Gobernar no consiste en transformar la naturaleza humana sino en mantener la paz. Jorge del Palacio, editor de la antología de Michael Oakeshott Ser conservador y otros ensayos escépticos (Alianza), charla con Daniel Gascón sobre el autor: por qué criticó el racionalismo en política, qué distingue la asociación civil de la asociación empresa, y por qué su escepticismo ilustrado sigue siendo el mejor antídoto contra el totalitarismo y la polarización.
Jorge del Palacio Martín es profesor de Historia del Pensamiento Político en la Universidad Rey Juan Carlos. Especialista en historia de las ideas políticas e ideologías contemporáneas, con especial atención a la cultura política italiana, ha sido visiting fellow en el European University Institute de Florencia y en la Universidad LUISS-Guido Carli de Roma. Es editor de la antología de Michael Oakeshott “Ser conservador y otros ensayos escépticos” (Alianza Editorial).
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DANIEL GASCÓN: Hola, muy buenas. Bienvenidos a Letras Libres España, el salón de Gascón. Es un placer estar con quien estoy hoy, que es el profesor de pensamiento político en la Universidad Rey Juan Carlos, Jorge del Palacio. Muy buenas, gracias por acompañarnos.
JORGE DEL PALACIO: Encantado de estar aquí.
DANIEL GASCÓN: Vamos a hablar de uno de los filósofos políticos más interesantes y singulares del siglo XX, que es Michael Oakeshott. A quien Jorge, que además de profesor es escritor y editor, ha editado una antología en Alianza Editorial que es Ser conservador y otros ensayos escépticos. La primera pregunta sería: ¿quién fue Michael Oakeshott?
JORGE DEL PALACIO: Yo creo que lo podemos ir desgranando a lo largo de la conversación. Michael Oakeshott fue durante toda su vida un profesor. Hizo la primera parte de su carrera en Cambridge como profesor de filosofía política, y después en la London School of Economics. Es curioso porque la relevancia que tuvo en vida fue por ser un profesor relevante en universidades relevantes, pero Oakeshott seguramente ha ganado una fama póstuma. Cuando murió, casi todas las editoriales de los periódicos, incluso The Guardian, siendo él un pensador conservador, le señaló como uno de los pensadores más originales de la centuria. Casi todos los obituarios lo pusieron a la altura de John Stuart Mill, de Edmund Burke, es decir, de las grandes luminarias de la filosofía política inglesa y británica.
Lo que ocurre es que Oakeshott, a diferencia de contemporáneos como Isaiah Berlin, no jugó el papel de ser un personaje público; siempre se mantuvo en una segunda fila, no buscó la relevancia pública. Y esa forma de estar en el mundo se proyecta después en una producción literaria bastante limitada para lo que realmente escribió. Esa vocación de no llamar demasiado la atención se sustancia en la anécdota de cuando sus discípulos, porque no tuvo hijos, fueron a la última casa en la que vivió en Dorset, al sur de Inglaterra. Se encontraron muchísimos ensayos, libros que después se publicaron, pero que él en vida ni siquiera consideró interesante publicar. Afortunadamente, además, porque vivía en un mundo académico en el que no había agencias de calidad académica que le persiguiesen para que publicase papers.
DANIEL GASCÓN: El “publish or perish” no era lo suyo.
JORGE DEL PALACIO: No, él no estaba en esa lógica. Y de hecho el libro de filosofía política más importante, El racionalismo en la política, tampoco es un libro unitario u orgánico. Es una colección de ensayos cuya lógica de agregación tampoco está clara; más bien pertenecen a un entorno cronológico y en las distintas ediciones les han ido quitando o añadiendo. En eso se asemeja mucho a uno de sus grandes ídolos filosóficos, que era Hume: no escribió libros sistemáticos, sino ensayos, formas de acercamiento a temas.
DANIEL GASCÓN: Él nace en 1901 y muere en 1990. Era un filósofo del conservadurismo, un conservadurismo muy peculiar, muy británico. Tenía esa frase de que se podía ser conservador en política y radical en todo lo demás. ¿Y en qué era radical? ¿Qué significa ese “todo lo demás”?
JORGE DEL PALACIO: Sobre todo porque tenemos un problema con Oakeshott: nos falta una gran biografía. No tenemos esa gran biografía que, por ejemplo, tiene Isaiah Berlin, que escribió Michael Ignatieff. La biografía de Oakeshott la hemos tenido que ir reconstruyendo desde pequeñas biografías incorporadas en libros que se escriben sobre él, o muchos testimonios que nos van contando cómo era. Y uno de los grandes rasgos que sobresale, y que choca quizás para una percepción un poco estrecha de lo que es ser conservador, es que era un dandy, era un bohemio y sobre todo era un mujeriego. Michael Oakeshott llegó a ser un problema para las autoridades académicas en Cambridge, y respiraron desahogados cuando se fue a la London School of Economics porque no respetaba ningún tipo de rango o condición. Más allá de la anécdota, era un bohemio: iba en un coche deportivo, un MG, le gustaba jugar el papel del personaje extravagante, iba vestido con americanas de colores chillones, con flores en el ojal. Un tipo de vida muy bohemia, muy desordenada en algún sentido, que era perfectamente compatible con ser conservador en política.
¿Por qué? Porque para él el conservadurismo no tenía que ver con una concepción moral de los seres humanos ni de la política, sino simplemente con una disposición, una actitud, a considerar como un recurso positivo para manejarse en política la tradición, los usos, los hábitos y las costumbres heredadas.
