Publicada en 1952, Al este del Edén constituye una de las empresas artísticas más ambiciosas del estadounidense John Steinbeck (1902-1968), quien obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1962. Estamos ante una novela que aspira a contener dentro de los confines de una saga familiar las dudas esenciales sobre el bien y el mal, la culpa y la libertad, la responsabilidad y la posibilidad de cambiar, y que se ambienta en el valle californiano de Salinas, donde Steinbeck creció y localizó buena parte de los materiales de su escritura. Esta obra monumental sigue las vidas entrelazadas de dos clanes, los Trask y los Hamilton, a lo largo de varias décadas: un vasto horizonte narrativo que se nutre de la historia de Estados Unidos, de la memoria personal del autor pero sobre todo del relato bíblico de Caín y Abel, que resurge bajo múltiples formas en las relaciones entre padres e hijos, hermanos y amantes. Más que reproducir una anécdota ancestral, no obstante, Steinbeck la convierte en una pregunta que cada generación debe contestar por cuenta propia.
Inspirados en la parentela materna del escritor, los Hamilton aportan a la novela una dimensión de trabajo, sabiduría práctica y arraigo. Patriarca imaginativo y generoso de una estirpe numerosa –nueve hijos entre los que está Olive, reflejo fiel de la madre del autor–, Samuel Hamilton recoge características del abuelo materno real: es un hombre capaz de transformar la precariedad en invención y de encontrar en la conversación una manera de resistencia frente a las adversidades. Su inteligencia no proviene de los libros –aunque no le falte curiosidad intelectual– sino de una disposición abierta ante el mundo. Samuel observa e indaga, ensaya soluciones y acepta que la existencia rara vez brinda respuestas definitivas. En su figura confluyen la vitalidad de quien se asume parte de una comunidad y la lucidez de quien reconoce los límites de sus propias fuerzas. Frente a los secretos, las rivalidades y los resentimientos que marcan a fuego a los Trask, los Hamilton representan un modo de convivencia que no elimina el sufrimiento pero permite mirarlo sin trocarlo necesariamente en condena.
Por el contrario, la historia de los Trask inicia bajo el signo del agravio y la preferencia. Cyrus Trask, padre de Adam y Charles, ejerce una autoridad cuya legitimidad está contaminada por la falsificación de su pasado militar como héroe de la Guerra de Secesión, por el origen corrupto de su fortuna y por el afecto desigual que prodiga a sus hijos. Adam, el mayor, recibe una atención que Charles, el menor, considera una injusticia; este último, más impulsivo y posesivo, responde con una mezcla de odio y violencia. El antagonismo entre ambos nace no de una diferencia sustancial de carácter sino de la interpretación que cada uno hace del amor paterno. Charles puede poseer fuerza, decisión y una capacidad extraordinaria para el trabajo, pero la sospecha de no haber sido elegido lo acompaña como una lesión que determina su nexo con Adam. Cyrus, por su lado, no puede reconocer hasta qué punto sus predilecciones han contribuido a fomentar la animosidad que separa a sus hijos. La familia construye así el primer escenario donde el cariño se confunde con el poder y donde una injusticia real o percibida empieza a condicionar los vínculos futuros.
La historia de Adam y Charles prolonga la enemistad de Caín y Abel, aunque Steinbeck evita reducir a sus personajes a meras equivalencias bíblicas. Los medios hermanos tejen un lazo complejo en el que la ternura y la vehemencia, la admiración y el rencor, se alternan sin cancelarse. Charles es capaz de una ferocidad que Adam difícilmente comprende, pero también de una lealtad cuya expresión permanece casi siempre oculta. Adam, por su parte, no es un dechado de inocencia absoluta: su pasividad, su tendencia a refugiarse en las ilusiones y su dificultad para captar las señales que contradicen sus deseos también tienen consecuencias. La historia se repite más adelante en el nexo entre Aron y Caleb, los hijos gemelos de Adam, cuya rivalidad vuelve a poner en circulación la distribución dispar del amor paterno. Aron encarna una pureza idealizada que Adam procura proteger; Caleb, más revoltoso y consciente de sus propias paradojas, busca el reconocimiento que teme no merecer. El relato bíblico constituye así una estructura que cruza las generaciones sin imponerles un destino inmutable, una cámara de resonancia donde las iniciales A y C se reiteran en un cuarteto de hombres atormentados.
