Ahmed Fouad Alkhatib (1990) es un activista palestino-estadounidense. Investigador no residente del Atlantic Council, es autor del libro Hamas and its two million hostages, que es el tema de esta conversación que hicimos por videollamada.
El libro es una mezcla de autobiografía y análisis.
Una de las cosas que he intentado hacer en los últimos tres años es señalar un vacío en el debate: escasean quienes están dispuestos a abordar el papel destructivo y dañino de Hamás para el proyecto nacional palestino. Pero desde un punto de vista palestino, y no solo israelí o antiterrorista.
Quería llenar ese vacío. Me preocupaba mucho el rumbo que estaban tomando las cosas: por un lado, la minimización de Hamás por parte de muchos supuestos propalestinos que decían: oh, esto no empezó el 7 de octubre. Oh, el 7 de octubre fue consecuencia de la opresión. Oh, el 7 de octubre es consecuencia del bloqueo. Oh, esto no va de Hamás.
No era la única actitud.
No: ese era el mejor de los casos. En el peor, había una normalización, una celebración, casi una glorificación total de Hamás, de un modo que me pareció enormemente alarmante e insólito. Y eso se vio en muchas de las protestas.
También se refleja en algunas encuestas. En mayo de este año, el 44% de los musulmanes estadounidenses le dijo a Pew Research que apoyaba a Hamás. Y algo así como el 40% de los menores de 35 años encuestados por Harvard a principios de este año tenía una opinión favorable de Hamás.
¿Cuál era el mensaje que quería transmitir?
Además de describir la criminalidad de Hamás en varios capítulos, quería hablar de sus orígenes, contar cómo llegó al poder, cómo se relacionó con Oslo y con la segunda intifada, y cómo se hizo con Gaza y nos condujo adonde estamos. Hay dos temas o tesis principales que el libro intenta defender.
La primera es que, dentro del desequilibrio de poder entre Israel y los palestinos, sigue habiendo mucho espacio para la agencia, la responsabilidad y la rendición de cuentas palestinas, para tomar mejores decisiones y lograr mejores resultados. El 7 de octubre fue una elección. No tenía por qué ocurrir.
No decir sí en Camp David en 2000 fue una elección. No decir sí a la propuesta de Olmert en 2008 fue una elección. Socavar Oslo en los noventa con atentados suicidas y propiciar el ascenso de Netanyahu fue una elección.
Y tenemos que dejar de culpar a todos los demás de nuestros problemas. Sí, somos víctimas de injerencias externas, incluidas las de los árabes, los musulmanes, los países donantes europeos y, desde luego, la postura de Estados Unidos, etcétera. Pero también somos víctimas de nuestras propias decisiones, que han sido horrendas.
¿Y la segunda idea?
Nunca habrá ningún avance en el conflicto ni en su resolución, sobre todo de un modo mínimamente favorable para los palestinos, mientras no haya un cambio y un impulso, un cambio en Gaza; hasta que no resuelvas Gaza y compenses los últimos veinte años en los que Hamás ha estado defendiendo, en la práctica, la causa contra la soberanía palestina, contra la estatalidad palestina, contra casi la propia condición de nación palestina.
Y no digo que yo esté de acuerdo con eso. Digo simplemente que así lo ven los israelíes y buena parte de la comunidad internacional de desarrollo, porque Gaza ha recibido en los últimos veinte años bajo Hamás más ayuda y fondos al desarrollo per cápita que ningún otro lugar del mundo. ¿Y adónde fue todo eso?
Ese dinero acabó contribuyendo a afianzar a Hamás. Yo quiero que Gaza se convierta en el orgullo del pueblo palestino, en algo mucho más atractivo e inspirador para los palestinos; que se gane la confianza de los israelíes, la confianza de los donantes árabes e internacionales; que demuestre que hemos evolucionado, que tenemos un proyecto de nación definido por quiénes somos como pueblo y no por nuestra perpetua oposición a Israel.
Gaza tiene la oportunidad de definir lo que defendemos, en lugar de aquello a lo que nos oponemos. Ese es el segundo tema que quería plantear en el libro. Y decidí que fuera un libro corto: digerible, ligero, accesible.
Empieza diciendo que el 7 de octubre puso su vida patas arriba, ¿no?
Sí, sí, totalmente. Porque se juntó lo personal con la historia y con lo profesional, todo convergió, y este conflicto se convirtió de algún modo en mi vida.