DANIEL GASCÓN: Sí, él tiene ese artículo sobre la actitud conservadora donde dice: “Ser conservador es preferir lo familiar a lo desconocido, lo que sea probado a lo que no, el hecho al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo infinito, lo cercano a lo distante, lo suficiente a lo superabundante, lo conveniente a lo perfecto, la risa presente a la felicidad utópica.”
JORGE DEL PALACIO: Exacto. Es una de las frases más bonitas, que señala también esta forma ensayística y un poco poética en la que él escribía, cosa que para la hegemonía de la filosofía política del momento, que era la filosofía analítica, era una forma de escritura que carecía de carácter científico. Pero su forma de aproximarse sustancia muy bien esa idea de lo conservador, que es básicamente tener una disposición de agradecimiento y gratitud hacia lo recibido y no entenderlo como una carga, sino como un depósito positivo desde el cual uno avanza, reforma y ejerce desde cierta seguridad.
DANIEL GASCÓN: Has mencionado El racionalismo en política, que tiene que ver con algo curioso: podrías decir que su forma de escribir es antirracionalista también, aparte de que el fondo lo sea. Cuando él habla del racionalismo en política, ¿a qué se refiere y por qué lo critica?
JORGE DEL PALACIO: Lo del racionalismo en la política tiene un punto provocador, porque nosotros ya venimos formateados en la cultura occidental para que lo racional sea lo bueno y lo irracional sea lo malo. Y mucha gente desde lecturas apresuradas asocia directamente: un conservador que está contra la razón, no me digas más, un señor que debe estar con el trono y el altar, el irracionalismo, la religión, etcétera. Pero no tiene nada que ver con eso.
Lo que Oakeshott critica al hablar del racionalismo en la política es una actitud muy arraigada en el mundo de la cultura filosófica y política occidental: esa tendencia a pensar que la mejor manera de hacer política es empezar por un diseño o una idea de sociedad ideal que se piensa al margen de la experiencia y que luego se quiere proyectar sobre ella. Él cree que ese proyecto racionalista, que nace para él desde el Renacimiento con la ciencia, y que desemboca en esa pretensión de organizar la sociedad de la manera más perfecta posible para desde ahí mejorar la naturaleza humana, es una de las ideas que ha desembocado en el totalitarismo y en el desastre de la primera y la segunda guerra mundial.
¿Esto quiere decir que para Oakeshott la razón no tiene espacio en la política? No, al contrario: él cree que desde esa perspectiva conservadora la política no debe imponer una racionalidad desde fuera, sino que lo que debe hacer es intentar entender la racionalidad, la lógica de lo que ha funcionado hasta el momento. En este punto está hablando por boca de uno de sus grandes héroes, que es David Hume, y a través de Hume por la ilustración escocesa. La idea de que nosotros vivimos en un mundo donde los hábitos, las costumbres y las instituciones no forman parte de un diseño deliberado. El Estado, la moneda, la familia no surgen porque alguien un día se sentó con un lápiz y un papel y dijo: “Voy a ver cómo puedo organizar mejor la forma de intercambio económico.” No: son prácticas que se van aquilatando y ellas mismas van sugiriendo cómo se pueden mejorar.
DANIEL GASCÓN: Es una visión empirista, y también con la idea de la costumbre puedes pensar en Burke.
JORGE DEL PALACIO: Efectivamente. Lo que él contrapone a través de sus lecturas es una contraposición entre lo que sería una ilustración radical a la francesa, que termina en el experimento de la Revolución Francesa y que se convierte en el mito que alumbra todas las experiencias radicales del siglo XX, y otra que sería la experiencia inglesa y británica, en la cual se llega a la democracia a través de una evolución interna: es capaz de evolucionar desde una monarquía hasta una monarquía parlamentaria, desde ahí un sistema liberal y desde ahí hacia una apertura de un sistema de masas que se hace compatible con la democracia. Siempre con esa idea, muy rica y muy sutil en él, de la búsqueda de las sugerencias: para llegar a los derechos del hombre y de la mujer no se le ocurren a alguien, sino que es algo que se decanta por el propio nacimiento de la individualidad, y como el individuo moderno para preservar la búsqueda de sus objetivos personales va requiriendo de las instituciones un espacio personal en el cual no se pueda interferir.
DANIEL GASCÓN: Y estas son obras que se publican en la Guerra Fría, que es un momento antiideológico para algunos. ¿Todas las ideologías le parecen mal o peligrosas?
JORGE DEL PALACIO: La actitud o la tendencia a pensar la política al margen de la experiencia se sustancia en algo muy concreto: la política ideológica. La idea de que proyectamos en un pequeño libro cómo debe ser la sociedad, cuál es el motor de la historia y hacia dónde vamos a llegar. Teniendo eso claro, el resto son cuestiones técnicas. A eso él le llama la “política del libro”. ¿Todas las ideologías son malas? Para Oakeshott el liberalismo no sería una ideología en ese sentido. ¿Por qué? Porque dice: podemos tomar el ejemplo del Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil de John Locke, pero en la medida en que es la decantación de una tradición política que se ha constituido históricamente y ha conducido a un escenario de libertad, podría ser un ejemplo particular de ideología no pensada al margen de la realidad, sino una ideología que proyecta una experiencia de éxito que ha terminado en un gobierno limitado. Pero es verdad que hay un gran aire de Guerra Fría en todo Oakeshott también. Cuando está pensando en la política del libro, si hay una política del libro por antonomasia, es el marxismo y el Manifiesto Comunista.
