Dibujos animados: Peter Pan

A través de Peter Pan, su más famosa obra, este texto intenta dilucidar cómo veía la vida y la infancia J.M. Barrie, y otros famosos autores de literatura infantil.
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“He had ecstasies innumerable that other children can never know; but he was looking through the window at the one joy from which he must be for ever barred.”

J.M. Barrie

Peter Pan or The boy who would not grow up

                                

A primera vista, la vida en el País de Nunca Jamás es el estado ideal del hombre: la eterna juventud, la falta de responsabilidades, los juegos, las travesuras, y la posibilidad de crear un banquete de reyes con sólo imaginarlo. No hay nadie –niño o adulto- que no sueñe con volar. Sin embargo, detrás de la magia y de esa eterna felicidad, se esconde un hombre triste y enfurecido con las reglas de la vida. Peter Pan es un relato agridulce sobre un personaje que opta por el destierro y la pérdida de la memoria, y escapa de la mortalidad y de las reglas de la sociedad. La melancolía del creador, el escocés J.M. Barrie, se asoma en su prosa, en las direcciones de escena de la obra y en el subtexto de la película animada de Disney. En la obra teatral, Peter dice una cosa: “Quiero ser siempre un niño y divertirme toda la vida,” pero Barrie abre un paréntesis que lo contradice: “Quizás eso piensa. Sin embargo, es su farsa más grande.” En otra escena de la película, Wendy habla amorosamente de su mamá, y Peter, escondido, hace ese gesto de “no me importa” que en realidad quiere decir “me muero de envidia”.

 

Antes de debutar como obra de Disney en 1953, Peter Pan apareció por primera vez como un personaje en un libro de Barrie. Más tarde se convirtió en una obra de teatro que se estrenó en Londres en 1904, y que el autor continuó reescribiendo. Fue una novela,  un musical de Broadway, y un escenario para una película muda que protagonizaría Charlie Chaplin y que nunca se produjo. Pero fue Disney quien la popularizó, junto con el maravilloso soundtrack de Oliver Wallace (quizás la mejor aportación de Disney a la historia de Barrie), quedando en la memoria de muchos.

 

Hablar de la obra de Peter Pan es hablar de Barrie, un personaje lleno de contradicciones: odia a los adultos, pero anhela una madre que cuide de él y de los niños perdidos. El País de Nunca Jamás es su isla; una tierra utópica para huir de la realidad. Un lugar que, según dice el autor, funciona de manera similar a la mente de un niño: desordenado, sin reglas, y con caminos en forma de zig-zag que conectan una cosa con otra sin ningún sentido aparente. Es la falta de apego a las estrictas reglas de la sociedad victoriana, en un mundo donde caben hadas, sirenas, niños, piratas e indios norteamericanos estereotípicos de lenguaje limitado y de procedencia inexplicable.

 

Los personajes femeninos de la isla parecen estar a la merced de Peter, y la llegada de Wendy provoca celos desmedidos e intentos de homicidio hacia la pobre inocente cuyo único problema es su insoportable insistencia en tratar a todos como si fueran sus hijos. Las sirenas, la princesa india, Wendy, Campanita, todas coquetean descaradamente con él. El País de Nunca Jamás es el harem de Peter. De todas las mujeres, Campanita, sin duda, es la más interesante. Barrie la describe como “un ser tan pequeño que sólo tiene espacio para un sentimiento a la vez”. Sin tener una sola línea de diálogo (al menos en algún idioma comprensible para los humanos) el hada brilla por su capacidad histriónica. Cuando la vemos por primera vez, Campanita admira su reflejo en el espejo al ritmo de un waltz, hasta que ve sus caderas magnificadas y, haciendo un gesto de horror que sólo una mujer adulta podría comprender, abandona el espejo.

 

La historia no está exenta de malicia. Garfio asesina a un hombre con el simple pretexto de que está tocando el acordeón cuando él no está de humor. Pan avienta a Garfio a la boca de un cocodrilo. (En la novela y en la obra de teatro, el pirata muere devorado. En la versión de Disney, se escapa). Campanita intenta, una y otra vez, matar a Wendy. Y es que Barrie tenía la seguridad de que los niños también sentían atracción hacia lo siniestro. Quizás el mejor ejemplo se encuentre en su prosa: “Peter estaba tan enojado con los adultos que siempre estaban arruinando todo, que comenzó a respirar rápidamente a un ritmo de cinco respiros por segundo. Lo hizo porque hay un dicho en el País de Nunca Jamás que dice que cada vez que respiras, muere un adulto; y Peter los estaba matando lo más rápidamente posible.”

 

Resulta interesante que la vida de al menos tres autores de la literatura infantil fuera un desastre. Pensemos en Lewis Carroll (Alice in wonderland), A. A. Milne (Winnie the Pooh) y, por supuesto, Barrie. Ninguno de los tres pasaría la prueba para convertirse en el niñero de confianza de la familia. Carroll fotografiaba niñas desnudas, Barrie vagaba por los parques infantiles y Milne simplemente no sentía ningún afecto por los niños. Perversos, infantiles, solitarios, y, sobretodo, infelices. Dijo Milne: “la literatura infantil debe de ser escrita, no para los niños, sino para el autor mismo.”

 

Peter Pan –un niño que odia a los adultos pero que puede ser igual de despiadado que ellos- es la creación de un hombre que detesta su realidad e idealiza su infancia. Para Barrie, la vida adulta es sinónimo de conformismo, de aburrimiento, de muerte; y la infancia es sinónimo de imaginación y fantasía. En todas sus formas, Pan le pide al público que no pierda la capacidad de imaginar. Disney lo hace a través del Señor Darling, que ve volar el barco de Pan y se acuerda de su infancia. En la obra de teatro, Campanita muere después de tomar el veneno que estaba destinado para Peter. Y Peter, en una escena maravillosa que requiere de la participación de la audiencia, le pide al público que aplauda si cree en la hadas. Campanita revive y la magia (la infancia) triunfa.  


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