No es fácil escribir la historia de Vuelta, admite Enrique Krauze en esta conversación con José María Lassalle. Sin embargo, pocos más acreditados que él para trazar el excepcional perfil de la revista: una empresa sin parangón que, además de su vocación literaria y crítica, combatió los prejuicios ideológicos del último cuarto del siglo XX, marcado por el dogma marxista y las ilusiones de la revolución. El fragmento que presentamos es una versión editada del capítulo “La soledad de Vuelta” que forma parte de Spinoza en el Parque México.
Acá tienes el primer número de Vuelta, con sus tres colores mexicanos. Y la frase de la portada: “Estamos de Vuelta.”
Octavio Paz lo explicó en el primer número: “Vuelta, como su nombre lo dice, no es un comienzo sino un regreso.” Volvíamos los de Plural, volvíamos a la esencia de Plural, pero ya no éramos Plural: éramos Vuelta, “la vuelta es cambio y el cambio, vuelta”. Creo además que Vuelta tenía otra significación profunda: la vuelta definitiva de Paz a México. Tengo, como ves, la colección completa. Recuerdo el entusiasmo con que recorrí aquel diciembre de 1976 los puestos de periódicos al sur de la ciudad hasta encontrarla. No imaginaba que, en febrero del año siguiente, gracias a la gestión que yo desconocía de Rossi y Zaid, Octavio Paz aceptaría invitarme a ser secretario de redacción. Ocurrió lo siguiente. Para dirigir la revista, Octavio Paz había puesto como condición que alguien estuviera a cargo de las responsabilidades empresariales y administrativas. El comienzo fue azaroso e incierto. Pronto sucedió que también la secretaría de redacción estaba vacante.
Octavio daba clases en Harvard y, para colmo, en febrero de 1977 le hallaron un cáncer del que debía operarse. Rossi fungía como director adjunto, pero era maestro universitario y no podía ocupar ese cargo de manera permanente. El secretario de redacción, José de la Colina, peleó con Rossi y renunció. Ante esa situación, según supe después, Zaid me recomendó con Paz aduciendo mi experiencia empresarial aunque yo no tenía idea del proceso editorial ni provenía del mundo literario sino del gremio de los historiadores. Rossi secundó la propuesta. A principios de 1977 Rossi me citó en un café para hacerme la proposición: “Es un pequeño barquito”, me dijo. Y sin pensarlo renuncié a ser maestro del Colmex (lo fui solo por unos meses de 1976) y me subí al barquito. En la mañana trabajaba en la empresa familiar, en las tardes trabajaba en la cultura. Pero Vuelta era las dos cosas. Una empresa cultural.
¿Vuelta fue una empresa cultural realmente independiente?
Por supuesto. No era una publicación oficial, ni académica, ni dependía de ninguna empresa o cooperativa. Vuelta fue la primera empresa cultural en la que trabajé. Octavio Paz fue mi primer jefe y el único que he tenido. Vivió primariamente de sus lectores y suscriptores nacionales y extranjeros. Teníamos anuncios de diversas entidades públicas, sobre todo educativas y culturales, pero también de librerías, galerías, pastelerías, joyerías, editoriales privadas de México y de Sudamérica. Tuvimos unos cuantos patronos generosos, pero no dependíamos de ellos. El empresario chihuahuense Eloy Vallina, por ejemplo, nos regaló el moderno equipo de cómpu- to que abatió notablemente nuestro costo de producción. La independencia editorial que ejercimos fue completa, como puede confirmar cualquier persona que la consulte en bibliotecas o en internet. Vendíamos alrededor de doce mil ejemplares. Parecen pocos, pero sumados a los anuncios y suscriptores, incluidos los internacionales que se pagaban en dólares, era un ingreso suficiente para pagar nuestros costos y gastos, y operar con una pequeña utilidad. Y pagábamos las colaboraciones. Esa práctica que comenzó en Plural se volvió aún más profesional en Vuelta. Parece normal, en México no lo era. Lo usual era que los escritores publicaran en suplementos sin cobrar, o cobraran una cantidad simbólica. Lo usual era pensar que los escritores se dieran por bien servidos con verse publicados. Otra costumbre detestable en México era “piratear” textos de publicaciones extranjeras. Bastaba poner “tomado de…”. No solo era poco serio, era ilegal. Plural y Vuelta cambiaron esa práctica y denunciaron el pirateo. Todo lo que publicamos fue con apego estricto a los derechos de autor.
¿Qué modelos siguió Paz para crear Vuelta? ¿Se compara con Plural?