Y estos temas Oakeshott los aborda desde cierta originalidad, pero hay un aire de familia muy grande con lo que están haciendo muchos teóricos políticos de la época: Raymond Aron, Hayek, Popper, Hannah Arendt, Daniel Bell. Todos nacen a principios del siglo XX, en un siglo que alberga el optimismo, son testigos del nacimiento de la política de masas, la llegada de las políticas ideológicas, la crisis y quiebra del liberalismo y la consolidación no solo del autoritarismo, sino del totalitarismo. Y para ellos, después de la Segunda Guerra Mundial, el proyecto principal de su teoría o filosofía política era tratar de descubrir cómo habíamos llegado hasta ahí. Arendt escribe Los orígenes del totalitarismo de manera muy evidente. Cuando Popper escribe La sociedad abierta y sus enemigos, cuando Oakeshott escribe El racionalismo en la política, Berlin habla de los dos conceptos de libertad, Hayek habla del orden espontáneo frente al orden impuesto, básicamente lo que están tratando es de identificar cuáles eran las ideas, los conceptos que en su visión del mundo habían contribuido a la quiebra de la democracia y la llegada del totalitarismo. Ese mundo, evidentemente, huele a Guerra Fría por todos los costados.
DANIEL GASCÓN: Y esa visión del conservadurismo como una actitud, no como un aferrarse a unos principios, sino casi a unos procedimientos y a unas tendencias de costumbres.
JORGE DEL PALACIO: El conservadurismo en Oakeshott es interesante porque es una filosofía política. A él le gustaba más considerarse filósofo político que teórico político. Pero es curioso porque es una filosofía política que de alguna manera degrada el papel de la filosofía en la política o advierte contra los peligros de la vida filosófica en la política. La política para él es una actividad práctica cuyo primer propósito, muy hobbesiano, tiene que ser mantener unos vínculos donde una comunidad se reconoce y mantener un escenario de paz.
DANIEL GASCÓN: De hecho escribe un texto largo sobre Leviatán.
JORGE DEL PALACIO: Efectivamente. En el texto Por qué soy conservador hace una pequeña genealogía de cuáles son sus referentes, que es muy particular. Dice que el conservadurismo al que se refiere es el de Hobbes, Montaigne y Hume. Burke y Acton no lo son para él porque Burke y Acton son religiosos y él es un escéptico. Tiene muy claro que la política es una convención, es un acuerdo, pero no es el reflejo ni de una visión de la historia ni de una visión metafísica. Y tiene muy claro que uno de los grandes peligros de la política es haberla pensado como un ejercicio colectivo de búsqueda de una verdad e imposición de la misma. La política no busca la verdad. La política busca mantener un escenario de paz donde cada persona pueda buscar personalmente cómo realizar sus fines últimos de la vida.
Esto es muy importante porque visto desde un mundo continental donde el conservadurismo tiene un tinte más complicado, una relación más complicada históricamente con la democracia, un vínculo más fuerte con la religión y con el nacionalismo, parece un conservadurismo absolutamente aguado.
DANIEL GASCÓN: Parece un liberalismo. Y además es rebajar las expectativas sobre lo que la política puede hacer.
JORGE DEL PALACIO: Absolutamente. Es una filosofía política que viene a redimensionar a la baja el lugar de la política. Entonces, es muy interesante entender por qué Oakeshott no tenía el recorrido que podían tener otros filósofos. A mí esto siempre me ha parecido interesante, esa vocación de ir a contrapelo. Si eres un filósofo, lo que te interesa es decir que la filosofía es la herramienta última. Y aquí tienes un señor que va a decir que la filosofía es un ejercicio personal de búsqueda, pero que no meta sus manos en la política. El conservadurismo per se para un filósofo es poco sexy, porque al filósofo lo que le gusta es señalar cuáles son los mecanismos de dominación por los cuales jamás vamos a poder emanciparnos, ni económica, ni sexual, ni políticamente. Mientras que aquí tienes un señor que viene a decir: gratitud hacia lo que existe, gradualismo, y completo escepticismo para quien proclama la buena nueva de la transformación de la naturaleza humana. Con estos argumentos, Oakeshott era un señor que estaba constantemente teorizando a la contra.
DANIEL GASCÓN: Y un conservadurismo fuerte con letra C mayúscula tampoco encuentra ahí mucho.
JORGE DEL PALACIO: Encuentra una parte, sí. Pero hay una cosa muy interesante: el propio hecho de que Oakeshott al conservadurismo le llame una actitud permite preguntarnos si para él el conservadurismo podía desligarse de una posición política. Yo he tenido mis dudas sobre esto, pero creo que sugeriría que sí. Cuando defines el conservadurismo no como posición ideológica militante sino como una actitud filosófica, uno puede ser un socialdemócrata y estar de acuerdo con muchas cosas de las que dice Oakeshott: que la política requiere un acercamiento gradual, que las tradiciones son importantes porque son el puerto seguro desde el que partimos, que las tradiciones permiten conocer un nosotros particular. Quien busca un conservadurismo fuerte, Oakeshott le deja un poco frío.
DANIEL GASCÓN: Y tiene que ver con el escepticismo, ¿no?
JORGE DEL PALACIO: Exacto. Un conservador continental seguramente tiene una visión religiosa fuerte, cree que hay un derecho natural, seguramente cree que hay unos derechos prepolíticos que son innegociables. Y en Oakeshott no se encuentra eso. Lo que dice es que los derechos del hombre, de la mujer, de los niños son una decantación de una búsqueda de sugerencias de unos derechos que van pidiendo de suyo, a través de la reforma, una mejora. Esto abre el melón de si dónde podemos terminar con esta vocación de reforma constante que no encuentra un freno moral. Es un conservadurismo que pone sus huevos en la cesta del procedimiento, que preserve la libertad individual sin ningún tipo de tacha moral.
