El oficio menos respetado del mundo

Los árbitros de futbol desempeñan una función esencial, pero ingrata. Insultos, botellazos y hasta amenazas reciben esos deportistas que no cultivan la fama, sino que han decidido defender la justicia en las condiciones más adversas.
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I. ¿Quién, en su sano juicio, soñaría con ser árbitro de futbol?

No ha cumplido aún ciento cincuenta años de edad, pero es el oficio que más insultos recibe por segundo. De manera constante, por noventa minutos. Ni siquiera el verdugo en la Revolución francesa fue tan impopular. ¿Por qué se odia al árbitro de futbol con tanta intensidad? A los insultos se suman botellazos, lanzamiento de petardos, bolsas con orines, todo tipo de agresiones físicas y el desprecio general de la afición. John Langenus (1891-1952), que pitó la primera final de la Copa del Mundo (Uruguay 1930), recuerda las agresiones que recibió como árbitro y abanderado a lo largo de su carrera. Desde la amenaza del presidente de un club: “No se le ocurra volver jamás a nuestro pueblo, porque le romperemos las piernas”, hasta una lluvia de naranjas en Holanda cada vez que como abanderado señalaba un fuera de lugar al equipo local. Langenus terminó repartiendo las naranjas entre los jugadores de ambos equipos para que se refrescaran.1Al ver esto uno se pregunta: ¿quién, en su sano juicio, soñaría con ser árbitro de futbol? ¿Algún niño alguna vez consideró esta profesión antes que soñar con ser bombero, astronauta o superhéroe? Con el guardián del faro se disputa el trabajo más solitario del mundo, solo que el guardián del faro no obtiene miles de detractores cada vez que toca el silbato.

Al igual que los líderes de los países que poseen armas nucleares, su presencia es capaz de mantener en vilo a países enteros, como pudo apreciarse cuando cerca de mil quinientos millones de personas vieron la final del Mundial de Futbol de Catar 2022.2 Y sin embargo, este dios de noventa minutos es víctima de una particularidad que ningún culto que se respete aceptaría: la divinidad es insultada sin tregua durante su intervención. No hay autoridad más cuestionada en el mundo que la competencia del árbitro de futbol.

Como si vistiera de luto anticipado, el árbitro ya sabe en qué condiciones quedará su imagen pública mucho antes de dar el silbatazo inicial. Hasta antes del Mundial de Estados Unidos de 1994, el árbitro siempre había vestido de negro, el color que se relaciona con la mala suerte, por lo menos en los gatos y las aves de mal agüero. Nadie quiere solidarizarse con él: es el condenado a muerte que recorre de ida y vuelta durante noventa minutos un cadalso de noventa metros de largo por cuarenta y cinco de ancho. Sabe que el pueblo, iracundo, pedirá su cabeza desde el primer minuto. Que el ritual de inmolación lo consumirá vivo en el estadio y en las pantallas televisivas. Que nadie llorará su pérdida, pero todos recordarán sus fallos. Los fanáticos esperan que se equivoque, y si no lo hace, se le atribuirá al menos un error para justificar la derrota del equipo preferido: “Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él”, ironiza Eduardo Galeano; “[…] los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuánto más lo odian, más lo necesitan”.3

Dado que no hay más ley que la suya por noventa minutos, sus atributos tiránicos le generan una antipatía que pocos mandatarios o dictadores se han ganado en la historia de la humanidad. Ni siquiera a Calígula se le ofendió tantas veces en tan poco tiempo. Cuando las decisiones de la más alta autoridad en la cancha perjudican a una multitud, se enciende el sentimiento más veloz e instantáneo que el ser humano haya conocido: el odio hacia el árbitro. No es necesario que el abuso sea continuo: basta una aparente injusticia, como puede ser el señalar un penal, expulsar a un jugador, o anular un gol. Al pueblo rumano le llevó treinta y cinco años reunir el valor necesario para abuchear al dictador Nicolae Ceaușescu, pero basta un silbatazo en los primeros minutos de un partido para que todos los integrantes de la multitud lancen el mismo insulto con perfecta coordinación. El árbitro, acostumbrado a esta suerte, lo soporta todo e impone su autoridad.

