Los extraterrestres no son lo que se dice una anécdota en la trayectoria de Steven Spielberg. Al contrario, se puede argumentar que la primera parte de su carrera se desplaza sobre la línea que une Watch the skies, su primer tratamiento para Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the third kind, 1977); la propia Encuentros; la secuela nonata Night skies, inspirada en el caso Kelly-Hopkinsville, y de la que saldrían los famosos gremlins; y E.T. (1982), donde la obsesión ufológica se transforma al fin en un regreso a la familia –para todos, también para los extraterrestres–. Si pasamos a otras facetas de su presencia cinematográfica, como productor, creador o animador, encontramos títulos como la citada Gremlins (1984), donde aparece fugaz el título Watch the skies en la cartelera de un cine. O Nuestros maravillosos aliados (Batteries not included, 1987), en la que unos alienígenas de pequeño formato ayudan a unos jubilados a luchar contra la gentrificación. La misma Poltergeist (1982), que a ratos parece una larga cita de la abducción de Encuentros –en sí misma una cita de Ford–. En suma, el fenómeno ovni y la cuestión extraterrestre como motores de su filmografía inicial, y como género a partir del cual plantear conflictos familiares y sociales.
Lo que pasa es que El día de la revelación (Disclosure day, 2026) no es una película sobre ovnis ni extraterrestres, y ahí empiezan los problemas. Ni siquiera es una película sobre gente que busca a los extraterrestres. Es una película sobre gente que no sabe lo que busca, como parece ser el caso del propio guionista. El guion se cifra en un omnipresente macguffin, la mochila de los secretos alienígenas que han de ser revelados; y acaba siendo una película, perdonen la boutade, sobre una mochila. Que es algo un poco menos fascinante que naves de otro mundo. No hay naves ni extraterrestres en la historia, salvo en pantallas y grabaciones. Y, cuando por fin aparece uno de verdad, transmite la misma sensación de decrepitud que el resto del espectáculo. (Por cierto que no son los mejores efectos especiales vistos en una película de Spielberg). No desciende de un platillo y ni siquiera viene por su propio pie: lo sacan en camilla a un estudio de televisión. Porque se trata de virtualidad y de pantallas. Volveremos sobre esto.
Se podría argüir en defensa de Spielberg, si no del guionista Koepp, que Roy Neary, el protagonista de Encuentros en la tercera fase, tampoco sabe exactamente lo que busca. Bien, es dudoso que a la altura de 1977 un operario de Indiana no estuviese al corriente de los “platillos volantes” –y hay que concederle ahí una pequeña trampa al guión del propio director–. Pero es que da igual, porque los espectadores sí sabíamos lo que buscaba. Y si los extraterrestres solo aparecían al final, no era porque no hubiéramos visto sus naves, sus efectos físicos y hasta su reflejo imaginario en la mirada de un niño.
Algunos problemas de Disclosure day son del guion, otros de la dirección –pocos planos memorables, por no decir ninguno– y otros, digamos, estructurales. La conspiración, por ejemplo. Las conspiraciones no van de extraterrestres, van de gente hablando de extraterrestres. Expediente X, con su encanto y sus virtudes, destruyó el género de ovnis subsumiendo los hechos nucleares y maravillosos –el avistamiento, el aterrizaje, los tripulantes– en conspiraciones que se prolongaban y deshilachaban sin llegar a ninguna parte: el llamado arco mitológico. Bien es cierto que los ochenta y noventa correspondieron a una fase degenerada del propio fenómeno, con hitos como la “autopsia alienígena” publicitada por el estafador Ray Santilli. El mismo Roswell es una mitología ovni sobrevenida y comercializada décadas después del supuesto incidente, tan de segunda mano como las obras de ficción inspiradas en ella.
En términos generales, el énfasis en las llamadas abducciones correspondió a una psicologización del fenómeno que desplazaba el interés de los platillos volantes a los traumas y las relaciones interpersonales –en lo que tengan de interés, que a menudo no está claro–. De ahí el valor de una película aparentemente menor, The vast of night (2019): a pesar de la concesión de una vaga trama racial, seguramente inevitable en aquellos años, se impone la fascinación de lo real y material: el ovni es de verdad, y las personas que lo buscan también. Tampoco carecía del todo de mérito OVNI: No estamos solos (UFO, 2018), una aproximación modesta y honrada al nuevo paradigma de los UAP (unidentified aerial phenomena), que al menos presenta el intento de un joven matemático de descifrar un enigma en tiempo presente.
Otro problema de Disclosure day, y del cine de la generación de Spielberg, son las pantallas. En este caso, seguramente, un problema subsidiario del giro conspirativo. Pero es que, como decíamos, los extraterrestres solo se ven en pantalla –salvo el último anciano, cuando todo está resuelto; que se presenta en plató como un invitado de Esta es su vida–. Y en los últimos tres o cuatro años nos hemos tragado suficiente slop de inteligencia artificial como para desconfiar al momento de cualquier imagen chocante que alguien nos enseñe. No tengo claro que las narrativas cinematográficas tradicionales vayan a sobrevivir al impacto de las pantallas y de la IA generativa; ni desde el punto de vista de la producción, ni en su integración en las historias y la puesta en escena. Y desde luego no van a ser los cineastas de nuestra infancia y adolescencia quienes lo resuelvan, ni tienen por qué.
Aclarado que hay pocos extraterrestres y demasiadas pantallas, vayamos con la última carencia, que quizás sea la que más se nota. Porque no es solo de la película, sino nuestra, de nuestra época. El cine de Spielberg se ha construido con poquísimas excepciones en torno a la familia y lo colectivo. Razón por la que sus interiores remiten a John Ford y no a Hitchcock, por más que él en ocasiones quisiera verse en el espejo del inglés. Su propio arco narrativo entre Encuentros y E.T. es el del padre que descubre que nunca abandonaría a su familia para abordar un platillo volante. En Disclosure day no hay familias propiamente dichas. Los protagonistas tienen parejas que van y vienen según el guión lo mande; pero, por lo demás, parecen “nómadas digitales” sin más arraigo en uno u otro lugar. Incluso se explicita en el caso de la protagonista. Más aún: cuando aparece un “hogar”, resulta ser un decorado. Todo es virtual y todo es pasado.
Con todo, ese decorado y el motel albergan algunos de los escasos momentos de emoción sincera, cuando parece que va comparecer la magia de Spielberg, aunque sea de segunda mano: juegos de luces y persianas que nos llevan a Encuentros y E.T…. y que al fin no llegan a nada. En la primera eran los extraterrestres quienes amenazaban desde fuera; en la segunda, el gobierno. Aquí, nadie. Tomémoslo como una broma que nos gasta Spielberg a sus fieles –hay otra, en un paso a nivel–. También el ritornello de Pinocho en Encuentros se repite aquí con una cancioncita de Blancanieves, que explica asimismo el recurso a los aliens-animales
Es en el segmento central, al contrario de sus predecesoras, cuando Disclosure day remonta y consigue no ser un naufragio completo. Pero no es suficiente, porque no hay pulso narrativo que levante una película fantástica sin fantasía. Hay más Encuentros en la tercera fase, más E.T. y mucho más Spielberg en Los Fabelman (The Fabelmans, 2022) que en esta revelación cansada, que a veces parece querer ser Expediente X, a veces Stranger Things, y que casi nunca revela más que el agotamiento de un poderoso mundo creativo y mitológico.