También cuenta que ha perdido a más de treinta familiares, muertos a manos de las Fuerzas de Defensa de Israel. Vista desde fuera, la masacre del 7 de octubre fue una gran victoria táctica para Hamás, que imagino que ha aumentado su prestigio en ciertos ámbitos. Pero en Gaza hay gente que siente que está sufriendo mucho por eso. La visión desde allí es distinta a la que se tiene fuera, dice.
Hamás ha logrado exportar su relato al resto del mundo a costa de los israelíes muertos el 7 de octubre y, desde luego, de las decenas de miles de palestinos muertos desde entonces. Y hay una desconexión en el debate entre cómo lo viven los palestinos en Gaza y cómo lo vive la comunidad propalestina en el extranjero. Es algo muy frustrante, muy artificial. La gente no es consciente del altísimo coste, no solo de las consecuencias del 7 de octubre, sino de la totalidad de los últimos veinte años bajo Hamás.
Así que desde el 7-O has tenido la devastación, la muerte, el miedo, el desplazamiento, el hambre, la destrucción, y todo eso llega después de casi veinte años de gobierno de Hamás, de guerras, restricciones, imposibilidad de viajar libremente y límites continuos a lo que se puede y no se puede hacer, por no hablar de la islamización de la sociedad. No es solo cómo Hamás se relaciona con los judíos y con el Estado judío de Israel: tiene un efecto corrosivo sobre el tejido de la propia sociedad. Es frustrante, indignante, exasperante que mucha gente no entienda lo horrendo que ha sido el impacto de Hamás; y que, por desgracia, Hamás no solo tuviera éxito táctico el 7 de octubre, de un modo que engañó a la gente haciéndole creer que había algo detrás, sino que también triunfara desde el punto de vista del relato, de la propaganda, de las relaciones públicas, consolidando el llamado relato de la resistencia, que los palestinos han probado en distintas versiones durante ochenta años. No los ha llevado a ninguna parte. Cuanto más resistimos, más gente perdemos, más tierra perdemos, más controlan los israelíes nuestras vidas y menos perspectivas de futuro tenemos.
A Hamás le ayudó el deseo de fragmentar el movimiento palestino. Algunos en Israel decían: si Hamás es más fuerte, debilitaremos la posición de Fatah.
Hamás fue un tonto útil, en el sentido de que sirvió a los intereses de sectores de la derecha y del Gobierno israelí que pensaban que podía resultar conveniente para frustrar la posibilidad de establecer un Estado palestino y cualquier atisbo de unidad política entre las distintas facciones palestinas. Para poder afirmar, y afirmar con razón, por desgracia, que no había un interlocutor unificado para la paz. Ahora bien, la deslegitimación de la Autoridad Palestina en Cisjordania se debió en parte a esa forma de pensar en sectores del Gobierno israelí y del entorno del primer ministro Netanyahu, que creen que un Hamás fuerte que gobierna en Gaza debilita a la Autoridad Palestina en Cisjordania, que ha renunciado a la violencia.
No adopta la lucha armada. No abraza el deseo perpetuo de destruir Israel, aunque la Autoridad Palestina tenga todo tipo de problemas, y no solo la corrupción. Podríamos hablar de un montón de cuestiones que podría abordar, pero estratégicamente es lo más parecido que tenemos a un frente palestino que esté de verdad comprometido con una solución política.
Eso es lo más trágico. Para mí, el hecho de que el propio Netanyahu apoyara a Hamás bastaba para deslegitimarlo, para dejarlo en evidencia como un instrumento ante la comunidad propalestina. Y, en cambio, eso se pasó por alto.
Se ignoró. Lo dejaron de lado amplios sectores de este supuesto movimiento, periodistas, académicos, activistas, manifestantes y universitarios incapaces de entender que el hecho de que Hamás haya sido favorecido en parte por sectores de la extrema derecha israelí implica por definición que no es una resistencia real u orgánica. Nunca he oído hablar de un Estado que apoye una resistencia contra sí mismo, salvo que creyera que podía manipularla, jugar con ella y moverla a su antojo.
Y, sin embargo, por desgracia, la gente quedó hipnotizada por el derramamiento de sangre y por el espectáculo que montó Hamás por su cuenta, pero con la ayuda masiva de Al Jazeera y los medios cataríes. Y ahí es donde creo que los islamistas, los cataríes, los Hermanos Musulmanes, gente instalada en Reino Unido y Turquía y algunos de esos sectores han sido excepcionalmente devastadores para el pueblo palestino.
