Una revista de izquierda solicitó recientemente a siete autores cubanos artículos para un dossier sobre Cuba. Una vez entregados, el editor sugirió que sería “más práctico” ceñirse a breves pinceladas donde se resaltaran los logros del proceso y su “actual deriva”, por supuesto, destacando al “petróleo como arma de presión del bloqueo estadounidense”. Los autores rechazaron tal pretensión.
La Revolución cubana es, para muchos, una vieja foto en blanco y negro, inmovilizada en el tiempo, con personas jóvenes y risueñas. Una imagen grata para el recuerdo, que se atesora sin tomar en cuenta que algunos de los que aparecen en ella han envejecido, otros han muerto y otros traicionaron expectativas.
Esa imagen arquetípica, de un proceso heroico con errores de “último momento” exacerbados por la hostilidad de los Estados Unidos, es mantenida aún entre algunos sectores y publicaciones de izquierda. Es el relato aceptado sobre la Revolución cubana, que se niega obstinadamente a los datos, antiguos y recientes, que lo equilibren. Pero un relato que desdeñe los datos es como el cuento de Charles Perraut, con su final modificado para no dañar susceptibilidades.
¿La isla de la libertad?
Se comprende que el discurso anticolonial, antimperialista y popular de la Revolución cubana concitara el apoyo entusiasta de la izquierda internacional y de muchas personas progresistas en el mundo. Ese discurso, sin embargo, camuflaba el verticalismo y la ausencia de mecanismos reales de participación política de la ciudadanía, más allá de aplausos y aclamaciones.
Desde el primer momento, el proceso fue autoritario y vertical. “Desde arriba”, según el historiador Samuel Farber, fueron redactadas leyes y establecidas medidas de importancia categórica para el futuro nacional. Ante multitudes entusiasmadas, se aprobaron por aclamación decisiones que debieron llevarse a una consulta ciudadana mesurada y reflexiva.
El control gubernamental de los medios de prensa, del campo cultural y de los sindicatos, tuvo lugar antes del establecimiento del bloqueo por Estados Unidos, y fue previo incluso a la refundación del Partido Comunista en 1965; es decir, dicha organización encubrió a un grupo de poder que usurpó el ámbito de la política, excluyó al resto de la sociedad y creó mecanismos que lo eternizaron e hicieron impermeable a la voluntad ciudadana. Luego se vendió la imagen de “plaza sitiada” que no podía consentir una apertura política debido a la hostilidad enemiga; tesis manejada entre un amplio sector de la izquierda internacional que considera injusto exigir estándares democráticos a la isla sin un cambio en la política de Estados Unidos hacia ella.
No obstante, jamás el gobierno cubano ha aprovechado coyunturas geopolíticas favorables para transformar su modelo (recordemos el “deshielo” con Obama). Sucede que ese modelo es intrínseco, no se debe al diferendo con Estados Unidos ni con nación alguna. En todo caso, es evidencia del invisibilizado diferendo interno entre el estado autoritario y una ciudadanía carente de derechos políticos y excluida de influir en la dirección de los asuntos públicos.
El grupo de poder únicamente admite negociaciones en el campo de la economía cuando la crisis escala; de hecho, las 176 medidas recién aprobadas son un ejemplo: discurso socialista, economía capitalista. Y si Trump quiere, “que lidere el proceso”, como afirmó Raúl Guillermo Rodríguez Castro –nieto de Raúl Castro–, en una entrevista a USA Today que no ha sido desmentida por ningún vocero del gobierno.
Cuba, el drama “invisible”
El título de este epígrafe es el del artículo que escribí para el dossier rechazado. Allí se demuestra que la deriva del proceso no es “actual”, como cree el editor de la revista, que nos sugiere hablar “de una Cuba que no existe, porque esa es la que le interesa”, al decir de la antropóloga e investigadora Hilda Landrove, otra de las autoras excluidas.
Cuba no es un territorio espiritual en eterna disputa ideológica; es un territorio real, donde viven personas reales que tienen sueños, aspiraciones y esperanzas, entre ellas las de libertad y justicia, tan caras a la izquierda en casi todo el mundo… excepto en Cuba. Es un proceso que no solo tuvo un inicio heroico y esperanzador –la revolución que derrotaba a una dictadura– sino también un devenir en que los mecanismos de dominación que fueron establecidos lograron transmutar a los sujetos de la historia en sus objetos.