Por eso le encanta Montaigne, le encanta Hume, porque el escepticismo, la idea de que no sabemos si hay una verdad, y si la hubiese tampoco el ejercicio de imponérsela a todo el mundo sería saludable, es lo que mejor casa con su tipo de conservadurismo. Y además es muy interesante porque todos los pensadores que le gustan, Hobbes, Hume, Montaigne, forman parte de un mundo de la modernidad donde el consenso anterior se ha quebrado, donde no hay una fe única, el mundo se ha dividido. Es el mundo de las guerras de religión. Y el mundo de las guerras de religión es el que termina decantando que no podemos seguir matándonos, que hay que generar algún principio de tolerancia. Y él proyecta esta misma idea sobre el mundo de la Guerra Fría, donde el mundo occidental se ha dividido entre dos credos que no se reconocen. Por lo tanto, la idea de tratar de proclamar una verdad e imponerla es lo que lleva al desastre del totalitarismo. La idea de introducir el escepticismo como punto irrenunciable de un pensamiento conservador es lo que a la postre hace a Oakeshott tan digerible desde nuestro mundo.
En su tiempo le costó muchos disgustos. Por ejemplo, el ensayo “Por qué soy conservador” fue rechazado por la revista Encounter, porque consideraban que era demasiado relativista, que no tenía una idea fuerte de verdad. Y en la Guerra Fría no podías no estar de lado. Y es verdad que si lees a Oakeshott desde un punto de vista multicultural, lo primero que vas a decir es que todas estas cosas maravillosas de la conversación humana refieren a un mundo occidental. Pero dentro de eso, él no trata de jugar con una idea previa fuerte que se impone. No hay un guion.
Él tiene una definición de lo que es la política que es muy bonita, también muy poética: la política es un barco a la deriva donde lo que trata de realizar es mantenerse a flote. No está diciendo llegar a la costa prometida ni al mundo prometido. La nave del Estado se mantiene a flote con los recursos que la experiencia del navegante tiene, no porque haya oído o se ponga a leer en un libro cómo se lleva un barco, sino porque el navegante sabe de su negocio, sabe de la experiencia.
DANIEL GASCÓN: Es curioso porque has tocado la idea de la conversación, que recorre toda su obra. Es como un filósofo de la conversación también.
JORGE DEL PALACIO: Es una idea muy bonita. Él siempre juega mucho con las imágenes poéticas, la imagen de la Torre de Babel, la imagen del barco y la imagen de la conversación, como una forma de entender la política como una comunidad que trata de escuchar todas las voces e integrarlas en un ejercicio donde no hay un punto de llegada, sino cuyo objetivo único es mantener de la mejor forma posible un vínculo jurídico que permita la vida en paz y que por lo tanto no se meta en la vida de los otros.
Hay un fragmento que me permito leer: “Gobernar no es ocuparse de lo moralmente bueno y malo. No trata de convertir a los hombres en buenos o incluso mejores. No es indispensable por culpa de la depravación natural de la humanidad, sino solo a causa de su tendencia a la extravagancia. Su función es mantener a la gente en paz y en el desarrollo de las actividades que cada uno ha elegido en su particular búsqueda de la felicidad.” Es un programa absolutamente mínimo, que siempre insiste en que no es el objetivo transformar la naturaleza humana ni encargarse de lo que es bueno o malo para cada persona, mientras eso obviamente no atente a los derechos mínimos.
La idea de la conversación la utiliza en distintos ámbitos. La política es una conversación de una comunidad que se reconoce, pero también la cultura es una conversación, Occidente es una conversación. Y eso abre su filosofía a que otros tipos de voces, la poesía, la literatura, la historia, puedan formar parte de ese aprendizaje filosófico.
DANIEL GASCÓN: Y hay figuras literarias que fueron importantes para él, más allá de las filosóficas. Recuerdo que habla mucho del Quijote. Dice que el Quijote es como la vida, que todos empezamos siendo Quijote y acabamos siendo Sancho. ¿Qué otros autores más literarios son importantes para él?
JORGE DEL PALACIO: Sí, uno cuando lee a Oakeshott, que es un autor complejo, y hablamos del Oakeshott conservador que mejor nos suena, pero luego él también es el punto de llegada de muchísimas influencias del idealismo.
DANIEL GASCÓN: Él estudió en Alemania también un tiempo. No es solo la escuela analítica británica, sino que conocía muy bien la tradición continental.
JORGE DEL PALACIO: Efectivamente. Él tiene una pulsión religiosa importante que no se traduce en una militancia religiosa, sino en una vivencia de la religión como un punto de vista sobre la vida no sometido a la utilidad.
Oakeshott no representa un conservadurismo de defensa de una posición social. Samuel Huntington tenía un artículo seminal sobre tres tipos de conservadurismo: uno era el de clase social, el que defiende esas posiciones. Otro era posicional, aquel que se hace conservador frente a una gran catástrofe histórica, por ejemplo Edmund Burke cuando ve la Revolución Francesa, aunque hay que decir que siempre fue wig, no se fue al partido tory, o tantos otros después de mayo del 68, como Roger Scruton u otros en Estados Unidos que se hacen neoconservadores porque dicen: “¿A dónde ha llegado el liberalismo? Está disgregando la comunidad, etc.” Y otro es el que lo hace por gusto, por las ideas. Oakeshott estaría ahí, porque Oakeshott no pertenecía a la aristocracia ni muchísimo menos. Su padre era un funcionario del gobierno británico que venía de círculos fabianos: los que luego crean la London School of Economics. Y su madre es enfermera, una mujer de gran religiosidad. Es decir, un socialismo muy inglés, fabiano.
