James Longman

Ucrania y la endeblez de las máscaras

Quien quiera seguir considerando subversiva una obra de contenido político expuesta en un centro de arte que no visita nadie está en su derecho.
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No hace falta haber leído La política y la lengua inglesa de Orwell para pensar en serio sobre el significado que damos a las palabras y hasta qué punto ciertos términos ampulosos (democracia, justicia, libertad) solo se definen por oposición o cuando se refieren a hechos concretos. Dos días después de la invasión rusa de Ucrania, Daniel Gascón escribía: “La mayoría de las veces, la palabra histórico quiere decir lo contrario de lo que significa: designa un acontecimiento de interés momentáneo, básicamente deportivo. Cuando algo es histórico de verdad suele ser mala noticia”.

La guerra en Ucrania está sirviendo para devolverles el sentido a palabras que han sido manoseadas hasta la náusea. Hace un mes, apelar a conceptos como coraje o compromiso para vender perfumes por televisión parecía un acto meramente frívolo; ahora suena directamente insultante. El lenguaje publicitario y el político se nutren del heroísmo aguado propio de las sociedades democráticas. Parecemos llevarnos mal con la idea de que la paz –ese fin que justifica todos los medios– va de la mano de una vida política esencialmente prosaica.

La épica de cartón piedra que con tanta fruición explotan los populismos de todo signo es la destilación última de ese proceso de fusión entre política y arte que describió de manera magistral Carlos Granés en El puño invisible. Desde la tribuna del parlamento, el político pronuncia un aforismo de baratija tras otro y se condecora con chapas y camisetas reivindicativas; los centros de arte, por su parte, se llenan de púlpitos desde los que se sermonea a los conversos.

Existe una tipología de artista contemporáneo que utiliza la política como una máscara para ocultar su falta de talento. Hace tiempo que el mundo del arte aceptó la exhibición de superioridad moral como criterio artístico, de tal forma que el autodenominado “artivista” ni siquiera tiene que esmerarse demasiado en argumentar su postura política. Es un arte que se sitúa a sí mismo más allá de todo juicio moral o estético, lo que lo convierte, literalmente, en un arte irrebatible (o sea, inútil).

El “artista consentido”, por emplear el término de un memorable artículo de Antonio Muñoz Molina, forma parte del paisaje de las sociedades democráticas. El hecho de que haya artistas que denuncien la censura desde museos financiados con dinero público es uno de esos espectáculos sonrojantes que uno sencillamente debe aprender a tolerar. Cabe preguntarse qué haría el artista en cuestión si realmente tuviera que jugarse algo, pero como uno no le desea el mal a nadie, es mejor que ese misterio quede sin resolver. En todo caso, existen muchos ejemplos de faltas flagrantes de libertad que nos permiten medir el valor real de ese arte “arriesgado”, “incómodo” y “necesario” del que llenan los centros de arte y las candidaturas de premios oficiales.

El problema no es tanto la denuncia concreta que haga el artista (que puede estar perfectamente justificada), sino su virulencia y su adanismo. Hemos llenado la realidad de actos supuestamente subversivos que palidecen necesariamente cuando los enfrentamos a escenarios en los que la gente se juega algo más que una mueca de desaprobación. Cuando lo personal es político y cualquier gesto o expresión son potencialmente revolucionarios, se consigue el doble objetivo de restar espontaneidad a la vida y vaciar de contenido la palabra revolucionario. Si uno es artista, además, quizá logre introducir alguno de esos “gestos políticos” en un museo, el acto de canonización laica por excelencia de las sociedades democráticas.

Estos debates son entretenidos siempre que uno se los pueda permitir. Las consideraciones artísticas se vuelven irrelevantes en el caso de escenas como la que se dio hace unos pocos días en Moscú, retransmitida por el periodista James Longman. En el vídeo, en el que se ve desfilar una enorme columna de policías antidisturbios, aparece en segundo plano una masa silenciosa de personas que se dedican sencillamente a pasear en torno al teatro Bolshói. No hay gritos ni pancartas; no hacen falta, y además pueden llevarlo a uno a la cárcel. ¿Cabría calificar este acto como un hecho artístico? ¿Cambiaría en algo su valor? ¿Acaso importa?

Quien quiera seguir considerando subversiva una obra de contenido político expuesta en un centro de arte que no visita nadie está en su derecho. Sin embargo, es posible que en la última semana haya perdido un poco de fuerza ante las imágenes que nos llegan a diario de actos políticos que tienen consecuencias de verdad, ya sea quedarse en Kiev para combatir, salir a manifestarse en San Petersburgo o acudir a la frontera polaca para ayudar a los refugiados. La guerra en Ucrania puede servir para restaurar el valor de las palabras que las guerrillas culturales han desfigurado. Aurora Nacarino-Brabo lo ha dicho de manera inmejorable: “En la guerra se puede ser un héroe o un canalla, un cobarde o un valiente; pero no se puede ser un frívolo”. Máscaras fuera.

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