El cine de un solo hombre

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Ciertas cinematografías, sobre todo en los periodos heroicos o fundacionales, se apoyaron en un solo nombre, convertido en enseña y en embajada. Angelopoulos en Grecia, Satyajit Ray en la India, Torre Nilsson en la Argentina a fines de la década de 1950, Oliveira en Portugal, Ousmane Sembène en el emergente y pequeño cine senegalés de los sesenta. Cuando existía el Telón de Acero, y estábamos todos, los públicos extranjeros y los artistas locales, muy aguerridos, cada cine de aquel oscuro lado comunista tenía su gran figura, aunque la riqueza de cineastas fuera mayor, como en el caso argentino. El nuevo cine checoslovaco contaba –antes de americanizarse él– con Milos Forman (si bien los más díscolos preferíamos el formalismo radical de Véra Chytilová), en la entonces unida Yugoslavia el cineasta indiscutiblemente seminal era Dusan Makaveyev, y de Polonia, entre los también prestigiosos Kawalerowicz, Zanussi y Has, Andrzej Wajda capitalizaba desde sus primeras obras maestras Kanal (1956) y Cenizas y diamantes (1958) el formidable cuño político-expresionista emanado de la Escuela de Bellas Artes de Cracovia, en la que la mayoría de los directores nombrados se formaron.

Ha sido un duro honor para Wajda ostentar esa representatividad tan focalizada, en medio de los muchos avatares políticos por los que Polonia ha pasado en el siglo XX, y tanto tiempo: nacido en 1926, y autor de una filmografía de más de treinta títulos, conviene señalar que Katyn está realizada por un hombre de 81 años que sigue en ejercicio y tiene una nueva película, Tatarak, rodada este mismo año. Confieso que, arredrado por la megalomanía algo rimbombante de su anterior Pan Tadeusz, fui a ver Katyn con un asomo de pereza, encontrándome, sin embargo, con una conmovedora pero delicada obra maestra, para mí la mejor película vista en este año a punto de acabar, y la confirmación del especial talento de su autor para el relato épico sostenido por una profunda vibración lírica y un gusto por lo grotesco y lo macabro que los lectores de Schulz o Witkiewicz reconocerán complacidos.

Wajda es un historiador de la intimidad afectada por la historia, y como tal ha ido contando en sus obras más enraizadamente polacas el acontecer de su país a lo largo de casi dos siglos. Imposible aquí resumir los pasos de esa vía dolorosa de revelación y examen nunca dogmático. En el caso de Katyn, la historia se mezcla con la autobiografía, ya que el padre del cineasta fue uno de los más de 15.000 oficiales del ejército polaco asesinados en los primeros meses de 1940 en una sistemática matanza ordenada, a instancias del siniestro Beria, por el politburó del partido comunista soviético; llevando después a cabo una de las operaciones de propaganda más mistificadoras de la historia, el gobierno estaliniano atribuyó ese exterminio masivo de hombres desarmados a los nazis, con el logro asombroso de engañar a las fuerzas aliadas y a la complaciente Europa occidental durante casi cuarenta años, hasta que las propias autoridades de la URSS reconocieron en 1990 la responsabilidad directa del NKVD. Aun así, Wajda elude los lamentos del album familiar: “no quisiera que la película fuese mi búsqueda personal de la verdad, ni una vigilia sobre la tumba del capitán Jakub Wajda. Lo que quiero es contar una historia sobre el sufrimiento y el drama de muchas familias, sobre la mentira de Katyn que yace sobre la tumba de Stalin y que obligó a guardar silencio durante medio siglo a los aliados occidentales de la urss en la guerra contra Hitler”.

Wajda se muestra como narrador de gran empuje desde la primera e inolvidable escena del film, la de los fugitivos polacos atrapados en el puente entre dos ejércitos hostiles entre sí y hostiles a la población civil atemorizada; a continuación planta su cámara entre los oficiales detenidos en la estación ferroviaria, paseándola en una serie de majestuosos travellings sobre esa tropa humillada y culminando la secuencia con el desgarramiento de la bandera polaca y el uso que los soviéticos hacen de los trozos de tela para cubrirse los pies ateridos. Momentos como el saqueo de la universidad, la oración espontánea de la milicia en los barracones o, en la parte final, la matanza en las zanjas del bosque, recuerdan esa admirable capacidad de Wajda para individuar tragedias colectivas, muy resaltada en Katyn por la fusión nunca descompensada del material de archivo y lo nuevamente filmado. Como en muchos de sus mejores films, el gran realizador de epopeyas no sacrifica los matices, ni una peculiar y refinada poética de los objetos: el crucifijo herido bajo el capote militar, el sable del general devuelto por la criada fiel, el rosario, la caja de cenizas del capitán.

El mayor acierto en la construcción del film es el escalonamiento de personajes femeninos que van poniendo de relieve, con sus propias andanzas de búsqueda y duelo, el vacío emocional dejado por los militares desaparecidos. Esa cadena dramática de esposas, hijas o madres en perpetua indagación alcanza el verdadero pathos gracias también a las actrices, en especial Danuta Stenka, que interpreta a Roza, la orgullosa y elegante mujer del general, y en el papel de la esposa y madre de dos de las víctimas, Maja Komorowska, una actriz imposible de olvidar desde sus apariciones en el Decálogo de Kieslowski. A menudo operístico en el aliento narrativo (y qué bien ayudado por la partitura fílmica que le ha escrito Krzysztof Penderecki), Wajda, también un distinguido hombre de teatro, rinde algo más que homenaje a las artes escénicas en la peripecia para mí más atractiva de la película, los ensayos de la obra sobre Antígona en la que participa Agnieszka (otra gran intérprete, Magdalena Cielecka) y con la que se establece un elocuente paralelo temático y sugestivamente metafórico en el motivo del sacrificio de la trenza. ~

 

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