Su posición como activista palestino es muy singular. No sé si a veces se siente aislado o acosado, porque imagino que ahora debe de ser muy difícil.
Es difícil, es peligroso, porque mucha gente tiene un marco de verdad única, de verdad absoluta, mientras que yo creo que hay múltiples verdades o, mejor dicho, que varias cosas pueden ser ciertas a la vez. Por un lado, existe sin duda una culpabilidad y una responsabilidad del Estado de Israel y del ejército, eso ni se discute. Lo he dicho con mucha claridad. Pero de eso habla todo el mundo. Ahí no aporto nada original.
Pero, por otro lado, no veo las acciones de Israel en el vacío o aisladas de las acciones de Hamás. No tendríamos esta guerra si Hamás no hubiera perpetrado el ataque del 7 de octubre. Gaza no estaría donde está si Hamás no hubiera decidido malgastar los últimos veinte años despilfarrando decenas de miles de millones, quizá cientos de miles de millones, y destruyendo la aspiración palestina a un Estado.
No estaríamos aquí si hubiéramos aprovechado la oportunidad de implicarnos, al margen de cuáles fueran las intenciones del entonces primer ministro Ariel Sharon con la retirada de 2005. Era una oportunidad para convertir Gaza en algo distinto y ponerla en otra senda. Y, de paso, para ofrecer una imagen convincente: así es como podría ser una Cisjordania sin ocupación.
Esto es lo que podemos hacer cuando se nos da una oportunidad justa. Hamás es una de las peores cosas que le han pasado nunca al pueblo palestino.
Hay quien señala que Israel creó a Hamás, que lo ha financiado.
Tampoco es eso. Quiero que asumamos la responsabilidad… Sí, sectores de Israel, sin ninguna duda, querían que Hamás creciera y prosperase y demás. Pero Israel es también un Estado con múltiples instituciones y corrientes de pensamiento.
No hay un Israel único. Cuando la gente habla de la Autoridad Palestina, está hablando de Abu Mazen o de una o dos personas que la dirigen. En Israel hay muchísimos fragmentos distintos.
Ni siquiera puedes decir “Israel hizo esto, Israel hizo aquello”. Y hablas de elecciones, de este Gobierno. Mientras que en Gaza fueron dos psicópatas los que la llevaron al matadero: Deif y Sinwar.
Y eso, para mí, es mucho más letal que cualquier otra cosa. Bibi vendrá y se irá. Olmert viene y se va. En Israel hay una especie de proceso institucional. Hay una tradición democrática. Hay un Estado.
Pero a nosotros nos gobiernan facciones, individuos, ideologías, sectas. Y eso es mucho más duradero, destructivo y corrosivo, de un modo que me parece extraordinariamente devastador para el pueblo palestino. Y no lo digo desde el punto de vista de Israel. Lo digo desde el interés propio palestino. Es desesperante que la gente se limite a decir y repetir las mentiras. Los intelectuales palestinos repiten las mentiras una y otra vez.
Repiten las mentiras de que éramos tan asombrosos, de que los palestinos llevan allí miles de años, de que Jesús era palestino, de que éramos los cananeos y los semitas, y tal y cual. Llevamos allí generaciones y siglos. Vale, lo entiendo. Pero hay también una idea de dar una apariencia de unidad, de callar. Incluso gente a la que no le gusta Hamás, como los cristianos palestinos, no va a querer hablar de Hamás en público, por estrategia. En privado es otra cosa.
De puertas afuera, el relato es: el 7 de octubre estuvo mal, pero ¿qué esperabas que pasara si sometes a la gente a un bloqueo? Y entonces piensas: bueno, ¿y por qué había un bloqueo? Quizá porque Hamás dijo que iba a pasar armas de contrabando, a lanzar cohetes y misiles, a construir túneles, a construir… y a atacar a Israel, y que quiere destruir Israel.
Y además Hamás se presentó a las elecciones legislativas, Hamás llevó a cabo un ataque transfronterizo en 2006 para secuestrar a un soldado israelí. Y Hamás se hizo con Gaza en 2007.
Usted pidió asilo ese año.
El día de mi entrevista de asilo, el 14 de junio de 2007, fue justo el día en que Hamás tomó el poder.
Hay una falta absoluta de voluntad por parte de la clase intelectual o política palestina, o por parte del enorme complejo industrial de la comunidad propalestina, ya sea en la academia o en el periodismo, de examinar críticamente acciones y reacciones, decisiones y consecuencias, elecciones y prioridades, e implicaciones. Siempre llegan a describir el punto final, la consecuencia, pero nunca hay voluntad de recorrer el camino hacia atrás: ¿cómo empezó esto? ¿Cómo empezó?