En ese intrincado ecosistema familiar, Lee ocupa un lugar cardinal. Sirviente de Adam y luego figura paterna para sus hijos, este inmigrante chino desafía los prejuicios raciales de su época mediante un razonamiento crítico que el entorno se resiste a admitir. Su manera de hablar, su conocimiento de la literatura y su reflexión sobre las tradiciones culturales lo erigen en uno de los centros intelectuales de Al este del Edén. Lee comprende que las historias heredadas pueden funcionar como instrumentos de sometimiento y como fuentes de emancipación. Su lectura del mito primigenio del nomadismo (Abel) y el sedentarismo (Caín), elaborada junto con Samuel Hamilton y otros interlocutores, permite descubrir en la palabra hebrea timshel (“Tú puedes”) una posibilidad que modifica el sentido de la historia: el ser humano no está condenado a repetir la conducta de sus antepasados. Lee ofrece a Caleb una perspectiva desde la cual examinar sus impulsos y entender que las circunstancias de su vida no esclarecen por sí solas la totalidad de sus actos. Su papel trasciende el de consejero: es quien ayuda a desmontar la noción de que el pasado contiene una sentencia categórica.
La irrupción de Cathy Ames en la vida de Adam y Charles, tras ser golpeada brutalmente por Edwards, el proxeneta engañado y manipulado por ella, introduce una fuerza de naturaleza distinta y altera salvajemente el sistema de correspondencias diseñado por Steinbeck. Adam acoge a la joven prostituta herida y decide protegerla, persuadido de que su fragilidad exige cuidado. Charles, en cambio, desconfía de ella de entrada y percibe en su proceder algo que no logra explicar. La diferencia entre ambos revela una vez más la distancia entre la realidad y el deseo: Adam ve en Cathy lo que necesita ver, mientras Charles presiente que detrás de su apariencia se oculta una voluntad ajena a las formas habituales del afecto. Adam se casa con ella y crea a su alrededor una existencia imaginaria, sostenida por la esperanza de que el amor bastará para reconfigurar el pasado. Cathy acepta ese proyecto sin compartirlo. Su embarazo y el nacimiento de los gemelos Aron y Caleb no modifican su vínculo problemático con la maternidad; poco después de dar a luz, dispara contra Adam y abandona a los hijos a quienes no pudo abortar pese a insertarse una aguja de tejer. La escena destruye la ficción doméstica que Adam había levantado y deja al desnudo la distancia entre amar a una persona y amar la imagen que se ha construido de ella.
Cathy Ames es una de las creaciones más perturbadoras de Steinbeck por su habilidad para detectar las debilidades ajenas y convertirlas en herramientas de dominio. Su ingenio le permite manejar los deseos y las expectativas de quienes la circundan, pero esa lucidez práctica contrasta con su incapacidad para ver a los demás como individuos con una vida interior propia. En Cathy, la crueldad aparece no como una reacción pasajera ni como simple defensa frente al dolor, sino como una energía que organiza su relación con el mundo. Su singularidad emana de la ausencia de una causa racional para su comportamiento. Steinbeck la presenta desde la infancia como una criatura presta para mentir y causar daño con una frialdad que desconcierta a quienes buscan en ella una señal de aprecio. Sus actos carecen de una injuria clara que los justifique y tampoco derivan de un ímpetu de supervivencia. Cathy personifica el mal en estado puro: una potencia demoledora que no concede la menor compasión a sus víctimas. Su hijo Caleb comparte parcialmente su agudeza: también sabe leer los deseos de los otros y puede recurrir al engaño cuando teme perder el afecto que necesita. La similitud es fundamental porque Cathy simboliza una proyección extrema de lo que Caleb teme llevar dentro de sí mismo, además de que porta un nombre con la misma inicial.
Steinbeck llegó a describir a Cathy mediante una imagen de privación radical: “Su vida se cifra en vengarse de otras personas por una vaga sensación de carencia. En cierto sentido un hombre que nace ciego debe odiar y codiciar los ojos al mismo tiempo. Un hombre ciego es capaz de querer extirpar todos los ojos del mundo.” La estremecedora metáfora de la ceguera ilumina la lógica de Cathy, que vive en ámbitos oscuros como vampiro, debido tanto a su creciente paranoia como a la artritis que trae aunada una fotofobia progresiva. La felicidad ajena le recuerda aquello de lo que se siente excluida y despierta en ella el afán incontrolable de suprimirlo. La envidia deja de ser el anhelo de poseer lo que otro tiene y se transforma en la voluntad de aniquilarlo. Charles y Caleb sufren por la comparación con sus hermanos; Cathy lleva esa experiencia al extremo y hace pagar a los demás por un vacío que jamás consigue nombrar. En ella el agravio no tiene una finalidad reparadora: la destrucción se basta a sí misma, es un caos autosuficiente.
