De vez en vez aparece un libro raro e inclasificable que terminará siendo canónico. Acaba de salir Poesía indígena del norte de México, de Gabriel Zaid. Es una antología de poemas pepenada durante décadas entre muestras muy dispersas y escasas. Son 35 lenguas. Cada lengua va precedida o presentada por un ensayo. Más un ensayo introductorio: “Poesía ignorada”, y otros tres breves ensayos al final: “Indios a caballo”, “El desierto pródigo” y “Los primeros americanos” y un mapa del territorio del norte de México, que coincide con el antiguo Septentrión novohispano y un poco más (las lenguas cheroqui, osage, árpajo o pani apenas fueron parte de la Nueva España). Excepto el mapa, todo fue publicado por entregas en Letras Libres, desde 2017 hasta hace un par de años. La lectura esporádica habría hecho pensar que la compilación daría un libro marginal. No lo es.
Zaid no publica libros de pedazos reunidos y este libro nuevo se articula con otros libros suyos. Comparte la creatividad de la lectura de Leer poesía, la calidad crítica y antológica del canónico Ómnibus de poesía mexicana y la miscelánea del goce que hallamos en Poemas traducidos. Ninguno de estos libros se parece al otro: uno es un libro de ensayos; otro, de poemas de otros; el tercero, de traducciones. En este libro convergen los tres oficios.
Cada una de las 35 lenguas se presenta con la misma disposición: un ensayo que, en menos de tres páginas, explora la etnia, su historia y modo de vida, la lengua y las fuentes de donde se han tomado los poemas seleccionados, o hallados, o rescatados (con la sola excepción de los caddo, de quienes hay información etnológica, incluso lingüística, pero nadie se ocupó de registrar cantos, poemas ni rezos). Queda poesía anónima, ritual, colectiva: arrullos, conjuros de caza, invocaciones a la lluvia, flora y fauna locales, cantos de oficios, plegarias al sol. Economía expresiva. Los poemas son, casi todos, de exteriores, sin intimidad ni psicología personal: poesía sin “yo”, celebración de la lengua y la comunidad. El tono general es más celebratorio que de lamento.
Lo primero que le dice Zaid a su lector es que “este es un libro de poesía ignorada que solo pudo antologar un ignorante. Incluye poemas traducidos de 35 lenguas, ninguna de las cuales conozco”. Los poemas se integraron con tres operaciones distintas en el libro: la reescritura literaria de una traducción inglesa, la reescritura de una paráfrasis española ya literaria y la versificación de un texto etnográfico más literal. Es un libro de poesía, desigual porque no son lo mismo las fuentes, que las hay ricas y abundantes, o escasísimas y hasta nulas, como los caddo. La maestría de Zaid consiste en no fingirse etnólogo, ni lingüista, antropólogo ni nada. De hecho, la ausencia de “yo” de los poemas es también ausencia en los ensayos. Curioso libro: está claro, uno lo reconoce: es un libro de Zaid; igual de claro: Zaid no es visible; la realidad visible son los cheroquis, lipanes, yumas… y su mundo.
En realidad, Zaid inició la búsqueda de poesía indígena desde hace más de medio siglo. El Ómnibus de poesía mexicana (1971) incluye diecinueve lenguas indígenas, principalmente mesoamericanas; de esas, seis son del norte (cora, huichol, maratino, seri, tarahumara y yaqui), y dos no están en este nuevo libro: el cora y el huichol, que quedaron fuera del mapa, no del oído del autor. El Ómnibus cuenta además con una sección entera dedicada a la poesía náhuatl.
Por fortuna, la búsqueda no se interrumpió; por ejemplo, el Ómnibus no incluía este poema rarámuri: “¿Acaso los que caminan Arriba cuidándonos / vacilan en su viaje? / ¿Acaso Aquellos Que Nos Proporcionan La Luz / son perezosos al caminar allá? // Los Que Caminan Arriba velando por nosotros, ¿alguna vez se han dado por vencidos?”
El mapa lingüístico es intrincado y, además, con los renglones torcidos de la historia. Pero, en trazos toscos, digamos que Zaid tuvo que mediar entre dos tradiciones muy distintas: una que viene de Nueva España y se continúa, accidentada, hasta hoy, y la otra, la estadounidense, de muy distinto aliento y factura, movida por la idea de “rescate”: documentar antes de que desaparezca. Es una línea con muchos más dineros e instituciones disponibles; es académica y mucho más disciplinada en la documentación. Franz Boas puso el método (textos en la lengua, colaboradores nativos, gramática descriptiva), pero el marco sigue siendo el indio como archivo que se cierra: rescatar canciones “antes de que los más viejos mueran”. En inglés hay muchísimos más libros, centros de documentación, museos y páginas de internet. Y no hay que olvidar una tercera fuente: la propia voluntad indígena, que cuenta actualmente con sus propios traductores y lingüistas. Por eso Zaid cuenta con más fuentes en inglés que en español.
