Nadie escapa de Widow’s Bay

Un alcalde empeñado en convertir su pueblo en destino turístico, un pacto satánico y una mezcla elaborada de referencias pop. Esta plática va tras las claves del éxito de “La maldición de Widow’s Bay”.
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The world is violent and mercurial
– it will have its way with you…
We live in a perpetually burning building,
and what we must save from it, all the time, is love.
Tennessee Williams

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La maldición de Widow’s Bay, la serie producida por Apple TV+ creada por Katie Dippold, cuenta la historia del alcalde de un pueblo de Nueva Inglaterra empeñado en convertir su comunidad en un destino turístico de postal. El pequeño inconveniente es que la isla carga con una maldición fundacional, un pacto satánico del siglo XVIII y una colección de horrores que incluye brujas marinas, payasos asesinos, calcos de Michael Myers, libros diabólicos y una bestia subterránea que demanda sacrificios a punta de campanazos. Peor aún, ninguno de los habitantes nacidos en el lugar puede salir vivo de la isla.

Hay lugares de los que es imposible escapar. Widow’s Bay es uno de ellos.

Multinominada a los premios Emmy, la serie es un constructo pop multirreferencial que esconde una reflexión sobre el liderazgo, la comunidad y el alma de Estados Unidos.

Advertencia: como es costumbre, esta charla está repleta de spoilers.

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Gregory Escobar (GE): Empecemos por trazar el árbol genealógico de la serie a partir de sus creadores: Katie Dippold, guionista de Parks and Recreation, y el director principal y productor ejecutivo de Atlanta, Hiro Murai. En el caso de Parks and Recreation, la línea luce clarísima desde la premisa: un gobierno local que se debate entre meramente velar por el bienestar de la comunidad (el pueblo de Pawnee) o generar propaganda positiva que la proyecte a nivel nacional. Son burócratas de buen corazón: no son corruptos, pero adolecen de una torpeza folclórica. Se saben provincianos, aunque se niegan a asumirlo. El personaje central es Leslie Knope, interpretada por Amy Poehler: una funcionaria que desea proyectar un aura de humildad, crear la percepción de que es del pueblo, aunque en el fondo se sienta superior al promedio. Un conflicto muy similar al que define a Tom Loftis, el alcalde que interpreta Matthew Rhys en Widow’s Bay. Los tonos de ambos programas son distintos, pero el objetivo es similar: describir la ingeniería íntima y mundana de una pequeña comunidad. La génesis es parecida hasta en los beats humorísticos. Hay una secuencia que se repite casi al calco. En “The inaugural swim”, el tercer episodio de Widow’s Bay, Loftis inaugura la temporada de verano con un ritual consistente en “probar las aguas” del mar y nadar desde la playa a las boyas. El objetivo es asegurarle a la comunidad y a los visitantes que el océano es seguro. Suena “I’m so excited” de las Pointer Sisters, el sistema de sonido falla y el alcalde nuevamente hace el ridículo frente a un público de burócratas que está ahí a regañadientes. Esa desconexión entre el funcionario y el pulso real de su comunidad también está presente en Parks and Recreation. En “The comeback kid”, episodio once de la cuarta temporada, Knope organiza el lanzamiento de su campaña en una pista de patinaje sobre hielo. Todo sale mal. La alfombra roja que colocan es demasiado corta, por lo que tienen que caminar torpemente sobre el hielo puro mientras suena “Get on your feet” de Gloria Estefan and Miami Sound Machine. Como The Office, Parks and Recreation es una sitcom estilo falso documental con una fórmula visual preestablecida y sencilla. Widow’s Bay, en cambio, despliega un abanico de registros estéticos y referenciales más amplio.

Mauricio González Lara (MGL): Ahora vamos con Murai, quien junto a Donald Glover era uno de los motores creativos de Atlanta, programa creado en 2016 cuyo punto de partida era contar la historia de dos primos afroamericanos: Earnest “Earn” Marks (Glover), un millennial que se encuentra sin hogar ni dinero tras haber abandonado la Universidad de Princeton, y Alfred Miles (Brian Tyree Henry), un artista de hip-hop conocido bajo el nombre de Paper Boi que busca consagrarse en la escena local.

