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Cuando a un director se le llama enemigo y a su película se le echa en un paquete de agravios que incluye a un Museo del Sexo y a una pareja que copula en la Catedral de San Patricio, se confirma una sospecha que no tarda en ser dictamen: el catolicismo del siglo XX es el tema más contaminado del cine.
     A menos de un año del escándalo Amaro, se estrena en México The Magdalene Sisters con el título En el nombre de Dios. Su director, el inglés Peter Mullan, ha recibido reprimendas por parte del Vaticano y de la Liga Católica estadounidense por denunciar la existencia en Irlanda, desde mediados del siglo XIX y hasta 1997, de los llamados asilos Magdalenos: lavanderías regidas por monjas que recluían a jovencitas homologadas por el rubro de pecadoras. El documental en el que se basa la cinta, Sex in a Cold Climate (transmitido por Channel Four con récord de audiencia) reproduce los testimonios de mujeres recluidas en los asilos Magdalenos (más de 300 mil en total) por pecados que iban desde ser violadas y preñadas hasta ser consideradas demasiado atractivas. Éstas acusaban maltrato físico, humillaciones verbales y abuso sexual que abarcaba desde la felación a sacerdotes hasta concursos organizados por las monjas, que consistían en alinearlas desnudas, y decidir —las monjas— cuál de ellas tenía los senos más pequeños o el vello púbico más tupido.
     En su boletín Catalyst de octubre de 2002, la Liga se refiere a Mullan con el mismo sustantivo con el que Al Qaeda designa a lo occidental (“the enemy“, con el artículo antepuesto), y llega a la conclusión de que la museificación de la historia sexual gringa, el exhibicionismo de dos neoyorquinos y, claro, The Magdalene Sisters, son parte de un mismo complot para añadir un segundo acto a la tragedia reciente del desprestigio de su institución. (De la primera parte, admite la Liga, se ocuparon ya hace cosa de un año los pederastas de sotana.) El grupo sostiene que El crimen del Padre Amaro y The Magdalene Sisters encabezan el frente hollywoodense de esta cruzada al revés, y ya encarrilados exigen la cabeza del director de Miramax, el boicot a una lista de películas, y un largo etcétera que siempre empieza con la denuncia de un hereje, termina con la amenaza de derrotarlo, y en el medio nunca sabe cómo invalidar sus ataques.
     Su alegato contra Mullan es especialmente penoso. La Liga dice que el trato de las monjas era relativamente cruel si se toma en cuenta que “las condiciones eran difíciles bajo los estándares de hoy”(recuérdese: cerraron hace seis años), y que las chicas que no eran recluidas estaban solas en el mundo y condenadas al fracaso. Concluyen con una joya: la denuncia del director es injusta porque existían instituciones protestantes regidas de maneras parecidas.
     No es éste, uno sospecha, el criterio que serviría de guía. Ganadora del León de Oro en el pasado Festival de Venecia, The Magdalene Sisters recrea la vida de cuatro de las mujeres recluidas, y lo hace desde una técnica que deja clara su voluntad crítica, pero también una intención de ficcionalizar. Inundado por una luz blanca, rodeado de jardines y con interiores austeros pero nunca amenazantes, el asilo es una promesa de paz. A través de esta ironía visual, Mullan pone el dedo en una de las llagas más dolorosas del reciente cataclismo católico: para los niños abusados sexualmente, los sacerdotes representaban figuras paternas con un aura adicional de bondad. Esto explica el escozor que produce la cinta en el contexto de vulnerabilidad actual. El estadounidense Garry Wills, autor de libros sobre el catolicismo y sus crisis (y también considerado enemigo por la Liga), ha dicho bien que para un católico el contacto con su religión es primero sensorial: los olores de la parroquia, las voces de los sacerdotes, las imágenes de las estampas. The Magdalene Sisters, en otro sentido convencional, apela a este empirismo traicionado para desviar la atención de los hechos —ajenos y datados— y llevarla a un campo de identificación más incómodo: la del temor infundado, en distintos grados y sentidos, como un código casi universal de reconocerse católico.
     Y entonces las autoridades respingan, las Ligas se enfurecen y los católicos nos sentimos aludidos aunque nunca hayamos sido golpeados, menos en una lavandería y ni por equivocación en Escocia. Unos lo entendemos como un guiño desde la ficción; otros, con una provocación ad hominem. Al final es un asunto de comunicación subcutánea que es arma de directores hábiles, y también una propiedad del arte. Comprender una cosa y la otra equivale a reconocer la diferencia, no tan insignificante ni poca, entre una película cualquiera, por más acusatoria que sea, y un agravio que en realidad cuestione los sustentos de la fe. –


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