Octavio Paz, Juan Soriano y Alberto Gironella, París, 1977. Autor desconocido. Foto: Fundación Juan Soriano y Marek Keller A.C.

Buzón de fantasmas: una carta de Octavio Paz a Juan Soriano

Hubo una amistad especial entre Octavio Paz y Juan Soriano, creadores geniales que se dedicaron a artes diferentes. Una muestra es esta carta disgregada, seria y divertida.
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Hubo una amistad especial entre Octavio Paz y Juan Soriano, creadores geniales que felizmente se dedicaron a artes diferentes. Conjeturo que arraigaba en un tipo particular de afecto e intimidad que une a personas con preferencias sexuales diferentes. Si Octavio le decía que se perdía la mitad del mundo por no amar mujeres, Juan respondía que él se perdía la otra, por no amar hombres.

En la Zona Paz conservamos algunas cartas y mensajes de Paz que Marek Keller encontró entre los papeles de Soriano, su pareja, y que nos entregó desinteresadamente. Media docena de ellas tienen importante valor literario. Las cartas de Soriano –más bien “recados”, reprocha Paz– le parecen escritas con enorme gracia y le generan una especial “comunicación mental”, aunque nunca sabe si están dirigidas “¿al universo o al vacío?”, si bien recibirlas “es una de las pocas cosas que me dan verdadera alegría”.

Paz, nacido en 1914, era seis años mayor que Juan. Se conocieron por 1938, cuando Octavio regresó de la España en guerra civil y Juan llegó de Guadalajara. Se veían en la tertulia del Café París, en cuya mesa de pintores (pues las había de toreros, periodistas y políticos) solo Paz y Luis Cardoza y Aragón eran tolerados. “Sentí que era un ser venido de muy lejos, de las profundidades del tiempo”, escribiría Octavio años más tarde.1 Luego, en 1945, se encontraron en Nueva York y, cuando Paz regresó de Europa en 1954, trabajaron juntos en el grupo teatral Poesía en Voz Alta.2

Recuerdo la cara de Juan –que ciertamente no era la “cara de Juan, cara de todos” que aparece en Piedra de Sol– a la mañana siguiente del tránsito de Octavio: fue el primero en llegar a Coyoacán, muy temprano, sostenido por Marek. Tenía muy rojos los grandes ojos azules, sobrecogido por la pena y el miedo.

Hasta donde sé, Juan puso la cara de Octavio en una tela y en varios dibujos en los que los ojos de su amigo son los de un demonio:3

Octavio Paz. Dibujo de Juan Soriano

Paz, por su parte, lo escribió en tres ocasiones y en todas ellas Soriano es un ángel obligadamente terrible y pueril:

Cuerpo ligero, de huesos frágiles como los de los esqueletos de juguetería, levemente encorvado no se sabe si por los presentimientos o las experiencias; manos largas y huesudas, sin elocuencia, de títere; hombros angostos que aún recuerdan las alas de petate del ángel o las membranas del murciélago; delgado pescuezo de volátil, resguardado por el cuello almidonado y estirado de la camisa; y el rostro: pájaro, potro huérfano, extraviado. Viste de mayor, niño vestido de hombre. O pájaro disfrazado de humano. O potro que fuera pájaro y niño y viejo al mismo tiempo. O, al fin, niño permanente sin años, amargo, cínico, ingenuo, malicioso, endurecido, desamparado.4

Se supone que Juan pintó en México a Elena Garro y a su hija, “La Chatita”, cuando era apenas una niña. No parece haber noticias sobre tal cuadro. ¿Será ante él que Paz escribió “A un retrato”? Es un poema sombrío (dedicado a Juan) y ambiguo: lo mismo aparece un “vampiro de boca sonrosada/ arpista del infierno” que una niña entre el “esplendor y la desdicha”, dormida “en una caja de cartón con flores”.5 Como Juan pintó un óleo famoso, el dorado “Retrato de Elena Garro”, se ha propuesto que el poema se refiere a ese cuadro, lo que se descarta si se enfrentan las imágenes visuales a las poéticas.

