Un periodista en Tokio
En la primavera de 1890, un joven periodista griego-irlandés arribó al puerto de Yokohama para iniciar un nuevo trabajo como corresponsal. Proveniente de Estados Unidos, llegó contratado por Harper’s Magazine para escribir una serie de reportajes sobre el país asiático. En aquel momento, Japón recibía especial atención en Occidente, pues recién había abierto sus fronteras al escrutinio extranjero gracias al gobierno Meiji. El viaje profesional era promisorio, pero, apenas unos meses después de desembarcar en las costas japonesas, el joven rompió toda relación con la revista e inició una nueva vida en Japón, lugar donde moriría en 1904. Su nombre era Lafcadio Hearn, una de las figuras más importantes para la difusión de la cultura japonesa en el mundo occidental. Para el momento de su muerte, Hearn había adoptado el apellido de su mujer, 小泉 (Koizumi), y eligió el nombre 八雲 (Yakumo), que quiere decir, “ocho nubes”.
Koizumi –honrando su propio deseo, me referiré a él con este nombre– se dedicó con afán a la recuperación de textos, relatos orales y otros registros culturales de la narrativa tradicional japonesa. Leyendas, cuentos populares, e incluso extensos estudios sobre la fauna o la vida en sociedad son algunos de los temas que registró en poco más de una docena de libros. Los periódicos occidentales daban cuenta de sus investigaciones desde sus primeras etapas. En 1893, por ejemplo, Basil Hall Chamberlain –otro importante estudioso del Japón Meiji– se refería a él como “el más concienzudo de los estudiosos actuales del folclor japonés”, con lo que dejaba clara la autoridad que se le concedía en los estudios sobre Japón.
Más conocida es la anotación que H. P. Lovecraft nos legó sobre su obra en su ensayo “El terror sobrenatural en la literatura”, donde expresa que “su Kwaidan, escrito en Japón, cristaliza con destreza y delicadeza inigualables la inquietante tradición y las leyendas susurradas de esa nación ricamente colorida”. Hoy que el J-Horror y otras manifestaciones del terror japonés han ganado tanta relevancia, la cita del genio de Providence funciona como un testimonio de la valiosísima intuición de Koizumi Yakumo, quien supo identificar tanto aquellos aspectos siniestros del Japón fantasmal como su contraste con las formas del miedo presentes en Occidente. Hay un cuento especialmente elocuente para notar su agudeza, “Un karma pasional”, incluido en su volumen En el Japón fantasmal (1900).
La lámpara de las peonías
Lo siniestro, esa categoría estética freudiana (unheimliche) que designa el momento cuando algo aparentemente familiar se trastoca por cierta malignidad, nos revela que “Un karma pasional” es un cuento signado por una relación fantasmal atípica. En este se narra el romance entre el joven Shinzaburō y la hermosa O-Tsuyu, una relación que devendría en fatalidad por una razón siniestra: O-Tsuyu es en realidad un fantasma quien, atraída por los inexpugnables vínculos del karma, se enamora perdidamente de Shinzaburō. Cuando el joven descubre que ha sido hechizado por la muerta, se dedica a buscar las herramientas espirituales y humanas necesarias para librarse del asedio de O-Tsuyu pues, de lo contrario, morirá consumido por la pasión sobrenatural.
Desde el punto de vista técnico, la manera en la que esta historia es narrada resulta peculiar: amalgama el periodismo, el apunte académico y la literatura. Koizumi inicia su relato hablando sobre el teatro japonés, una atracción que “nunca falla” para el habitante de Tokio. Cuenta cómo acudió a la obra 牡丹燈籠 (Botan Dōrō, “La lámpara de las peonías”) acompañado por su amigo y traductor japonés, quien sugiere que le entregue a los lectores ingleses la parte fantasmal de la historia, bajo el argumento de que “serviría para explicar algunas ideas populares sobre lo sobrenatural que los occidentales conocen muy poco”.