Si bien desde su génesis fue autoritario, fue asimismo popular. Al proclamarse “de los humildes, con los humildes y para los humildes”, recibió un extraordinario apoyo interno. Fue un estado garantista, que ofreció salud y educación gratuitos, y un sistema de seguridad social que evitó durante un tiempo la pobreza extrema. Ello le permitió gobernar sin garantizar, asimismo, democracia real ni derechos políticos.
No obstante, sin un enfoque diacrónico no podría entenderse el modo en que ese proceso modificó radicalmente su vertiente popular. Desde 2008 –cuando Donald Trump aún no había iniciado su carrera a la presidencia de los Estados Unidos–, Raúl Castro, nombrado oficialmente ese año al frente del Consejo de Estado y de Ministros, mantuvo las instituciones coercitivas y el monopolio político, pero inició una política de recortes drásticos en seguridad social1 y notable disminución de inversiones en los programas de salud y educación. Su gobierno trasladó el peso de la crisis a las espaldas de las familias y personas y asumió un sesgo antipopular y antiobrero en sus políticas públicas y en sus declaraciones.
Ese cambio de modelo social del Estado explica que Cuba retrocediera 32 puestos en el ranking internacional del Índice de Desarrollo Humano, pasando del lugar 51 en 2007, al 73 en 2017, y cayendo al 83 en el bienio 2021-2022. Según el destacado demógrafo cubano Juan Carlos Albizu-Campos, “tal retroceso no tiene equivalente a nivel global”. Existen datos concretos, cifras y estadísticas, muchas de ellas aparecidas en anuarios y publicaciones oficiales cubanas. Hace varios años fueron publicados mis artículos “Cuba, razones de una crisis” (Nueva Sociedad, enero de 2022) y “La justicia social en Cuba, muerte en tres tiempos”, (La Joven Cuba, enero de 2023) que, junto a las aportaciones de numerosos colegas, académicos y periodistas, ofrecen evidencias suficientes y constatables.
Apenas un ejemplo: según cifras oficiales, el mayor recorte de inversiones en el campo de la salud ocurrió durante el gobierno de Raúl Castro (2006-2018), en etapas en que la exportación de servicios médico-farmacéuticos fue la principal fuente de divisas, por encima del turismo. Una parte sustancial de estos ingresos, lejos de consagrarse a modernizar el sector sanitario, fue destinada a la inversión en el turismo, rama que apenas cubre sus ingresos por el alto índice de valor importado que tiene por peso de producción. De modo que la triste verdad de los recién nacidos, los enfermos oncológicos y los ancianos sin medicamentos tiene en las políticas del Estado cubano a su mayor responsable. Pero ninguna verdad es suficiente para quien se niega a verla.
Le tengo malas noticias a los que consideran a Cuba una “dictadura del proletariado”. En la isla existe una estructura socio-clasista típica de los países que asumieron modelos neoliberales. Por un lado, enormes grupos sociales empobrecidos –especialistas aseguran un 89 por ciento de pobreza, una parte no pequeña de ella en condiciones extremas–,2 compuestos por escasos obreros, numerosos trabajadores de servicio, técnicos, profesionales e intelectuales; en tanto, lo que podríamos llamar clase media (trabajadores denominados “no estatales”, y dueños de las emergentes pequeñas y medianas empresas) no ha desplegado con fuerza debido a obstáculos y reglamentaciones gubernamentales, y a su tendencia al éxodo. Por último, se encuentra una clase tecnocrática-político-militar, necesitada de aliarse con capitales extranjeros que, por determinados factores como la morosidad en el pago de la deuda, las medidas restrictivas del gobierno de Estados Unidos y la inestabilidad política actual, no encuentra el modo de emerger públicamente, pero que ya empieza a privatizar la propiedad bajo control del Estado. Quizá lo logre si prosperan las negociaciones con Trump.