El programa criticaba los vicios sociales de la propia comunidad afroamericana (conformismo, machismo, violencia); sin embargo, el rasgo que elevaba a Atlanta a rangos geniales era el surrealismo que permeaba el relato, una dinámica pacheca que oscilaba entre la comedia y el horror. Los creadores asociaban esta sensación con la experiencia afroamericana del siglo XXI. Glover declaró que la intención era provocar una ensoñación similar al efecto de la mota, no por el placer de estar relajado, sino para generar un estado de paranoia constante. Cuando estás pacheco, te sientes observado. No sabes si la amenaza que percibes es real o imaginaria, por lo que monitoreas repetidamente cómo te comportas y cómo te ven los demás. Para Glover, eso es ser negro en Estados Unidos, una alerta que nunca se apaga. Un sentimiento de dislocación que los pueblos dominados expresan de maneras surrealistas.

GE: Como el realismo mágico latinoamericano.

MGL: Así es. Murai nació en Tokio, pero se mudó a Los Ángeles cuando era niño, sin hablar bien inglés. Él mismo ha contado que creció sintiéndose entre dos mundos: demasiado estadounidense para ser japonés, demasiado japonés para ser estadounidense. Su realización se caracteriza por planos largos, encuadres ligeramente forzados, silencios incómodos. Es un experto en crear la sensación de que algo terrible puede pasar en cualquier momento, pero sin que la alerta constante cancele la posibilidad de la comedia o el apunte pintoresco. Ese sentimiento de aislamiento, de habitar el mezzanine, de vivir entre pisos, define al personaje de Loftis, quien no sabe si abrazar, odiar o abandonar el pueblo. Murai no dirige todos los episodios, pero define el planteamiento estético de toda la serie. La confusión de Loftis frente a la comunidad, por cierto, tiene otro referente claro: Tiburón, de Steven Spielberg. Otro pueblo cuyo deseo de atraer turistas y prosperar económicamente es saboteado por una fuerza imposible de explicar en términos racionales. Poca gente recuerda esto, pero Tiburón también es una historia de fantasmas, sobre todo en el último tercio, con esa historia de horror de la Segunda Guerra Mundial. Wyck Crawford (Stephen Root), el pescador duro y malhumorado de Widow’s Bay, es un eco de Quint, el cazador de tiburones interpretado por Robert Shaw.

GE: La multiplicidad referencial de la serie es una delicia. No sabría cómo llamarla, pero creo que por un lado ya existe una corriente narrativa en la televisión que aborda el tema de la isla como un microcosmos que se rige con normas propias. La isla de la fantasía, Lost y, de manera más reciente, Midnight mass y El juego del calamar. El universo de Stephen King y The wicker man también ejercen un peso considerable en el programa. Comunidades cerradas, trasfondos fantásticos, rompecabezas por descifrar. En Widow’s Bay se trata de una isla de Nueva Inglaterra, lo que nos remite al alma misma de Estados Unidos, el Mayflower. Richard Warren, el padre fundador de esta pequeña civilización, es un peregrino puritano que busca dónde establecerse. En este caso, los personajes protagonizan una pelea puritana entre la predestinación sobrenatural y el deseo de escapar. ¿Debemos aceptar lo que Dios o Satanás digan –para el caso, los dos son lo mismo– o buscar la libertad, empoderados por la voluntad y el conocimiento? Esa batalla siempre ha estado presente en la cultura estadounidense, pero creo que cobra una pertinencia mayor en estos tiempos donde el populismo MAGA concibe a la sociedad como una fábrica de hombres débiles e ideologizados. Siento que esto está implícito en Widow’s Bay. El terror es precisamente ese: sí hay monstruos, sí hay anclas, sí hay maldiciones que parece imposible vencer. El horror radica en que la balanza parece inclinarse hacia ese destino manifiesto, y no hacia el libre albedrío.

