Jorge Miente

El rito de Europa

A propósito de los incidentes fronterizos entre España y Marruecos en Ceuta con el cruce a nado de al menos 72.000 personas.
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Lo sucedido entre el 30 y 31 de julio admite muchas explicaciones y lecturas. Desde el punto de vista material, al menos 72.000 personas cruzaron la frontera desde Marruecos a Ceuta. Durante unas horas, una ciudad de poco más de 80.000 habitantes recibió casi a otro tanto, los recursos quedaron desbordados y cerca de un centenar de personas murió a uno u otro lado de la frontera. Esos son los hechos. Desde un punto de vista formal, por otra parte, pudimos observar cómo de ese mismo material se constituían objetos y relatos diferentes según la razón que se decidiera aplicar. Eso que ha pasado se dice entonces de muchas maneras, y puede ser crisis humanitaria, operación bélica, guerra híbrida, rumores en redes sociales, redes de tráfico o invasión y lucha espontánea por la “Sebta ocupada”. El problema es que por mucho que profundicemos en una de estas explicaciones queda siempre algo mucho más superficial por comprender. Algo que se da por sentado. Uno puede especular cuanto quiera sobre el triángulo entre Israel, Estados Unidos y Marruecos; preguntarse hasta qué punto Rabat tiene cogido al Gobierno español; o salir a pasear por Ceuta durante la noche, como hacía algún medio, para comprobar si los extranjeros violaban o no (curiosa forma de empirismo aplicado, por cierto, y del uso del libre albedrío en general). Se podría saber entonces quién generó la ocasión de abrir la frontera, a quién beneficiaba o si los extranjeros son más o menos cívicos. Pero una de las cuestiones centrales es, o debería ser, por qué decenas de miles de jóvenes acudieron a la frontera y la cruzaron, no simplemente por qué se abrió. Ese es el residuo que dejan todas las narrativas, lo que Aristóteles llamó “causa final”: el principio de inteligibilidad interno de la acción de los actores, los que cruzaron la frontera. ¿Qué clase de acción estaban realizando y qué podían esperar obtener mediante ella? ¿Qué significa Europa para los jóvenes marroquíes y qué significa exactamente cruzar sus fronteras en 2026?

Mi tesis, aunque puede sonar frívola en el contexto de una catástrofe con ahogados, heridos y menores abandonados a su suerte, es que conviene considerar al menos una parte de lo sucedido como lo que formalmente parece, un rito de paso, esa categoría antropológica. Tengamos en cuenta, para empezar, que una proporción enorme de los que entraron en Ceuta regresó voluntariamente a Marruecos después de unas horas. En segundo lugar, la movilización tuvo además todos los rasgos de un acontecimiento adolescente: rumores en TikTok, autobuses y trenes llenos, euforia, canciones, desafíos a la autoridad, grabaciones con sus móviles y la sensación de que Europa (una cierta imagen de Europa) estaba al alcance de la mano. Y luego se vuelve a casa, pasada la resaca, a cenar. Arnold van Gennep dividía los ritos de paso en tres momentos: separación, fase liminar o margen y reincorporación. El joven abandona el mundo ordinario, atraviesa una zona caracterizada por la suspensión de las normas y vuelve investido de una condición nueva. Observamos la misma secuencia en los incidentes de Ceuta, solo que de manera grotesca, degradada y sin una institución tradicional capaz de ordenarla. Salida del barrio, travesía y regreso. Odisea profana y multiétnica, como la de Nolan, solo que a diferencia de los griegos homéricos, que desde luego no fueron a Troya a sacarse un selfie, los protagonistas seguían exactamente donde estaban al principio. Vivimos, por otra parte, y eso no es algo específico de Marruecos, inmersos en la ontología de la adolescencia: fijémonos en D. Trump y su guerra de Irán. La estructura es la misma: ir y luego no saber qué hacer. En todo caso, hacerse la foto. Acontecimiento y adolescencia, ese oxímoron. 

Esta coyuntura es, por sí misma, la radiografía de una sociedad, la marroquí. Detrás de las conductas aparentemente absurdas hay instituciones que se vuelven contra sí mismas y una modernización que está descomponiendo su entramado ético-político. Cuando la frontera se abrió, no cruzaron simplemente miles de jóvenes; cruzó con ellos la contradicción entera de Marruecos. Debemos empezar por algo muy elemental: la familia. Hegel, la autoconciencia filosófica de Europa, pensaba que la familia constituye tan solo el primer círculo de la vida ética. En lo fundamental, esto sigue siendo así (aunque más en el norte que en el sur). El individuo crea en la familia su primera educación, pero rápidamente “sale” de ella, entra en la sociedad civil y encuentra después otras redes voluntarias de cooperación en las corporaciones, las instituciones formales e informales, el mercado o el Estado. La familia no desaparece necesariamente, aunque puede hacerlo, pero lo importante es que esta deja de suministrarlo todo. Nuestras redes de cooperación se extienden, entonces, de forma homogénea por todos los círculos de la sociedad civil, y quien se siente traicionado por uno de ellos puede cortar con la familia, dejar el trabajo o irse del país. 

