Garry Knight

Benny Hill en Downing Street

Esta semana se cumplen diez años del Brexit y ha dimitido el sexto primer ministro desde el referéndum.
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La noche en la que llegué al hotel había mucha gente en la calle mayor de Boston pero nadie hablaba en inglés. En la mañana los comercios ya mezclaban voces británicas y del este de Europa. Los periódicos decían que la ciudad, con unos 67.000 habitantes, tenía en junio de 2016 el mayor porcentaje de inmigrantes del país. Cerca del ayuntamiento, empresas agrícolas anunciaban empleos en una vitrina.

Aquí se exportaba lana a Holanda en la Edad Media. La liga Hanseática facilitaba el comercio entre capitales del centro y del norte de Europa. Rutas fluviales y pantanales fértiles extendidos desde Lincoln a Cambridge rodean Boston. La comarca produce el 10% de los alimentos del Reino Unido.

En la puerta del consistorio, dos jubilados. “Son muchos más que el 25%”, puntualiza el primero sobre el exceso de inmigrantes locales. En esta vieja mansión de ladrillo rojo se juzgó en el siglo XVI a calvinistas puritanos que querían huir del monarca y partir a la costa para sembrar su religión en América. Fundaron Boston y Massachusetts.

Uno de los viejos, con un hijo en Ibiza, se molesta porque su villa “se ha convertido en capital del crimen, con cuchilladas entre polacos y lituanos”. “Aquí ganará el voto ‘contra’ para que se marchen los inmigrantes, pero no podemos expulsarlos”, dice. El 76% de la población votó más tarde por el Brexit, el mayor porcentaje del país. 

En el itinerario del norte de Inglaterra, Sunderland. Había fallecido un popular vendedor de frutas y hortalizas, Steve Thoburn, que ofrecía en su báscula productos etiquetados con medidas de peso imperiales, una ‘pound’ en vez de un kilo. Le multaban, y se propagó un movimiento nacional de ‘Mártires del Sistema Métrico’. Ni la necesidad de proteger las fábricas de automóviles frenó aquí el voto al Brexit. 

En Suffolk, el hijo de unos granjeros quiere cultivar sin reglas comunitarias. Su padre le pregunta si cree realmente que el Gobierno subvencionará su negocio como lo hace la UE. La madre dice que, “si nos vamos, se va a reír de nosotros todo el mundo”. En el programa matinal de la BBC, la líder nacional de los granjeros les alienta a votar por el “in”. Todos los entrevistados por la radio dicen que votarán por el “out”. 

En Birmingham, un líder sindical repite lo ocurrido a la presidenta de la Unión Nacional de granjeros: “Hicimos una votación de afiliados. Todos los delegados de fábrica optaron por la permanencia”. La UE promovida por Jacques Delors mejoró la legislación laboral en el Reino Unido. Pero los trabajadores con baja renta preferían el Brexit.

Sondeos posteriores desvelaron que entre la numerosa población de origen asiático había desconfianza hacia la Unión Europea porque aventaja a los europeos. Estos podían ir y venir a cualquier país de la Comunidad, los procedentes de India o Bangladesh tenían dificultades para traer a sus familias. Los sondeos confirmaron también que los pobres votaron para alejarse de voces ajenas. Contra la globalización y los inmigrantes de Europa del Este. 

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A las 7.20 de la mañana del 24 de junio de 2016, las televisiones anunciaron que los partidarios de abandonar la UE tenían ventaja, 51.9% de los votos. Boris Johnson, destacado líder de la campaña en favor del Brexit, decía en su casa: ¡Mierda! ¡Joder! Deambulaba con una camiseta de la selección brasileña y pantalones cortos ajustados. 

A las ocho, el primer ministro, David Cameron, regresó con su esposa Samantha a su residencia oficial y pronunció unas breves palabras: “No creo que sea correcto que hoy guíe a nuestro país a su próximo destino. Yo amo a este país”. El matrimonio entró en el número 10 de Downing Street para iniciar la mudanza.  

Johnson veía la televisión. “Dios mío. Oh, Dios mío, ¡Qué hemos hecho! ¡Oh, mierda! No tenemos un plan. No hemos pensado sobre un plan. No creía que fuese a ocurrir ¡Qué disparate!” Los íntimos de Johnson le dirán a Anthony Seldon que no le habían visto nunca tan asustado y consternado. En el amanecer del Brexit, a Boris Johnson le insultan frente al portal de su vivienda.

