Alegato en favor de la palabra libre

En su nuevo libro, el danés Jacob Mchangama afirma que la libertad de expresión “nunca se conquista ni se pierde del todo”.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

“Eres un precio terrible a pagar por la libertad de prensa”, dice un editor neoyorquino al famoso Walter Winchell en la novela que Michael Herr dedicó al controvertido periodista estadounidense. Inventor de la columna de chismorreos que llegó a tener cincuenta millones de lectores cuando escribía para el conglomerado de William Randolph Hearst, Winchell usaba sin escrúpulos la información que llegaba a sus oídos sobre la vida privada de las celebridades neoyorquinas y pasó de la temprana oposición a Hitler al fervor anticomunista durante los años del macartismo. Y, aunque el reproche se entiende fácilmente en un país donde la Primera Enmienda otorga una especial protección a la libertad de expresión, el principio que subyace a ella debería ser compartido por cualquier sociedad democrática: aunque su ejercicio acarrea daños colaterales, la libertad de expresión es un bien colectivo que merece la mayor protección posible. Y ello pese a que –o justamente porque– los poderosos de toda condición tratarán de limitarla con el fin de proteger sus intereses.

Tal es la tesis alrededor de la cual gira esta notable historia global de la libre expresión, que no por casualidad ha sido escrita por un ciudadano danés que responde al nombre de Jacob Mchangama y dirige un laboratorio de ideas llamado Justitia. Dinamarca es, junto con Suecia u Holanda, uno de los países europeos donde antes fructificaron las luchas por la libertad de expresión: fue en el reino danés donde se abolió por vez primera la censura a la prensa en 1770, lo que mereció el aplauso de Voltaire al rey Cristián VII. Al igual que ha sucedido en casi todas partes, la liberalización de las opiniones generó un desorden público que condujo a una regresión temporal: el regente que había promovido la norma fue decapitado y se prohibieron los artículos de prensa dirigidos contra el gobierno. Se trata de un patrón que vemos repetido a lo largo del libro y que alcanza su expresión más cumplida en las revoluciones francesa y rusa; en ambos casos nos encontramos con fervorosos revolucionarios que defienden la libertad de expresión contra el régimen despótico que quieren derribar… e inmediatamente la coartan cuando son ellos los que ostentan el poder. Y que lo hacen, como atestiguan las palabras de Marat o Lenin, en nombre de la libertad: igual que los gobernantes democráticos que hoy arremeten contra los tecnooligarcas o se escandalizan con las fake news proponen intervenir las redes sociales… ¡para proteger la democracia! La verdad es que todo está inventado.

Sin embargo, hay que explicarlo; para que no se olvide. O para que no se nos engañe demasiado fácilmente. Y eso es lo que hace, con dotes de divulgador y sin miedo a rellenar una página tras otra, el autor de este libro. Mchangama subraya que la libertad de expresión se encuentra siempre en juego: “nunca se conquista ni se pierde del todo”. Sus raíces son profundas y los debates en torno a ella han cambiado menos de lo que pensamos; lo que cambia es el marco tecnológico que da forma a la esfera pública, cuyas sucesivas transformaciones –con la difusión de la imprenta, el telégrafo, la radio, la televisión, internet– han sido recibidas de manera invariable con una aprensión generalizada. Pero en la Antigüedad ya nos encontramos con el contraste entre una concepción igualitaria y una concepción elitista de la libertad de expresión: la primera postula que todos los ciudadanos pueden expresar sus opiniones y la segunda juzga que solo los más preparados deben llegar a hacerlo. Recordemos que los atenienses condenaron a muerte a Sócrates alegando que sus enseñanzas corrompían a la juventud; y que Cicerón demandaba que la élite velase por el bienestar de “artesanos, tenderos y demás escoria”. Tan lejos, tan cerca: quienes propugnan controlar las redes sociales dicen temer las consecuencias de una opinión corrompida por las noticias falsas o los algoritmos, confiando en el criterio superior de unos gobernantes a los que por alguna extraña razón se describe como siempre veraces e incorruptibles.