Al árbitro se le pide que corra con la velocidad del dios Mercurio, decida con la sabiduría de Salomón y lo haga todo a la velocidad de una supercomputadora. Odiada, controversial y siempre cuestionada, la figura del árbitro es tan importante como el balón, los jugadores y el terreno de juego. Janet Lever señala que la maquinaria del futbol no existiría sin ese deportista abnegado y muchas veces heroico, dispuesto a mantener la justicia deportiva incluso en las condiciones más adversas.4

II. Y Dios creó al árbitro

El futbol nació como un deporte de caballeros que jugaban como niños. Las pocas fotografías de los primeros partidos que nos han llegado revelan a un enjambre humano alrededor del balón, y vigilante, atrás de la portería, el umpire. La imagen me recordó a la primera y única formación táctica de nuestros partidos infantiles en las fiestas. Mucho antes de la famosa formación WM (3-2-2-3) nació la TEB (Todos En Bola). El futbol era el desorden, el caos previo al pastel y las bolsas de dulces, que recordaba a aquellas marabuntas humanas que pateando un balón de aldea en aldea causaban la devastación.

Cuando los caballeros dejaron de jugar y se convirtieron en costales de mañas que cometían o fingían las faltas, fue preciso crear un estatuto para respetar el deporte y designar a alguien que lo hiciera cumplir. Cada escuela pública tenía su propio reglamento, lo que resultaba en un problema al competir entre ellas.5 Uno de los reglamentos más antiguos que se han encontrado fue escrito por Mr. J. C. Thring, maestro de la escuela de Uppingham, fechado en 1862.6

El primer reglamento de futbol no consideró al árbitro, pero sí advertía en su última regla, la número trece,7 que “nadie puede usar clavos filosos, de hierro en las plantas de los zapatos de futbol”.8 El primer reglamento de futbol consensuado se redactó en la taberna Freemason’s por un grupo de hombres, muy probablemente en estado de ebriedad. El abogado Ebenezer Cobb Morley se reunió el 26 de octubre de 1863 en la mencionada taberna con los doce representantes de escuelas londinenses, lo que sumaba trece a la mesa. De esas seis reuniones saldría un reglamento de trece reglas, que aún se conserva en los archivos de la Universidad de Oxford. Para efectos numerológicos, la doble presencia del número trece auguraba una mala estrella. No parecía ser el mejor de los comienzos para lo que llegaría a ser el deporte más popular del mundo.

El árbitro de futbol, como los topes o los semáforos en las calles, no pidió ser creado. Su existencia obedece al fracaso humano sobre los reglamentos deportivos y de tránsito. Hasta la fecha no sabemos si fue peor el remedio que la enfermedad. Conocí una pequeña ciudad donde nunca hubo accidentes de tránsito hasta que instalaron el primer semáforo. ¿Pudo pasar así con el futbol? ¿El reglamento y el árbitro acabaron con la libertad del juego? ¿O surgieron para salvarlo de su propia barbarie?

La creación del umpire es la prefiguración del árbitro como lo conoceríamos. Cada equipo podía designar a uno que se colocaba en la portería rival para verificar los goles o ser consultados en caso de duda. Las primeras reglas para los partidos de final de la FA Cup de 1871 señalaban a dos umpires y un referee –que no debían pertenecer a ningún equipo– y en donde las decisiones de los umpires eran definitivas, salvo que hubiera desacuerdo, en cuyo caso el referee tenía la decisión final.9 Este galimatías reglamentario equivaldría a crear un sistema político con dos presidentes que, en caso de diferendo, deberían acudir a una autoridad superior, pero ¿quién debía ser esa autoridad superior? ¿Dios? La pregunta que ronda hasta nuestros días no es sobre la creación de la autoridad arbitral, sino sobre su efecto en nosotros. ¿Para qué instituir una figura de autoridad que nos empeñaremos en desprestigiar y en no obedecer?

La primera mención del árbitro data de 1880, donde se le escogió por mutuo acuerdo entre los dos clubes y fue requerido para llevar un registro del partido y actuar como cronometrista, y advertir a los jugadores que eran culpables de conductas poco caballerosas.10 Fue hasta la temporada 1891-1892 cuando, finalmente, le fueron dados al árbitro los poderes absolutos que le conocimos hasta la llegada del VAR y se le permitió ejercer dentro del terreno de juego. Los umpires se convertirían en los abanderados, una suerte de Sanchos Panza con banderas, siempre detrás –fuera del campo de juego– de este Quijote que cabalgaba dueño de su destino por primera vez.