Vuelta, igual que Plural, fue la revista de Octavio Paz. Su marca personal es indeleble. Por eso Vuelta atendía sobre todo a la poesía, el ensayo y la crítica, los géneros preferidos de Paz, sus propios géneros. En conversaciones se refería a otros modelos. Desde luego sus propias revistas, en particular a Taller. Pertenece por igual a la historia cultural mexicana y española. Se fundó en 1938 hacia el final de la Guerra Civil española y en ella publicaron los escritores exiliados junto con autores mexicanos. Taller era deudora de Contemporáneos, otra gran revista literaria moderna de fines de los veinte, pero Taller, que tuvo una vida breve, era más reflexiva y filosófica. Paz era el director y Juan Gil-Albert el secretario. En el consejo editorial destacaban Efraín Huerta y Ramón Gaya. Taller tenía la combinación ideal: pasión política y vanguardia literaria. Taller desapareció en 1941, pero Paz siempre quiso tener una revista. Lo intentó varias veces en los años cincuenta, en los sesenta. Esa persistencia explica la energía y la fe que puso en Plural y mucho más en Vuelta, que era su propia revista. Era su último tren: una revista independiente que fundaba a los 62 años de edad. Y hubo influencias internacionales, como Hora de España y Sur, la revista argentina dirigida por Victoria Ocampo y cuyo secretario de redacción fue José Bianco. Octavio se inspiraba también en la legendaria Partisan Review, que leyó en su juventud, y en Dissent, la revista que su amigo Irving Howe había fundado en 1954 en pleno macartismo. Una revista de izquierda democrática y antiestalinista, incomprendida por la juventud del 68. Howe, por cierto, tenía una definición curiosa de lo que es una revista cultural: “Cuando los intelectuales no pueden hacer otra cosa, fundan revistas.” Buena definición que no aplica a Vuelta, porque Octavio Paz siempre quiso dirigir revistas culturales y en Vuelta teníamos muy claro que nuestro papel público era ese. Por mi parte, no imaginaba ningún destino mejor. Yo hubiera cambiado la definición: “Aunque pueda hacer otras cosas, la mejor opción del intelectual es fundar una revista.”
Pocos escritores, creo yo, hicieron lo mismo, fundar una revista. O, si lo hacían, duraba poco. Aunque, claro, Ortega y Gasset hizo Revista de Occidente. Y hay varios ejemplos en España.
Paz no tenía necesidad de hacer una revista. Hubiera podido dedicarse a dar clases en Harvard y a escribir. Pero sentía la vieja responsabilidad de “hacer algo por México”, por la cultura de México, elevarla, enriquecerla, hacerla crítica, debatiente, exigente. Por eso para Paz hacer una revista era la mejor opción. Y por su linaje. Al escribir su biografía me di cuenta de que Octavio Paz tenía la tinta en la sangre. Su abuelo Ireneo había sido editor de revistas satíricas y periódicos. Su malogrado padre, también. Desde su juventud, Octavio se había imaginado ganándose la vida como editor. Pero, claro, era imposible, porque las revistas efímeras tenían poco público y dependían del subsidio del gobierno o de un mecenas que podía retirar su apoyo en cualquier instante. Así pasó con Taller. En cada década en México se han publicado magníficas revistas, pero les faltaba el filo crítico o la dirección apasionada de un poeta ensayista como Paz. ¿Recuerdas la definición de Borges? “La única manera de hacer una revista es que unos jóvenes amen u odien algo con pasión. Lo otro es una antología.” No era una revista de jóvenes, pero te puedo asegurar que Vuelta era todo menos una antología. Los autores de Plural amaban apasionadamente la literatura, las artes plásticas y la crítica. Sus posturas políticas, sobre todo frente a Cuba, eran dispares. También nosotros en Vuelta amábamos esas variantes de la cultura, pero además amábamos apasionadamente la libertad política y odiábamos apasionadamente las dictaduras y los dogmatismos, incluido el dogmatismo y la dictadura cubana.
¿Tu generación, la del 68, publicó en Vuelta?