En Marruecos, por el contrario, la confianza se concentra en la sociedad doméstica y disminuye conforme nos alejamos de ella. El Trust in Institutions Index 2020, publicado por el Moroccan Institute for Policy Analysis, ofrece una imagen coherente con nuestra afirmación. El 96% de los encuestados confía plenamente en su familia próxima; el 78% en la familia extensa; la cifra baja al 75% entre los amigos; un 47% entre los vecinos y baja al 19,4% en los desconocidos. Esto refleja una cierta arquitectura institucional y de cooperación, que se traduce a una cierta psicología de los marroquíes (por mucho que algunos inviertan la causa y el efecto, imaginando que los magrebíes son esencialmente tribales y que su ADN ha suministrado los ingredientes para su régimen político). Y es que, lo que está repartido en Europa, en Marruecos se concentra en una institución. La familia no solamente es la ley del corazón y el primer círculo de sociabilidad. Es también la seguridad social, la guardería, el banco, el Tinder o una agencia matrimonial al uso, la oficina de colocación, la compañía de seguros y el reformatorio. Es todo eso y más, pero precisamente por ello, la función protectora adquiere también un enorme poder de autorización sobre la vida de sus miembros en detrimento de la libertad individual. La familia decide cuándo y con quién debes casarte, qué conducta se espera de ti, qué reputación has de mantener o si Kylian Mbappé tiene que jugar o no en el Real Madrid. El reverso siniestro de esta familia, o tal vez uno de sus rasgos constitutivos, es la prisión, convertida ahora en el panóptico total de miradas vecinales y soft-power ejercido por la abuela a través de comentarios constantes sobre algún aspecto que debes cambiar. Resta decir que, a diferencia de lo que sucede en Europa, no es tan fácil romper con la familia no solamente porque esta sea la institución central en todos los ámbitos de la vida, sino porque además se presenta bajo los nombres de la sangre y la obligación.

En Marruecos, y sin entrar ahora en las causas, la cultura pública es débil y el modelo socioeconómico ha sido siempre un “familismo defensivo” que cumple una función protectora, pero también asfixiante. Este familismo se aprecia incluso en el urbanismo. Es algo general que se puede observar en todo el territorio, desde Tánger hasta Fez pasando por Casablanca o Ouarzazate. La casa magrebí está orientada hacia dentro. La belleza, el agua, las plantas, los muebles, la riqueza están dentro. Fuera, las fachadas son mudas, están roídas y sucias, como si fueran murallas que protegen de algo, de la circulación, el comercio, la exposición y el encuentro masculino. No hay plazas, ni fiestas municipales públicas como en Europa; la fiesta del cordero o el ramadán no son las verbenas colectivas europeas. No vemos torres humanas como en Cataluña ni la fusión más o menos dionisiaca de la comunidad y de esta con lo divino. Son, de nuevo, fiestas íntimas, de amigos y familiares, divididas sexualmente. Y así ha sido la arquitectura institucional marroquí durante siglos, la casa y la tribu, lo privado y lo público, precisamente instancias donde no entra el derecho, pero la religión tiene aún algo que decir.

Sería absurdo deducir de aquí que Marruecos carece de plazas, mercados, peregrinaciones o fiestas públicas. No se niega que eso exista. Pero hay algo que no se capta necesariamente como observador extranjero que viaja a Marruecos. Hay una diferencia de orientación de lo interno y lo externo. Y en Marruecos, la sociabilidad retorna una y otra vez a la casa. La vida se encuentra en la casa. Durante siglos, la arquitectura institucional de Marruecos se pareció bastante a esa casa. Y, aunque hayamos sido rivales y países fronterizos, los españoles que han viajado a Marruecos y han profundizado en su Landeskunde, en su geografía física y humana, han sabido apreciar el modo marroquí de habitar desiertos, montañas y costas; sus usos y costumbres. Un pueblo inteligente, amable y hospitalario, esta era la conclusión de Alfredo Vozmediano, después de hacer un documental sobre la gastronomía marroquí, justo antes de los incidentes. El problema viene cuando esa sociedad doméstica se ve impotente ante una postmodernización que llega antes de la modernización, una economía juvenil bloqueada, con un paro estructural y una creciente economía informal en el contexto de una cultura consumista muy agresiva. Según la OCDE, en 2023 el 67,6% del empleo juvenil seguía siendo informal; y el desempleo entre los jóvenes alcanzó el 36,7%. La familia desempeña sus antiguas funciones, pero no puede satisfacer, desde luego, las nuevas aspiraciones pecuniarias ni, desde luego, garantizar el tránsito hacia la vida adulta. Entonces la Landeskunde cambia, y ya no estamos ante el humilde trabajador rural que conoce el terreno y lo cuida junto a su familia, o el patriciado urbano vibrante dedicado al comercio: ahora es el joven que trapichea, va de un lado a otro sin que sepamos muy bien qué hace, y de repente aparece con un iPhone para él y otro para “la mama”. Y casi mejor no preguntar. 