Anthony Seldon es un docente e historiador que publica biografías humanas y profesionales de primeros ministros. Sus fuentes son fiables. Esa reacción del popular Boris al Brexit se publica en su libro, Johnson at 10.

Sí tenía un plan. La victoria del Brexit le llevaría al 10 de Downing Street. Si hubiera perdido, se convertiría en estandarte del euroescepticismo en la siguiente contienda. Los resultados ejecutan su plan más sencillo. Va a derrocar a su amigo.  

Cameron y Johnson fueron alumnos de Eton, el colegio que se presenta a sí mismo como el más famoso y difamado del mundo. Aulas para futuros primeros ministros. Cameron lo logró a los 43 años, el más joven en dos siglos. Se entendió con Xi Jinping y Obama. Con Merkel no logró reformar la relación británica con la UE. 

El ministro de Hacienda, George Osborne, no creía en la eficacia del referéndum para debilitar el euroescepticismo. Cameron lo había prometido. También prometió a la City financiera “una reforma para adelgazar el Estado de manera permanente”. Para curar la “Britania rota”, su advertencia desde 2005, contrató a un sabio californiano. El remedio era una “Big Society”. Las empresas benéficas resolverían el desempleo. El gurú californiano llegaba en manga corta a reuniones de ricos conservadores en días de nieve. 

Un año antes del referéndum, Osborne inició un gran recorte de servicios públicos. 

En Eton recuerdan a los alumnos el papel del colegio en las Guerras de las Rosas, la Reforma religiosa y la Revolución de Cromwell. En el siglo XXI, alumnos etonianos empobrecieron aún más a una población que sufría los golpes de la gran crisis financiera de 2008. En las elecciones, la mayoría eligió a Johnson como su guía para librarse de las élites.

Los colaboradores de Cameron y Osborne anotaron tras la derrota la propaganda de la prensa por el Brexit. Los periódicos de Rupert Murdoch y de Lord Rothermere, ambos residentes fiscales en países extranjeros, son martillos contra la Unión Europea. Y la BBC tuvo que cumplir sus reglas estatales de imparcialidad cuando se trata de cuestiones políticas.  

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Días antes de la votación, el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) llenó el cine Odeon en Leicester Square, donde se estrenan las grandes películas. Era un documental propagandístico, con el título Brexit, la película, dirigido por el autor también de El timo del calentamiento, sobre el cambio climático en el planeta. 

Nigel Farage aparece en el inicio afirmando: “Stalin mataba a sus rivales, la UE los compra con dinero”. Al final de la cinta, un hombre se puso en pie con pantalón rojo de pana, y reprochó pasividad a quienes contemplamos la película en silencio: “¡Es la libertad!”, proclamó.

Entre las libertades inmediatas del Brexit se contó la eliminación del IVA para productos sanitarios. La UE también lo eliminó. Inmigrantes procedentes de países asiáticos encontraron trabajo, ocupando posiciones que ejercían ciudadanos europeos, por ejemplo en la sanidad pública. Regresaron a sus países por disgusto o por la reducción del valor de sus salarios. La libra esterlina descendió un 10% en los mercados de divisas en la mañana del Brexit.

El espectador brexiter de la película podía celebrar que el Tribunal Europeo de Justicia ya no sería el más poderoso en el Reino Unido. Lo había sido desde el acceso a la Comunidad Económica Europea, en 1972. Otro espectador ardiente gritó “¡traidor!” cuando apareció en la pantalla la imagen de Ted Heath, líder conservador que firmó el acceso del Reino Unido a la CEE.

Veintiocho años más tarde, la sociedad británica despertó dividida. A la derrota, Cameron añadió desorden. Había seguido la estela de Heath, que convocó el primer referéndum del sistema político para apaciguar el conflicto en Irlanda del Norte, en 1973. Cameron convocó el referéndum sobre la independencia en Escocia, y luego la consulta del Brexit. 

Arrebató al Parlamento las grandes decisiones de la política. Le dejó a su sucesora, Theresa May, un grupo conservador en guerra civil y una mayoría parlamentaria por la permanencia. Ya como primera ministra, May convocó unas elecciones catastróficas. Le pedían que entablase contacto con otros partidos, pero May era una política de maneras confidenciales.