Muy poco. “Tu generación vivió demasiado enamorada de la política”, me decía Alejandro Rossi. Tenía razón. La política estuvo quizá demasiado presente en nuestras vidas. Por eso, se dieron pocos (aunque excelentes) poetas, dramaturgos y novelistas, y muchos historiadores, ensayistas y periodistas, la mayoría de los cuales veía a Vuelta como el enemigo ideológico. En el campo de la izquierda, la Revolución mexicana y el socialismo (en todas sus variedades) seguían siendo paradigmáticos. Había diferencias profundas entre la actividad intelectual de mi generación y la de Vuelta. Mi generación dio varios historiadores, pero no publicaron en la revista. Hubo excepciones, como mis amigos y colegas Jean Meyer y Andrés Lira. José Emilio Pacheco publicó el primer año y nunca más. En los primeros años publicaron algunos escritores, como los poetas Esther Seligson y Marco Antonio Campos, el dramaturgo Juan Tovar, los ensayistas Julián Meza y Danubio Torres Fierro (último secretario de redacción de Plural) y el filósofo Hugo Margáin. Varios críticos literarios sudamericanos muy fieles a Vuelta pertenecían a mi generación. Pero no muchos más. El principal escritor de mi generación, Hugo Hiriart, comenzó a escribir en Vuelta hasta 1982. El poeta más destacado, David Huerta, publicó un solo poema en 1986. Elsa Cross más adelante. Por fortuna, la ronda de las generaciones siguió. Dos años después de la fundación, comenzaron a aparecer autores un poco más jóvenes de clara vocación literaria, como Guillermo Sheridan y Adolfo Castañón. Ambos llegarían a ser grandes autores de la revista. Y poco a poco algunos autores aún más jóvenes se acercaron. Ayudó mucho que por ese tiempo, por iniciativa de Zaid, Vuelta convocara a una asamblea de poetas jóvenes, de la cual salió un libro y una camada de colaboradores. Eran por lo general escritores desconectados del mundo académico, nacidos para la literatura, como el poeta Aurelio Asiain, que a mediados de los ochenta llegaría a ser secretario de redacción de la revista y lo sería, de manera brillante, hasta el número final. Otro caso significativo de ese tiempo fue Tulio H. Demicheli, un joven escritor nacido en México que de muy niño había emigrado a España con sus padres a fines de los cincuenta. Después de cursar medicina y participar en la oposición antifranquista, vino a México y trabajó hasta 1985 en Vuelta. Aún no había aparecido Alberto Ruy Sánchez, que fue secretario de redacción entre 1983 y 1986 e imprimió a la revista su genio editorial y su talento literario. En suma, Vuelta era la casa de la literatura en habla hispana y una casa de la literatura universal, eso lo reconocían quienes tenían vocación literaria.
A veces no se entiende la creatividad específica del editor, como la que tuvo Paz con Vuelta.
En palabras de Gabriel Zaid esa creatividad consiste en “animar la conversación, hacer estimulante la tertulia”. Era necesario innovar constantemente, no permitir que decayera la vitalidad, la actualidad, el interés. Pero no se trata de chispazos u ocurrencias, sino de una organización creativa. Cada texto pedido corresponde a un motivo, cada texto da una continuidad a la conversación. Otro aspecto fundamental en la tarea del editor es conectar temas con autores: ¿quién es bueno para escribir sobre qué? A quién pedirle qué, a quién no. Las cartas que conservo de Paz dejan ver el magnífico momento que vivía como editor. Era una dicha acompañarlo en esa expansión creativa y aprender de él. Buena parte de los autores que Paz refería en sus cartas me eran desconocidos pero de inmediato me ponía a averiguar sobre ellos. Y si estaba Paz en México, como era lo más frecuente, sencillamente le preguntaba y él con generosidad y paciencia orientaba mis lecturas. Te confieso que por muchos meses al sonar el teléfono y oír su voz, sencillamente, no lo podía creer.
Durante los años de Vuelta, Paz fue objeto de un parricidio colectivo.
Paz estaba empeñado en abrir el debate sobre el socialismo real, pero a mi generación sus ideas le parecían execrables. En el mejor de los casos, les parecía un “conservador en el Olimpo”. Así lo consideró Héctor Aguilar Camín. Le reclamaba sus “obsesiones antisoviéticas y antimarxistas”, una supuesta tibieza frente a las dictaduras sudamericanas y el imperialismo norteamericano, su carácter de “intelectual orgánico” de la derecha empresarial “técnica”, “moderna”, su condescendencia ante “la ideología de la derecha y sus aparatos de divulgación masiva, frente a la explotación neocolonial y la miseria”. Eran cargos injustos. Paz nunca fue tibio en su crítica hacia las dictaduras ni hacia Estados Unidos. Su rechazo a la urss, a China, a Cuba estaba plenamente justificado y no implicaba sumisión alguna o condescendencia con Estados Unidos, ni olvido de sus atropellos. No había un solo texto de Paz que justificara la acusación de ser un “intelectual orgánico” de la derecha. En el fondo, era una crítica ideológica convencional: yo soy de izquierda, soy bueno y desinteresado, yo me preocupo por el pueblo; tú eres de derecha, eres malo, te mueven intereses, le das la espalda al pueblo. En el transcurso de los ochenta, Héctor comenzó a publicar textos que convergían con los de Paz. Y finalmente abandonó ese género de crítica ideológica.