Es curioso porque cuando Oakeshott sustituye nada menos que a Harold Laski, que era el marxismo británico en la LSE, todos dicen: viene aquí un reaccionario. Pero él tenía un vínculo familiar con la London School. Y adquiere de su padre el gusto por la lectura de Montaigne, el gusto por la lectura de San Agustín. Oakeshott es un gran lector de las Confesiones de San Agustín, porque le gusta mucho la idea de la imperfección humana.
DANIEL GASCÓN: Hazme casto, pero no ahora.
JORGE DEL PALACIO: Exacto: la idea del hombre que cae una y otra vez. Y vinculándolo a lo que decías, hablando con Noel O’Sullivan, su discípulo, me decía que lo que le gustaba mucho también del Quijote era esa capacidad de perseguir su sueño, de caerse y levantarse, caerse y levantarse, todo lo que significase una literatura vinculada a la experiencia de la debilidad humana y también de la aventura. Era un fanático de Joseph Conrad. Leía mucho, por ejemplo, a Isak Dinesen. Uno de sus cuentos favoritos era El festín de Babette: la idea de que debes tratar a todo el mundo como si tuviese la oportunidad de sorprenderte. Es lector sobre todo de Conrad, San Agustín, Montaigne y Cervantes, también de Shakespeare y de muchísima literatura. Estuvo muy vinculado al mundo de la literatura, fue amante de Iris Murdoch, y era además un gran lector de la literatura norteamericana.
DANIEL GASCÓN: Y otra de las influencias no muy reconocidas pero sí presentes es Nietzsche. Cuando te lo cuentan dices: claro, encaja, pero no es lo primero que viene a la cabeza.
JORGE DEL PALACIO: Por la condición dionisíaca de la vida también, toda esa pulsión romántica, una vida personal exuberante que puede y debe perseguirse. En los diarios habla de que lo único interesante en la vida son el amor y la muerte, esperar a una mujer con un vino, este tipo de cuestiones que señalan que para un conservador también la vida se realiza en el plano personal, no en la política. Y eso tiene que ver con una filosofía política que baja las expectativas sobre lo que la filosofía puede ofrecer a la política, que normalmente siempre son enredos. Para Oakeshott la política tenía que clarificar lo que eran los conceptos, que si no entendíamos bien nos lleva a callejones sin salida: libertad positiva, negativa, orden espontáneo, racionalismo…
Él tiene un libro que no publicó en vida, que es maravilloso y que se publicó después, en el Fondo de Cultura Económica, que es La política de la fe y la política del escepticismo. Él jugaba, como Popper con sociedad abierta y sociedad cerrada, libertad positiva, negativa. Él jugaba a estas cosas. Muy al estilo de Daniel Bell en El final de la ideología, decía que la política de la fe lleva al desastre, a creer que el objetivo de la política es la redención de la vida humana en el mundo, es confundir los planos. Mientras que la política debe ser del escepticismo, del sano escepticismo, donde cada uno persigue su vida con la radicalidad y voluptuosidad que quiera en el plano personal.
DANIEL GASCÓN: Hemos hablado bastante de lo que encajaba y no encajaba en el conservadurismo. También está la lectura liberal de Oakeshott, porque ha sido maestro de liberales.
JORGE DEL PALACIO: En el mundo anglosajón, liberalismo y conservadurismo son los dos opuestos. Pero si asumimos una concepción del liberalismo como el pensamiento que pone al individuo en el centro y defiende sus derechos a través de un sistema constitucional, digamos que el liberalismo se ha convertido en la pieza sine qua non de cualquier ideología que se considere civilizada. Un socialdemócrata hoy no puede renunciar al paquete básico del liberalismo. Ni un liberal, obviamente, ni un conservador, porque si no estaríamos hablando de otra cosa: un reaccionario, un autoritario, alguien que cree que se puede restaurar el pasado en el presente. Eso no está en el programa de Oakeshott.
Lo que Oakeshott defendería sería una aproximación conservadora que hace de la experiencia el núcleo fundamental a la gestión de ese mínimo liberal. Son compatibles porque para Oakeshott, que entiende la política como el ejercicio de preservar la libertad individual, esa libertad individual es el requisito fundamental para lo importante que es la búsqueda de cada uno de su propia felicidad. No hablar de un componente liberal en el conservadurismo de Oakeshott sería completamente errado.
Hay un ensayo fantástico que cuando hice esta edición no introduje, que se llama “Las masas en la democracia representativa”, y que si lo volviese a hacer lo metería. Ahí se ve un Oakeshott muy liberal en el sentido en que defiende la individualidad como un elemento esencial de la cultura política occidental, y llega a sustanciar cómo los logros más ricos de la cultura política occidental, como son la defensa de los derechos individuales y el pluralismo, son una proyección natural del desarrollo de ese individualismo en Occidente, frente al cual dibuja un hombre-masa que no quiere hacerse cargo de la responsabilidad de la vida, que no quiere cargar con el peso que supone la autonomía personal y prefiere ser guiado por un líder fuerte y una ideología que no le permitan hacerse cargo de lo que cuesta llevar la vida. Porque el Quijote en algunos momentos es un personaje muy trágico, y el que busca sus propias aventuras a veces triunfa y otras veces no. Lo que ocurre es que para Oakeshott la ganancia está en atreverte a buscar, en hacer de tu vida tu propia aventura. Y ese es un elemento que solamente se sustancia desde una visión liberal de la vida.
