¿Es virtuoso conocer las propias limitaciones y debilidades? ¿O acaso será preferible conocer las fuerzas y capacidades?
Entre las virtudes capitales se encuentra la humildad. Es mi costumbre acudir a los diccionarios para establecer el acuerdo sobre un término. Aquí, las autoridades del siglo dieciocho, la definen como “una virtud que nos aparta de la soberbia, y nos inclina a la sumisión y al abatimiento delante de los superiores, y de aquellas personas que respetamos; pero entre los cristianos se entiende como una virtud interior que nos hace conocer que no somos nada delante de Dios”. El DRAE contemporáneo nos dice que es “virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”. No por ser diccionario laico habría de omitir lo que significa tal virtud en el cristianismo.
Pero los diccionarios suelen omitir consideraciones grecofilosóficas, pues con la dialéctica de Sócrates acabaríamos por reconocer que no sabemos qué es la humildad y con la aurea mediocritas de Aristóteles concluiríamos que la virtud se halla a medio camino entre la humildad y la soberbia.
Triste es la etimología de humildad, que viene de humus, o sea, tierra. El humilde se arrastra en la tierra.
¿Es virtuoso conocer las propias limitaciones y debilidades? ¿O acaso será preferible conocer las fuerzas y capacidades?
Va un socratismo sin tanto diálogo: si la humildad nos inclina a la sumisión y al abatimiento delante de los superiores, lo primero es aceptar que hay superiores e inferiores. ¿Así esta virtud existe solo para los inferiores? ¿Es posible que un superior pueda ejercitar tal virtud con sus inferiores? ¿O ha de permitir que el inferior ejercite la virtud lamiéndole las botas? ¿No éramos todos iguales?
Quizás la humildad no sea una virtud, sino una cortesía. Pero aún en los protocolos políticos, la humildad puede deslizarse hacia el ridículo, como lo han hecho algunos jefes de Estado al visitar a los papas.
Aunque no son sinónimos codo con codo, a veces se intercambia “humildad” con “modestia”. Alguien que no tenía pizca de ellas, Arthur Schopenhauer, escribió que “la modestia debe ser la virtud de quien no tiene otra”. Sobre estas y sus contrarios, tiene el buen Arthur varias ideas aristocráticas dignas de mención.
“Si bien es cierto que el orgullo se censura y proscribe, creo que esta es una actitud de quienes no tienen nada de qué enorgullecerse”.
“La virtud de la modestia es un gran invento para la chusma, ya que, según aquélla, cada uno debe hablar de sí mismo como si perteneciera a esta chusma, lo cual produce un efecto nivelador del que podría deducirse que lo único que existe es la chusma”.
Sobre el nacionalismo o sentido patriotero:
“La especie más baja de orgullo es la vanidad nacional: quien la sufre denota la carencia de cualidades individuales de las que pudiera sentirse orgulloso, puesto que de ser así no se aferraría a otras que tiene que compartir con millones de individuos”.
Remata la idea con esto:
“Cualquier tarugo miserable que no tiene nada en el mundo de lo que pueda sentirse orgulloso, se aferra al último recurso: vanagloriarse de la nación a la que casualmente pertenece”.
Cuando apareció en escena Muhammad Ali, con su completa ausencia de humildad, una mayoría de aficionados al boxeo deseaba que Sonny Liston le callara la boca. Pero cuando Liston fue derrotado en el séptimo asalto de la primera pelea y en el primero de la segunda, empezó a gustar el baladroneo de Ali. El boxeador noqueado está en la lona, en el suelo, en la tierra, en el humus. Etimológicamente es humillado.
“I’m the greatest!”, proclamaba Cassius Clay sin parar mientes en la humilde virtud cristiana ni Muhammad Alí en la misma virtud islámica. Esto me recuerda la canción de Ringo Starr que trata de la grandeza y clama en el momento climático:
I’m the greatest and you better believe it, baby!
I’m gonna be the greatest in this world!
In the next world and in any world!
Quien así lo desee puede cantar con Ringo, ahí no hay daño. Pero semejanza con tales palabras inquietan cuando las pronuncia o siquiera sugiere algún líder del mundo libre o esclavizado. Si bien mucha gente educada por Hollywood se deja llevar por ellas.
Volviendo a los griegos… Se cuenta que Antístenes, como filósofo cínico, mostraba su humildad vistiendo una capa raída; pero Sócrates le dijo: “Por los agujeros de tu manto veo tu vanidad”.
La palabra griega para humildad también tiene que ver con el suelo. Iconos e ilustraciones de la era bizantina muestran al poderoso con gente humillada a sus pies. Una famosa ilustración del emperador Basilio II lo exhibe coronado por ángeles mientras arrastrándose en el suelo se hallan sus enemigos o súbditos. O algún santo, con poca virtud cristiana, aparece pisoteando a algún hereje caído en el suelo.
Antigua costumbre persa era la que en griego se llamó “proskynesis”, besar como saludo, pero un beso que podía ser en los pies, ahí donde el personaje besado fuese muy superior al besador. Los griegos se resistieron a ella cuando Alejandro quiso imponerla. Por suerte es una costumbre pasada de moda, aunque nos quedó “a sus pies” como fórmula de sumisa cortesía o galantería. “Arrastrado” es el que anda actuando ahí en el suelo debajo de los tobillos.
Y ya que andamos en los pies, dijo Juan el Bautista sobre Jesús: “Yo no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias”. Y trece capítulos más adelante, Jesús lava los pies de los apóstoles.
Algo hay de torcido en la definición del diccionario cuando nos solivianta que el pequeño se humille delante del grande y le aplaudimos al grande si llega a hacerlo ante el pequeño. ~