Y es profundamente descorazonador, y nos ha llevado y nos seguirá llevando al abismo hasta que no despertemos y cambiemos de rumbo rápidamente. Y eso es lo que intento hacer en general en buena parte de mi trabajo.
¿Y qué cree que haría falta? Además de la actuación israelí, hay, en la práctica, una dictadura en Gaza, donde el gobierno de Hamás no deja espacios para la disidencia. Y además está el problema de la discontinuidad geográfica en toda Palestina, incrementada por los colonos.
El primer paso es un cambio de relato. ¿Cuál es la visión palestina? ¿Cuál es el proyecto nacional palestino? ¿Qué intentamos hacer? ¿Cuál es el objetivo? ¿Cuál es la meta? Eso, lo primero. No ha habido introspección palestina, ni examen de conciencia, ni reconciliación interna, ni evaluaciones internas de los errores anteriores e históricos.
Te darán un montón de excusas sobre por qué es difícil hacerlo, por qué no se puede hacer. Pidamos cuentas a Hamás por la destrucción de Gaza y por servir a nuestro pueblo en bandeja al Gobierno más ultraderechista de la historia de Israel. Pero empieza por la rendición de cuentas. Y, por articular un proyecto, una visión y quiénes somos. Ese es el primer paso.
¿Cuál es el segundo?
Una política concreta y pragmática que no esté motivada por la ideología, que no esté motivada por el antisionismo. El antisionismo, a grandes rasgos, es esa idea general de que Israel se va a ir a alguna parte, o de que puedes destruir Israel, o hacerlo desaparecer a base de sanciones, de deslegitimación o de boicots. Y una vez que aceptas que hará falta a la vez separación y también algunos ámbitos de cooperación con Israel, creo que con el tiempo, en unos cinco años, podemos darle la vuelta a la situación en Gaza.
Y, desde luego, en parte en Cisjordania, en cuanto al relato, la política y la actitud. Y en diez años creo que podríamos tener un marco convincente para, o bien haber ganado para entonces a sectores de la sociedad israelí que están escépticos y traumatizados por el 7 de octubre, la segunda intifada y veinte años de Hamás, pero que aun así entenderán que no se puede mantener esa situación; o bien, si la sociedad israelí no tiene remedio, aprovechar la diplomacia internacional y sus herramientas para presionar a Israel y decir: “No, estamos listos para avanzar en otra dirección. Mirad Gaza y cómo le hemos dado la vuelta. Mirad cómo hemos pasado del relato de la resistencia al de la construcción nacional.” La construcción nacional no va solo de lo material, sino del individuo, del capital humano, de las instituciones, del sistema de valores, de quiénes somos como pueblo, como sociedad.
Eso nos llevará, ojalá, a la realidad de paz y convivencia que tanto necesitamos. Así que, en medio de todo el horror, y créeme que hay muchísimo horror cada día, en todas partes, sí veo un camino pragmático y realista hacia delante, pero, insisto, empieza por un cambio de relato, por bajar la temperatura y por una disposición emocional a dar un paso atrás y pensar de otra manera.
Ha mencionado el problema del marco antisionista. Dio una conferencia sobre esa idea hace poco en Princeton.
A grandes rasgos, el debate ha degenerado de dos Estados, dos pueblos, a todo es antisionismo, desde el río hasta el mar, destruir Israel, volved a Polonia, volved a donde sea; nunca te dirán volved a Egipto, Siria, Líbano, Irak o Marruecos. Es muy frustrante este marco antisionista, porque quizá tuvo un lugar en el debate como algo discutible, pero ahora mismo es una cuestión irrelevante. Los judíos y los israelíes tienen sus propias opiniones sobre el sionismo, y significa cosas distintas para distintas personas, pero yo hablo desde el punto de vista palestino, o desde el punto de vista propalestino: el antisionismo encierra el conflicto en un ciclo perpetuo de guerras eternas, y no va a haber una desionización de Israel ni del pueblo judío. Es un hecho consumado: Israel es una realidad sobre el terreno que no va a desaparecer, así que ¿por qué perdemos el tiempo con esta construcción teórica completamente inalcanzable que solo prolonga nuestro sufrimiento? Y eso es, para mí, el pragmatismo radical.