El ordenado oikos marroquí, ese microcosmos familiar, se enfrenta a la urbanización acelerada de barrios periféricos sin planificación. Los ayuntamientos prestan malos servicios y no se espera nada de los servicios públicos. Durante los terremotos de Marruecos no fue el Estado quien salvó a la población, sino la pura solidaridad espontánea de la gente organizada mientras haya wifi (España no es tan diferente a Marruecos en esto, ni en lo de la familia). El deseo de prosperidad se ha emancipado de las formas que alguna vez le daban espesor y realidad efectiva y aparece reducido a sus emblemas y símbolos, o la participación vicaria en “lo que gana”, sea esto el Barça o el último juguetito del capitalismo global. Internet, esto es, Occidente, entra en el patio del riad, eleva las expectativas, confirmadas por los emigrantes que regresan durante el verano con coches, teléfonos y ropa de marca, y entonces cierra la puerta. Extraña pedagogía que enseña a reconocer inmediatamente los signos de la vida buena que la economía moral de la tradición no permite construir. La contradicción fundamental no enfrenta ya la pobreza con la riqueza, sino una cultura plenamente postmodernizada en sus deseos con una trayectoria burguesa bloqueada en sus medios. La contradicción es no disponer de una trayectoria burguesa sólida de estudios, empleo, vivienda, matrimonio y patrimonio a la vez que se anhelan sus frutos. 

Marruecos no ha ido a peor. Al contrario, ha mejorado muchísimo en vivienda, infraestructuras, escolarización y disminución de la pobreza. Quien haya visitado Marruecos durante los ochenta y los noventa y vuelva ahora lo verá claramente. Quedará el Roxy, mítico café de Tánger, capaz de sobrevivir a guerras atómicas. Pero lo demás está bastante cambiado. Pero ahí está precisamente lo que hay que pensar: los marroquíes no quieren nadar 3 kilómetros porque sean más pobres, sino porque cada vez son más ricos y modernos. En poco tiempo se ha descompuesto su viejo orden, los barrios tradicionales y sus comunidades rurales; sus autoridades tradicionales se han erosionado sin encontrar un sustituto en las instituciones cívicas modernas. No han vivido nuestro siglo XVII, la crisis que alumbró la secularización y el Estado nacional ya entre el XVIII y el XIX. Han tenido primaveras más o menos fracasadas, no revoluciones o sustituciones rápidas del viejo orden. Y entonces su crisis se cifra en que todas sus virtudes se han transmutado y convertido en vicios sin encontrar alternativa posible: la solidaridad familiar se degrada y se convierte en prisión y nepotismo arbitrario, el honor en apariencia frívola, la autoridad en tiranía, el deseo de prosperidad en marcas de ropa y emigración. La comunidad tradicional desaparece, pero después de ella no emerge plenamente el ciudadano moderno, sino el desierto. Un desierto, por cierto, que a falta de otra cosa parecen decididos a conquistar. 

Esos jóvenes pueden parecernos incívicos, machistas, maleducados, ostentosos y frívolos. Son, en el fondo, adolescentes en la edad del pavo, atrapados ahí eternamente, la expresión de una transición a la vida adulta bloqueada por dos frentes: el privado de la familia y el público del Estado. Esa es la tragedia humanitaria fundamental. Luis Díez del Corral publicó en 1954 El rapto de Europa. Llamaba así al proceso mediante el cual los pueblos extraeuropeos se apropiaban de los resultados de la historia europea cuando estos se habían convertido en objetos transportables, capaces de desprenderse de las raíces históricas que los habían producido. Setenta años después, los jóvenes de Ceuta no necesitan raptar Europa, esta entra en forma de teléfono, automóvil, ropa de marca o pornografía. Por eso lo sucedido en Ceuta no fue el rapto, sino el rito. Europa ocupó durante unas horas el lugar de la vida adulta. La frontera ceutí era la frontera que había que desafiar, el territorio que había que tocar y la hazaña que debía quedar grabada. Se cruzaba para ser visto cruzando (no hay nada más occidental), la vida adulta estaba al otro lado. Después, los jóvenes regresaban a la misma casa, al mismo desempleo y a la misma dependencia de la que habían salido. El rito de Europa se ha consumado; el paso a la vida adulta sigue sin comenzar. Y lo peor de todo es que al otro lado de la frontera los aguarda una Europa igualmente adolescente

Imagen tomada de aquí.


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