¿Qué efecto tuvieron en Paz críticas como esas?
Entendió que necesitaba apelar a más lectores, a un lector por fuera de las universidades. Publicó una breve serie de artículos en el periódico de más venta entonces, El Universal. Su tema era la libertad y la democracia, que Paz revaloraba decisivamente sobre sus antiguas pasiones históricas: la revuelta, la rebelión y la revolución. Escribió un pasaje que repito siempre: “Sin libertad, la democracia es tiranía mayoritaria; sin democracia, la libertad desencadena la guerra universal de los individuos y los grupos. Su unión produce la tolerancia: la vida civilizada.” En el verano de 1978, dio comienzo la verdadera guerra intelectual contra Paz y contra Vuelta que duraría hasta el fin de su vida en 1998. Fue honroso y emocionante acompañarlo. Me decía: “La mejor respuesta es: obra, obra, obra.” Se me quedó grabado. Las pasiones políticas, a menudo las más ruines, amenazaban con quitarle la serenidad esencial, pero nunca dejó de escribir. Y cuando se refería a la obra, estaba pensando en su gran libro Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, que aparecería en 1982. Ella también fue una disidente, también a ella la habían acosado. Pero aquella inmensa poeta del siglo XVII había terminado por ceder ante la presión de su confesor, había regalado su biblioteca, había renunciado al sueño de la razón. Y poco tiempo después moriría por la peste de 1695. Octavio Paz no cedería a la presión de la nueva clerecía, no renunciaría a la razón y la libertad. Eso no le ocurriría a Octavio Paz. Su obra reivindicaba la libertad de sor Juana y la suya propia. Su obra reivindicaba la libertad.
¿Leían Vuelta los universitarios?
A ellos, maestros y alumnos, queríamos acercarnos. No dudo de que hayamos tenido lectores universitarios, pero el problema era la atmósfera de intolerancia que se respiraba y que los predisponía en contra nuestra. Y no solo te hablo en términos políticos, también –aunque parezca mentira– en términos literarios. Le negaban a Paz legitimidad para escribir sobre sor Juana. Pero, claro, el prejuicio mayor era político. Remábamos contra una ideología hegemónica, una corriente intelectual, periodística, académica muy poderosa. Ese era el problema estructural. Si te fijas bien, en México se estaba dando, desde los años sesenta, un fenómeno gramsciano: dado que la izquierda política marxista, en sus muy diversas ramas, sectas, partidos y filiaciones, era débil políticamente, y dado que la revolución parecía cada vez menos asequible (entre otras cosas porque el pri, con sus políticas populistas de ogro filantrópico, cooptaba o controlaba a obreros y campesinos), el camino natural para la izquierda fue la captura del aparato cultural y académico. Llegar al poder a partir de la superestructura: los mitos, los relatos, las narrativas históricas, los cursos de marxismo en las aulas, los textos de esa índole en periódicos, suplementos, revistas, libros. Y tuvieron un éxito notable.
Has dicho que alguna vez te tocó acompañar a Paz a un debate en la UNAM sobre el marxismo.
Lo convocó el sociólogo Roger Bartra, uno de los más serios e inteligentes marxistas del país, que tenía una disposición de apertura. Hombre generoso y honesto, que desde hace tiempo es un gran amigo. La impresión que me llevé de su discusión fue esta. Los marxistas necesitaban averiguar dentro de la propia doctrina qué había fallado para que una idea tan hermosa hubiera desembocado en un resultado tan distinto al esperado. Y discurrían las dialécticas más intrincadas. La urgencia de la acumulación de capital, por ejemplo, había hecho necesario que el partido impusiera al proletariado una aceleración histórica que este, aún falto de conciencia, no había comprendido pero había asumido. Y citaban una frase de Lukács en la cual el proletariado convocaba su propia servidumbre. Octavio no perdió los estribos y les explicó, socráticamente, que él también había creído en esa explicación economicista de la historia, pero la había abandonado por la explicación política. El tema era el poder, siempre fue el poder.
En la óptica marxista la explicación política nunca es válida, tampoco la función de las ideas o el papel del individuo.
