Norteamérica es más que un mercado

Si el TLCAN integró a México a un mercado, el nuevo TMEC nos obliga a definir nuestro lugar en una estrategia continental.
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Cuando México firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1994, creyó ingresar a una nueva etapa de su historia. La apuesta era abrir la economía, atraer inversión, integrarse a las cadenas productivas de Estados Unidos y Canadá, y convertir el comercio en el principal motor de la modernización. El TLCAN fue muchas cosas, pero, sobre todo, fue una promesa: México dejaba atrás la economía cerrada y entraba, por la puerta norteamericana, al mundo de la globalización.

Treinta y dos años después, ese espacio geográfico responde a lógicas distintas. La decisión de Estados Unidos de no extender automáticamente el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (TMEC), anunciada el 1 de julio de 2026, es interpretada como una expresión más del estilo negociador de Donald Trump. No conviene descartarlo: Trump gobierna mediante presión, incertidumbre y amenaza. Pero reducir el episodio a su temperamento es perder de vista una transformación mucho más profunda: Norteamérica dejó de ser solo un mercado integrado para convertirse en una región de seguridad estratégica.

El TMEC no desaparece. Sigue vigente. Sin embargo, al no renovarse automáticamente, entra en un periodo de revisiones anuales y, si los tres países no acuerdan extenderlo, concluiría en 2036. Durante décadas, los tratados comerciales buscaron reducir la incertidumbre. Ofrecían reglas estables para que empresas, gobiernos e inversionistas planearan a largo plazo. Hoy la incertidumbre deja de ser un problema y comienza a formar parte del instrumento de negociación.

El TLCAN nació en el momento de mayor confianza en la globalización. Terminada la Guerra fría, el comercio produjo prosperidad e interdependencia. Los tratados redujeron aranceles, protegieron inversiones y ofrecieron reglas relativamente permanentes. México se integró a Norteamérica como una economía abierta.

El TMEC pertenece a otro mundo. La pandemia reveló la fragilidad de las cadenas globales de suministro y la rivalidad entre Estados Unidos y China convirtió la producción en un asunto estratégico. Los semiconductores, los minerales críticos y la inteligencia artificial se han convertido en activos de seguridad nacional. El lenguaje del libre comercio fue desplazado por resiliencia, relocalización, contenido regional y seguridad económica.

El contraste ayuda a entender la magnitud del cambio. El TLCAN integró mercados. El TMEC reorganiza cadenas de suministro. El primero preguntaba cuánto podíamos comerciar. El segundo pregunta desde dónde, con quién y bajo qué condiciones conviene producir. El TLCAN fue el tratado de la globalización. El TMEC se convirtió en el tratado de la rivalidad geopolítica.

La magnitud de la relación bilateral explica por qué esta transformación importa. De acuerdo con la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR), el intercambio de bienes y servicios entre México y su vecino del norte alcanzó 935 mil millones de dólares en 2024, mientras que el comercio de bienes sumó 872.8 mil millones en 2025. Se trata de una de las relaciones económicas más intensas del mundo. Para México, además, la dependencia es evidente: alrededor de ocho de cada diez dólares que exporta tienen como destino Estados Unidos. Esa integración es una fuente extraordinaria de inversión, crecimiento manufacturero y empleo. También significa que cualquier cambio en la forma en que Washington entiende esa relación modifica, casi de inmediato, las condiciones de desarrollo de nuestro país.

Esa dependencia no cambió, el mundo sí.

Estados Unidos descubrió que buena parte de las cadenas de suministro sobre las que descansa su economía dependen, directa o indirectamente, de China. La pandemia hizo visible esa vulnerabilidad y la competencia tecnológica con Pekín terminó convertida en una preocupación estratégica. La pregunta dejó de ser cuánto comerciaba Norteamérica y pasó a ser de quién depende Norteamérica para producir.

El comercio ahora se lee desde la seguridad nacional. México exporta masivamente a Estados Unidos, pero también importa un volumen creciente de insumos de China. Esa combinación plantea una pregunta que hace treinta años no existía: ¿será México la plataforma desde la cual Norteamérica fortalecerá su autonomía industrial o el punto de entrada por el que China conservará acceso privilegiado al mercado estadounidense?

Esa interrogante explica buena parte de las discusiones aparentemente técnicas del TMEC: reglas de origen, contenido regional, acero, aluminio, vehículos eléctricos, minerales críticos o semiconductores. Lo que antes se resolvía como un asunto de eficiencia económica hoy se evalúa como una cuestión de seguridad.

El sector automotriz ilustra mejor que ningún otro esa transformación. Bajo el TLCAN, un vehículo debía acreditar 62.5% de contenido regional para recibir los beneficios del acuerdo. El TMEC elevó ese requisito a 75% e incorporó nuevas disposiciones laborales para asegurar que una mayor parte del valor se genere dentro de Norteamérica. Esto implica un cambio de propósito: además de facilitar el comercio, el tratado busca fortalecer la capacidad productiva de la región frente a sus competidores estratégicos.

Por eso la revisión anual importa tanto. No porque el tratado vaya a desaparecer mañana, sino porque altera su función. Si el TLCAN ofreció certidumbre para integrar a México al mercado norteamericano, el TMEC introdujo presión para alinear a sus socios con las prioridades estratégicas de Estados Unidos.

México necesita el TMEC. Es ingenuo pensar lo contrario. Pero también es ingenuo defenderlo como si siguiéramos en 1994. El mundo que hizo posible el TLCAN ya no existe.

Eso obliga a México a preguntarse: ¿qué queremos producir? ¿Qué sectores deben ser estratégicos? ¿Cómo atraer inversión sin convertirnos en simple territorio de ensamblaje? ¿Cómo responder a la presión estadounidense construyendo capacidades propias y no únicamente discursos de soberanía?

La peor respuesta es confundir dignidad con improvisación. La geografía ayuda, pero no sustituye una política industrial ni reemplaza el Estado de derecho. El nearshoring abre oportunidades, pero no produce desarrollo por sí solo. Para aprovechar esta nueva etapa, México necesita energía confiable, infraestructura, seguridad, talento, reglas claras y una diplomacia económica capaz de leer el mundo que está emergiendo.

Quizá la revisión del TMEC permita entender algo que va mucho más allá del propio tratado. Durante buena parte del siglo XX, Estados Unidos ejerció su liderazgo construyendo instituciones que reducían la incertidumbre internacional. Hoy parece emerger otra concepción del poder: preservar la capacidad de modificar las reglas cuando cambian las circunstancias estratégicas. Si esa transformación es real, la revisión anual del TMEC no es una anomalía. Es uno de sus primeros síntomas.

México no está ante el fin del comercio con Estados Unidos. Está ante el fin de una manera de entenderlo. El viejo TLCAN nos integró a un mercado. El nuevo TMEC nos obliga a definir nuestro lugar en una estrategia continental. El primero utilizó la política para abrir mercados. El segundo utiliza los mercados para hacer política. Esa diferencia cambia todo. ~


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