DANIEL GASCÓN: Seguramente su estilo de vida le hubiera llevado a algún tipo de cancelación. ¿Cuáles serían las críticas filosóficas más importantes que ha tenido?
JORGE DEL PALACIO: Déjame contarte que, para abonar esta imagen de Oakeshott como personaje extravagante que renunciaba a publicar, lo que sí publicó con un colega de Cambridge helenista fue un libro sobre cómo apostar en las carreras de caballos. Que además se editó varias veces.
DANIEL GASCÓN: Sí, sí, es una cosa que le gustaría a Savater, ¿no? Y también tiene algo curioso: cuando llega al poder Margaret Thatcher, intentan que sea el filósofo conservador de referencia, que lo acepte, y él se aparta totalmente.
JORGE DEL PALACIO: Absolutamente, porque él deja la London School of Economics en el 68 o poco después, cuando mayo del 68 y la nueva izquierda hacen que empiece a pensar que ese es un mundo al que él ya no pertenece. Se va con su tercera mujer, que era pintora, pero crea una escuela. Estaban Noel O’Sullivan, y hasta cierto punto también John Gray. Las dos caras del liberalismo de John Gray está dedicado a Berlin y a Oakeshott, y hay muchos elementos de John Gray que no se entienden o se entienden muchísimo mejor cuando uno lee a Oakeshott. Pero él tiene una serie de discípulos en la política y en la academia que cuando llega ese giro conservador de la política inglesa quieren sacarlo como un santón, premiarlo, y él da un paso atrás y no quiere saber nada. Tiene una frase muy famosa, “los reconocimientos son para quienes los buscan”.
Él trató de definir lo que era la política práctica para resguardarla de los riesgos de su entrelazamiento con la filosofía, y no pretendió en ningún momento desdecirse, ni cayó en los cantos de sirenas en la vejez. Porque muchos “a la vejez, viruelas” y se dejaron seducir. Pienso, sin ánimo de criticar, en Hayek, que durante casi toda su carrera, en el ambiente del consenso ideológico de posguerra intervencionista, fue visto como un paria. Y cuando a partir de la crisis del 73 recibe el Premio Nobel, empieza a ser reconocido y aprovecha ese momento: aquí estoy yo, tengo razón. Oakeshott podría haber hecho una operación parecida, pero no iba en su carácter ni en su temple.
Hay algunos discípulos, por ejemplo, que hablan de lo maravillosas que eran las tutorías. Las tutorías eran una conversación. Algo cuenta también Ignatieff sobre Berlin, donde uno iba a su despacho y le ponían una copa de Oporto. Los discípulos de Oakeshott contaban que la tutoría era: ibas allí, te citaba para una hora, pero si la cosa funcionaba podías estar tres o cuatro horas. Y lo primero que te preguntaba era: ¿qué estás leyendo? A partir de ahí se iba produciendo una conversación que no se sabía dónde llegaba y en la cual no había presión por fechas de entrega, número de páginas. Esos eran requisitos puramente accidentales. La idea de la educación como una iniciación en la conversación sobre los grandes clásicos de la literatura y la cultura.
Él ve que ese es un mundo que empieza a quebrarse a partir del 68, donde empieza a aparecer cierta desconfianza entre profesores y alumnos, a través de nuevos conceptos de autoridad.
Pero me he ido por las ramas. Las críticas filosóficas: una crítica muy fundada se la hace John Gray. Esta idea de que la tradición no es un depósito de buenas costumbres sino de hábitos que no veneramos por idolatría al pasado sino porque son la decantación de la experiencia, la idea de que la experiencia y la tradición no son rígidas sino el material más flexible que nos podemos encontrar porque se va acomodando como una malla, y que quizás desde cierta visión de una ilustración más radical, pues la tradición es un material con el que no se puede construir nada. Los prejuicios, fuera, se sacrifican en el altar de la razón para construir un edificio político nuevo que sea geométrico en su funcionamiento, que podemos explicar hasta el último extremo de un sistema político desde sus principios más límpidos. Dice Gray, claro, esa crítica y ese poner en valor la tradición te funciona si perteneces a una cultura política donde la tradición ha producido un sistema liberal, un sistema constitucional, un sistema que preserva el pluralismo. Pero ¿qué haces en países donde tienes que instaurar un régimen de libertad y donde no cuentas con eso? Es una crítica sensata.
Desde la nueva izquierda también se le ha criticado porque todo este discurso tan bonito sobre qué es el aprendizaje liberal, abrirse sin objetivo último al conocimiento de la gran literatura y la gran música. Todo esto no deja de ser un lenguaje occidentalista que deja a un lado otro tipo de sensibilidades. Su reflexión política tiene la experiencia occidental y además la experiencia inglesa como base. Esa dimensión liberal, no en un sentido económico o ideológico, sino abrirse a las artes liberales como proceso de aprendizaje e iniciación, están hablando a un mundo restringido, que es el mundo de la cultura occidental.
DANIEL GASCÓN: Has mencionado a algunos de sus discípulos. Pero también ha aparecido varias veces Isaiah Berlin y esa antipatía, si puedes contarnos esa relación que hubo, porque además son un poco antitéticos en algunos sentidos.