Si no lo pintó, lo que sí hizo mucho Juan fue hablar de su amigo. En la Zona Paz Ángel Gilberto Adame reunió esos escrutinios “En la mirada de Juan Soriano”.

En la entrevista con Poniatowska, Juan dice que “a Octavio jamás pude hacerle un retrato. Lo intenté varias veces y no me salía. Dibujos sí, algunos, pero un retrato jamás”.6 Y sin embargo, en una carta de 1963, Octavio le recuerda a Juan el “cuadro grande” pintado en “épocas mejores” –cuando todos los involucrados vivían en París– que se titulaba “B. y O.” (Bona y Octavio) y le pide que se lo envíe a Nueva Delhi, como en efecto parece haberlo hecho. ¿Existirá?

Paz salió de México en 1943, cansado de lo que en una serie de artículos devastadores, llamó “La mentira de México”.7 No pocas de esas razones son las que, por 1950, orillaron a Juan y a su pareja de entonces, Diego de Mesa, a mudarse a Roma. Al volver en 1952 de su primera misión diplomática en la India y Japón, Octavio hizo ahí una escala, miró lo que Juan estaba pintando y juzgó, sorprendido, hallarse ante “uno de los grandes momentos” de la pintura de la posguerra.8

La lejanía y el aislamiento propiciaron algunos “inventarios de vida” que Octavio mandó a Juan a partir de 1944, cuando vivía en San Francisco como becario Guggenheim y trabajando en el consulado, “donde me tratan como a un perro o un office boy9 En la primera de esas cartas, refiriéndose al ambiente cultural mexicano, Octavio escribe:

Muchas gracias por las noticias que nos das de todo el circo de payasos, fieras, domadores, empresarios, porteros, barrenderos, mordelones, publicistas, paleros, etc.

En la última carta, fechada en el verano de 1985, Octavio le dice:

Prefiero no hablarte lo que pasa en México. El país se desmorona.10 No me refiero a la economía ni a la política sino a algo más profundo: hemos perdido no solo el rumbo sino la conciencia de nosotros mismos. ¿Nos recobraremos? No lo sé. Me siento muy solo…

Cuando El Colegio Nacional permita el acceso al archivo de Paz, donde deberán hallarse las cartas de Soriano (a veces ilustradas), las cruzaré en una “correspondencia” adecuada. Mientras sucede, reproduzco esta carta primera, disgregada, seria y divertida, con su tono de hermano mayor. Juan estaba en México, con su Diego de Mesa. Octavio en París con Bona, la Salamandra de quien viviría prendado hasta 1964.

*

París, a 2 de junio de 1960

Querido Juan:

Recibí hace unos días tu carta. Me imagino que se cruzó con una mía (en la que te pedía colaboración para una revista de teatro: no olvides ese asunto). Comprendo tu furor. Y lo comparto. Al mismo tiempo, ¿cómo decirlo?, “me alegra”. No en el sentido del que, muy satisfecho, dice: “ya ves, te lo había dicho, no hay nada que hacer”. Tampoco –aunque podría haber algo de eso– con el aire de quien dice: “ahora te toca a ti… Cuando cortaron mis barbas, no pusiste las tuyas a remojar” y demás pendejadas. Ni “la voz de la experiencia”, ni el “mal de muchos”. Me alegra porque un artista no debe hacerse ilusiones nunca. La ilusión (la complacencia, con nosotros mismos o con los otros), mata la sed de magia, es la enemiga de lo maravilloso. La ilusión es lo contrario de la imaginación. Vuelve a tus imaginaciones y deja a los otros con sus ilusiones. 

Estás solo. Estamos solos. En todo el mundo, en cualquier sociedad, el creador está solo. Sí, en México es más duro y difícil. Un país hostil, un país que ha olvidado hasta su magnífica violencia; país de la risita sórdida, del pequeño chisme, de la tinta rastrera, país del “relajo” y del pedo moralista. No tanto el país sino la ciudad –el país es inmenso, nadie sabe cómo es, nadie lo conoce, ni siquiera él mismo, dormido en su cama de polvo y espinas. No tanto la ciudad sino los periodistas, los escritores, los riquitos y ricotes, los de la “izquierda” que vive en Las Lomas y los de la derecha que pernocta y prolifera en el Pedregal. ¡Las Lomas y el Pedregal! ¡Cuánta vida animal en esas dos palabras! Ese mundo, esa conspiración de mediocres y resentidos (cualesquiera que sea su sexo, sus opiniones políticas o estéticas, sus ideas y sus dioses) está decidida a “no dejarse”. Nadie quiere que le alteren la digestión. La digestión se llama “buenos principios”, principios sólidos, “realismo socialista”, nacionalismo, arte social o novedades burguesas de Nueva York y París. Para ese mundo el arte es un desafío. En eso sí están unidas la izquierda y la derecha, los buenos y los malos.11

