En 1991, Bradbury escribió la siguiente afirmación: “la gente me pide que prediga el futuro, cuando todo lo que yo quiero hacer es prevenirlo. Mejor aún, construirlo”. La frase abre su ensayo “Beyond 1984: the people machines”, en el cual reflexiona sobre las predicciones distópicas del futuro en la literatura. La mayor referencia de este texto es, por supuesto, la novela de Orwell, pero más que centrar su análisis en las advertencias sombrías planteadas en 1984, Bradbury busca ir contracorriente y propone la construcción de “máquinas de gente”, es decir, lugares donde las personas puedan quedarse, socializar y sentirse parte de una comunidad. Esta noción del futuro como un lugar esperanzador de convivencia es el núcleo emocional de todo el ensayo de Bradbury y, me parece, una de las ideas que lo vincula con los viajes de Martín Möbius, personaje central de Testigo anticipado. Crónicas perdidas desde los umbrales del tiempo, novela de Bernardo González-Aréchiga editada por la Universidad Autónoma de Nuevo León.
El economista y académico presenta esta, su primera aventura literaria, como una novela de viajes, pero también como una exploración de lo que nos hace humanos en un mundo que cada vez está más sumergido en los avances tecnológicos. Su protagonista, Martín Möbius, es un científico que se especializa en física cuántica, materiales y sistemas complejos quien, conforme se aventura en sus investigaciones sobre los puentes de Einstein-Rosen –también conocidos como “agujeros de gusano”–, descubre un hueco en el tejido del universo que le permite viajar a través del tiempo. Su nombre mismo es una clave de lectura que nos remite a figuras fascinantes como la cinta de Möbius: una superficie con una sola cara y un solo borde, lo que la vuelve un símbolo tangible del infinito. Möbius es, en palabras del autor, “una metáfora de la paradoja de continuidad y dualidad que atraviesa la novela: humano y máquina, ciencia e imaginación, presente y futuro, cuerpo y conciencia, ruptura y coherencia”.
Ciencia e imaginación son los dos sustantivos que mejor conjugan la experiencia de Testigo anticipado. Junto a Möbius, el lector visita trece ciudades ubicadas en distintos puntos, no solo geográficos, sino también temporales. En cada una de ellas, Möbius convive con humanos biológicos y ciborgs, criaturas mutantes o seres intangibles que solo existen en el mundo de los megabytes. En cada destino, Möbius describe los diversos futuros posibles: alguna guerra futura, catástrofe ambiental o, en general, terror geopolítico. También hay lugar para la esperanza, para bibliotecas perfectas que conservan la memoria de la humanidad, ciudades donde la ecología se armoniza perfectamente con el paisaje urbano, futuros en donde se han superado –por lo menos temporalmente– las motivaciones para la guerra.
En Testigo anticipado campean personajes y referencias literarias. Al leerlo, me fue inevitable pensar en Las ciudades invisibles que visité en mi juventud, o imaginar la biblioteca de Babel mientras Martín Möbius visita aquella otra biblioteca mítica, la de Alejandría, durante su visita a Nueva Fez en el año 2250. Möbius está lleno de alusiones a otros personajes icónicos de la literatura y la cultura popular: a veces, en su afán de explorador, es un Marco Polo; es también, por supuesto, un moderno time traveller de H.G. Wells. (En lo personal, no pude dejar de imaginarme a Rick Sánchez mientras leía sus primeros intentos por domar los viajes en el tiempo.) Por encima de estas referencias, lo más llamativo de Möbius es su propia humanidad, que lo vuelve capaz de reflexionar y provocar en el lector preguntas sobre los escenarios que se le van presentando.
En su Anatomía del guion, John Truby –uno de los maestros contemporáneos en guion y estructura narrativa– declara que el autor no elige escribir sobre el futuro para hablar sobre las posibilidades del porvenir; por el contrario, “se ambienta una historia en el futuro para darle al público otro par de anteojos, para hacer que el presente sea abstracto a fin de entenderlo mejor”. Este esfuerzo es notable en las aventuras de Martín Möbius: cada periplo es un mensaje, a veces de advertencia, a veces de anhelo, pero que siempre esconde la intención de mostrar los efectos del presente con sus condiciones ambientales, tecnológicas, políticas y sociales. Por eso, me atrevo a afirmar que este es un libro sobre nuestro mundo, sobre el futuro que se construye a través –también– de nosotros.
Testigo anticipado. Crónicas perdidas desde los umbrales del tiempo se nos presenta ahora como una rara oportunidad de acercarnos a la nueva ciencia ficción. Observamos un futuro que no es homogéneo, sino que se construye desde distintas estructuras sociales y de poder. Nos saca de los grandes centros tecnológicos y nos da un recorrido por ciudades periféricas de Europa, el Norte de África, la Costa del Darién, el Caribe, y, por supuesto, México. Su mensaje es urgente, una sacudida para quienes buscamos en la literatura oportunidades para reflexionar sobre el presente y sus consecuencias en todos los futuros posibles. Bernardo González-Aréchiga no solo nos propone un viaje fantástico a ciudades futuras: ante todo, su novela se nutre de un anhelo profundo de restituir la “aventura” de la convivencia humana, frente al aislamiento y la deshumanización en la que nos sumerge el uso desbordado de la tecnología. ~