El baile de los patriotas

No todos los patriotismos son iguales: algunos buscan la lealtad hacia los orígenes; otros alimentan la intolerancia hacia lo distinto. Una disección crítica de sus distintos tipos ayuda a diferenciar aquellos que se dirigen al bienestar colectivo de los que se limitan solo a celebrar lo propio.
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Amo al país pero no soporto la escena.
Leonard Cohen

Muchos millones de estadounidenses conmemoraron los 250 años de la independencia de su país con una mezcla de gratitud y melancolía, ardor y angustia. En cuanto a los millones de estadounidenses que lo celebraron en un estado de felicidad pura, solo puedo recordarles que todos amamos este país que ustedes están arruinando. Entiendo que por mucho tiempo han sostenido que era yo, y quienes comparten mi opinión, los que lo estábamos arruinando; pero aun así, quisiera que admitan que el sueño liberal de América, el que prefiere la oportunidad a la autenticidad, la igualdad a la jerarquía, la decencia a la rapacidad, la gobernabilidad a la revolución, la equidad al privilegio, la reflexión al paroxismo, el trabajo a la grandiosidad, que este sueño es también un sueño patriótico. Desde luego que no voy a sentarme junto al teléfono a esperar a que me llamen con el consuelo de que tenemos muchas cosas en común. Somos patriotas en guerra los unos contra los otros, y no será la primera ni la última vez. Al menos deberíamos acordar que esta batalla épica entre nuestras visiones tendría que llevarse a cabo conforme a las reglas de enfrentamiento de Madison, pero al escribirlo parece incluso que estoy pidiendo demasiado.

A propósito de nuestro aniversario nacional, que en estas horas bajas de nuestra historia debió haber renovado en todos el sentido de la razón de ser de América, ofrezco una tipología pequeña e incompleta de patriotismos.

No existe tal patriotismo, porque no existe la sociedad justa. No hay ni nunca ha habido una sociedad justa; la historia no ofrece un solo ejemplo. Quien se enorgullezca de la perfección moral de su sociedad es un insensato o cobra en alguna nómina. Todos los países que alguna vez han exigido la lealtad de sus ciudadanos han sido entidades políticas injustas.

Por lo tanto, el patriotismo es, para utilizar una expresión, el último refugio de los relativistas. Ocurre en el reino de “mejor que” y “peor que”; la celebración es siempre comparativa. Y no debería ser controvertido afirmar que algunos países tienen más cosas de las cuales enorgullecerse que otros. Discúlpenme por entrar en el negocio non sancto de hacer distinciones, pero algunas sociedades son más justas que otras. (No todas las distinciones son producto de la envidia.) Me alivia que parte de mi devoción hacia mi país se debe a su carácter democrático, si bien no pretendo que su democracia sea ni remotamente perfecta; y ofrezco mi argumento de buena fe, pues he hecho mi mejor esfuerzo –honestamente, mi mejor esfuerzo– para mantener a raya la corrupción intelectual conocida como etnocentrismo. Las sociedades democráticas, aun con las tendencias antidemocráticas que siempre contienen, son realmente mejores que las sociedades no democráticas.

“Mejor” es desde luego una palabra polémica, pero la uso para referirme a criterios universales y examinados racionalmente para la conducta moral, aunque “universal” y “racional” sean también palabras polémicas. Para algunas almas infelices no hay salida de esta prisión semántica –¡entonces relájense con una kombucha y déjense provocar!–, pero todos aquellos que todavía creemos en la posibilidad de un pensamiento cada vez más objetivo debemos insistir en que tales juicios no son un ejercicio de “epistemología del punto de vista” en aras de obtener poder, por lo menos si se exponen y analizan sus supuestos.

