hombre, que se protege la cabeza. Otro está despertando a otro hombre que, debajo de una palmera, quizá dormía la siesta que le permitía evadirse provisionalmente de la crudeza cotidiana con que se desenvuelven sus congéneres. ¡De ninguna manera! Pero, un momento. Dos de los hombres están vestidos, van tocados y llevan calzón corto. Están departiendo con una mujer desnuda y parece que calva. Hay además un par de ¿monos? que han trepado a un árbol que les sirve de refugio y atalaya, y cerca de ellos pasa con aire tranquilo, a cuatro patas, un animal que no sé lo que es. El pelo del cuerpo recuerda al de las hienas, pero la cara es de hombre, y también me parece humana la manera de colocar las garras, como si no las tuviera todas consigo al apoyarse en el suelo. Desde la puerta de una cabaña solitaria un hombre contempla toda la escena procurando a su vez no mostrarse demasiado. Parece que sostiene un arco; quizá esté evaluando sus posibilidades de ataque y de defensa.
Este vistoso y estrambótico grabado aparece en uno de los libros de Jean de Léry: Historia de un viaje (en versión corta; el título completo es Histoire d’un voyage fait en la terre du Brésil, autremente dite Amérique), publicado en 1578. En el libro el viajero francés cuenta hechos de veinte años antes: su viaje transoceánico, su estancia en la Francia Antártica y el viaje de vuelta a Europa −una sucesión de adversidades y descalabros−. Y la estancia en la Francia Antártica no debió de ser mucho más tranquila. Era una colonia fundada por hugonotes en la isla de Sergipe, en el centro de la bahía de Guanabara, que es a la que da la ciudad de Río de Janeiro. He oído hace poco el comentario de que en Río no se puede trabajar, que para trabajar te vas a São Paulo, y me pregunto si es que hace quinientos años aquella tierra ya emitía una vibración desestabilizadora. La editorial de poesía Ultramarinos publicó hace tres o cuatro años un libro fascinante que transcurre en ese extraño lugar, en aquella época no menos rara: Cuaderno del alcalde, escrito por L. T. Transmite el ambiente particular de aquellos pioneros o fugitivos como una piedra gris asfixiada por una planta trepadora, un tropicalismo sorprendente, de una densidad particular.
Jean de Léry se unió a la expedición de ginebrinos que embarcó en el puerto de Honfleur camino de Brasil en noviembre de 1556. El fundador de la colonia, Nicolas Durand de Villegagnon, había escrito a Calvino pidiéndole refuerzos. Léry tuvo problemas con Villegagnon y acabó abandonando el fuerte Coligny, donde vivía la comunidad, para instalarse con los tupinambás durante unos meses. A lo que vivió y observó conviviendo con ellos dedica gran número de las páginas de su libro. La sección donde está el grabado se extiende en sus creencias espirituales.
Léry volvió espantado del viaje, tanto por la malísima impresión que le había causado Villegagnon como por lo calamitosa que resultó la travesía de vuelta. Tardó veinte años en publicar el libro (1578). Los portugueses habían conquistado la isla de Sergipe y la bahía definitivamente en 1567. Que esta conquista se debió en parte a la ineptitud de los hugonotes fue la tesis desarrollada por el católico André Thevet (que también había estado en una expedición en Brasil) en su libro Cosmografía universal, a la publicación del cual Léry se sintió obligado a contestar con el suyo, que por cierto fue un gran éxito. Pero no fue la única ni la peor acusación por parte de Thevet contra la que Léry se rebeló: en la Cosmografía se acusa a los tupinambás de ser enormemente crueles, calumnia que indignó a Léry. Más tarde, tras la matanza de San Bartolomé, llegó a decir que los católicos eran más salvajes que los salvajes de Brasil, que en aquella época eran la medida del salvajismo.
Esa nostalgia de los antiguos europeos por los países en los que fueron a hacer expediciones es como una cueva que conservasen a la vuelta en sus castillos y casas, en la que solo pueden entrar ellos. En cuanto a la tierra descrita en el libro de Léry, es insólita, como las escenas que vemos en el grabado y como también lo serían las discusiones teológicas de los protestantes franceses en aquella isla a 10.000 kilómetros de sus casas. La era de las expediciones es la era de las extravagancias (creo que vale también para la medida de una vida humana). ~