La semana pasada Alberto Olmos escribió contra el libro de Siri Hustvedt Historia de fantasmas unas memorias escritas tras la muerte de su marido, el sobrevalorado escritor Paul Auster. Auster es un escritor con éxito, era guapo, hizo películas y construyó su carrera y su prestigio escribiendo una y otra vez el mismo libro truquero y juguetón: se especializó en el libro-acertijo que exploraba las posibilidades del azar. No se le puede negar el oficio ni la tensión narrativa de muchas de sus novelas, y no me parece mal la insistencia, de hecho, diría que es la razón por la que un buen puñado de autores logran llegar: porque hacen siempre lo mismo, insisten, son claros; me parece que en algunos casos, Modiano, Ernaux, Vila-Matas, Manuel Vilas o el propio Auster, esa reincidencia es un poco inevitable y es una muestra de compromiso con lo que quieren decir –o lo que pueden decir, que no siempre es lo mismo.
No he leído el libro de Siri Hustvedt Historias de fantasmas, un poco libro de duelo, un poco vindicación de ellos mismos como la pareja de guapos del star system literario [aceptemos pulpo], con alguna frase colada aquí y allá donde parezca que capta la vida en su sentido más profundo o algo así, según presupongo vistas y leídas reseñas y comentarios. No haber leído un libro no es impedimento para hablar de él, así que lo comento con amigos que sí lo han leído, entusiasmados al principio –¡quisimos tanto a Paul!–, un poco decepcionados al final –el libro es flojo–. Mi teoría es que en realidad no quisimos tanto a Paul, pero lo leímos en la primera juventud y añoramos eso, nuestra propia inocencia, energía y tersitud.
Las redes sociales están llenas de largos párrafos bajo una foto de Paul&Siri de jóvenes (tan guapos, dice ella que decía él al verlos… ) que no rescato porque es un ejercicio injusto y casi cualquier libro puede ser ridiculizado así. Sorprende, eso sí, la cantidad de fotos con ella, apariciones, etc., hemos asistido a la gurucización de Hustvedt. Habría que preguntarle a Siri herself si tiene una palabra mejor para el proceso de santificación en vida al que se somete a los(las) escritores(escritoras) hoy: vale más tocarlas, hacerse una foto con ellas que leer su obra completa. “Un regalo” charlar con ella; “un día fascinante” el rato que pasó en la caseta de la feria; “hoy la fan era yo” –se puede ser fan y narcisista a la vez–, etc.
De siempre, mi escritor favorito de esa familia ha sido Lydia Davis, que estuvo casada con Paul Auster y es la madre del hijo “problemático” del que Siri Hustvedt escribe en Historias de fantasmas y del que ya había escrito en Todo cuanto amé.
Lo que me llamó la atención del proceso de promoción del libro de duelo de Siri Hustvedt es que en vida de Paul Auster, ella solía quejarse, en promociones y charlas, de que siempre la presentaban añadiendo que era la mujer de Paul Auster, como si por ella misma no fuera suficiente. Ahora, con Auster enterrado, es ella la que se reivindica como viuda, con todo el derecho y la legitimidad del mundo; simplemente señalo el cambio en el relato.
La entronización de Siri Hustvedt es un síntoma de una especie de catetismo del que no nos libramos ni leyendo. Diría que lo que nos hechiza de ella es más su apartamento en Nueva York, su estilizada y elegante figura y la falsa profundidad de sus libros, que suelen ser más bien embarullados y con una prosa un poco torpona. Apabullan un poco porque son largos y hablan de asuntos importantes: la relación del arte con la vida, o de uno con el pasado, etc., a mí me la coló con El mundo deslumbrante. No digo que no sea una escritora correcta, digo que viene hinchada por su aura sofisticada y porque queremos proyectar en ella las virtudes que desearíamos que tuviera no una escritora, sino alguien ejemplar, que en sus artículos de opinión dice obviedades que nos confirman nuestros sesgos sin haberse mojado ni un poquito.
Entre los intereses del mercado y la falta de verdadero espíritu de aventura de los lectores (conservadurismo y pereza intelectual, dicho sin paños calientes), estamos elevando a obras y escritores que no creo que vayan a resistir ni hasta el telediario de la noche. Pero mientras, las redes se llenan de fotos y las cuentas siguen saneadas.