En castellano, la fuente más recurrida es el libro de Alonso Vidal, Los testimonios de la llamarada. Cantos y poemas indígenas del noroeste de México y de Arizona (Hermosillo, Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Sonora, 1997). Difícil de conseguir.
No es la línea de la gran tradición de Sahagún, Durán, Olmos, Motolinía, que son misioneros y, con lagunas y desapegos, continuaron hasta llegar a sabios como Ángel María Garibay (que vertieron la antigua palabra “a la luminosa prisión del alfabeto”) y el traspaso, vía Miguel León-Portilla, a residir en el ámbito universitario y el humanismo laico. Ahí sí hay un linaje. Pero es mesoamericano y náhuatl. No es el norte.
Por supuesto, Zaid conoce esta tradición y la encomia; incluso recoge la rama que le había salido a la tradición: los jesuitas que trabajaron en las regiones septentrionales: vocabularios, confesionarios, catecismos de cahíta, éudeve, ópata, tarahumara, tepehuán, cochimí, pima. Aprendieron lenguas sin antecedente grecolatino útil. Recogieron lo que servía para bautizar, confesar y gobernar la misión. El fragmento maratino de fray Vicente de Santa María (1755-1813), por ejemplo, es el único poema que queda de esa lengua.
Pero el filón norteño se corta con la expulsión de los jesuitas. No hay un Garibay del yaqui o del cochimí. El Estado mexicano independiente mira al Centro; Pimentel y Orozco y Berra clasifican; el norte lingüístico queda como frontera, desierto, “chichimeca”. El adelgazamiento no es que el clero se volviera antropólogo. Es que se fue la orden que sabía esas lenguas y nadie ocupó el hueco con el mismo oficio.
Zaid no es franciscano, dominico ni jesuita; no es Garibay, no es Boas. Es un poeta que busca, indaga y lee los archivos estadounidenses, el florilegio sonorense y recorre durante décadas un cerro de libros, sitios, documentos con el oído de Leer poesía. Su prólogo es la sensatez de quien sabe que llega al final de las dos líneas: demasiado tarde para el interlocutor misionero, demasiado lejos de las lenguas para el descriptivista. Zaid descubrió poemas o hizo poemas desde la pedacería lingüística, los fragmentos extraviados. Y sin dejarse engañar por la geografía que México había dado por perdida en 1848: las lenguas y las culturas no usan pasaporte.
Lo que hay en este libro vale de suyo, de modo concreto, no de modo derivado de disciplinas abstractas o actitudes moralizantes o políticas. El mundo de documentos del que ha venido Zaid está cundido de pastorales, salvamentos, humanismos de receta, etnología, estrechez académica, o de ideas ridículas de soberanía gubernamental y, lo más abundante: la sordera tapiada de casi todas las disciplinas ante aquello que de verdad importa para quien canta o dice un refrán o repite un poema con la voz en la que cada persona habla consigo misma, cuando piensa o canta o reza en la lengua materna, la de la tribu y la familia.
Por eso hay poemas magníficos. Por ejemplo, los poemas osages: “Los epítetos del búfalo”, o poemas inquietantes como “Los señalados”: “Hay gente en la noche / con señal en la frente. / Hay gente en la noche / con señal en el cuerpo.”
De pronto, una imagen perfecta en un canto seri: “En el día, la cueva está oscura. / En la noche, la cueva está iluminada / como si fuera antorcha / o luminaria.”
O un poema de broma y empatía juntas, como “Contra los coyotes”, en kiliwa:
Ustedes, que no cazan nada.
Me corretearon por todas partes.
Me corretearon dos o tres veces.
No tienen nada que comer.
Están exhaustos, se tropiezan.
Están cansados.
Ladran ruidosamente y nada.
En los ensayos, Zaid quitó todo bagazo, residuo, hasta dejar solamente densidad fáctica y transparencia en la prosa. Todos los capítulos tienen la misma estructura. Ningún párrafo se parece a otro. Y, ya lo sabemos, Zaid no le concede espacio a la sensiblería. El libro está poblado por la tristeza, a veces, y se entiende: la historia de los indios del norte no es para sonreír. Los ensayos dan cuenta de la historia, con guerras, viruela, despojo, pero también sus formas de producción, la relación con el entorno, sus cortejos y arrullos o el modo en que presencian lo sagrado. Los poemas dan cuenta de la vida anímica, cultural, al interior de cada pueblo. Cuando fueron publicados por separado, cada ensayo resultaba notable. Reunidos hacen un libro extraordinario: son lo que eran, pero ahora son un mapa literario, cultural y poético: una región del mundo llena de vida (“El desierto pródigo”) y resiliente en el cambio (“Indios a caballo”). La modernidad y sus Estados habían borrado un mosaico muy complejo de pequeñas naciones, como si el nomadismo los volviera fantasmas. No los veíamos. Ahora no podemos fingir que no los vemos, porque incluso los escuchamos. ~