En una de las fotografías suyas que encuentro, la poeta Genevieve Taggard aparece acercando la cara a un gran girasol, como cuando te inclinas hacia quien tienes al lado para que el retrato salga más cálido. No sé en qué circunstancias se tomó la foto, ni si ella hizo una broma espontánea al ver el objetivo o si fue algo más preparado, pero como los símbolos nos afectan a pesar de que no los conozcamos, pienso ahora en el girasol de Taggard no solo como volumen.
No tengo a mano el diccionario de símbolos de Cirlot, pero el girasol, con la porción que le ha tocado de lo solar, debe de tener que ver con la afirmación del yo y con el lado luminoso de la vida. También con el encanto de lo rústico, con el movimiento perpetuo por la búsqueda y con el anhelo –a veces ansia– por algo más alto. Es la vida como búsqueda y es también la disposición a recibir un bien gratuito y universal. Los girasoles son también, y esto va más allá del símbolo, lo contrario de los campos aplastados por las placas solares.
Todo esto lo digo antes de haber leído sus poemas, e incluso en la foto no me habré fijado tanto si no es hasta ahora cuando detecto en ella, aunque sonría, cierto esfuerzo al sujetar la flor. Todo lo que hemos dicho que simboliza el girasol puede habérsele hecho bola a Genevieve Taggard.
He llegado a ella a través de Kenneth Durant, su segundo marido, a quien conozco a su vez por haber sido el marido (después) de Helen van Dongen, la montadora del documental Tierra de España, que rodó Joris Ivens en 1937. Taggard tiene otro vínculo más directo con España: gracias a una beca Guggenheim, en 1931 vivió una temporada en Mallorca. Y hete aquí que justo encuentro este poema, “Fantasy before fact” (lo traduzco sin conservar los versos): “Me crucé en Mallorca con un ángel caminando, un girasol a zancadas, petaleado de rayos, de ancho rostro, que hablaba con rigor y con alegría: ‘Vamos, vamos; América, Revolución, Volved a casa’, decía en español. Y mientras me giraba hacia el este vi los girasoles de Kansas, caminando arriba y abajo por toda la tierra; vi las danzas del maíz que cruzaban las praderas en los murales de la brillante Revolución, pintados con abundancia en un cuadro como el cielo. Y América debajo igual que un mapa, las masas trabajando, turbulentas y en orden. Vi, parece que vi, girasoles custodiando las doradas cajas fuertes de Wall Street. Los vi abrir el banco, vi cómo se desbordaba el trigo maduro y vi el desgarro de las cotizaciones, vi el maíz marchando Hudson abajo. Me apresuré…”
Primero la fantasía y más tarde los hechos. Encuentro otra fotografía en la que Genevieve Taggard sostiene a un ser mientras posa. En este caso lleva un mirlo, que según el pie de foto estaba domesticado y se llamaba Blackie. El pájaro es una mancha oscura y ella lo sostiene orgullosa, en una posición simétrica y dispuesta que le hace parecer una estatua arcaica, con la sonrisa tranquila y el aplomo de una koré.
Encuentro también un poema suyo titulado con el nombre de un ave: bobwhite, que es la codorniz de Virginia. Dice, en traducción rápida: “Chico de granja, lector de la Biblia, hijo de los Ozarks, / que aprendió de este pájaro / el idioma del anhelo. / No oyó en su trino / ni la belleza hostil / ni el mundo de los poderosos. / Y tiempo más tarde / en esta isla del Pacífico, / enfermo con el mal de Keats, le dijo a su hijo / y a sus hijos más tarde / la tonada que el pájaro de Missouri había gorjeado para él. / Y leyó su Biblia y a todos los hombres se dirigió con dulzura.”
El poema está dedicado a su padre. La isla del Pacífico es Hawái, donde vivió la familia entre 1896 y 1914, es decir, entre los dos y los veinte años de Genevieve, aunque es también, por supuesto, una isla de otra índole. Sobre la relación con los lugares, leo algunas nociones que me interesan en una compilación de poemas que publicó su hija Marcia D. Liles (To the natural world, Ahsahta Press, 1980), por ejemplo cuando menciona el fuerte “sentido del lugar” que tenía su madre como poeta. De hecho, el agrupamiento de los poemas no sigue un orden cronológico sino topográfico, según los lugares en los que vivió Taggard, a saber: Hawái; el estado de Washington y California; Nueva York, Connecticut y Massachusetts; Antibes, Capri y Mallorca; Vermont.
También la isla y el hombre han convocado a John Donne, que escribió que ningún hombre es una isla y que era uno de los poetas favoritos de Taggard junto a Emily Dickinson. Taggard escribió una biografía de Dickinson que fue precisamente lo que le valió la beca Guggenheim gracias a la que vivió unos meses en el Mediterráneo. El título es interesante: The life and mind of Emily Dickinson, que introduce esa pequeña y reveladora modificación con respecto al clásico “vida y obra”. Allí leo, en las primeras páginas, que “los Dickinson siempre habían sido un poco raros, ya desde antes de ingresar en la clase dirigente. Muchos de ellos salían pelirrojos y con temperamento celta, de lo que eran responsables los celtas de Yorkshire”, y que “su naturaleza era hacer lo que les daba la gana; hablar abiertamente, no hacer caso de las convenciones cuando les suponían un estorbo y comportarse bien a sus propios ojos [cursiva mía]”, lo que sigue pareciendo una buena guía para vivir, incluyendo ser pelirrojos, cosa que por ejemplo yo me pasé la infancia deseando. ~