Hace apenas unos meses, Duolingo quiso demostrar que era una empresa del futuro. Después de declararse “AI-first” (que implica adoptar una estrategia donde la IA está al centro de las operaciones) llegó a considerar el uso de inteligencia artificial como un criterio para evaluar el desempeño de sus empleados. Pero sus propios trabajadores cuestionaron la decisión con una interesante pregunta: ¿debían utilizar inteligencia artificial porque mejoraba realmente su trabajo o simplemente porque la empresa había decidido que había que utilizarla?
Luis von Ahn, su fundador y director general, escuchó, reconsideró la política y dio marcha atrás. La anécdota contiene una de las grandes lecciones empresariales de nuestro tiempo. De este modo, Duolingo descubrió algo que muchas empresas todavía no comprenden: convertirse en una empresa “AI-first” no significa poner a la inteligencia artificial primero. Significa construir una organización suficientemente inteligente para saber cuándo utilizarla, cuándo cuestionarla y cuándo cambiar de opinión.
Como Duolingo, muchas compañías se apresuran a comprar modelos y automatizar tareas, cuando la verdadera transformación exige algo mucho más difícil: rediseñar cómo trabajan, deciden y aprenden. Ahí puede estar la gran paradoja empresarial de nuestro tiempo. La inteligencia artificial se democratizará; la inteligencia organizacional, no. Cuando todos tengan acceso a algoritmos extraordinarios, la ventaja ya no será tener la IA más avanzada, sino construir la organización que mejor sepa pensar con ella.
Durante más de dos siglos, la teoría de la empresa ha intentado explicar por qué unas organizaciones prosperan mientras otras fracasan. Adam Smith encontró parte de la respuesta en la división del trabajo. Frederick Taylor convirtió la eficiencia en ciencia. Henry Ford revolucionó la producción en masa. Alfred Chandler mostró la importancia de coordinar operaciones complejas. Peter Drucker anticipó que el conocimiento sustituiría gradualmente al capital físico como recurso estratégico. Todos describían acertadamente el mundo de su tiempo.
Hoy ese mundo vuelve a cambiar. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y herramientas para analizarla. Los algoritmos producen respuestas extraordinariamente rápido. Lo difícil comienza a ser formular las preguntas correctas. Y cuando cambia aquello que es escaso, cambia también aquello que genera ventaja competitiva.
Todo eso por lo que las empresas compitieron durante décadas – capital, tecnología, escala y conocimiento– seguirá siendo indispensable. Pero tener inteligencia artificial será algún día tan excepcional como tener electricidad o conexión a internet. Nadie obtendrá una ventaja duradera simplemente por utilizar los mejores modelos.
Una señal interesante apareció este año en Harvard Business Review. Rohan Narayana Murty y Ravi Kumar S plantearon una pregunta semejante: cuando todas las empresas puedan utilizar los mismos modelos de IA y el mismo ecosistema tecnológico, ¿dónde estará la ventaja? Su respuesta apunta al contexto: el conocimiento acumulado sobre clientes, procesos, decisiones y experiencias que existe dentro de cada organización.
Yo llevaría el argumento un paso más allá. El contexto sólo genera ventaja cuando una organización sabe interpretarlo, cuestionarlo y convertirlo en mejores decisiones. Eso es inteligencia organizacional.
La empresa que piensa
James March describió hace décadas el dilema entre explotar aquello que ya sabemos hacer y explorar aquello que todavía desconocemos. Las organizaciones exitosas explotan con enorme eficacia lo que dominan, y ese éxito puede convertirlas en prisioneras de su propio modelo mental.
Esa es la paradoja del éxito. Las empresas rara vez fracasan porque dejan de ejecutar bien: fracasan porque dejan de interpretar correctamente la realidad. Por eso propongo una idea distinta. Las empresas del siglo XXI no competirán principalmente por inteligencia artificial. Competirán por inteligencia organizacional.
Llamo así a la capacidad colectiva de una institución para detectar cambios antes que sus competidores, formular mejores preguntas, integrar conocimientos de distintas disciplinas, decidir bajo incertidumbre, experimentar, aprender de la experiencia, preservar ese aprendizaje y reinventarse antes de que la realidad la obligue.
Durante más de un siglo utilizamos metáforas mecánicas para describir las organizaciones: engranajes, cadenas de producción, líneas de ensamblaje, procesos, controles. La metáfora correspondía a la Revolución Industrial. Pero comienza a ser insuficiente.