Hay distintos niveles: algunos pueden evolucionar y decir que quieren abrazar a los israelíes, cooperar con ellos y vivir cerca de ellos, pero el peldaño más bajo de esa escalera es simplemente la disposición mínima a aceptar que no puedes deshacerte de Israel, que Israel es la realidad y ha venido para quedarse, y que, aunque tú no quieras ser sionista, tienes que adoptar un enfoque postsionista que se deshaga de las fantasías de destruir Israel; no solo porque parte del antisionismo haya conducido a actos de violencia y odio moralmente reprobables, sino porque es devastadoramente inútil, antiestratégico y contraproducente. Hacia ahí tiene que moverse la conversación en la sociedad palestina. Y, por desgracia, a veces hay ideas poco útiles en el lado proisraelí, o en el lado judío, según las cuales la solución al antisionismo es que todo el mundo se haga sionista, y eso tampoco lo acepto. Hay muchos palestinos cuyos abuelos han muerto o se están muriendo, pero seguimos hablando de recuerdos relativamente frescos de lo que ellos sienten como un agravio y una injusticia históricos cometidos durante la creación de Israel.
Podemos hablar de los errores y horrores árabes, podemos hablar de por qué no se aceptó la partición del 47, podemos hablar de todo tipo de errores que se cometieron entonces, pero seguimos hablando de gente a la que, durante generaciones, se le ha enseñado el relato de la Nakba. Va a ser mucho pedir que se desprendan de él de inmediato, aunque yo también hablo de la necesidad de renunciar al derecho de retorno, que es una fantasía; debería haber un derecho de retorno al Estado palestino. Y eso es, para mí, pasar a un marco postsionista.
Dice que debería haber un derecho de retorno para los palestinos a un hipotético Estado palestino, no a Israel.
No a Israel, sí. Y rezo por que palestinos e israelíes puedan visitarse sin violencia y estar en contacto estrecho, pero Israel no va a aceptar una realidad en la que demográficamente no sea judío, porque eso dejaría obsoleto el sentido mismo del proyecto sionista.
Otro de los asuntos es el desarme de Hamás.
Creo que es posible hasta cierto punto, aunque ahora mismo estamos en un punto muerto, porque a Hamás le inquieta entregar sus armas antes del desarme de las milicias o los clanes. Sabe que se vengarán de lo que les hizo.
Por otro lado, los israelíes han pagado un precio elevado, político, militar y de otro tipo, por controlar las partes de Gaza que controlan ahora. No están dispuestos a retirarse a cambio de promesas teóricas o de lo que consideran un proceso de desarme dudoso. Así que Hamás insiste en que tiene que haber un desarme generalizado, e Israel quiere un desarme completo antes de retirarse.
Y luego están las elecciones israelíes, que algunos creen que son una hoja de parra, una excusa para retrasar las cosas en Gaza. Algunos creen que Netanyahu y otros no pueden permitirse aparecer como quienes se retiraron de Gaza justo antes de unas elecciones decisivas. Y está además la incapacidad de la Junta de Paz para crear hechos sobre el terreno, como una nueva fuerza palestina, una fuerza policial, o un contingente suficientemente grande de la Fuerza Internacional de Estabilización. Desde distintos frentes, tienes un acuerdo político amplio en principio para el desarme, pero no tienes realmente los medios ni los mecanismos para imponerlo políticamente, impulsarlo o hacer que ocurra de verdad.
Insiste en la idea de la responsabilidad, y a veces algunas de las soluciones sobre las que lees en la prensa occidental tienen un aire neocolonial. Por ejemplo, el proyecto de Trump del resort en Gaza.
Yo apoyo el capitalismo, pero quiero un capitalismo que funcione para la gente de Gaza, que la saque de la pobreza, que la libere de la dependencia de la UNRWA, la ONU y las ONG. Soy muy escéptico respecto a esa idea de que puedes convertir Gaza en un resort y que eso de algún modo traerá prosperidad real, desradicalización o la creación de una visión nacional palestina verdaderamente convincente.
Eso puede formar parte del conjunto de medidas para cambiar Gaza geográfica, económicamente y en otros sentidos. Pero no creo que ese enfoque y esa actitud sean lo que de verdad vaya a transformarla. Y, por desgracia, casi huele a capitalismo buitre. Da muy mala imagen, porque la gente sigue viviendo en tiendas de campaña. Siguen sin haber enterrado a todos sus muertos. Sigue habiendo mucho trauma, miseria, sufrimiento, penurias e incertidumbre. Eso es lo trágico de todo esto ahora mismo.
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