Las humanidades y la crisis de la alta educación

La universidad es hoy una institución cuestionada: sufre el acoso del sector privado, porque está dejando de cumplir su tarea, y el desinterés del poder.
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El mundo moderno o, si se quiere, la cultura occidental es un universo abierto gestionado por instituciones cerradas y regulado por las leyes del mercado. La aspiración a la igualdad y a la libertad –el alma de ese mundo– se ve entorpecida por las normas burocráticas y la resistencia de las instituciones. No es asunto que tenga una solución fácil. Los extremismos populistas explotan para su provecho esa contradicción. Las instituciones cerradas sufren una fuerte erosión. Es el caso de la alta educación –pero también de la justicia, de la política, de la administración–. La universidad ha sido la institución que asumió la función de educar a los que tenían que guiar la sociedad abierta. Hoy es una institución cuestionada. Sufre el acoso del sector privado, porque está dejando de cumplir su tarea, y el desinterés del poder. Ahora el talento ve otros destinos más allá de la universidad. A esto se añade que la institución sufre las leyes del mercado y que las humanidades no aportan dinero. Y lo que no da dinero es visto como algo superfluo. Por eso las humanidades están siendo eliminadas o aminoradas en las universidades más competitivas. Me refiero a universidades orientales y también a algunas occidentales. Hoy lo que no da dinero está condenado a desaparecer. Es la ley del mercado. Desde hace décadas los profesores de esas disciplinas en la anglosfera se vienen lamentando de la pérdida de peso de estos estudios: pérdida de estudiantes y pérdida de puestos de trabajo. Los salarios del profesorado de las humanidades son los más bajos del mercado académico. Estas disciplinas no pueden competir con las ciencias experimentales ni con los estudios económicos. Y no es solo cuestión de economía. Es también un problema ideológico. El desinterés del poder y la desorientación de los responsables son más que la causa los síntomas de la crisis de la alta educación. Pero al mismo tiempo sucede que nuevos canales para la transmisión del conocimiento –abiertos gracias a la tecnología– vienen a dar salidas parciales a esta situación. 

Crisis de las humanidades

La fragmentación de las humanidades ha hecho que estas pierdan el norte; dejan de ser la guía para orientar a las sociedades para convertirse en cosas de expertos que interesan a cada vez menos gente. En tiempos de la IA, ¿qué sentido tiene el estudio de la literatura o de la historia como erudición? Las disciplinas humanísticas se conforman hoy con sobrevivir. La erudición sirvió a un reto necesario en la primera etapa de la Modernidad: el de sustentar la identidad nacional sobre el tesoro inmaterial (la literatura y la historia) y el material (los monumentos y el arte). Hoy ese objetivo se ha quedado obsoleto. El reto no es legitimar el estado nacional. Ni siguiera el estado plurinacional –como la Unión Europea–, sino la unificación de la humanidad. Puede decirse con una fórmula ya clásica: hacer que sean un diálogo los que deben ser un diálogo. Esto significa superar las fronteras que han venido fragmentando a la humanidad en las etapas premodernas, las etapas de la desigualdad. Esas fronteras son idiomáticas, religiosas, ideológicas, políticas, de clase, de género… El reto es construir un mundo sin fronteras, porque las fronteras impiden el aprovechamiento del talento y de las potencialidades de grandes sectores: mujeres, clases populares, etnias subordinadas… Hoy esos talentos y recursos humanos son imprescindibles para la gran tarea que es la supervivencia de la humanidad sapiens. Y para esa tarea tenemos un capital imprescindible en la alta cultura. Suelo repetir una cita de Dostoievski que viene a cuento de esto. Dice Dostoievski en El idiota: “si alguien preguntara a la humanidad qué ha aprendido de su experiencia podría responder con El Quijote”. Se puede reformular esta sentencia: en la literatura y en las artes está la memoria de la humanidad, una memoria activa: la de las vías de superación para sobrevivir. 