El problema con el discurso “civilizacional” es que con demasiada frecuencia lo anima una falta de respeto hacia una de las civilizaciones de las que se está discutiendo; y hablando por mí mismo, y con una conciencia vívida de cómo le ha ido a mi propio pueblo a lo largo de los siglos en los debates sobre la presunta superioridad de culturas y religiones, no siento ningún deseo ferviente por coronar a los míos. Detesto ese ejercicio. Hay algo penoso en la necesidad de ser el Número Uno. Hay grandes civilizaciones que no son la mía; y las contribuciones históricas que el mundo ha recibido de Occidente, cuya tradición me honro en servir, incluyen no solo regímenes liberales y democráticos sino también los totalitarismos nazi y comunista, que masacraron juntos a más gente que ninguna otra causa en la historia.

Y sin embargo, si nuestra meta es el creciente bienestar de más y más gente en todo el mundo, sigue siendo correcto, correcto sin ironía, preferir los lugares más justos sobre los lugares menos justos, sean cuales sean los matices nacionales y regionales de lo que entendemos por justicia. En un mundo sin perfección no podemos hacer más que escoger con inteligencia entre imperfecciones, y afirmar sin extasiarnos patrimonios y lugares defectuosos pero mejores. El asunto es cómo seleccionar entre las imperfecciones, con qué criterios, y cómo evitar que la celebración de lo menos imperfecto –para los estadounidenses, el 4 de julio– excluya la vergüenza y la humildad.

La premisa de este modo de pensar sobre el patriotismo es que el orgullo nacional debería tener una base en la realidad nacional –debe estar objetivamente justificado hasta cierto punto–. “Para llegar a querer a nuestro país”, observó Edmund Burke, “nuestro país ha de ser querible”. Lo que significa que el patriotismo debe poseer un grado de racionalidad. Pero a veces no se halla base alguna para la vanidad nacional, y a veces se descubre que se es miembro de una sociedad malvada (que no es lo mismo que una sociedad en la que todos sus miembros son malvados: semejante sociedad tampoco ha existido jamás). El ciudadano desilusionado e indignado tiene la opción de elegir: puede separarse, espiritual o físicamente, y encontrar un nuevo país que sea digno de su admiración, o recurrir a un tipo de patriotismo que no tenga nada que ver ni con la razón ni con la realidad –un tipo bien documentado–. He conocido ejemplos extraordinarios de lo primero: exiliados y emigrados provenientes de Estados tiránicos que vinieron a estas costas y hasta el día de su muerte despreciaron a su país de nacimiento y se llamaron a sí mismos, con sus acentos ridículamente marcados, estadounidenses. (La noción de Joseph Brodsky de la rima en inglés ilustra con gracia los encantos de un patriotismo adoptado.) Un disidente es un patriota en grave crisis. Mis amigos no solamente eligieron la deserción sino también la conversión. Exigieron una vida de justificada lealtad. No era un asunto de política, sino de integridad.

Pero tuve otros amigos provenientes de sociedades totalitarias a quienes, de vez en cuando, se les podía escuchar hablar con ternura sobre sus viejos países. No pretendo ser duro con ellos. En el exilio la nostalgia es inevitable y da consuelo. Yo fui criado en una larga tradición de nostalgia en el exilio. Y sin embargo, lo que escuché sonaba a veces como algo más –un patriotismo vestigial, un cálido remanente de una lealtad todavía viva–. La conclusión era obvia: la veneración de lo imperfecto implica que, en ausencia de una justificación completa, el orgullo de la pertenencia ha de basarse fuera del ámbito de la razón. Es de todas maneras exagerado pensar que el patriotismo, aun en las mejores circunstancias morales, pueda ser enteramente, o incluso principalmente, racional. Es, para comenzar, una emoción, y ¿qué tienen que ver las emociones con el razonamiento? (¡Alguien dígame!) Si el patriotismo fuera racional, el chovinismo, el jingoísmo y el etnonacionalismo podrían no haber arrasado la tierra todo lo que lo han hecho.

El patriotismo, en otras palabras, es el amor en el ámbito de la historia. Si alguna vez te has emocionado hasta las lágrimas por una catástrofe o una epifanía nacionales, o por solo ver la bandera o escuchar la voz de Martin Luther King Jr., entonces sabes que el patriotismo es una forma del amor, con toda su alegría y gratitud, intensidad y volatilidad –y ceguera–. El amor es con frecuencia el enemigo de la claridad, es una reluciente exención de la razón, una vacación mental, lo que explica en buena parte los placeres de su embriaguez; no existen poemas sobre enamorarse o desenamorarse de la objetividad. Confieso que incluso una marcha de Sousa puede emocionarme –este país salvó las vidas de mis padres; ¿y quién no se convierte en un sollozante patriota francés cuando la gente canta “La marsellesa” en el Rick’s Café Américain de Casablanca?–. Cuando la cínica Yvonne, interpretada por la refugiada Madeleine Lebeau, redescubre su patrie y canta su himno como jamás una canción se ha cantado, son suyos nuestros corazones estadounidenses, no por su inconstancia sino por su alcance. Solo el patriota de la variedad equivocada se conmueve únicamente por su propio país.

Stephen Decatur, Pablo Neruda: en 1816 Decatur dijo famosamente en un brindis: “nuestro país, correcto o equivocado”, y Neruda alguna vez declaró que su amor por su amada era tan grande que ya no le importaba cómo era. Solía admirar el radicalismo de semejante pasión; ofrecía una suspensión de las tareas y los deberes –de la prosa que sigue a la poesía– del amor, una irresponsabilidad libre y pura. ¿Hay algo más embriagante que pausar el constante escrutinio de nuestro sentido de la realidad? Pero una nación no puede darse el lujo de semejante pausa. (Estamos peleando con una ahora.) Por ende, cerca de medio siglo después, el senador Carl Schurz de Missouri buscó introducir un espíritu más sobrio en el patriotismo americano y añadió una exigencia a la licencia exoneradora de Decatur: “nuestro país, correcto o equivocado; cuando correcto, para mantenerlo correcto; cuando equivocado, para corregirlo”.

Un patriotismo crítico, en suma, un patriotismo con los ojos abiertos, un patriotismo que bebe sin embriagarse –que exige mucho del amor a la patria y nunca le ha hecho la vida más fácil a ningún político–. La ceguera del amor no es su gloria sino su ruina. Ningún amante debería temer mirar o ver. El arte de la lucidez embriagadora ha de desarrollarse en lo individual y lo colectivo. Un compromiso que no se autoexamina no es digno de confianza, ni en la recámara ni en los corredores del poder.

¿Tienen los accidentes algún significado moral? Como observó alguna vez Ludwig Börne, un conmovedor y cáustico escritor judío de la Alemania del siglo XIX, al referirse a la angustia asimilacionista de su tiempo: “Puedes cambiar de religión pero no de abuelo.” (Ese nieto judío se convirtió al luteranismo, lo cual fue su manera de afirmar que las condiciones heredadas pueden mejorarse. Al final, en este caso, no fue así.) Los accidentes del nacimiento determinan comúnmente el patriotismo –de hecho, el patriotismo es un método para hacer de lo arbitrario algo necesario y de la casualidad, suerte–. El rasgo más trágico de la existencia humana tiene que ser el grado en que las vidas están determinadas por los lugares y las perspectivas de vida por las condiciones de origen, lo cual, supongo, es una de las razones por las que gente desfavorecida puede ser ardientemente patriótica. La nación –el todo social combinado, su solidaridad, los símbolos y prácticas que le otorgan dignidad, el sentido de su capacidad de acción– es nada menos que una respuesta al destino, una manera afirmativa y ennoblecedora de jugar una mala mano.

Por esta razón, con frecuencia la pobreza de la gente pobre no es para ellos mismos el aspecto sobresaliente de sus existencias: prefieren definirse en otros términos, por su religión, su cultura, sus costumbres, su música, su comida, sus padres y sus hijos. Por todo menos el dinero. La desigualdad económica, especialmente si se ha transmitido de generación en generación, no es un problema puramente económico, y las propuestas para mitigarla deben venir acompañadas de algo más que la mera comprensión económica. (Por más de un siglo, en Estados Unidos y Europa, los liberales y los socialdemócratas repetidamente se han sorprendido de la frecuencia con que la gente pobre vota por partidos de derecha. No pueden imaginar que voten por otros motivos que no sean los económicos, cuando es clarísimo que lo hacen. Gente desfavorecida eligió dos veces a Trump, quien lo único que les ofreció fue carbón. Pero les dio la razón a la vez que los engañaba; poseía la intuición entrenada que tiene el estafador para identificar a su víctima.)

“Amo a mi país porque es el mío.” Yo mismo he pronunciado esas palabras. No hay nada vergonzoso en ellas, solo ausencia de reflexión. El apego a los orígenes es natural, aunque obliga a preguntarse hasta dónde los orígenes deberían tener la última palabra. Con frecuencia un estado natural de las cosas debe ser rectificado o rechazado, pero no siempre. No somos plantas pero tenemos raíces, y los afectos y disposiciones que inspiran pueden ser significativos para la creación del carácter. Nuestro enraizamiento también puede ser la fuente de una dulzura desgarradora. De modo que, así como la pertenencia, la alienación también debe justificarse.

Pero ser escrupuloso en este asunto obliga a no exagerar el atractivo de nuestro propia influencia, nuestra posesión y soberanía. En sí, la primera persona del singular y del plural santifica muy poco. Nada es mejor, más alto o más profundo meramente porque es mío. Las cualidades admirables de un objeto o de una visión del mundo no se deben a sus circunstancias. Cuando una hermosa pintura cuelga en mi muro, yo soy el afortunado, no la pintura. Aunque la poseo, no la poseo. La belleza y las otras realizaciones del espíritu nunca podrán ser una propiedad. La Torá no era afortunada, los judíos fueron afortunados.

La literatura sobre el patriotismo es un largo debate sobre el valor moral de lo local. Fue Orwell quien con mayor notoriedad defendió lo local como el terreno adecuado para el patriotismo. Desde su punto de vista el patriotismo no es esencialmente una emoción política y no representa una amenaza para nadie. “Por ‘patriotismo’”, escribió en 1945, “entiendo la devoción por un lugar determinado y por una determinada forma de vida que uno considera los mejores del mundo, pero que no tiene deseos de imponer a otra gente”. Contrastaba patriotismo y nacionalismo, al cual despreciaba porque era “inseparable del deseo de poder”. El nacionalismo florece en la enemistad, dice, pero no el patriotismo. Es una distinción un tanto desconcertante, puesto que el sentimiento patriótico ha sido desde luego tan responsable de crueldades y agresiones como el sentimiento nacionalista, y el patriota puede ser culpable de los mismos delitos que el nacionalista. El pequeño juego léxico de Orwell se debe, sospecho, a su fascinación con lo inglés. Hay un pasaje conmovedor en Sin blanca en París y Londres en el que está regresando a Londres después de sus años de privaciones en París:

Estaba tan feliz de volver a casa, después de pasar tantos meses sin un céntimo en una ciudad extranjera, que Inglaterra se me antojaba una especie de paraíso. En Inglaterra hay muchas cosas que son un motivo de alegría al volver a casa: cuartos de baño, sillones de orejas, salsa de menta, patatas nuevas bien cocinadas, pan moreno, mermelada de naranja, cerveza elaborada con lúpulo auténtico, todo eso es maravilloso si te lo puedes permitir.

¿Son triviales estas cosas? No si son tus costumbres, y todo el mundo tiene sus costumbres. ¿Son pequeñas? Desde luego que sí. (“Una ciudad extranjera”, dice como si eso fuese todo lo que necesitas saber de París.) Y sin embargo, yo pensaría dos veces antes de condenar lo local como simplemente provincial. En la lucha por la significación humana no hay localidades privilegiadas –no hay centros ni periferias–. La épica humana es global; esto es, lo local es global. Vivimos en un planeta lleno de localidades, lo que explica que podamos tener maestros extranjeros. No hay mayor refutación del etnonacionalismo que una película extranjera –no porque represente un universo radicalmente distinto al nuestro sino porque nos reconocemos en sus representaciones–. Hay gente en Kazajistán con mayor sabiduría que la gente de Park Avenue.

Sin embargo, el patriotismo de Orwell hacia su tierra natal, su noción temprana de heimat y habitus, se queda lastimosamente corto como explicación de la lealtad humana. No me refiero únicamente a que haya pasado por alto que en su amada Inglaterra el pan se preparaba en diferentes variedades. Sino que también le endosa al sentimentalista la engorrosa cuestión de las características nacionales, esas gruesas generalizaciones imposibles de establecer con el mínimo rigor, y tan útiles para odiar como para amar. El patriotismo de Orwell se construía con estereotipos: “los ingleses no son intelectuales”, tienen “cierto poder para actuar sin reflexionar”, tienen “un amor por las flores”. (Hay estereotipos antisemitas en Sin blanca en París y Londres.)

Sin embargo, el principal problema de la reverencia que siente Orwell por lo local es que distorsiona la relación entre lo particular y lo universal. Deja fuera lo universal. Me imagino que su aversión al universalismo se debe a su horror por el comunismo, pero incluso así elimina la mitad de la historia. No hay nada particular que no refleje lo universal ni nada universal que no impregne lo particular. En todos lados están juntos; son gemelos, no opuestos binarios; y uno de los errores más típicos e injuriantes de nuestra época es que los consideramos binarios. El riesgo moral del patriotismo local es que alivia la conciencia del patriota cuando respalda la contradicción entre lo particular y lo universal y niega la relevancia de los principios abstractos, los principios globales, los principios humanos, ante los cuales todos debemos responder incluso en nuestra propia manera de cocinar nuestras papas. Orwell mismo reconoció el efecto práctico de esta trampa moral: “parece que no haya ultraje –la tortura, la toma de rehenes, los trabajos forzados, las deportaciones en masa, el encarcelamiento sin juicio, la falsificación, el asesinato, el bombardeo de civiles– que no cambie de color moral cuando ha sido cometido por ‘nuestro’ bando”.

Esta inquietud ante las posibles consecuencias perniciosas del particularismo es lo que inspiró, en el mundo antiguo y en el nuestro, el patriotismo total, la ciudadanía mundial que conocemos como cosmopolitismo. Es un sentimiento patriótico dirigido hacia la totalidad de nuestra especie; o, si se desea hablar con mayor rigor, es el fin del patriotismo. No conozco a ningún cosmopolita (excepto Diógenes de Sinope, que vivía en un barril y fue el primero en llamarse a sí mismo ciudadano del mundo) que no incluya en algún lado un codicilo acerca de sus obligaciones para con la familia y la comunidad con las que vive –los cosmopolitas tienen también vidas específicas–, pero los vínculos con los suyos no parecen afectar sus prioridades altruistas, el orden de importancia de sus causas y sus actos de bondad, como si la proximidad y la intimidad de alguien cercano a ti pudiera disminuir de algún modo su humanidad. La aseveración vejatoria de Camus acerca de la condición moral de su madre durante la crisis argelina expresaba una conciencia más íntegra que la arrogancia ética de quienes consideran que la prueba más rigurosa de tu conciencia es su habilidad para estar por encima de tu corazón. Hay desde luego situaciones en las que la conciencia y el corazón entran en conflicto, pero a veces no hay conflicto alguno, y la conducta ética más elevada puede muy bien demostrarse en la propia cocina. Ciertamente no debería reprochársele a alguien que está pasando por una situación difícil el hecho de que lo ames. El humanitarismo debería comenzar en casa pero no debería terminar ahí. Si termina ahí es que consideraciones animales o tribales inferiores lo han atrofiado. Pero tiene que haber una dimensión universal incluso en la devoción filial, incluso en el caso de maman; ser un buen hijo es ser un buen hombre.

“¿Qué es el patriotismo?”, se preguntaba el filósofo político George Kateb en un famoso y virulento ensayo. “Es una disposición a morir y matar por una abstracción: nada que puedas ver por completo, o sentir como sientes o comprendes la presencia de otra persona.” Esto es retrógrado, y no solo por su absurda identificación del patriotismo con la sed de sangre. Es el cosmopolita, no el patriota, el que promueve una abstracción, sin que haya nada deshonroso en ello. Entre más local es tu lealtad, en contraste, más concreto es su beneficiario. Pienso que precisamente este sentido de la nación, su propia nación, como una entidad demasiado impersonal, una abstracción emocionalmente insatisfactoria, provocó la famosa observación de Forster en 1939 –no el mejor año para proponer que la traición era moralmente preferible– de que “si tuviese que elegir entre traicionar a mi país y traicionar a mi amigo, espero que tendría el valor de traicionar a mi país”. Dirigió su lealtad a algo que, de hecho, podía ver por completo. Pero ¿qué doctrina de pertenencia puede derivarse de una inmediatez semejante, casi infantil? ¿Derivamos nuestras convicciones de nuestros sentidos? ¿Acaso debemos existir en unidades más amplias solo si pueden abarcarse fácil y enteramente, y quién abarcó alguna vez por entero a un país o una cultura? Desde el punto de vista ético, el gran escritor estaba incompleto, era un héroe puramente local, y más vale que alguien se acuerde de ir a buscarlo si estalla la guerra (y a su amigo también). Este es un tipo de exquisitez que depende de los servicios de los menos exquisitos.

El proyecto académico y activista que, en décadas recientes, ha venido a llamarse “justicia global” es un tributo al alcance extraordinariamente amplio de nuestras preocupaciones éticas, a la creciente expansión del sufrimiento humano que ahora incluimos en el ámbito de nuestras obligaciones y nuestras políticas. Las emergencias globales, tales como la destrucción del medio ambiente o el genocidio en una tierra distante, exigen cierto grado de cosmopolitismo incluso por parte del idiota del pueblo. Por eso me avergoncé, como estadounidense, cuando Trump y Rubio escandalosamente dieron por terminados el usaid y otros programas similares de asistencia lejos de nuestra tierra. Hicimos que las muertes de un gran número de africanos fueran inevitables –para decirlo en palabras más sencillas: los matamos–; y esta crueldad no concuerda bien con mi concepción del amour-propre estadounidense, del patriotismo estadounidense. El aislacionismo, entre otras cosas, es la creencia de que las vidas no americanas valen menos que las vidas americanas, y que la indiferencia más allá de nuestras fronteras es un signo de nuestra salud moral como nación. Ay, todavía no veo qué se necesitará para persuadir a mis conciudadanos, en ambos partidos políticos, de que, como resultado de nuestros poderes y nuestros principios, cargamos siempre dos conjuntos de obligaciones: la obligación con lo cercano y la obligación con lo lejano. En el espacio y en el tiempo, lo cercano y lo lejano; aquí y allá, para ahora y para después. Si no, lentamente, o no tan lentamente, nos convertiremos en la Pequeña América, un gigante que es un enano, un autoencierro autodestructivo, y el patriotismo americano se volverá una vocación insignificante.

Este patriotismo todavía no existe, al menos no en cantidades considerables. Esto se debe a que la mezcla aún no ha sido aceptada ampliamente como un ideal social y una realidad social. Demasiados ciudadanos de sociedades heterogéneas cultivan fantasías de homogeneidad. ¿Cuántas catástrofes de uniformidad, desde la discriminación legal hasta la destrucción física, hemos de presenciar antes de que nos demos cuenta de que la alteridad es precisamente lo que podría salvarnos de nosotros mismos? El fervor por la semejanza lleva solamente a la ilusión, la ira y el dolor. Demasiados estadounidenses habitan en el Estados Unidos que tienen en su mente en vez del Estados Unidos que está frente a la puerta de su casa. Consideran la multiplicidad, y cualquier versión de Estados Unidos con el infame prefijo “multi”, como el problema, cuando es la solución. Si todos fuésemos iguales no respetaríamos nada.

Hay muchas razones para explicar este sesgo. Una de ellas es la simplificación de enfoque conocida como identidad, que pretende abogar por la pluralidad pero es de hecho solo un desfile de monismos. Alguna vez escribí una denuncia de la identidad que incluía un comentario sarcástico sobre la proposición perfectamente ordinaria A = A. En lógica, funciona de ese modo; pero ¿en la existencia humana? Nunca. (El liberalismo comienza con A = B.) La “identidad” es una confusión entre la autonomía y la autosuficiencia. Sostiene que toda dependencia fuera de tu propio grupo, toda influencia significativa de una tradición que no es la tuya, es un signo de debilidad, y por ello predica un aislacionismo cultural y psicológico proteccionista. (En este aislacionismo debemos cuidar incluso que otros no sean influidos por nosotros, lo que se conoce como “apropiación”.) La verdadera debilidad, no obstante, consiste en la sospecha no declarada de que la propia tradición no resistirá el contacto con otras tradiciones –que solo puede florecer en ausencia de alternativas–. Para este temperamento monopolista, como para su contraparte en el mercado, la competencia no significa más que peligro. Un retiro en el desierto es obviamente impráctico. Y entonces se construyen barreras, se levantan muros y se promulgan normas de conformidad. Sin importar que de alguna manera el agua siempre se cuela por debajo de la puerta.

Una de las ironías de este tema es que quienes proclaman con mayor énfasis la diferencia, los “multis”, son quienes más desconfían de la mezcla. Pero ¿dónde puede florecer la diferencia sino en una sociedad mixta? O más precisamente, en una sociedad mixta que es libre. Puesto que somos seres compuestos y variados, la deliberación acerca de la semejanza y la diferencia debe siempre comenzar con esta pregunta: ¿respecto de qué? Semejantes o diferentes, ¿respecto de qué? En nuestra sociedad mixta, el patriotismo es una respuesta a esa pregunta: semejantes respecto a Estados Unidos. Somos semejantes en tanto todos somos estadounidenses. Tenemos muchos atributos, y muchos puntos en común, y nuestro país es uno de ellos; y cuando juntos nos llamamos “americanos”, no anulamos nuestros otros atributos ni renunciamos a nuestras interpretaciones individuales del americanismo. Para tomar prestadas las incisivas palabras de Maimónides, del siglo xii, “nuestra natural diversidad quedará oculta bajo los múltiples puntos del acuerdo convencional”.

El patriotismo es una tregua social, una esperanzada simulación de la unidad que nos hace falta, una apuesta por la compasión y la benevolencia que quedan tras nuestras confrontaciones; y un patriotismo diversificado es patriotismo del tipo más elevado.

Hay tiempos en los que la expresión más verdadera del patriotismo es la pena. Después de todo, lloramos solamente por lo que amamos. Ubi lacrimae ibi patria. A veces la infidelidad se revela con más claridad en la ausencia de dolor.

No entiendo a los estadounidenses que no derraman lágrimas por Estados Unidos y a los israelíes que no derraman lágrimas por Israel. ¡Qué vergüenza la de los ojos secos! Los ojos secos son emblemas de complacencia, engaño o prejuicio. Los historiadores explicarán cómo los países se turnaron para renunciar, repugnantemente, a tantos valores inspiradores sobre los que descansaban, pero no podemos posponer el intento de comprender por qué tantos de sus ciudadanos están satisfechos con los nuevos derroteros nacionales. No he escuchado una defensa adecuada de toda la violencia que se ha cometido, de toda esa brutalidad interminable e irreflexiva.

Algunas de las mejores composiciones patrióticas en la historia han sido lamentaciones. Me atrevo a decir que no existe idioma en el que no hayan aparecido. ¿Quién escribirá la nuestra? Hacemos nuestro trabajo político en sayal. Vestimos de negro para ir a las urnas. En el baile patriota de este año no omitamos el vals del corazón roto, si podemos soportarlo. ~

Traducción del inglés de Andrea Martínez Baracs.
Publicado originalmente en Liberties.


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