Foto: Nayra Halm/Fotoarena via ZUMA Press

“Brasil acima de tudo” aplasta al estado laico –y a la democracia

Las fuerzas progresistas atestiguan, desorientadas, el avance de la ola conservadora que, con Jair Bolsonaro al frente, arrasa el país. Nunca antes el destino de la democracia en Brasil ha estado tan unido al del estado laico como ahora.
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Hace un par de semanas, el espacio público brasileño volvió a ser sacudido por uno más de la serie infinita y cotidiana de eventos que imponen nuevas agendas y que parecen empujar hacia el abismo la frontera de lo decible en el país sudamericano. En su habitual transmisión en vivo de los jueves en su canal de youtube, el presidente Jair Messias Bolsonaro, flanqueado por su ministro de Educación y por su secretario especial de Cultura, anunció (una vez más) el inicio de una nueva era: por fin, dijo, el país volverá a sus auténticas raíces, Dios, la Patria y la Familia. Minutos después, el secretario especial de Cultura, el director de teatro Roberto Alvim, hizo su propia transmisión, en la que reprodujo puntualmente la escenografía y la gestualidad de una célebre aparición de Joseph Goebbels en 1933, reforzada por la música de fondo, la apertura de la ópera Lohengrin de Richard Wagner. Después de anunciar como principal eje de la nueva política la creación de “premios nacionales de cultura” para obras orientadas por esos “valores fundamentales”, en una lista de géneros que comienza por la ópera y la escultura, terminó su intervención con una frase que evocaba puntualmente a su modelo nazi: “El arte brasileño de la próxima década será heroico y será nacional, estará dotado de una gran capacidad de participación emocional, profundamente vinculado con las aspiraciones urgentes de nuestro pueblo, o de lo contrario no será nada”.

La reacción del mundo de la cultura fue inmediata. Varios aliados de Bolsonaro (incluyendo el embajador israelí) pidieron la cabeza de Alvim, que duró pocas horas en el cargo. El presidente lo hizo dimitir claramente a disgusto, y no demoró en designar a su substituta, una actriz de telenovelas notable por sus posiciones de ultraderecha que reafirmó de inmediato la continuidad de la política de su antecesor, incluyendo los premios ya anunciados y la “guerra cultural” que promueven las facciones más radicales del actual gobierno.

En paralelo, el presidente se preocupa por su reelección, que podrá ocurrir en 2022. Para eso, ha roto con el partido al cual se afilió para los comicios de 2018 y ha propuesto la fundación de uno nuevo, la Aliança pelo Brasil, que tiene como lema el de su campaña electoral –“Brasil acima de tudo. Deus acima de todos”–, como número (los partidos en Brasil deben ser identificados con uno) el 38 (calibre preferido por el excapitán) y como escudo una imagen fabricada con cartuchos de bala. Esa parece ser la propuesta del presidente para un país que se consolida en el liderazgo mundial de asesinatos por armas de fuego y en el que, en 2019, luego del decreto de liberalización de la portación de armas promovido por el nuevo gobierno, fueron vendidas legalmente un millón de municiones más que en el año anterior.

A pesar de que la creación de nuevos partidos exige largos procedimientos legales, las autoridades electorales han dispuestos nuevas modalidades para abreviarlos, como la recolección de firmas de manera digital. La amplia red de pastores evangélicos pentecostales que continúa dando apoyo ferviente al presidente parece estar movilizándose no sólo para el registro de la nueva sigla, sino ya de cara a las elecciones municipales de octubre próximo, anunciando una victoria tal vez más contundente que la obtenida en las presidenciales de 2018: una victoria que no fue necesariamente de un partido, sino del movimiento conservador y reaccionario que se expresa a través de Bolsonaro y que, dada la peculiar organización del sistema político brasilero, se distribuye en una decena de pequeñas siglas y en corrientes dentro de partidos mayores.

La llamada “teología del dominio”, uno de los pilares de la alt right, ha encontrado terreno fértil en Brasil. En 2008 el pastor Edir Macedo, fundador de la más rica e influyente iglesia pentecostal del país (la Iglesia Universal del Reino de Dios), lanzó un libro cuyo título no necesita comentarios: Plano de poder. El bloque evangélico en el congreso nacional tiene hoy más de 200 diputados de un total de 513. Es conocido como el bloque de la Biblia y conforma, junto con los diputados favorables a las armas y los terratenientes, el llamado “Bloque de las tres Bs” (Biblia, Bala y Boi, ganado), dando una mayoría transversal a la actual agenda conservadora.