En los países de Europa Oriental donde existió este modelo, igual que pasa en Cuba, el sector político dirigente devino clase social privilegiada, casi una aristocracia, con derechos hereditarios y prerrogativas que no está dispuesta a compartir, pues su riqueza no proviene del trabajo, sino de la usurpación de lo público y lo privado y su conversión en propiedad estatal, es decir, en la propiedad del grupo que controla al Estado, sus leyes e instituciones. Nada nuevo bajo el sol. Dorian Grey es descubierto una vez más.
La Cuba real dista mucho de la imagen ideal a la que se apegan muchas personas que observan desde fuera, creyendo ser fieles a un proceso que dejó de ser fiel a sí mismo. Ancianos depauperados; madres que carecen de vivienda y cierran las calles con sus hijos pequeños pidiendo infructuosamente apoyo estatal; niños trabajando para ayudar a sus familias; protestas populares por electricidad agua y alimentos; enfermos sin medicinas; comercios llenos de productos en dólares o a precios prohibitivos para la mayoría de la gente; trabajadores cuyos salarios son irrisorios ante la inflación; acentuación de la desigualdad y la pobreza; insalubridad; drogadicción y delincuencia en crecimiento exponencial…
En Cuba, más que una crisis, puede hablarse de un retroceso civilizatorio: desde hace más de seis años mueren más personas que las nacidas; el índice de natalidad actual corresponde al nivel que tuvo en 1899; ocupa el segundo lugar en índice de suicidios en la región, solo por detrás de Uruguay; tiene la segunda población penal per cápita del mundo, después de El Salvador; un éxodo de proporciones dramáticas, que ha generado lo que Albizu Campos denomina “vaciamiento demográfico” y que se compara con lo visto en zonas de desplazamiento por guerras; extensiones de tierra abandonadas y gente hambrienta; una isla rodeada de mar donde escasean la sal y el pescado…
La respuesta del poder a ese estado de “malestar general” ha consistido en el aumento cotidiano de la represión, hasta el punto en que puede hablarse de terror de Estado. Hoy existen en Cuba alrededor de mil 300 presos políticos en condiciones infrahumanas, pero diariamente ocurren detenciones arbitrarias, citaciones de la policía política para amenazar a ciudadanos que no han cometido ningún crimen, desconocimiento de los derechos establecidos constitucionalmente a la libertad de expresión, la libertad académica y la libertad de movimiento. Los testimonios y evidencias documentales son conocidos, solo hay que analizarlos.
La Revolución cubana deja una clara moraleja: nunca, bajo ninguna circunstancia, deben cederse los derechos y libertades ciudadanas a cambio de derechos sociales comunes, porque cuando llega el momento en que esos beneficios sociales son eliminados, demandar su restitución, aun por vías no violentas, puede ocasionar la más cruda respuesta represiva. Para organizarse y exigir derechos sociales desde abajo, hay que empezar por tener derechos políticos.
Constituye igualmente un aprendizaje para ese sector acrítico de la izquierda, porque ser de izquierda debería ser posicionarse contra los poderes instituidos que se desentienden de la justicia social e impiden el ejercicio de derechos a las mayorías despojadas de ellos. Si se es incondicional a un poder que avasalla a la ciudadanía, discrimina e impide el ejercicio de derechos económicos, políticos y sociales, no se es de izquierda. Da lo mismo que sean los poderes absolutos de un monarca, de un gobierno conservador, una dictadura militar o un partido único autoritario (capitalista, socialista o comunista).
Debemos cambiar el relato sobre Cuba. ~
- Entre 2006 y 2018, el gasto del presupuesto asignado a la asistencia social se contrajo de 2.2% a 0.3%, mientras que el número de beneficiarios como proporción de la población decreció de 5.3% a 1.6%. Ello se explica mayormente, según el economista Carmelo Mesa-Lago, “por el lineamiento aprobado en el VI Congreso del PCC en 2011 que terminó la asistencia social a los asistidos con una familia capaz de ayudarles”. Entre 2016 y 2020, la inversión en salud y asistencia social disminuiría en dos tercios: de 232.6 a 84.5 millones de pesos.
↩︎ - Mientras los cruceros llenos de turistas norteamericanos entraban al puerto de La Habana y el presidente Obama mejoraba las relaciones bilaterales, reabría las relaciones diplomáticas y visitaba a Cuba; , la pobreza y la desigualdad en la Isla isla avanzaban con botas de siete leguas. ↩︎