Hay una escena que se repite en aeropuertos, oficinas y salas de consejo. Un empresario abre su portafolio y saca un libro. Casi siempre es sobre estrategia, liderazgo, inteligencia artificial, productividad, negociación o la biografía de otro empresario exitoso.
La elección tiene sentido: ya que el tiempo es escaso, ¿por qué desperdiciarlo leyendo una historia inventada? Creo exactamente lo contrario. En la era de la inteligencia artificial, los empresarios deberían leer más novelas, no menos.
La razón es paradójica. Estamos entrando en un mundo en el que la información será abundante y barata. Un ejecutivo puede pedir a un modelo de inteligencia artificial que resuma en segundos prácticamente cualquier libro de negocios, compare estrategias, analice competidores, construya escenarios y proponga alternativas.
Pero las decisiones empresariales realmente difíciles nunca han consistido solo en procesar información: consisten en comprender personas. ¿Qué quiere realmente mi socio? ¿Por qué un ejecutivo brillante está tomando una mala decisión? ¿Cuándo la lealtad se convierte en complacencia; cuándo la perseverancia en obstinación? ¿Por qué una organización inteligente se niega a reconocer una realidad evidente? ¿Qué hará una persona cuando tenga que elegir entre ambición, amistad, dinero y principios?
Ninguna hoja de cálculo responde fácilmente esas preguntas. Una buena novela, sí.
El empresario como personaje
Pensé en esto cuando leí Drayton and Mackenzie, la novela de Alexander Starritt publicada en 2025. El Financial Times la incluyó entre los candidatos a su Business Book of the Year. Fue algo excepcional: era la primera obra de ficción incluida en esa lista desde 2010.
James Drayton y Roland Mackenzie se conocen en Oxford. Son inteligentes, ambiciosos y muy diferentes. Después pasan por McKinsey y terminan intentando construir una empresa de energía mareomotriz. A su alrededor ocurren la crisis financiera, transformaciones tecnológicas, cambios en el capitalismo y la transición energética. Pero la verdadera historia está en otro lugar: amistad, ambición, dinero, ego, éxito, fracaso y las decisiones que terminan definiendo una vida.
Un crítico la describió como una combinación entre Dickens y La gran apuesta. Lo interesante es que Starritt no escribió un manual de emprendimiento. Precisamente por eso puede enseñar cosas que un manual difícilmente enseña.
Los protagonistas descubren que ser inteligente no significa necesariamente tener buen juicio, que analizar el problema de otro es muy diferente de asumir la responsabilidad de resolver uno propio, que las relaciones constituyen una forma de capital y que el contexto histórico puede determinar tanto el éxito como el talento individual.
Y enfrentan una verdad que muchos emprendedores descubren demasiado tarde: uno crea una empresa, pero después la empresa comienza a crearlo a uno. Crece. Aparecen inversionistas, empleados, compromisos, incentivos y responsabilidades. La libertad inicial del fundador se transforma gradualmente en institución. Eso no se aprende bien en una gráfica. Se entiende mejor acompañando a un personaje.
Las estructuras y la vida
Los libros de negocios son útiles porque simplifican. Las novelas son útiles porque complican. Un libro de liderazgo puede decirnos cuáles son las cinco características de un gran líder. Una novela presenta a un personaje inteligente, generoso, ambicioso, inseguro, valiente, vanidoso y contradictorio, todo al mismo tiempo. Es decir, presenta a un ser humano. Y las empresas están llenas de ellos.
El pensamiento de negocios busca patrones. La literatura encuentra excepciones. Los gerentes preguntan: ¿cuál es la mejor práctica? Los escritores preguntan: ¿qué ocurre cuando una persona razonable, enfrentada a circunstancias extraordinarias, hace exactamente lo contrario de lo que esperábamos? Por eso la novela puede convertirse en un extraordinario simulador de decisiones humanas.
El peligro de confundir éxito con mérito
Otra lectura extraordinaria para un empresario es Flesh, de David Szalay, ganador del Booker Prize 2025. Su protagonista, István, comienza como un adolescente aislado en Hungría y termina desplazándose, casi arrastrado por las circunstancias, hacia el mundo de los extraordinariamente ricos en Londres. La novela recorre dinero, poder, movilidad social, deseo, masculinidad y clase. El ascenso social ocurre en buena medida accidentalmente.
Ahí existe una lección empresarial. Nos gusta explicar retrospectivamente el éxito como resultado de talento, estrategia y esfuerzo. Naturalmente importan. Pero también existen oportunidad, contexto, relaciones, coyuntura y suerte.
En Flesh, el protagonista es impulsado por fuerzas que muchas veces no comprende ni controla. Szalay quería escribir, entre otras cosas, sobre las divisiones culturales y económicas de la Europa contemporánea.
Para un empresario, reconocer el papel de las circunstancias no disminuye el mérito. Aumenta la humildad. Y la humildad es una herramienta estratégica porque permite distinguir entre dos afirmaciones muy diferentes: “Funcionó porque soy brillante.” “Funcionó. Ahora necesito comprender por qué.” La primera alimenta el ego. La segunda produce aprendizaje.