Bautizado en 2016 en el río Jordan, en Israel, por el pastor Everaldo de la también influyente iglesia Asamblea de Dios, Bolsonaro no ha dejado de avanzar con la agenda político cultural de la “teología del dominio”. Prometió nombrar como nuevo juez de la Corte Suprema a un “evangélico ferviente” y varios de sus ministros son pastores. Entre ellos destaca la ministra de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos, Damares Alves, que cada semana se empeña en dar una vuelta de tuerca a las políticas de estado, cada vez más alejadas del ideal del estado laico que establece la Constitución. Acaba de anunciar, por ejemplo, un nuevo programa de educación sexual para jóvenes basado en la abstinencia, con lo que espera también evitar que “las jóvenes se masturben en las universidades usando crucifijos”. Mientras los progresistas brasileños se indignan contra sus barbaridades recurrentes, la ministra parece estar cada vez más cómoda en su posición, gozando altos índices de popularidad, sólo comparables con los de su colega y supuesto adalid en la lucha contra la corrupción, el antiguo juez y ahora ministro de justicia Sergio Moro. La “guerra cultural” fogoneada por los adeptos de la teología del dominio también tiene como frente privilegiado al ministerio de la educación, a cargo de un bolsonarista radical, simpatizante del terraplanismo, que acaba de nombrar como director del sistema nacional de posgrados a un empresario, dueño de universidades privadas y declarado promotor del creacionismo. Al tiempo en que avanzan la deforestación y la minería, Bolsonaro no deja de hacer explícito su desprecio por las poblaciones amazónicas (“El indio está evolucionando y convirtiéndose cada vez más en un ser humano como nosotros”, dijo hace pocos días) y nombra como uno de los principales directores de la Fundación Nacional de Protección a los Indios (FUNAI) a un notable misionero evangélico.

Se estima que en dos décadas en Brasil la población evangélica podrá ser mayor que la católica. En las elecciones presidenciales de 2018, de los 30 millones de evangélicos que pueden votar, 20 millones lo hicieron por Bolsonaro, garantizando con eso en buena medida la victoria del excapitán (los 60 millones de votos católicos se dividieron en partes iguales entre él y su contrincante del Partido de los Trabajadores).

Sin embargo, la deriva brasileña es claramente mucho más que un efecto electoral. Los especialistas demorarán en explicar las razones del movimiento de capas tectónicas, sociales y culturales, que ha llevado al país sudamericano a la actual encrucijada. Se trata de algo que va mucho más allá de la propia figura de Bolsonaro y, también, de los errores de la actual oposición o de los gobiernos socialdemócratas anteriores, tanto los del expresidente Fernando Henrique Cardoso, como los de Luiz Inácio Lula da Silva y su sucesora Dilma Rousseff, todos igualmente tratados como enemigos por el actual régimen.

Mientras los progresistas parecen todavía desorientados frente a la fuerza de la ola conservadora que arrasa el país y tratan de encontrar formas de reorganizarse en el nuevo paisaje político y social que los desborda, la crisis económica aparece como la única esperanza de desviar un camino que apunta hacia el fin no sólo del estado laico, sino de la propia idea de “derecho” consagrada en la Constitución “Ciudadana” de 1988. Las políticas radicalmente neoliberales del ministro Paulo Guedes, en lugar de producir crecimiento económico, producen pobreza a ritmos nunca antes vistos. Las privatizaciones y la reforma del estado avanzan rápidamente, pero siempre de forma más lenta de lo que exige la agenda política, mientras el tesoro nacional comienza a quemar sus reservas. Por otro lado, cuenta a favor del actual movimiento reaccionario y restaurador la fuerza que parecen ganar sus aliados internacionales, en particular después de la derrota demócrata en la tentativa de impeachment al presidente Donald Trump, del monstruoso fiasco en las primarias de Iowa y de la declaración cada vez más clara y monolítica de parte de la alt right y de los movimientos pentecostales norteamericanos de apoyo a uno de sus más insignes representantes, el vicepresidente Mike Pence. Nunca antes como ahora en la historia de Brasil el destino de la democracia ha estado tan unido al del estado laico y ambos, a su vez, a la deriva del autoritarismo de escala global.

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