JORGE DEL PALACIO: Absolutamente, porque se conocían. Debió ser una época fascinante: entre Londres, Cambridge y Oxford estaban más o menos en los mismos años Berlin, Hayek, Laski, Popper, Kedourie también, a quien Oakeshott apadrina. Pero Berlin y Oakeshott son como la noche y el día en términos de personalidad.
Berlin es un judío letón que llega al mundo inglés con esa ansiedad por ser reconocido que le obliga siempre a doblar los esfuerzos por estar en la esfera pública. Y Oakeshott es lo contrario: un bohemio, un extravagante, alguien a quien se le da por genio y que desprecia a todos los que hacen esos esfuerzos por estar siempre en el candelero.
DANIEL GASCÓN: Es graciosa una cosa: el que llega de fuera, un judío ruso, mientras que Oakeshott intentó alistarse en operaciones en la Segunda Guerra Mundial en Francia y lo rechazaron porque dijeron que era demasiado inglés como para ser espía en Francia. HAsta ese punto llega la contraposición.
JORGE DEL PALACIO: Efectivamente. Y hay una subtrama: Isaiah Berlin siempre llevó con muchísima ansiedad ser un escritor de ensayos y un hombre de voz pública, pero no haber generado un ensayo de filosofía política propio. Había escrito, como monografía antes de la Segunda Guerra Mundial, la biografía intelectual de Marx, pero fue un encargo. Entonces, ¿dónde está la anécdota? Oakeshott invita a Berlin a dar la lección inaugural en la London School of Economics en 1953. Y esa lección inaugural va a ser, a posteriori, uno de los ensayos más reconocidos de Berlin, que es “Sobre la inevitabilidad histórica”. Berlin tenía, si no me equivoco, esta forma de trabajar: primero daba una conferencia y luego iba dotando de más densidad al texto hasta que lo publicaba. La inevitabilidad histórica es lo suficientemente largo como para haber constituido un librito paragonable en Popper a La miseria del historicismo. Porque todos están preocupados por los mismos problemas: la idea de que la historia tiene un destino, que por el determinismo el papel del científico social es simplemente identificar quién es el sujeto de la historia y los pasos que debe dar.
Cuando Oakeshott hace la presentación de Berlin le llama “el Paganini de las ideas”. Esto es de una gran ambigüedad, porque por un lado puedes decir: Paganini forma parte del panteón de la música occidental, podría ser bien recibido. Pero Paganini, aunque produjo música, fue más un intérprete. Y eso a alguien como Berlin, que iba a todos los sitios con esa ansiedad de quien todavía no había producido una categorización propia de la política… Porque Los dos conceptos de libertad es la conferencia con la que él se postula para la cátedra Chichele de Oxford, que luego se va a publicar en el 58, y estamos hablando del 53. A Berlin esa presentación de Oakeshott le sentó fatal porque era como desnudarle ante el público.
No sé si fue una maldad de Oakeshott. Pero desde luego que lo tiró con ambigüedad: no le llamó el Mozart de la teoría política, ni el Beethoven, ni el Shostakovich. Le llamó el Paganini de las ideas. Como si fuese una disciplina menor, las ideas. Un señor que escribe sobre Tolstói, sobre tal, la historia de las ideas.
DANIEL GASCÓN: Que enlaza con cosas que luego diría el propio Berlin de sí mismo, que él mismo decía: “Yo soy un historiador de las ideas, no soy un filósofo.”
JORGE DEL PALACIO: Y que en el fondo tampoco estaban tan lejos de lo que decían, pero representaron dos papeles completamente distintos: dos catedráticos brillantes, uno de los cuales vive de espaldas al mundo público y se precia de ello, mientras que Berlin hizo todo lo posible por ser aceptado, estar en todos los sitios y entroncar en todas las dimensiones posibles de su vida con la alta sociedad.
DANIEL GASCÓN: Y entre los discípulos, has mencionado a John Gray. ¿Tiene alguno más?
JORGE DEL PALACIO: Sí. Me estaba acordando cuando venía: Kenneth Minogue, que fue profesor en la London School of Economics también y que mantuvo vivo el fuego de Oakeshott, aunque Minogue sí tiene una posición política mucho más decantada hacia el Tatcherismo. Luego tuvo también como discípulo a Noel O’Sullivan, que fue profesor en la Universidad de Hull.
DANIEL GASCÓN: La de Philip Larkin, que era bibliotecario en Hull. La llamaban “hell”.
JORGE DEL PALACIO: Noel O’Sullivan, siendo su filón importante el conservadurismo, en los años ochenta Alianza Editorial publicó un libro suyo sobre terrorismo. Y sé que Ángel Rivero, que fue mi director de tesis y quien me metió en todos estos autores, los Rorty, los Berlin y tal, liberales de distintos grados de temperatura, conoció a O’Sullivan precisamente en un contexto sobre terrorismo, ideologías y extremismo.