¿Qué hacer? Crear otro público. Tú tienes tu escuela, tus discípulos, tus amigos. No los que beben copas contigo y creen que eres “muy chispa”; no las señoras que te buscan para contarte sus angustias vaginales y los insomnios de su clítoris; no los “intelectuales” comprensivos, tolerantes y “bondadosos”. Tu amistad es una carga para toda esa gente cuando cesa de ser una diversión, un pasatiempo. Hay, debe haber, otra gente. (Pienso en Juan García Ponce y en otros cuantos como él.)

Es difícil acercarse a los jóvenes. Nos han calumniado: nos llaman “abstractos”, “irreales”, “evasionistas” (¡qué palabras!). En lugar de juzgarnos, mutilan lo que decimos; ocultan nuestros nombres en sus periódicos y los llenan de mierda porque somos el mal, los “reaccionarios”. Eso es lo que ha hecho con los artistas y poetas libres la “izquierda bienpensante” de Don Pelmazo y Don Pambazo.

La actitud única es la creación. Continuar. Y la generosidad. Demasiado divididos, demasiado solos, demasiado ciegos ante la obra ajena. Eso es malo. El artista, en el momento de la creación no ve, no puede ver sino su propia obra. Pero debe reconocer en cada paso lo que hacen los demás. No me gustan los grupos, pero en México, en estos tiempos, hace falta un grupo, un movimiento. Surgirá, no lo dudo. Y tú serás uno de sus pilares. Tienes demasiado talento (más de lo que crees, ¿de lo que dices?), demasiada sensibilidad (a veces demasiada) y demasiada imaginación. Eres insoportable socialmente y por eso te equivocas si crees que la gente que te rodea puede soportarte de verdad. Un artista como tú no tiene más remedio que ser insoportable. Sólo el arte –la pintura, el teatro– puede soportarte. Sólo el amor. Sólo la amistad, que nace no de la complicidad o del fastidio, del ¿qué vamos a hacer hoy en la noche?, etcétera, sino de la admiración. Tu obra es admirable y por eso eres insoportable. 

¿Volver? ¿Cómo y para qué? Por lo pronto, debo resolver mi vida. (Qué absurdo: ¿se puede resolver la vida? Hablo como un cretino.) Quiero decir: poner en orden ciertas cosas vitales. Entonces –dentro de poco, unos meses quizá, un año a lo sumo– podré volver. Sin ilusiones, pero con el deseo de hacer algo. Nada personal (eso lo puedo hacer aquí, donde no me odian y me quieren los mejores, entre otras cosas porque pueden estimarme como algo ajeno: no soy rival, no escribo en su lengua, no estoy en el juego. Los literatos son atroces – aun los grandes poetas). Nada personal, sino la tarea –quizá estéril– de crear una atmósfera, limpiar un poco el aire, demostrarles a los periodistas y a los redactores metidos a escritores, que la poesía es otra cosa y que no la aplastarán. Pero necesito libertad, no libertad interior, que la tengo (hasta donde puedo tenerla), sino tiempo, ocio, orden sensual y sexual, acuerdo conmigo mismo y con el mundo. Un poco de dinero –muy poco– y mucho tiempo. 