La actitud que prevalece hoy en las humanidades no conecta con esa tarea. Las humanidades se rigen por la agenda de nuestro tiempo: las leyes del mundo de los vivos, las leyes de la actualidad. Han quedado en manos de una casta profesional que se pliega a las leyes del mercado. La literatura se concibe como entretenimiento o como documento de opresión. La historia, como erudición o como testimonio de opresión. La filosofía, como más o menos sofisticada autoayuda para la convivencia. Mercado es actualidad. Toda actividad, incluida la intelectual, debe tener una rentabilidad inmediata. De ahí el imperio de los medios de comunicación sobre el mundo de la cultura. Este principio impone a la creación cultural una reducción que es vista no como limitación sino como virtud: el presentismo. El pasado y el futuro son ficciones. La realidad es el presente, la actualidad.

Otra perspectiva de las humanidades viene promoviendo desde hace más de dos siglos una alternativa a este estado de cosas. Me refiero a lo que los románticos llamaron la gran travesía del espíritu. Esto quiere decir que los fenómenos culturales –todo lo que emana de la imaginación– han de ser vistos a gran escala temporal y conceptual. Si la visión profesional de las humanidades trata de reducir los fenómenos a una escala manejable, con la excusa de la especialización necesaria, esta perspectiva reclama el gran tiempo, la visión panorámica y gran-evolutiva. Norbert Elias lo explicó diciendo que los fenómenos aislados parecen caóticos, pero, vistos a gran escala, muestran su sentido. La perspectiva del gran tiempo traduce el caos a un nivel superior, el de la gran historia natural y cultural. 

La imaginación literaria tiene algo importante que decir a este respecto, porque ni las artes plásticas o musicales son capaces de expresar con mayor transparencia el largo camino que ha recorrido la imaginación sapiens para preservar la vida humana. Y hoy son muchos los peligros que acechan a la vida humana. Y grandes sus retos.

Presentismo y transcendencia

No es esta perspectiva la que gobierna hoy la cultura, por desgracia. La dirección actual –y lleva más de un siglo– es el presentismo: todo se valora por la agenda actual, la de lo que está de actualidad, lo que valora el mercado, las leyes del mundo de los vivos. Es como si el mundo hubiera nacido ayer. El pasado solo interesa para mostrar la superioridad de lo actual o, en el mejor de los casos, en la medida que sigue activo en el presente. La forma más radical del presentismo es el movimiento woke, que domina la anglosfera y que se arroga la vitola de progresismo. Vivimos inmersos en una sociedad global –imperial–. Y esta sociedad, precisamente porque se rige por los principios del monetarismo y del mercado, desprecia las ideas y se condena a la confusión. La alta educación sin la referencia de las humanidades se convierte en mera mercancía, un asunto menor para las grandes tendencias del mercado mundial.  

La perspectiva contraria es hoy marginal, casi invisible. Surgió con el romanticismo alemán, el de Schiller, Schlegel, Novalis y Schelling. Y vino de la mano de la reflexión sobre la novela y la estética. No es casual. Se les llamó románticos porque en alemán novela es Roman. Distingue esta línea de pensamiento del trabajo profesional –un trabajo necesario pero insuficiente– que no se conforma con acumular saber. Busca una dimensión transcendente. En esa travesía cada paso, cada evento, cobra sentido como momento del gran tiempo. Muy pocos han seguido esta senda. En el conjunto de las humanidades sí puedo señalar algunos nombres. Me refiero a Norbert Elias o Edgar Morin y, en España, a Nicolás Ramiro y Jesús Mosterín. Ellos han sido conscientes de la profunda crisis del pensamiento contemporáneo –incluida la filosofía, que ha abandonado el papel que tuvo para los románticos, el de guiar a las humanidades–. Son pensadores que vienen proponiendo un giro radical: la visión de la cultura en su gran evolución temporal, la travesía del espíritu sapiens. Y la comprensión de la cultura a partir de las leyes que han gobernado y gobiernan la vida, la naturaleza. Y han señalado las tareas a las que nos debemos entregar los que nos dedicamos a las humanidades: profundizar en la libertad y la igualdad, los principios del individualismo, para comprender el lugar de la humanidad en el universo y hacer un diálogo de los que deben vivir en un diálogo, los individuos y, sobre todo, las generaciones.


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