Lanza en astillero

En su epitafio, Esquilo no se enorgulleció de sus dramas, sino de haber luchado contra los persas. La guerra seduce a mucha gente.
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Muy famosa es la frase de Flavio Vegecio Renato “Si quieres paz, hay que prepararse para la guerra”, o el original, “Si vis pacem, para bellum”, que escrita de otra forma está en su tratado sobre asuntos militares. De aquí viene el nombre de aquella pistola Parabellum, que debe de haber sido la más utilizada para tiros en la nuca.

No tengo ese libro de Vegecio; solo su tratado de veterinaria, en latín titulado Digesta artis mulomedicinae, y disponible en los clásicos de la Editorial Gredos. El autor comienza hablando de la importancia de la Mulomedicina, que por el prefijo sabrá el lector que se refiere a las enfermedades y curaciones de caballos y mulas, y se lamenta de que por ser oficio sin esplendor, la hayan “ejercido hombres poco ilustres y ha sido vertida en libros por escritores de poca calidad”.

Además de hablar de enfermedades, dedica muchas páginas a la condición física y edad de los caballos. Ya conocemos el refrán: “A caballo regalado no se le mira el diente”, y sabemos que la dentadura habla de la edad del animal, pero es un conocimiento general, pues muchos de nosotros nunca hemos estado en un mercado de caballos analizando dentaduras.

Vegecio escribe: “Cuando empiezan a entrar en el cuarto año, se les caen los denominados caninos, y los sustituyen por otros; después, durante el sexto año se les caen los molares…”. Y menciona que los caballos de los hunos son los mejores para la guerra “por su resistencia al trabajo, al frío y al hambre”. Y en segundo lugar “los de Turingia y Borgoña, capaces de aguantar los malos tratos; en tercer lugar los de Frisia, invencibles no menos en velocidad que en resistencia en la carrera”.

Con esto vuelvo a la guerra, que era el tema de estas líneas.

Idea parecida a la de Vegecio pronuncia don Quijote en su esclarecido discurso de las armas y las letras. Dice que las armas “tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida”. Por “letras”, don Quijote no se refiere a lo que hoy llamamos así, sino principalmente a las leyes. Por eso sentencia que sin las armas “las leyes no se podrán sustentar… porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de corsarios”.

La idea suena bien, pero no todas las guerras son defensivas, menos cuando algunos líderes ya cambiaron sus ministerios de defensa en ministerios de guerra, aunque con suma frecuencia “defensa” no es sino un eufemismo.

Y aunque en Heródoto leemos: “Pues nadie es tan estúpido que prefiera la guerra a la paz, que, en esta, los hijos sepultan a los padres, mientras que, en aquella, son los padres quienes sepultan a los hijos”, sabemos bien que sí hay estúpidos de ese calibre.

Aprovecho para autocitar algo que escribí hace cuatro años: “Cosa extraña es que recibimos la palabra ‘guerra’ de alguna germanía, pues pese a tanta literatura clásica sobre el tema, no usamos el griego πόλεμος ni el latín bellum, raíces de las que engendramos términos como ‘polémica’ o ‘bélico’”.

Y dado que para mí la guerra es un tema recurrente, no repito aquí las palabras de Heráclito sobre ella, que ya las he mencionado en un par de ocasiones.

En el Protágoras, leemos este diálogo. Apenas cito unas líneas que no llegan a conclusiones.

“Pero, no obstante, dijo, es del todo contrario Sócrates, aquello a lo que se enfrentan los cobardes y los valientes. De momento, los unos quieren ir a la guerra, los otros no quieren.”
“¿Es que es hermoso ir a la guerra, o vergonzoso?, pregunté.”
“Hermoso, dijo.”
“Por tanto, si es hermoso, también será bueno, según hemos reconocido en lo anterior.”

Mucho de seductor hay en la guerra para mucha gente. Ya lo sabemos, Esquilo en su epitafio no se enorgulleció de sus dramas, sino de haber luchado contra los persas.

Esquilo, el ateniense, hijo de Euforión, ha muerto;
Lo guarda esta tumba en los trigales de Gela;
De su valor hablan los célebres campos de Maratón,
y el Medo de larga cabellera, que bien lo conoció.

Y el buen Miguel de Cervantes, antes que de su Quijote o Galatea, más orgullo tuvo de haber estado en la batalla de Lepanto, “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”, y que a través de un personaje le llama “felicísima jornada”. Sobre su brazo que quedó tullido en tal suceso, inserta una frase del Caballero de la Triste Figura: “Las feridas que se reciben en las batallas antes dan honra que la quitan”.

Y esta es la esencia del discurso del día de San Crispín en Shakespeare:

He that shall live this day, and see old age,
Will yearly on the vigil feast his neighbours,
And say ‘To-morrow is Saint Crispian:’
Then will he strip his sleeve and show his scars.
And say ‘These wounds I had on Crispin’s day.’

El que llevó esto al extremo fue el senador romano Marco Servilio, que en un discurso dijo: “Yo he combatido veintitrés veces con el enemigo, previo desafío; me llevé los despojos de todos aquellos con los que me enfrenté; tengo el cuerpo marcado de honrosas cicatrices de heridas recibidas siempre de frente”. Pues claro que una herida en la espalda o glúteo no honra tanto.

El buen Marco Servilio, no conforme con hablar, hizo a continuación lo que nos dice Tito Livio: “Se desnudó y fue recordando en qué guerra había recibido cada una de las heridas”. Le salió el tiro por la culata, porque “al mostrarlas dejó al descubierto, sin querer, lo que se debía mantener oculto, y un bubón inguinal provocó las risas de los que estaban más próximos”.

Aunque al final, el desnudista se salió con la suya:

También esto de lo que os reís lo tengo como consecuencia de estar montado a caballo día y noche, y no siento por ello más vergüenza o pesar que por estas cicatrices, puesto que no me ha impedido servir debidamente a la patria en la paz o en la guerra. Yo, soldado veterano, he mostrado a los soldados jóvenes este cuerpo repetidas veces maltratado por el hierro; que Galba muestre el suyo, lustroso e intacto.

Difícil encontrar en aquel pasado si más se desea la paz o se glorifica la guerra; pero hay en Plutarco una reseña en la que nos cuenta que en tiempos de paz se comenzaba a “anhelar una vida sin guerra y sin derramamiento de sangre, porque de nuevo se habían reunido unos con otros y habían disfrutado de la seguridad, la tranquilidad y el trato con propios y extraños; y hallaban placer en escuchar cantar a un coro de esta forma”:

Quede mi lanza para las arañas y con su tela la envuelvan. ~


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