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La catástrofe educativa, sin eufemismos

La prueba PISA 2025 refleja un fracaso de muchos gobiernos y de una sociedad que acepta la copia y la superficialidad. Pero en sus resultados hay una razón para el optimismo.
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Quizá no se entiende bien eso de que “siete de cada diez estudiantes mexicanos no alcanzan el nivel básico en matemáticas” cuando se leen los resultados de la evaluación de PISA. 

Voy a poner un par de ejemplos reales de preguntas usadas en los exámenes para dimensionar eso que parece abstracción. 

Un reactivo real dado a conocer por PISA, clasificado en nivel 2 de matemáticas (es decir básico), presenta una tabla con las distancias de los planetas al Sol. Dice que Neptuno está aproximadamente a 30.05 unidades astronómicas y explica que una unidad astronómica equivale aproximadamente a 150 millones de kilómetros. Después pregunta a qué distancia está Neptuno del Sol.

Hay que hacer 30.05 por 150. Ya eso me parece básico, pero atención aquí: la pregunta es de opción múltiple y en la prueba computarizada hay calculadora. No es que no sepan multiplicar; es que 7 de cada 10 no tienen la competencia para saber qué deben hacer aquí. 

Ahora lectura.

Otro de los reactivos publicados presenta un foro en internet. Una mujer pregunta si puede darle aspirina a una gallina lastimada. Le contestan varias personas: alguien cuenta una experiencia personal, otra recomienda consultar al veterinario, un comerciante aprovecha para vender productos y un veterinario aporta información especializada. Entre las preguntas que plantea PISA está identificar qué respuesta resulta confiable y justificar por qué.

No estoy hablando de leer filosofía y desmenuzar las premisas o de detectar una metáfora en Góngora. Estoy hablando de mirar varias respuestas simples en internet y distinguir cuál merece confianza y por qué. Justamente esa habilidad que necesitamos para decidir si tomarnos un medicamento, creer una noticia, compartir un video, seguir un consejo financiero o hacer caso al señor que jura en Facebook que beber cloro cura una enfermedad.

¡La mitad de los jóvenes mexicanos de 15 años no logra esa comprensión! 

Eso es lo que significa que México haya salido escandalosamente mal evaluado en PISA 2025. Y por eso me parecen bastante inútiles algunas de las discusiones que aparecieron inmediatamente después de conocerse los resultados.

Entre las muchas opciones para perder el tiempo, está la de rebatir a la presidenta o la SEP si PISA sirve o no para medir el aprendizaje. 

Esa discusión le gusta al gobierno mexicano desde Andrés Manuel López Obrador, quien desestimó la prueba o, mejor dicho, las mediciones en general. Él desapareció al Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, ese molesto organismo autónomo que servía para eso. México sigue participando en PISA, pero con una muestra nacional que no nos permite tener una radiografía representativa de cada estado, y cada que pueden, las autoridades desestiman los resultados. 

Otra discusión inútil consiste en decir que tampoco estamos tan lejos del promedio de la OCDE o que es injusto compararnos con países mucho más ricos. Es verdad, el contexto importa, la pobreza importa y una prueba internacional jamás puede explicar por sí sola un sistema educativo, por no decir que el promedio de 388 en Matemáticas no nos dice nada porque es promedio (y quién sabe qué está pasando en Oaxaca) y porque no son respuestas correctas, sino una escala para permitir la comparación. 

Por la misma razón, subir cuatro puntos en ciencia como excusa para aplaudir a la Nueva Escuela Mexicana es ridículo. Con eso solo sabemos que estamos lejísimos (otra vez, en promedio, incluyendo ahí a nuestros cerebritos) del campeón japonés o de los estonios de medalla de plata. 

Dejemos a Japón y a Estonia en paz. Dejemos los cuatro puntos que subimos y las decenas que bajamos. No nos comparemos con nadie y veamos la fotografía de hoy para entender la dimensión del desastre: siete de cada 10 estudiantes de 15 años no tienen competencia básica en matemáticas y uno de cada dos no la alcanza en comprensión lectora. 

No necesito compararme con Finlandia para preocuparme por esta catástrofe, este doloroso fracaso del gobierno, los muchos gobiernos, las familias, los maestros y la sociedad adulta que lleva años bajando la vara: acepta la copia, la simulación, el pase automático, la superficialidad. Una sociedad que acepta y tiene mecanismos legales para que una plagiaria sea ministra de la corte, para que unos profesores sean ignorantes marchistas, para que los padres reclamen en las escuelas cuando se exige a sus hijos. 

Sí, la inteligencia artificial y todo eso y la pandemia y todo eso y la pobreza y todo eso. Pero sobre todo, la responsabilidad compartida ante la putrefacción del sistema y el pasmo ante la gravedad de ello. 

Este desastre tiene demasiados padres como para repartirlo por sexenios. Es un fracaso social. Entendamos que millones de muchachos no saben cuánto les costarán seis litros de leche o en cuánto deben vender una artesanía para la que utilizaron una sexta parte del mecate que compraron.  Entendamos que los incompetentes funcionarios del gobierno actual no podrán arreglar esto solos y agarrémonos fuerte del único elemento optimista que nos regala PISA: los estudiantes mexicanos parecen tener ganas.

El 80 por ciento dice sentir curiosidad por muchas cosas, frente a 73 por ciento en el promedio de la OCDE. El 76 por ciento asegura que hace un esfuerzo adicional cuando una tarea se vuelve difícil; entre los estudiantes de la OCDE lo dice apenas el 60 por ciento. Y sólo 11 por ciento considera que la escuela ha sido una pérdida de tiempo, frente a 24 por ciento en el conjunto de esos países.

¡Tenemos buen material!

Estos chicos, estas chicas son curiosos, valoran la escuela y el esfuerzo, a pesar de todo y a pesar del celular. Esta generación no ha renunciado a aprender, pero este país la está dejando pudrirse intelectualmente. Esa es la catástrofe. ~


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