Tras abandonar a Adam y a sus hijos, Cathy se desdobla como Kate y se vuelve la propietaria del prostíbulo de Salinas. Para alcanzar esa posición se gana el amor y la confianza de Faye, la dueña del establecimiento, a quien envenena para luego usurpar su sitio. Desde allí administra las pulsiones y humillaciones de los hombres que acuden al local mientras mantiene un desdén casi total por las secuelas morales de sus actos. La noticia de su existencia termina por alcanzar como una bala a Aron, el hijo que Adam ha amparado con especial devoción. El descubrimiento de la identidad real de su madre destruye el ideal de pureza en que el joven había encontrado refugio. Incapaz de conciliar esa revelación con la imagen que tenía de sí mismo y su familia, Aron se alista en el ejército durante la Primera Guerra Mundial y muere en el frente. Su deceso devasta a Adam y desencadena en Caleb una culpa que no puede resolverse solo mediante una confesión. Caleb había referido a su hermano la verdad sobre Cathy movido por el resentimiento, pero las consecuencias de su acción exceden cualquier cálculo. Steinbeck muestra así que la verdad también puede ser un instrumento de daño cuando se usa para herir, y que el arrepentimiento no borra automáticamente el sufrimiento causado.
Abra Bacon, la novia de Aron, adquiere una importancia central en la evolución de Caleb. Aunque al principio participa de la idealización que rodea a su novio, Abra comienza a reconocer las limitaciones de esa imagen y se acerca a Caleb, cuya vulnerabilidad le deja advertir una humanidad que el joven procura esconder tras sus actos impulsivos. El nexo entre ambos no funciona como una absolución sentimental: Abra no borra la herida infligida ni brinda a Caleb una inocencia recuperada por mediación del amor, sino que lo ayuda a distinguir entre sus faltas y su identidad. Caleb empieza a comprender que el parecido con Charles o Cathy no lo condena a reproducir sus vidas, del mismo modo que el ideal de Aron no constituye una medida absoluta del valor humano. La proximidad de Abra le permite contemplar sus contradicciones sin trocarlas en una definición irrevocable de sí mismo.
El título de la novela remite al episodio en que, tras matar a Abel, Caín es interrogado por Dios con una pregunta que ha atravesado siglos de interpretación: “¿Dónde está tu hermano?” A lo que Caín replica con otra interrogante: “¿Acaso soy yo su guardián?” Steinbeck recoge esa tradición y la instala en el núcleo de una exploración sobre la responsabilidad individual. La rivalidad fraterna puede repetirse, los padres pueden transmitir sus preferencias y sus rencores, las circunstancias pueden estrechar el horizonte de una persona: sin embargo, esos condicionamientos no implican un esclarecimiento cabal de sus actos. En la interpretación de Lee, timshel expresa precisamente esa apertura: el hombre no está obligado a someterse a sus impulsos ni a perpetuar los errores recibidos. La palabra no promete una libertad sin límites ni efectos: más bien señala la distancia que puede haber entre una inclinación y la conducta que finalmente se adopta. Caleb no puede reparar la muerte de Aron ni borrar la pena provocada pero debe afrontarla y forjar una manera de vivir con tal conocimiento.
La vigencia de Al este del Edén, que ha sido adaptada para las nuevas generaciones en una magnífica miniserie de siete episodios escrita por Zoe Kazan –nieta de Elia Kazan, quien dirigió la versión cinematográfica en 1955–, reside en que sus dilemas no pertenecen exclusivamente a una familia californiana de principios del siglo XX. La necesidad de ser elegido, el miedo a no estar a la altura de las expectativas paternas y la tentación de justificar nuestras acciones mediante los errores ajenas continúan alimentando buena parte de los conflictos humanos. Steinbeck sabe que el mal no siempre cobra la forma de una violencia espectacular: también puede crecer en la comparación constante, en la incapacidad de consentir la felicidad del otro o en el empeño por defender una imagen de nosotros mismos a costa de quienes nos rodean. De igual modo, la bondad no equivale a una pureza incontaminada: Adam, Aron y Caleb fracasan en distintas medidas porque confunden a veces el amor con la idealización, la virtud con la ausencia de paradojas y la culpa con una identidad concluyente. Frente a esas ilusiones, Lee y Samuel ofrecen una sabiduría menos complaciente: vivir exige aceptar la complejidad moral del ser humano y entender que ninguno queda explicado por completo por medio de sus mejores o peores actos.
Al este del Edén instaura su tragedia mediante seres que se duplican, se contradicen y alumbran posibilidades antagónicas y a la vez complementarias. Su grandeza está en mostrar que las circunstancias que moldean a una persona no agotan lo que esta puede llegar a ser. Caleb carga con la hostilidad familiar y la culpa por la muerte de Aron, pero su historia no queda resumida en esas experiencias. A través de timshel, John Steinbeck abre una distancia entre el pasado y el destino, entre la falta cometida y la totalidad de quien la comete. No propone una redención sencilla ni estipula que toda pérdida pueda repararse. Su esperanza es más rigurosa: admitir el daño, asumir sus consecuencias y renunciar a convertir la culpa en una condena perpetua. Al final, la pregunta de Caín deja de incumbir únicamente al relato bíblico o a la familia Trask para dirigirse a cada lector y enfrentarlo con una responsabilidad que nadie puede contraer en su lugar: responder por la manera en que trata a los demás. ~