MGL: La serie es, en efecto, una reflexión sobre el alma fundacional de Estados Unidos. El referente que viene a la mente es “La lotería”, el cuento escrito en los cuarenta por Shirley Jackson.

GE: El de las piedras. Soy muy noventero: lo recuerdo por el video de “Man that you fear”, de Marilyn Manson.

MGL: Ahora voy a tener que buscar el video de Manson. Pero bueno, “La lotería” narra la historia de un pueblo que celebra todos los veranos un sorteo que es tradición desde tiempos inmemoriales. El día de la lotería los niños juegan, los adultos conviven, todo parece un asado, una fiestota. Intuimos que detrás del tono de asueto colectivo algo horrible va a pasar. Primero, el jefe de cada familia saca una papeleta de una vieja caja de madera. Una familia resulta seleccionada. Después, en una segunda ronda, cada miembro de esa familia saca su propia papeleta, y en este año específico la bola negra le toca a una madre. Descubrimos entonces lo que significa “ganar”: el pueblo, incluidos vecinos, amigos, el esposo y hasta el hijo pequeño, a quien incluso le ponen piedritas en la mano para que participe, la mata a pedradas. Antes de morir lapidada, ella grita que no es justo, aunque momentos antes, cuando creía estar a salvo, no parecía tener problema con el ritual. El sorteo se realiza a manera de sacrificio para garantizar una buena cosecha, aunque varios ya ni siquiera se acuerdan del propósito de la ceremonia. Algunos cuestionan tímidamente su validez, e incluso mencionan que la causalidad del sacrificio no está del todo clara. Otros señalan que incluso otros pueblos han cancelado la lotería. Pero como siempre se ha hecho, se sigue haciendo y punto. No es que la fe en la creencia sostenga el ritual, sino que el ritual sobrevive perfectamente sin la creencia. La costumbre, la presión del grupo y el miedo se imponen para que todos apedreen a uno de los suyos una vez al año. La influencia de Jackson en Widow’s Bay es palmaria. En este caso, una vez que descubren el misterio del pacto satánico, la lotería resulta ser genética. El ganador, o perdedor, mejor dicho, es el hijo de Loftis. A diferencia de “La lotería”, en Widow’s Bay opera una genuina fuerza sobrenatural que al parecer crece en función de la pusilanimidad colectiva, de la docilidad con la que la comunidad acepta su destino. El miedo alimenta a la bestia.

GE: En medio de toda esa tragedia y oscuridad, surge el humor. La comedia y el horror siempre han estado vinculados, pero en los extremos: el gore, el payasito de Terrifier, Sam Raimi y sus violencias a lo Looney Tunes. Widow’s Bay ejecuta ese cruce con un tono más clásico y elegante, pero no menos innovador. En ese sentido, me recuerda a Eerie, Indiana, una serie cómica producida por Joe Dante en los noventa que también funcionaba como una antología monster of the week. Cada episodio presentaba una amenaza o conflicto que los protagonistas debían resolver antes de que terminara el capítulo. El environmental storytelling de Widow’s Bay eleva esto a niveles superlativos. Premia la exploración: extiende su marco narrativo sobre el turismo hasta alcanzar al propio espectador. Los detalles resultan enormemente gratificantes, desde esas perturbadoras bocas abiertas en los reflejos hasta el guiño de que la autora del libro de autoayuda que consume Patricia –mi personaje favorito, interpretado por una Kate O’Flynn memorable– se llame Lucy Fours: Lucifer. La serie está construida como una casa del terror de un parque de diversiones de lujo. La entrada exige ciertas reglas; cada objeto sugiere un trasfondo; cada habitación encierra una historia propia con su respectivo monstruo. Así, cada relato funciona de manera autónoma, pero al articularse con los demás conforma una sola arquitectura narrativa.

MGL: Es la forma más eficaz de diseñar una experiencia de consumo orgánica que derive en nuevos contenidos y productos. Por eso ya se habla de spin-offs y de expandir el universo de Widow’s Bay. Las posibilidades son prácticamente inagotables.