Enloquecido por la lectura de libros de caballería –el reglamento de juego–, este Quijote arbitral sueña con rescatar al deporte en forma de doncella en apuros y enfrentar durante noventa minutos a enemigos que atentan contra su ideal caballeresco: el buen futbol que respete su propio código de honor. Nadie lo toma en serio, sino que lo consideran como un loco, como el desvarío de un fanático por un reglamento que solo a él parece importarle que se cumpla. Los molinos de viento convertidos en gigantes son las faltas que nadie más que él ve. Los jugadores que fingen ser lastimados son Frestón el encantador, quien con sus trucos intenta engañarlo. Sansón Carrasco, el Caballero de la Blanca Luna, convertido en el VAR derrotará a este anquilosado Quijote arbitral al revelarle su error, su ridículo en el mundo moderno. Despojado de su poder absoluto, cuestionado por su misión, el árbitro será devuelto a casa y despertará como Alonso Quijano, un poco más viejo, pero, afortunadamente, un poco más loco. ~

Adelanto de  El árbitro: un dios de noventa minutos, que Grijalbo pondrá en circulación próximamente.

  1. John Langenus, Silbando por el mundo. Recuerdos e impresiones de viajes de un árbitro de futbol, Madrid, Ediciones Verdad, 1947.

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  2.  “La final del Mundial de Catar 2022 fue vista en todo el mundo por 1,500 millones de personas, un 35% más que la de Rusia”, disponible en reasonwhy.es.

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  3.  Eduardo Galeano, El futbol a sol y a sombra, Ciudad de México, Siglo XXI Editores, 2015.

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  4. Janet Lever, La locura por el futbol, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 1985.

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  5.  Gustavo Marcovich, El árbitro. Una prepotente existencia moral, Ciudad de México, Ficticia, 2010.

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  6. 6 Rafael Navarro Corona, Futbol soccer. Breves apuntes de su historia, Monterrey, Impresora del Norte, 1958.

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  7. Uno. Las medidas. La cancha no podía superar los 182 metros, y de ancho tenía que ser menor a los 109 metros. Largo y ancho estaban delimitados por banderines y los arcos serían soportados por dos postes verticales con una anchura de 7.32 metros. Dos. El inicio. Se sorteará la ubicación en los arcos y quien pierda sacará desde el medio del campo. El equipo contrario deberá estar a 9.14 metros alejado del saque del rival.
    Tres. Tras un gol, el otro equipo deberá sacar del centro. Al término del primer tiempo habrá cambio de bando.
    Cuatro. El gol se considera luego de que el balón supera el espacio entre los dos parantes del arco.
    Cinco. Si la pelota sale del campo de juego, se reanudará el juego desde el mismo punto.
    Seis. Un jugador del mismo equipo no puede estar más adelante de sus rivales. No se considera offside si la pelota se ha sacado tras la línea de meta.
    Siete. Si una pelota sale detrás de la línea del arquero y un jugador del equipo que custodia ese arco la toca, se cobrará salida. Si la toca alguien del equipo contrario, se cobrará un tiro libre a favor del equipo rival. Esta regla quedó en desuso y fue suplantada por el córner.
    Ocho. Si el jugador intercepta un balón en el aire puede cobrar un tiro libre a su favor, pero deberá hacerlo con los tacos de la bota.
    Nueve. Nadie puede correr con el balón en las manos, de hacerlo se cobrará un tiro libre para el rival y constituirá una sanción.
    Diez. No se puede patear o actuar con violencia, o desplazar con las manos a un jugador oponente.
    Once. Nadie se puede pasar el balón entre sí con las manos.
    Doce. Nadie puede tomar la pelota con las manos mientras se esté jugando el partido.
    Trece. Nadie puede usar clavos filudos, de hierro en las plantas de los zapatos de futbol.
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  8.  “Estas fueron las 13 primeras reglas del futbol que se crearon hace 154 años”, disponible en americatv.com.pe.

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  9.  Gustavo Marcovich, op. cit.

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  10. Ibid ↩︎


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