Cuando yo era adolescente, la segunda cadena de Televisión Española emitía, los viernes por la noche y hasta la madrugada, películas de autor. Creo que la primera sesión era un ciclo de un director renombrado, como podrían ser Bergman o Rossellini, y en la segunda emitían una película independiente. Algunas se habrían estrenado en las salas españolas de las ciudades grandes, pero entonces ver películas raras no era tan fácil como ahora, aunque por otro lado los programadores de televisión eran más audaces. Las horas de emisión eran fijas. Si querías ver la película, podías sentarte frente a la tele a la hora prevista o grabarla en vídeo. Yo volvía de dar una vuelta con mis amigos, cenaba con mis padres y mi hermana si estaban y luego me quedaba sola hasta tardísimo viendo aquellas películas, las que fueran. Me acuerdo de las de Hal Hartley. De otra que se llamaba Julia tiene dos amantes recuerdo que estaban todo el rato hablando por teléfono. Volvías de dar un paseo y de socializar pero esas horas raras en tu casa sosegada, cuando todos estaban en la cama, eran como un ingreso en una nueva personalidad tuya. Las últimas horas del viernes, entonces, eran muy densas en la configuración de tu nueva personalidad, con una parte de socialización con tus amigos y la posterior exposición solitaria a mundos nuevos. Me ha venido a la mente un aforismo que dice que el carácter se forja los domingos por la tarde (que veo que es de Ramón Eder y que lo divulgó Enrique Vila-Matas), pero podemos añadir que el viernes ya habías sacado brillo a las herramientas.
Hay una película que vi en uno de esos viernes y que no he olvidado desde entonces. Una película que me dejó atónita y me hizo reír. Se llamaba Rubin y Ed. Contaba la historia muy clásica de dos seres improbables que se ven obligados a afrontar una aventura juntos, como en el caso de don Quijote y Sancho o de Gilgamesh y Enkidu. Estos dos hombres, Rubin y Ed, tenían que cruzar un desierto (recuerdo los planos del terreno cuarteado), y Crispin Glover hacía el papel del más estrafalario de los dos, vestido con pantalón de campana y zapatos de plataforma. La ropa era como setentera y se adivinaba de lycra, lo que transmitía un calorazo ahí en mitad del desierto impenitente… Llevaba una media melena con raya en medio.
El otro personaje parecía más normal, aunque seguramente tendría sus manías. Lo interpretaba el mismo actor que hacía de profesor en una serie de chicos superdotados que emitían también por entonces y que creo que se llamaba Los primeros de la clase. Además era importante en la trama un gato cadáver que habían congelado y que estaba tieso, y recuerdo que pasaban tanta sed que se quitaban los calcetines llenos de sudor y se bebían el líquido que salía al retorcerlos.
Desde aquella madrugada nunca encontré a nadie que la hubiera visto. De vez en cuando la buscaba en internet, pero no estaba colgada, ni la encontré editada en dvd o Blu-ray.
Para este artículo, en un primer momento pensé que el “cine raro” correspondería a una cinematografía exigua, o exótica, como el cine kazajo o de Kiribati. Pero también podría serlo aquel que tuviese un enfoque muy particular, o que se saltase las convenciones clásicas, o que tratase de temas muy tangenciales. Y de pronto volví a acordarme de Rubin y Ed.
Pues hete aquí que la encontré recién colgada en YouTube. En varias versiones, una de ellas doblada al telugu, que es un idioma que se habla en la India y que confieso que no conocía hasta ahora. Veo que lo hablan ochenta millones de personas, pero en todo caso la rareza de que sea ese el único idioma al que la han doblado me parece que va muy bien con la película. Me temo que lo raro es lo que uno no conoce.
Así que me voy a poner la película y luego seguiré con este artículo.
¡Es una película rarísima! ¿Pero dónde reside la rareza que resiste, 35 años después (la película es de 1991)? Es la primera película de Trent Harris, habitual del festival de Sundance. No he visto ninguna de sus películas posteriores, pero por lo que veo comparten todas un interés por los personajes marginales y hasta estrafalarios. Esa propensión es característica de la época, de los años noventa, cuando los héroes eran los desharrapados y la mayor dignidad estaba en no someterse a las convenciones de la adocenante sociedad. Desde su presentación, en un plano ascendente que lo fotografía desde sus desmesuradas plataformas –que más tarde se revelarán como su superpoder–, el personaje de Rubin es ya sin duda un marginado, pero lo que le caracteriza no debería ser tan anómalo: su amor por la música (baila solo en su desordenadísima habitación al compás de la primera sinfonía de Mahler) y su amor por su gato, que lamentablemente está muerto, hasta el punto de que la aventura se desencadena y complica porque quiere encontrar el lugar adecuado para enterrarlo (y, para colmo de rarezas, no tiene coche). Por su parte, Ed (Howard Hesseman), un hombre de mediana edad con evidente peluquín, se ha apuntado a un seminario con visos de estafa piramidal mediante el que pretende salir del marasmo en que se ha convertido su vida. Tiene que convencer de que se apunte a otra persona y Rubin será la única que le haga caso.
Mientras veía Rubin y Ed me vinieron a la memoria los videoclips de los noventa. Me acordé de Black hole sun, de Soundgarden, de 1994, y de su tratamiento de distorsión a los supuestos integrados de la sociedad, y también de No rain, de Blind Melon, que es de 1992, e incluso de Today, de Smashing Pumpkins, del 93. Estéticamente tienen mucho en común y los protagonistas se han desviado. Aparte de la coincidencia en la textura de la imagen y el tratamiento de la narración, hay algo que comparten, una dignidad y una dicha de la extravagancia que parecía emanada de su intimidad y que me pregunto si es familiar para los adolescentes de todas las épocas. ~