Y luego tenemos al hijo de Noel O’Sullivan, que es Luke O’Sullivan, que es profesor en Singapur y que se hizo cargo de publicar todos los papeles inéditos que quedaron en el archivo de la London School of Economics. Es quien está publicando en la editorial Imprint en Inglaterra los diarios, pero también muchos cursos que habían quedado ahí. Y yo creo que cuando termine de publicar todo eso hay un trabajo por hacer: integrar su biografía con toda su obra. Porque yo cuando hablé con Luke O’Sullivan hace años le decía: mira, pues estoy haciendo esto sobre Oakeshott. Y él me decía: “Joder, es que siempre estáis con el conservadurismo de Oakeshott.” Yo le respondía: bueno, este señor no se definía conservador, pero sus textos más conocidos son los que orbitan en torno al conservadurismo, que son los que mejor nos permiten entender todo lo demás que había escrito sobre la educación, sobre la asociación civil, sobre el concepto de cultura y de formación, sobre qué es la política y hasta dónde llegan sus límites. Pero él decía que en su último texto que es On Human Conduct, que en España solo se publicó su tercera parte, sobre el Estado moderno, la publicó Paidós con una introducción de Víctor Pérez Díaz, es donde Oakeshott habla de algo que también sabe mucho a Hayek: la idea de que hay dos formas de entender la asociación. La asociación civil, de aquellos hombres que se juntan para construir un vínculo jurídico que les permita buscar sus propios fines, y lo que él llama asociación empresa, que son aquellos grupos humanos que se juntan para perseguir un fin común. Evidentemente, a Oakeshott lo que le gusta es la asociación civil, y la otra podría ser una sociedad comunista, por ejemplo, o cualquier otra que oriente todos los esfuerzos de la sociedad no a que cada uno busque su fin, sino a que a que la sociedad realice esa idea que se ha dado. Y me decía Luke O’Sullivan que convendría empezar a proyectar una imagen de Oakeshott como alguien que desde un conservadurismo declarado termina dando forma a una teoría política liberal. Yo creo que es una conversación válida que no invalida el hecho de que fuese conservador, sino que se pueden integrar perfectamente. Luke O’Sullivan es un personaje académico muy interesante: me gustaría que a futuro, cuando termine de publicar todo esto, pudiera premiarnos con una biografía que integre vida académica, vida personal y obra, y nos permita saber cuáles eran sus vivencias personales mientras estaba en Cambridge y escribía esto, que vive la Guerra Fría, cómo vive mayo del 68, cómo vive lo que para él es una degradación del mundo académico donde la universidad ya va camino de ser un sitio donde se producen licenciados, pero ya no donde las personas son iniciadas a las artes liberales. Eso sería magnífico.
DANIEL GASCÓN: Y gente que ha reivindicado su influencia, por ejemplo, Andrew Sullivan, el bloguero y ensayista, que estuvo mucho tiempo en The Atlantic y que es uno de los pioneros de la escritura en internet. O Richard Rorty.
JORGE DEL PALACIO: Claro, Richard Rorty, si no me equivoco, en Contingencia, ironía y solidaridad lo cita. Y la idea de conversación es muy clara, muy oxeshottiana: la idea de que la filosofía no es solamente una conversación entre señores que luchan por ver cuál es el sistema que se impone al otro, sino que es una conversación abierta a otros modos de conocimiento. La idea de que por qué una novela de Dostoyevski va a tener un valor menor como proceso de aprendizaje moral que un tratado sistemático, por qué una filosofía política no puede integrar una conversación más amplia. Yo creo que Rorty es un gran oakeshottiano.
DANIEL GASCÓN: ¿Y por qué dirías que su pensamiento sigue siendo relevante hoy?
JORGE DEL PALACIO: Porque se acomoda muy bien a las circunstancias actuales, y esto a quien tiene una concepción del conservadurismo muy fuerte no le gusta. Yo creo que Oakeshott viene al mundo para ser alguien que a todo el mundo le gusta un poco, pero con quien nadie se casa del todo. Y yo creo que eso es bueno. Vivimos en sociedades plurales, donde no hay una verdad única, donde básicamente hemos decantado que hay un sistema, no sé si el mejor pero que se ha demostrado mejor, que es la democracia liberal y representativa, combinada con cierta economía de mercado, y donde la política no se entiende como la búsqueda de la verdad colectiva ni la imposición de la misma.
A mí siempre me ha parecido, desde mi corazoncito conservador, que en Oakeshott encontraba unos instrumentos para proyectar el conservadurismo sobre el mundo presente que no me los daban otros autores, que son más refunfuñones, más apretados, viviendo siempre a la contra. Y en Oakeshott te encuentras un hombre que abraza la vida, que es alegre, que tiene un escepticismo muy vital. A veces te llevan a conciliábulos porque creen que aquí les van a contar la receta para oponerse al gobierno presente. Y bueno, Oakeshott no iría por ahí. Nos encontramos con una filosofía política que lo que hace es poner a la política en su sitio. Es una filosofía política que casa muy poco con el activismo fuerte, pero que es un recordatorio muy importante para tiempos de polarización: saber cuál es el lugar de la política y vivirlo dándole el espacio que merece. Ni más, pero tampoco menos.
DANIEL GASCÓN: Estupendo. Pues muchas gracias. Y recomiendo a nuestros oyentes la antología Ser conservador y otros ensayos escépticos de Oakeshott, que salió en Alianza. En general siempre es muy iluminador leerle, y me gusta esa cosa de retirada a veces que tiene, de deísmo y sabiduría. Muchas gracias por contarnos quién era.
JORGE DEL PALACIO: Te agradezco mucho que me hayas permitido venir aquí porque me ha servido para releerlo, para volver a encontrarme con él y realmente para tener ganas de retomarlo y quizás escribir algo más maduro que valdría la pena, o quizás renovar la edición. Y también cuento un secreto: el señor que aparece en la portada no es Michael Oakeshott. Es un error editorial: Oakeshott no solo se llamaba Michael, sino que había muchos profesores de ese nombre. Agradezco mucho la conversación.
DANIEL GASCÓN: Pues a ver si lo escribes y lo podemos leer, y también si sale una edición incluso con alguno de los ensayos que ahora añadirías. Gracias.
JORGE DEL PALACIO: Gracias.