Mchangama sigue un criterio cronológico, relatando con afán didáctico y considerable nivel de detalle las peripecias de la libertad de expresión a través de la historia occidental, con ocasionales paradas en Asia, recalcando siempre que tiene ocasión el influjo que el pasado ejerce sobre el futuro: los founding fathers de la república estadounidense, por ejemplo, se miraron en el espejo de la antigua Roma. Y no rehúye las contradicciones exhibidas por algunos campeones de la palabra libre: el inigualable John Stuart Mill, que trabajaba en la Compañía de las Indias Orientales, reclamaba para el Reino Unido aquello que negaba a las sociedades coloniales. El autor danés resalta los logros intelectuales de la Edad Media europea e islámica, que desemboca en la revolución que protagonizan Gutenberg y Lutero: no deja de ser irónico que el primero terminase arruinado y el segundo recurriera a la censura para silenciar los textos protestantes que se apartaban de sus enseñanzas. También describe la pragmática defensa de la libertad de expresión con la que los holandeses responden a la fractura religiosa de la sociedad en tiempos de Spinoza, la sinuosa trayectoria que sigue la censura estatal en Inglaterra después de la Revolución Gloriosa, la batalla de los philosophes ilustrados contra la monarquía absoluta, las “guerras de panfletos” en la Norteamérica prerrevolucionaria o el control totalitario de la sociedad en Rusia o Alemania. Tiene algo interesante que decir sobre las lecciones que nos dejaron fascismo y comunismo:

Cabe pues preguntarse si las sociedades abiertas deberían temer más a los movimientos totalitarios que abusan de la libertad de expresión para destruir la propia libertad, o a los Gobiernos democráticos que abusan de los límites a esa libertad para silenciar a la disidencia.

Y tiene la lucidez de añadir que quienes invocan la experiencia del Tercer Reich para justificar “una intolerancia institucional hacia la intolerancia” parecen olvidar que la mayoría de las democracias liberales han sido capaces de frenar al comunismo –que también las amenaza– sin recurrir a la censura ni la represión: ¿no habríamos de resistir la crecida de la extrema derecha sin renunciar a la libertad democrática más esencial de todas? Mchangama nos recuerda que la mismísima Eleanor Roosevelt predijo en la posguerra mundial que las prohibiciones derivadas de la figura del discurso de odio conducirían a la represión de la disidencia y la reducción del pluralismo: décadas más tarde, estamos en las mismas.

De ese mismo hilo tira el autor para describir un mundo contemporáneo marcado por el retroceso de la libertad de expresión. Y no por culpa de las redes sociales, sino por efecto de una represión –dicho sea en sentido amplio– que adopta múltiples formas: del encarcelamiento de periodistas en los regímenes autoritarios a la cultura de la cancelación promovida por la izquierda puritana, pasando por los atentados islámicos contra aquellos a quienes juzgan blasfemos y los ataques a la prensa libre perpetrados por los gobernantes iliberales. No está muy conforme con las medidas adoptadas por la ue so pretexto de luchar contra la desinformación, pese a considerar que los algoritmos deberían ser más transparentes y que las grandes plataformas concentran demasiado poder. Ahora bien: nada de eso justifica el pánico moral que sufren –o dicen sufrir– unas élites que atribuyen a las redes sociales todos los males imaginables, empeñadas como están en “tratar cada tuit o contenido ‘problemático’ como una amenaza potencial para la democracia” en lugar de dejar que los ciudadanos decidan cómo deben procesar el flujo comunicativo al que tienen acceso en el interior de la esfera pública digital.

Mchangama sabe que la libertad de expresión no favorece siempre la verdad: está lejos de ser un ingenuo. Pero también sabe que su ejercicio produce sociedades más democráticas e igualitarias, donde las minorías tienen altavoces para expresar sus demandas y quienes ostentan el poder son objeto de una fiscalización más eficaz. Su conclusión es tajante: “la censura señala el final de una sociedad libre, no su principio”. Y es una conclusión acertada. Mejor será que no lo olvidemos. ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: