Mill, Hayek y el liberalismo: Dos caminos hacia la libertad

Mill y Hayek defendieron la libertad por caminos casi opuestos: uno confiaba en lo que sabe quien elige; otro, en lo que ignoran quienes planifican. Sus argumentos parten de premisas distintas, pero acaban en un lugar sorprendentemente cercano.
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He pasado buena parte de los últimos seis meses con John Stuart Mill y Friedrich Hayek, dos apóstoles de la libertad.

Los dos ofrecían justificaciones muy distintas de la libertad. Sus conclusiones últimas son bastante cercanas, pero difieren de un modo intrigante.

Mill tenía una visión romántica acerca de quienes eligen (acerca de ti y de mí, y de lo que sabemos y de lo que somos capaces de hacer), mientras que Hayek no albergaba ninguna visión romántica de quienes eligen (ni de lejos). Tenía una visión romántica, o algo parecido, de los órdenes no diseñados y las tradiciones, y una idea escéptica de los planificadores.

Mill ponía el énfasis en los individuos, su conocimiento, su potencial y su capacidad de acción. Hayek ponía el énfasis en los mercados y las tradiciones, y en los planificadores estatales y lo que estos no pueden saber.

Hayek estaba un poco obsesionado con Mill, y era muy crítico con él. En alguna ocasión, creo, incluso fue un poco cruel. Es una historia larga e intrigante.

Me tienta decir que Hayek se formó, en buena medida, en la economía austriaca, el fascismo, el comunismo y el socialismo, y que ese simple hecho ayuda a explicar la diferencia entre ambos. Pero sé que es demasiado simple. Me tienta decir que Mill se formó, en buena medida, a partir de Harriet Taylor, y del efecto que tuvo en su vida su intensa relación, y el escándalo que provocó. Pero sé que eso también es demasiado simple. Volveré sobre el asunto más adelante.

1.

Primero, las conclusiones.

Mill, por supuesto, defendía el principio del daño: “El único fin que autoriza a la humanidad, individual o colectivamente, a interferir en la libertad de acción de cualquiera de sus miembros es la protección propia. Que el único propósito por el cual puede ejercerse legítimamente el poder sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada, contra su voluntad, es impedir que se cause daño a otros”.

Hayek no creía que el principio del daño estuviera muy desencaminado, pero tenía dos objeciones.

En cierto sentido, Hayek pensaba que el principio del daño protegía demasiado. Aquí Hayek distinguía su postura de la de Mill, y señalaba que este “dirigió su ataque más duro contra esa ‘coerción moral’”. A juicio de Hayek, Mill “probablemente exageraba los argumentos a favor de la libertad”. Eso es toda una sorpresa: Hayek no era famoso por quejarse de que la gente exagerase los argumentos a favor de la libertad.

(Para Mill era muy importante que el principio del daño se extendiera a la “coerción moral”. Ese aspecto le preocupaba mucho.)

Hayek también pensaba que el principio del daño protegía demasiado poco. Sostenía que Mill dejaba la puerta demasiado abierta a la coerción oficial. Si no me río de tus chistes, ¿te he hecho daño?

Hayek llegó a decir que “el rasgo más notorio del liberalismo, el que lo distingue tanto del conservadurismo como del socialismo, es la idea de que las creencias morales sobre cuestiones de conducta que no interfieren directamente en la esfera protegida de otras personas no justifican la coerción”. Eso suena cercano a Mill, y hasta podría verse como un intento de actualizarlo y ser más preciso: “interferir en la esfera protegida de otras personas” es una formulación más cuidadosa que “hacer daño a otros”. Pero el fragmento pasa muy deprisa, y no hay, ni aquí ni en ningún otro lugar, un análisis sostenido de la concepción de la libertad de Mill.

Las afirmaciones más precisas se encuentran en Los fundamentos de la libertad (The Constitution of Liberty), donde Hayek señala que Mill ofrecía “una distinción entre las acciones que afectan solo a quien las realiza y las que también afectan a otros”.

Hayek sostenía que esa distinción “no ha resultado muy útil”, porque “apenas hay alguna acción que no pueda concebirse como algo que afecta a otros”. Si no compro tu producto, te he hecho daño; si no te caigo bien, me has hecho daño. Para Hayek, el principio del daño podía convertirse en una licencia para toda clase de coerción.

Hayek sostenía que “la cuestión importante es si las acciones de otras personas que deseamos impedir interferirían realmente con las expectativas razonables de la persona protegida”.

Pues vale: en lugar de daño, “las expectativas razonables de la persona protegida”.

2.

Eso plantea, claro, sus propias preguntas. ¿Cuáles son esas expectativas razonables? Hayek tenía claro que “el placer o el dolor que pueda causar el conocimiento de las acciones de otras personas nunca debe considerarse una causa legítima de coerción”. Pero eso no nos dice cómo identificar “las expectativas razonables de la persona protegida”.

La expresión útil de Hayek aquí es “la esfera protegida de otras personas”; en ella se condensa su alternativa al principio del daño. Pero para saber en qué consiste esa esfera protegida hace falta una teoría de los derechos que uno tiene frente a los demás. Hayek no ofreció esa teoría, aunque seguramente sabía que la necesitaba. (Sospecho que habría pensado que los órdenes no diseñados, y el common law, resultaban útiles en este punto.)

3.

Vayamos ahora a la cuestión de la justificación. Mill ofreció varios argumentos distintos en favor de la libertad, y mezcló algunos de ellos. Solo uno tiene algún parecido con Hayek. Llegaremos a él al final.

a. El argumento epistémico. Mill subrayaba lo que sabe quien elige, y lo que no saben los demás, incluidos los responsables de la ley. Insistía en que el individuo “es la persona más interesada en su propio bienestar” y en que “el hombre o la mujer corriente tiene medios de conocimiento que superan inconmensurablemente los que puede poseer cualquier otra persona”.

Mill añadía: “el más fuerte de todos los argumentos contra la interferencia del público con la conducta puramente personal es que, cuando interfiere, lo más probable es que lo haga mal, y en el lugar equivocado”.

Aquí, pues, hay una insistencia en las ventajas informativas de quienes eligen (“medios de conocimiento”) frente a quienes pretenden elegir por ellos.

Cuando la sociedad intenta imponerse al juicio del individuo, sostenía Mill, lo hace a partir de “presunciones generales”, que “pueden estar completamente equivocadas, y aun si son acertadas, es tan probable que se apliquen mal a los casos individuales como que no”. El objetivo principal de Mill era asegurar que a la gente le fuera bien en la vida (al fin y al cabo era utilitarista, aunque de un tipo complicado), y sostenía que la mejor solución es que los demás dejen que cada uno encuentre su propio camino, siempre que no haya daño a terceros.

4.

b. El argumento de la individualidad como parte del bienestar. Mill planteaba también otro argumento distinto, al subrayar que “el libre desarrollo de la individualidad es uno de los elementos principales del bienestar”, y más aún, que “no es solo un elemento coordinado con todo lo que designan los términos civilización, instrucción, educación, cultura, sino que es en sí mismo una parte necesaria y una condición de todas esas cosas”. Este es un argumento sobre la individualidad.

c. El argumento del aprendizaje y el desarrollo personal. Mill combinaba a veces el argumento de la individualidad con otro distinto, sobre el aprendizaje y el desarrollo de las facultades. Así, insistía en que “las facultades humanas de percepción, juicio, sentimiento discriminativo, actividad mental e incluso preferencia moral solo se ejercitan al elegir. Quien hace algo porque es la costumbre no elige. No adquiere ninguna práctica ni en discernir ni en desear lo mejor”.

Mill añadía que ajustarse a la costumbre “no educa ni desarrolla… ninguna de las cualidades que constituyen la dotación distintiva de un ser humano… Las facultades mentales y morales, como las musculares, solo mejoran cuando se ejercitan”.

Son razones sobre el desarrollo personal, y podría sostenerse que el desarrollo personal y la individualidad son las preocupaciones centrales de Mill. Por eso decía también: “Quien deja que el mundo, o la parte de él que le rodea, elija su plan de vida, no necesita ninguna facultad que no sea la imitación, propia de los simios. Quien elige su propio plan emplea todas sus facultades. Debe usar la observación para ver, el razonamiento y el juicio para prever, la actividad para reunir los elementos de la decisión, el discernimiento para decidir, y, una vez decidido, la firmeza y el autocontrol para sostener su decisión deliberada”.

No es un argumento según el cual quien elige sabe más que los demás. Es un argumento sobre el aprendizaje, el desarrollo personal y el ejercicio de las facultades.

5.

d. El aprendizaje social. Mill planteaba también un argumento sobre el aprendizaje social. Todos podemos aprender de diversos “experimentos de vida”. Si cada uno sigue su propio camino, todos podemos aprender de los demás.

6.

Este último punto se acerca a los propios argumentos de Hayek en favor de la libertad, pero no lo suficiente, ni de lejos.

Hayek no formuló el argumento epistémico de Mill, y no parecía convencerle demasiado. Sus principales tesis apuntaban a las virtudes de los órdenes no diseñados, que incorporan un conocimiento disperso, y a la ignorancia de los planificadores.

Aun así, sí llegó a decir esto: “La coerción es mala precisamente porque, de ese modo, elimina al individuo como ser pensante y valorativo y lo convierte en un simple instrumento para el logro de los fines de otro”. Es una formulación sorprendentemente kantiana, que no habla en absoluto de bienestar; nótese el uso de la palabra “mala” y el rechazo a tratar a las personas como medios y no como fines.

Y, en efecto, Hayek parecía adherirse a un fundamento de la libertad, y del rechazo de la coerción, de tipo kantiano y no basado en el bienestar. En su introducción a Los fundamentos de la libertad, escribió: “Es posible que a algunos lectores les inquiete la impresión de que no tomo el valor de la libertad individual como un presupuesto ético indiscutible, y que, al intentar demostrar su valor, estoy convirtiendo el argumento en su favor en una cuestión de mera conveniencia. Eso sería un malentendido”.

7.

Pero en los puntos decisivos, Hayek formuló su propio argumento epistémico, nada anclado en “un presupuesto ético indiscutible”, a favor de la libertad y en contra de la coerción. Es el argumento que ha hecho de Hayek una figura decisiva, crítico a la vez del socialismo en todas sus formas y de la planificación de todo tipo. Es un argumento sobre los órdenes no diseñados, o espontáneos, y sobre cuánto conocimiento incorporan.

Lo expresó con concisión en Los fundamentos de la libertad: “El argumento a favor de la libertad individual descansa sobre todo en el reconocimiento de la ignorancia inevitable de todos nosotros respecto de gran parte de los factores de los que depende el logro de nuestros fines y de nuestro bienestar”. Y aquí, algo así como el koan de Hayek: “Aunque la libertad no es un estado de naturaleza, sino un artefacto de la civilización, no surgió por diseño”.

No son argumentos sobre la excelencia epistémica de quienes eligen, ni sobre la individualidad y el desarrollo personal, sino sobre las carencias epistémicas de los planificadores sociales, sobre todo de quienes intervienen en la coerción de las personas.

Al final, Hayek quedaba cerca de Mill. Pensaba que lo mejor era dejar que la gente encontrara su propio camino, no porque siempre supiera lo que más le convenía, sino porque los mercados libres y los órdenes no diseñados ayudan mucho, y porque los planificadores suelen ser quienes menos saben.

8

Esta es, entonces, la diferencia clave entre los dos grandes teóricos de la libertad. Mill ponía el foco en quienes eligen: lo que saben, lo que podrían llegar a ser, lo que necesitan, lo que merecen. Hayek ponía el foco en los planificadores: lo que no saben.

La escritura de Mill sobre la libertad es apasionada, a veces encendida y en ocasiones hermosa. La de Hayek es mucho más fría, aunque desde luego también inmensamente poderosa. (Y Mill no sabía lo que Hayek sabía.)

Las ideas de Mill se formaron en sintonía con Harriet Taylor, y sospecho que su escritura tuvo la energía y la fiereza que tuvo, en parte, por la presión social que encontró su relación. (Taylor estaba casada cuando se conocieron.) Las ideas de Hayek se desarrollaron a partir de la economía austriaca, centradas en el problema del conocimiento, y bajo la sombra de los planificadores nazis, comunistas y socialistas (que eran, a su juicio, esencialmente lo mismo).

Son dos caras del liberalismo. Son complementarias, no contradictorias. Se puede estar de acuerdo con Mill, y también con Hayek. Pero aun así, ambos revelan sensibilidades radicalmente distintas.

Traducción del inglés de Daniel Gascón. 

Publicado originalmente en el Substack del autor.


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