Cuando las organizaciones dejan de ver
Leer novelas también puede enseñarnos a detectar la distancia entre la realidad y la narrativa que construimos sobre ella. Nussaibah Younis, en Fundamentally, utiliza la sátira alrededor de la intervención internacional en Iraq para explorar burocracia, poder, buenas intenciones y las contradicciones de las instituciones. El tema trasciende al gobierno.
Todas las organizaciones desarrollan lenguajes internos: presentaciones, acrónimos, indicadores, procedimientos. Narrativas acerca de sí mismas. Gradualmente puede ocurrir algo peligroso: la organización empieza a comprender mejor sus propios procesos que el mundo exterior.
Eso también sucede en las empresas. El cliente cambió, pero nuestros indicadores todavía son buenos. El competidor inventó algo nuevo, pero nuestro presupuesto anual sigue intacto. La tecnología transformó la industria, pero seguimos celebrando que cumplimos el plan.
La literatura nos recuerda que los seres humanos somos extraordinariamente capaces de construir narrativas que nos protegen de realidades incómodas.
El mayordomo que todo CEO debería conocer
Y si tuviera que recomendar una novela ya clásica a todo director general, escogería Los restos del día, de Kazuo Ishiguro. Stevens, el mayordomo inglés que protagoniza la novela, ha dedicado su vida al servicio de Lord Darlington. Su identidad se construye alrededor de disciplina, profesionalismo, dignidad y lealtad. Pero su compromiso con servir impecablemente termina debilitando su capacidad para cuestionar a quien sirve. Confunde profesionalismo con obediencia y lealtad con renuncia al juicio propio.
¿Cuántas organizaciones conocen a Stevens? El ejecutivo que sabe que una estrategia está equivocada, pero guarda silencio. El asesor que dice al director general lo que quiere escuchar. El equipo que racionaliza una decisión porque cuestionarla significaría cuestionar al líder.
La novela plantea una de las preguntas más importantes de la vida institucional: ¿en qué momento la lealtad deja de ser una virtud? Ningún curso de compliance puede contestarla con la profundidad de Ishiguro.
La ventaja de habitar otras mentes
Pero existe una razón todavía más importante para leer ficción. Una novela nos obliga a entrar temporalmente en la mente de alguien que no somos nosotros. Un migrante. Una mujer. Un adversario. Un fracasado. Un multimillonario. Un empleado. Un criminal. Un político. Un niño. Alguien de otro siglo o de otra cultura.
Durante algunas horas vemos el mundo desde sus ojos. Para un líder empresarial, esa capacidad es invaluable. Porque dirigir significa constantemente interpretar perspectivas diferentes: clientes, trabajadores, proveedores, inversionistas, reguladores, comunidades, competidores.
La empatía no significa estar de acuerdo. Significa comprender suficientemente bien al otro para anticipar cómo percibirá una decisión. Eso es también estrategia.
Literatura en la era de la IA
Aquí aparece la gran paradoja. Cuanto mejor sea la inteligencia artificial, mayor puede ser el valor de leer literatura. La IA podrá resumir Drayton and Mackenzie. Podrá enumerar diez lecciones de Flesh. Podrá explicar el dilema moral de Stevens en treinta segundos.
Pero leer una novela no consiste solamente en obtener sus conclusiones. Consiste en vivir temporalmente dentro del problema. Sentir cómo una decisión aparentemente pequeña conduce a otra. Observar cómo un personaje racionaliza sus errores. Descubrir información cuando el autor decide revelarla. Equivocarnos sobre las intenciones de alguien. Cambiar nuestra opinión.
El resumen entrega conocimiento. La experiencia desarrolla juicio. Y ahí está el punto. En un mundo donde todos los ejecutivos tendrán acceso a extraordinaria capacidad analítica, las ventajas más escasas serán cada vez más humanas: imaginación, curiosidad, empatía, capacidad para tolerar ambigüedad, comprender motivaciones y ejercer buen juicio.
Una hora diferente
Por eso propondría un pequeño cambio en la educación de empresarios. Además de estrategia, finanzas, tecnología y liderazgo, deberíamos leer a Shakespeare, Tolstói, García Márquez, Ishiguro y las mejores novelas contemporáneas.
No para buscar en cada una “cinco lecciones para el CEO”. Eso destruiría precisamente aquello que las hace valiosas. Hay que leerlas como literatura. Permitir que nos incomoden. Que presenten personajes que no podamos clasificar fácilmente. Que terminen sin una respuesta clara. Porque la vida empresarial también funciona así.
Las decisiones verdaderamente importantes llegan con información incompleta, intereses contradictorios y consecuencias que sólo entenderemos años después. Un algoritmo puede ayudarnos a decidir. Una novela puede ayudarnos a convertirnos en la persona que decide.
Ésa es la razón por la que los empresarios deberían leer ficción. Los libros de negocios enseñan modelos. Las novelas enseñan personas. Los primeros nos ayudan a comprender cómo deberían funcionar las organizaciones. Las segundas nos recuerdan cómo funcionan realmente los seres humanos.
Y mientras más inteligente se vuelva la tecnología, esa diferencia será más importante. La inteligencia artificial podrá enseñarnos prácticamente todo lo que sabemos sobre los negocios. La literatura seguirá enseñándonos algo mucho más difícil: lo que todavía no entendemos sobre nosotros mismos. ~