Y escribo. Las crónicas que lees en la Revista de la Universidad aparecen también en Sur12 y quizá saldrán en alguna revista de aquí. Y poemas. Tengo casi un libro nuevo. Poemas eróticos, muy buenos. Es lo que más me gusta de lo que he escrito.13 Después –ese después terrible y que hasta bosteza– quizá insista en el teatro. O en un libro personal, mi novela, mi autobiografía, mi ensayo: todo junto.14

Querido Juan: no te quejes frente a ellos. Ríe. Pinta. No te dejes vencer por sus adulaciones, sus críticas, su pobre amistad, su perpetua enemistad. No cedas a la Ciudad de México. Eres un gran artista. Muchos te admiramos y queremos. Esa gente –sin excluir a los más “buenos” e “inteligentes”– no te entienden, no nos entienden. No saben. Ni siquiera los escritores. Pero tampoco la gente de mundo, esa es la peor.

No sé cómo salió Electra. Los diseños de tu vestuario y decorado me parecen maravillosos.15 Eso es lo importante. Trabajamos para la “inmensa minoría”, no para la gente culta, ni para la elegante, ni para el proletariado. Hay que resucitar esa vieja frase del viejo (y a veces cursi) Juan Ramón.16

Un abrazo, 

Octavio. 

¿Continuará…?


  1. “Agua azul” (1987) y los demás escritos sobre Soriano se recogen en Los privilegios de la vista II (7:344 y ss.). ↩︎
  2. Entre 1956 y 1963 el grupo presentó ocho eclécticas y variadas puestas en escena. Paz era el “asesor literario” y Soriano el artístico. Véase “Una entrevista con Paz sobre Poesía en Voz Alta”, de Esther Seligson, en la zonaoctaviopaz.com donde Paz evoca al grupo (Leonora Carrington y Soriano en el arte; Joaquín Gutiérrez Heras en la música; Rosenda Monteros, María Luisa Elío, Pilar Pellicer, Tara Parra y Beatriz Sheridan entre las actrices; Juan José Gurrola, Héctor Mendoza y José Luis Ibáñez entre los directores de escena, cuyos trabajos llenarán el buen teatro mexicano de las décadas siguientes. Puede leerse también Poesía en Voz Alta in the theater of Mexico, de Roni Unger (University of Missouri Press, 1981).   ↩︎
  3. Pueden verse en la Zona Paz: https://zonaoctaviopaz.com/detalle_espacio/344/dibujo ↩︎
  4. “Rostros de Juan Soriano (1941)”, en Las peras del olmo (Obras completas, vol. 7, p. 344). Es curioso cómo este retrato hablado llena la definición del trickster (el multiforme bromista, el embaucador truculento), esa categoría que define C.G. Jung en Los arquetipos y el inconsciente colectivo (1934). ↩︎
  5. En Libertad bajo palabra (11:99). La niña en la caja de cartón puede ser “La niña muerta”, cuadro de 1938. ↩︎
  6. Le dice a Elena Poniatowska en Juan Soriano, niño de mil años (México, Plaza Janés, 1998), p. 100. ↩︎
  7. Me refiero a los que publicó en el diario Novedades en 1943, que recogió en Miscelánea I. Primeros escritos (13: 337 y ss.) ↩︎
  8. “Historias de ayer”, 1989 (7: 351). ↩︎
  9. En Odi et amo: las cartas a Helena, p. 384. ↩︎
  10. La economía era un caos y aumentaba el descontento. Tres meses después de enviada la carta, el 19 de septiembre, ocurrió el desmoronamiento telúrico… ↩︎
  11. El párrafo evoca los citados artículos de “La mentira de México”. ↩︎
  12. En la Revista de la Universidad publicaba su columna “Corriente alterna”, que luego sería libro. En Sur, la revista de Victoria Ocampo y José Bianco en Buenos Aires.. ↩︎
  13. Son los poemas que reunirá en Salamandra, que aparecerá en 1962. ↩︎
  14. Es casi una definición de lo que eventualmente será El mono gramático (1974). ↩︎
  15. “Poesía en Voz Alta” había estrenado la Electra de Sófocles en traducción de Diego de Mesa, el compañero de Juan. ↩︎
  16. Juan Ramón Jiménez dedicó su obra a “la inmensa minoría”. En su Segunda antolojía poética (1919) agrega: “No creo en un arte para la mayoría, ni importa que la minoría entienda del todo al arte. Basta con que se llene de su honda emanación”. ↩︎


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