GE: Twin Peaks es otra influencia. La serie de Lynch no llega a ser una comedia; es más bien una telenovela con elementos de horror cuyo melodrama roza lo caricaturesco hasta volverse cómico. Sin embargo, para mí el parentesco no pasa por ahí, sino por la tensión entre la comunidad y el exterior. En Twin Peaks, lo exterior está encarnado por Dale Cooper, un agente del FBI que, subvirtiendo los tropos del género, jamás entra en conflicto con la localidad. Al contrario, Cooper celebra los árboles y consume con alegría el café y los pays de la localidad. La amenaza, los verdaderos monstruos, habitan dentro de nosotros mismos, en la oscuridad profunda del bosque. Widow’s Bay sigue esa lógica. El reportero de The New York Times y los turistas no representan ningún peligro. El monstruo es endémico, el alma e historia del lugar. Por más que quieran, los nativos no pueden salir de la isla.

MGL: Son como una familia disfuncional que apenas se tolera. Loftis comete el error de ver a la comunidad con desprecio y querer transformarla en un lindo pueblito fashion al estilo de Martha’s Vineyard. La fatalidad de sentirse atascado obnubilada su juicio. Quizá si aceptara la inevitabilidad del sufrimiento, Loftis descubriría lo mucho que quiere a la gente del pueblo. Porque, ¿qué significa exactamente escapar de Widow’s Bay? En los relatos de mansiones encantadas, el escape de la casa no necesariamente implica el fin de la pesadilla. El espectro te persigue donde vayas. La casa eres tú, no el lugar geográfico. En It’s a wonderful life, el sueño de George Bailey consiste en escapar del pueblo y viajar por el mundo como si fuera embajador de National Geographic. La vida le reparte malas cartas y se ve obligado a sacrificar sus aspiraciones individuales para ayudar a los demás, una carga que a la larga deviene en frustración y rencor. Sin embargo, cuando el ángel le muestra todo lo que ha realizado en su vida, Bailey descubre que su existencia ha sido una aventura más vasta y profunda que cualquier viaje soñado por él. El final es un épico regreso a casa, a él mismo. Quizá la única manera de exorcizar al pueblo de sus demonios sea abrazando a sus habitantes, y no renegando de ellos.

GE: Ese dilema se despliega en el episodio que cierra la primera temporada. Loftis llega a casa de Ruth decidido a matarla, convencido de que su muerte romperá la maldición de la isla. Antes de actuar, le plantea el problema del tranvía, el clásico experimento mental que pregunta si jalarías una palanca para desviar un tranvía y matar a una persona en vez de a cinco. Es su forma de curarse en salud y convencerse a sí mismo de que sacrificar una vida por el bien mayor es aceptable. Ruth no cae en la trampa y convierte la metáfora en algo más personal, diciendo que ella no jalaría esa palanca porque hacerlo sería una decisión propia, totalmente consciente, mientras que las desgracias que la vida te impone no lo son. A Ruth le importa demasiado la gente como para aceptar un razonamiento que le demande sacrificar a un inocente. Para rematar su punto, baja de la pared un cuadro con un bordado que tiene enmarcado en su casa, con una cita de Tennessee Williams. En esencia, la cita de Williams dice que el mundo es violento e impredecible y hará contigo lo que quiera, que vivimos como en un edificio en llamas, y que lo único que vale la pena salvar de ese incendio es el amor.

MGL: Puedes desviar el tren y matar a uno, o no desviarlo y matar a cien; parece una opción, pero no lo es. No hagas nada. La palanca es una ilusión de control. El tren irá por donde tenga que ir. Todos cargamos con fantasmas espantosos. Lo mejor es abrazar el tren, pase lo que tenga que pasar. Aceptar la enfermedad, y no posponerla mediante sacrificios ignominiosos. No pospongas, no pactes. Vive.

GE: Solo el amor perdurará, diría Neil Young. Menos mal que Widow’s Bay es una comedia.

MGL: Disfrazada de serie de terror, preciso. Ojalá arrase en los Emmy. ~


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