Las mejores organizaciones del siglo XXI funcionan cada vez más como sistemas cognitivos: detectan, preguntan, experimentan, aprenden, recuerdan, corrigen. Su principal ventaja ya no consiste únicamente en producir más rápido. Consiste en aprender más rápido.
Ventaja competitiva = velocidad de aprendizaje > velocidad del cambio.
Cuando el entorno cambia más rápido de lo que aprende una organización, comienza su decadencia. Cuando una organización aprende más rápido que su entorno, aparecen nuevas posibilidades. Aquí surge otra capacidad frecuentemente olvidada: la memoria institucional. Una empresa verdaderamente inteligente no solo aprende. Recuerda lo que aprendió.
Muchas organizaciones repiten errores porque el conocimiento desaparece cuando cambia un ejecutivo, termina un proyecto o se reorganiza un área. La empresa que piensa convierte experiencia individual en memoria colectiva. Cada decisión importante debería dejar no solo un resultado, sino una lección disponible para la siguiente decisión.
Durante décadas confundimos aprendizaje con información. Hoy sabemos que no son lo mismo. Cualquier directivo puede pedir en segundos a un modelo de IA un análisis financiero, un estudio de mercado o escenarios estratégicos.
La información dejó de ser escasa. El criterio, no. La IA será cada vez mejor para analizar alternativas, identificar patrones, construir escenarios e incluso recomendar decisiones. Pero seguirá existiendo una pregunta que ninguna organización puede simplemente delegar: ¿qué debemos hacer?
Porque decidir no consiste solamente en calcular probabilidades. Significa definir propósitos, ponderar consecuencias, asumir riesgos y aceptar responsabilidad. La inteligencia artificial puede ampliar extraordinariamente el juicio humano. La empresa que piensa será aquella capaz de convertir esa inteligencia abundante en mejores decisiones colectivas.
Y eso modifica también nuestra idea del liderazgo. Durante décadas imaginamos al director general como el estratega que poseía las respuestas. El líder del siglo XXI será cada vez menos quien tenga todas las soluciones y cada vez más quien construya una organización capaz de formular mejores preguntas. Las preguntas amplían el espacio de posibilidades. Las respuestas seleccionan posibilidades dentro de ese espacio.
Durante la Revolución Industrial aprendimos a diseñar organizaciones para producir. Durante la revolución digital aprendimos a diseñarlas para procesar información. La revolución de la inteligencia artificial nos obliga ahora a diseñarlas para pensar. Esa podría convertirse en la siguiente gran disciplina del management: construir instituciones capaces de aprender más rápido que la realidad.
La lección para México
Esta transformación debería cambiar también la conversación sobre competitividad en México. El verdadero rezago de nuestro país podría no ser solamente tecnológico: podría ser institucionalmente cognitivo. Podemos comprar algoritmos, robots, software y capacidad de cómputo. Lo que no podemos importar fácilmente es una cultura que cuestione supuestos, premie buenas preguntas, conecte conocimientos dispersos, preserve la experiencia, experimente y corrija rápidamente los errores.
Un país puede tener empresas con tecnología de frontera y seguir rezagado si sus organizaciones aprenden lentamente. Ése es el riesgo: utilizar tecnologías del siglo XXI dentro de organizaciones diseñadas con mentalidades del siglo XX.
La pregunta decisiva para México será entonces: ¿estamos construyendo organizaciones capaces de aprender más rápido que el mundo que las rodea?
En otras columnas he sostenido que estamos entrando en la economía del descubrimiento, una etapa en la que la riqueza dependerá crecientemente de nuestra capacidad para generar nuevo conocimiento. También he argumentado que necesitaremos Estados que aprenden, capaces de corregir políticas y adaptarse a un entorno incierto. Hoy añadiría una tercera pieza: la empresa que piensa.
Las tres forman parte de una misma transformación. La economía del descubrimiento explica cómo se crea riqueza. Los Estados que aprenden, cómo gobernar en un mundo impredecible. La empresa que piensa, cómo competir cuando la inteligencia artificial deja de ser privilegio y se convierte en infraestructura.
Duolingo creyó por un momento que convertirse en una empresa del futuro significaba utilizar más inteligencia artificial. Sus propios empleados le enseñaron algo más importante: significaba seguir pensando.
Esa puede ser la gran paradoja de la era de la IA. Cuanto más inteligente se vuelva la tecnología, más valiosa será la capacidad de una organización para preguntar, aprender, recordar, disentir y cambiar de opinión.
Los algoritmos estarán al alcance de todos. La empresa que piensa, no. Y ésa podría ser la última gran ventaja competitiva. ~