Temas que Paz trataba en los ensayos críticos de El ogro filantrópico, libro que apareció en 1979. Lo leyeron con anteojeras ideológicas. Era una apelación moral: había que abrir los ojos no a la marcha de la historia sino a los muertos de la historia. ¿Habían leído a Solzhenitsyn? Quizá sí, pero lo relativizaban por ser “reaccionario” o por no ser “científico”. Aunque no había diálogo posible, el encuentro terminó en santa paz. Con el tiempo, es justo agregar, Bartra convergió con la visión de Paz. Fueron buenos amigos. ¿Qué impedía entonces el acuerdo mínimo? Un bloqueo epistemológico, un bloqueo de aquello que pone en entredicho la fe. En las escuelas universitarias de entonces no se hablaba en absoluto de las dictaduras comunistas o, si se hablaba, se relativizaba su importancia considerándolas una desviación que no afectaba el corazón de la doctrina. De ahí la importancia de Vuelta frente a varias revistas académicas de política, economía, historia y sociología. ¿Dónde más podían enterarse del gulag soviético, con sus millones de muertos? ¿Dónde más po- dían leer a los disidentes europeos, polacos, checos, rusos? ¿Dónde más po- dían enterarse de la autocrítica que los intelectuales de izquierda, afines todos a Octavio Paz, practicaban ya en España o Francia? Solo en Vuelta. Pero Vuelta los repelía porque los invitaba a confrontar sus doctrinas con hechos incómodos, criminales, genocidas, derivados de esas mismas doctrinas. Ellos no admitían que esos hechos, por más lamentable que fuera, afectaban a las doctrinas.
¿Cómo se explicaba Zaid el ascenso de ese radicalismo universitario?
Como un caso particular del ascenso de los universitarios al poder. Le dio un giro marxista al tema y discurrió una explicación material. En un ensayo que publicamos en octubre de 1978, a diez años del movimiento estudiantil, probó empíricamente que el radicalismo ideológico era directamente proporcional a los ingresos. A más ingresos, más radicalidad… y más buena conciencia. Ya no solo era la marcha de los universitarios al poder: era la marcha de los universitarios de izquierda al poder. Y Zaid agregó una descripción que retrataba a muchos intelectuales: “El marxismo se ha vuelto la manera académica, científica, elegante, de subirse al carro de la Revolución mexicana, sin sentirse priista: con un distintivo rojo y negro en vez de tricolor.” “Subirse al carro de la Revolución” significaba integrarse al sistema político. Hay otra frase muy mexicana que viene al caso. En los años veinte, los generales revolucionarios que se quedaron con las haciendas o ranchos de los ricos porfiristas solían decir: “La Revolución me hizo justicia.” Bueno, pues Zaid escribió que, con la integración de los universitarios al poder, “la Revolución le había hecho justicia al movimiento estudiantil”.
Un diagnóstico que debió de suscitar muchas polémicas. Ya no solo con Paz, con Zaid, contigo.
Hubo varias polémicas a lo largo de quince años, en las que intervinimos Octavio, Zaid y yo. A final de los años ochenta varios de nuestros críticos comenzaron a virar sus posiciones hacia las nuestras. Me refiero a mis antiguos compañeros en el suplemento cultural de Siempre! que escribían en diarios y nuevas revistas, en especial en Nexos. Pero conforme ellos –que después de todo eran los más serios– cambiaban, muchos de sus alumnos y lectores siguieron firmes en esas posiciones, admirando sin fisura al régimen de Castro, por ejemplo. Y una parte al menos de las nuevas generaciones siguió impermeable a los hechos incontrovertibles de la historia. Y ahí siguen. Esa izquierda intelectual y universitaria que nos descalificó entonces y que cambió después contribuyó, entre otros factores, a incubar el “huevo de la serpiente” del populismo mexicano del siglo XXI. Sus adalides actuales fueron sus discípulos y lectores.
Hasta me parece ver exclamar a Paz: ¡soy de izquierda, soy socialista, escúchenme, vean de frente la realidad! Quería convencer a los lectores de izquierda.
Él puso de su parte y fracasó en tender puentes de entendimiento. Pero la izquierda perdió una oportunidad de diálogo y aprendizaje que no se repetiría y que tendría consecuencias muy profundas a largo plazo: nada menos que la ignorancia, la amnesia, la incomprensión de la tragedia universal que significó el totalitarismo soviético en el siglo XX y la consecuente imposibilidad de extraer lecciones de esa experiencia. Decenas de millones de muertos echados al olvido sin que se entendiera la conexión entre su sacrificio y el sistema que lo provocó. Y, como se ha dicho tantas veces, cuando se desconoce la historia se está condenado a repetirla. La izquierda mexicana, para decirlo en pocas palabras, nunca ejerció la autocrítica. En el mejor de los casos abandonó el barco (sobre todo en 1989) sin explicar cómo ni por qué. Paz y Vuelta proponían debatir la verdad histórica, con apego a los hechos. Nunca lo logramos. Y por eso, la serpiente creció. ~