El escritor Adolfo García Ortega se vale de un hecho por todos conocido, la llegada del hombre a la Luna en 1969, y de unos versos de T. S. Eliot para dar inicio a su nueva novela. Aquel día, dice uno de los personajes, asistimos al fin de la Luna. No a su desaparición física, claro está, sino a la del halo de misterio que la envolvía. Si hasta entonces había inspirado poemas, mitos, leyendas, incluso cómics, a partir de ahí serviría de escenario a las teorías conspirativas más sonadas, siendo la más conocida la que decía que las imágenes del supuesto alunizaje correspondían en realidad a una filmación de Stanley Kubrick, cosa que el director habría admitido después en El resplandor (¿acaso no se han fijado en que el “All” de All work and no play makes Jack a dull boy se parece mucho a A11, abreviatura de Apolo 11?).
En Los falsarios no hay conspiraciones propiamente dichas (aunque, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, en una nota al pie el vallisoletano cuestiona la causa oficial de la muerte de Gustave Flaubert y se sirve de Edmond de Goncourt para plantear una teoría alternativa); lo que sí hay es una sociedad secreta cuyos miembros intentan imponer una realidad paralela a través de una serie de libros apócrifos. Los falsarios de la Luna pretendían “desenmascarar el cientifismo oficial y bromear con la seriedad sacerdotal e impostada de los sabios astrónomos”; para ello, en 1835, A. Lock, creador de tan extraña sociedad, se aprovechará de la buena reputación del prestigioso astrónomo sir John Herschel y difundirá, en su nombre, la idea de que la Luna estaba poblada por algunas especies animales similares al ser humano: los andro-selenios o selenios a secas, una especie de hombres alados; los vespertillos, parecidos a los andro-selenios pero con pelo; y los castores.
Los falsarios contaron en sus filas con figuras célebres como Edmond de Goncourt, Jean Lorrain y tal vez el mismísimo Proust. En nuestro país destacan los escritos del abate Marchena, traductor, entre otros, de Rousseau, Molière y Verlaine. Según cuenta la novela, el insigne abate consignó en su diario lo que vio en su viaje a la Luna en 1786. Llegó allí ni más ni menos que en globo, como el protagonista de La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall, relato que, por cierto, Edgar Allan Poe pretendió hacer pasar por una noticia real. En este sentido, Poe fue un falsario en toda regla aunque no se incluya en la nómina de farsantes de la novela. En Los falsarios hay un juego constante entre ficción y realidad, entre lo real y lo apócrifo, y es posible que el lector se pregunte con frecuencia si lo que está leyendo ocurrió de verdad o pertenece al ámbito de la caprichosa fantasía. Lo cierto es que poco importa. Como decía el genial Umberto Eco, “los libros no están hechos para ser creídos, sino para ser sometidos a investigación”, y esta novela de García Ortega se presta, y mucho, a las labores detectivescas. La narración está sembrada de pistas, y también las ilustraciones que la acompañan, y, si el lector acepta el juego literario que le propone el autor, comprobará que lo que parece producto de una fantasía desatada se acerca más a la realidad de lo que se podía imaginar. De hecho, la farsa consumada por A. Lock en la novela se parece mucho al engaño perpetrado por un periódico neoyorquino en 1835.
García Ortega ha contado que en esta novela pretendía hacer algo perequiano. Siempre le han interesado los libros que llevan a otros libros y crean su propia realidad, como ocurre en El viaje de invierno, de Georges Perec, que trata del hallazgo de un poemario de un tal Hugo Vernier que contenía algunos versos que más tarde asumirían como propios Verlaine, Baudelaire, Rimbaud o Mallarmé. Según esto, los poetas malditos serían en realidad unos plagiarios. O tal vez fue al revés y fue Vernier el que plagió “por adelantado” aquellos versos que años después verían la luz… Los falsarios pertenece a la tradición de OuLiPo, Borges y el citado Eco, a quien en una ocasión García Ortega calificó de “gran maestro y sabio enredador”. Hay, además, precedentes de esta novela en otras obras anteriores del autor, como Lobo y, sobre todo, La luz que cae. En esta última, protagonizada por un pensador japonés del siglo xviii, el novelista se inventaba toda una doctrina filosófica a medio camino entre el pensamiento occidental y el oriental.
En esta ocasión, la novela no tiene tanta enjundia, es más puramente lúdica, aunque no por ello sea frívola. El humor es sin duda su ingrediente principal, pero eso no le impide a García Ortega abordar temas más serios. La organización social de la Luna imaginada en el libro de uno de los falsarios, Émile-Marie Wolf, es una reproducción casi exacta de la sociedad parisina. En estas páginas, para mí las que tienen un mayor interés, el autor le hace decir: “Los ricos y los pobres se divierten como aquí, despreciándose, aunque ambos mundos se ignoran mutuamente tanto en la Tierra como en la Luna.” En el libro de Wolf hay un capítulo llamado “Asesinatos de burgueses en la luna” donde se afirma: “es un artículo de lujo, el burgués, cuando grita ‘¡Libertad!’, con voz de máquina, en determinadas revoluciones para poder justificarse cuando tenga que pisar con su bota a otros individuos de peor condición social, caso, por ejemplo, de sus empleados”.
Con todo, con tanta digresión en forma de nota al pie y tantos senderos que se bifurcan, he acabado con la sensación de que el laberinto borgiano construido por García Ortega daba muchas vueltas sobre lo mismo. El constante vaivén entre hechos reales y ficción literaria termina resultando agotador. Aun así, es de celebrar que un escritor confíe de esta forma en la complicidad del lector y lo saque del rol pasivo al que con frecuencia se ve reducido. También va a contrapelo en otro sentido: ahora que parece haber tanta hambre de realidad, Los falsarios es una apuesta firme por la imaginación, cosa no muy habitual en nuestras letras últimamente y que, sin duda, es digna de elogio. ~