En circunstancias revueltas, Johnson se impuso como el líder de los conservadores y firmó los acuerdos con la UE para ejecutar el Brexit. El Parlamento recuperaba la soberanía sobre las leyes. La encomienda de eliminar del sistema británico todas las reglas europeas insertadas ha sido una tarea monumental para una administración cargada con infinidad de deberes.

El primer ministro Johnson ganó las elecciones en zonas tradicionalmente laboristas del Norte y de las Tierras Centrales (Midlands). Alardeó de obtener la primera vacuna contra la pandemia y emuló a Churchill en los primeros pasos de la invasión de Ucrania por Rusia. El caos de su conducta personal lo tumbó. 

Según un panel internacional de economistas agrupados por la Universidad King’s College, el Brexit ha reducido entre el 6% y el 8% del PIB del Reino Unido. La inversión, entre el 12% y el 18%. El empleo, entre el 3% y el 4%. Y la productividad también entre el 3% y el 4%.

En junio de 2016, una pequeña mayoría del Reino Unido decidió abandonar la Unión Europea y en enero de 2017, Donald Trump ganó también con una pequeña ventaja la presidencia de Estados Unidos. En ambas victorias se investigó la influencia de compañías de comercio cibernético y del Gobierno de Rusia. En la década 2016/26 se han desencadenado guerras en Europa y en el Oriente Próximo. 

El Gobierno de Keir Starmer entabló una relación intensa con el presidente Trump tras su elección para el segundo mandato, pero ha afirmado que la política de Washington le obliga ahora a profundizar la relación del Reino Unido con Europa. El Reino Unido tiene un Ejército vaciado por 14 años de falta de actualización, como ocurre en Alemania. Finanzas y guerras serán la ocupación central de los gobiernos. 

Los sondeos publicados en abril confirman la proximidad entre las grandes naciones europeas. Ipsos registra un sentimiento de similitud entre franceses, británicos y alemanes, que comparten intereses comunes. En los mismos países la empresa de sondeos registra un alejamiento de los Estados Unidos.

La firma YouGov registra que el 56% de los encuestados cree que el Brexit fue un error y el 31% que fue un acierto. Que el 68% de los que votaron por la marcha de la UE crean que eligieron bien es la confirmación de que la población puede considerar que el Brexit no ha tenido efectos positivos, pero eso no sería la culpa del votante si no de los demás.

En conversaciones sobre la valla del jardín, los vecinos británicos, en general moderados, no creen que vaya a haber un nuevo referéndum, y tampoco lo quieren, para no volver a la agria división del país. Vecinos y comentaristas de la televisión creen que el Gobierno laborista o coaliciones de partidos favorables a la UE entablarán gestiones crecientes con Bruselas.  

En Divertirse hasta morir, Neil Postman argumenta cómo la televisión y la cultura del espectáculo han transformado el discurso público en mero entretenimiento, degradando nuestra capacidad de raciocinio y pensamiento crítico, prefiriendo la distracción superficial sobre la información significativa. Pero vaticinó también, en 1985, que el ordenador personal no tenía futuro. 

El filósofo John Gray fue invitado por la BBC para presentar su reflexión sobre el Brexit poco después del referéndum. Su perspectiva fue que en contra de la idea de que la decisión del Reino Unido era catastrófica, sería la Unión Europea la que podía sufrir una gran crisis por la imitación de otros países a lo ocurrido en el suyo. Por la inviabilidad de un gran estado con diferentes economías y culturas, o la incapacidad de la Unión para garantizar la seguridad gestionando adecuadamente la inmigración. Interesante, pero el pronóstico de Gray no se ha cumplido en estos diez años.

El historiador Alan Milward desvela en The European rescue of the Nation-Estate que el Gobierno laborista de 1945 compartió calladamente las políticas sociales con los otros países europeos de la posguerra, sin entrar en los acuerdos oficiales del carbón y el acero. Fue el Gobierno que gusta a Gray. También parecía el plan del primer ministro Starmer, perpetuamente vacilante y frágil. Su dimisión abrirá la puerta de Downing Street a la séptima figura de la política británica desde el referéndum. El exalcalde de Mánchester, Andy Burnham quiere ganar la mayoría de laboristas para sustituir a Starmer y después la de una población cansada.  


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