A partir de este punto, Koizumi cuenta el argumento en su propio estilo, tratando de no perder detalle del texto original, y aclarando que la obra fue escrita por el dramaturgo 三遊亭 円朝 (San’yūtei Enchō), aunque basado en un viejo cuento chino de fantasmas del autor 瞿佑 (Qu You). Si bien la secuencia de acontecimientos sigue una misma cadena de causalidad –enamoramiento, revelación del fantasma, muerte de Shinzaburō–, para el fin de la historia, Koizumi aventura una serie de reflexiones acerca de lo que produce terror en el espectador japonés, es decir, el asedio amoroso de una mujer muerta:
“Para el pensamiento occidental”, respondí, “Shinzaburō es una criatura despreciable. Lo he estado comparando mentalmente con los verdaderos amantes de nuestra antigua literatura de baladas. Estaban encantados de seguir a una novia muerta a la tumba; y, sin embargo, siendo cristianos, creían que solo tenían una vida humana para disfrutar en este mundo. Pero Shinzaburō era budista, con un millón de vidas a sus espaldas y un millón de vidas por delante; y era demasiado egoísta para renunciar siquiera a una existencia miserable por el bien de la chica.”
Abundan ejemplos: Orfeo descendió al infierno en busca de Eurídice. Romeo siguió a Julieta hasta la tumba luego de verla en su lecho de muerte. O cómo olvidar aquel poema de Quevedo, que Borges consideraba el mejor poema de amor de la literatura castellana, el cual advierte en su final el carácter imperecedero del amor cristiano: “polvo serán, mas polvo enamorado”. Yo también, la primera vez que leí “La lámpara de las peonías”, encontré difícil empatizar con el terror que Shinzaburō siente al descubrir que su amada O-Tsuyu es una muerta, y quizás por eso fui incapaz de percibir entonces el elemento siniestro en esta obra.
La razón, por cierto, no se encuentra en el budismo, como intuye Koizumi, sino en otra visión religiosa de Japón anterior a las primeras menciones del Buda. En el shintō –castellanizado como sintoísmo– hay un concepto denominado 穢れ (kegare) que designa aquello que es impuro o sucio. Guillermo Quartucci, autor del artículo “Ritos funerarios en Japón”, explica que la muerte es un evento profundamente contaminado: “el alma del muerto va a dar a un lugar subterráneo y oscuro, no localizado con precisión, denominado ‘el país de la sombra’ (yomi no kuni o meidó), lugar impuro y contaminado (kegare) al que llegan todas las almas (tamashii) sin excepción”. De tal suerte, la efigie de la bella O-Tsuyu convertida en un cadáver putrefacto, probablemente nos permita comprender mejor los motivos por los cuales Shinzaburō llenó su casa de amuletos para impedir el ingreso de su amante de ultratumba. En este caso, O-Tsuyu es más cercana a la fantasmal novia de Corinto, pintada para siempre por los versos de Goethe, que a la belleza inalcanzable de Eurídice.
¿Existe una forma japonesa de condensar el miedo? La respuesta a esta pregunta se me escapa. En todo caso, me parece que el acierto de Koizumi fue notar cómo estas convenciones que operaban en Japón eran capaces de mostrar nuevas capas de la realidad a una sociedad occidental que se resistía a abrir los ojos al resto del mundo. Con una autoconsciencia crítica y sugerente, sus cuentos han permitido ampliar el mapa de nuestra sensibilidad y trazar vínculos pioneros entre culturas distintas. El legado de Koizumi Yakumo es extenso y sigue vigente en las decenas de ediciones que se siguen produciendo en torno a su obra. Tomo por préstamo una frase que Borges usó para referirse a Dino Buzzati –otro periodista-autor inusual–, y la anoto con especial fervor en los futuros lectores de este hombre que vivió a la luz del sol siniestro: hay nombres que la literatura no debería resignarse a olvidar, uno de ellos es Koizumi Yakumo. ~