Foto: Jacques-Louis David, dominio público, via Wikimedia Commons

Juramentos

En tiempos remotos, los juramentos eran cosa grave y solemne, pues al realizarlos se invocaba a los dioses para que sirvieran como testigos. No se tiene noticia de que alguno haya descendido para atestiguar.
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En mi infancia, era común recibir una amonestación de los adultos si jurábamos. “Te lo juro”, decía alguien, y de inmediato llegaba la censura. “No andes jurando. Te va a castigar diosito”. Para esquivar la prohibición, los niños solíamos emplear mal la palabra prometer. “Te prometo que ayer vi a la maestra con tu padre”. También, para evitar el juramento, como en “te lo juro por mi madre”, se acabó apocopando a “por mi madre”, aunque esto nada tiene que ver con “por mi madre, bohemios”, porque esto es un brindis.

Lo cierto es que no había porque temer al verbo jurar, puesto que simplemente se utilizaba como sinónimo de “te lo aseguro”, y no tenía sentido convertir el precepto de no jurarás en no asegurarás.

Era difícil precisar de qué se trataba el segundo mandamiento de no tomarás el nombre de Dios en vano. Cualquiera que fuera su significado, habrá que ver si los españoles lo emplean vanamente cuando dicen: “Me cago en Dios”.

En tiempos remotos, los juramentos eran cosa grave y solemne, pues al realizarlos se invocaba a los dioses para que sirvieran como testigos de lo que se aseguraba o negaba. Cosa ociosa, pues no se tiene noticia de que alguna vez Zeus, Jehová, Amon-ra o Quetzalcóatl hayan descendido para atestiguar. Ante tal silencio, a alguien se le ocurrió que el dios daría su opinión a través de una ordalía; con muchos acusados que acabaron quemados o ahogados porque a la divinidad no siempre le da por torcer las leyes de la física.

Siendo cierto que in vino veritas, el juramento más efectivo ha de ser por Dioniso. Pero si en la relación de pareja se quiere jurar con la mentira, entonces hay una diosa que se pinta sola. El consejo lo da Ovidio. “Y no temas jurar en falso, si engañas a alguno. Venus vuelve sordas a las divinidades en estos juegos eróticos”.

Como de costumbre, acudo al Diccionario de Autoridades, en el que un juramento es “afirmación o negación que se hace llamando a Dios por testigo de su verdad, o explícitamente nombrándole, o implícitamente en las criaturas, en quien resplandece su bondad, poder y sabiduría”.

No encaja bien la preposición “por”, que quizás venga de jurar poniendo a Dios “por” testigo. ¿Pero cómo decirlo de otro modo?

Siendo así, el único que no puede jurar es el propio Dios; sin embargo leemos en Éxodo: “Y los meteré en la tierra por la cual alcé mi mano jurando que la daría a Abraham, a Isaac y a Jacob; y yo os la daré por heredad. Yo Jehová”. Pero dejemos que sea una sutileza en la traducción y jurar sea sinónimo de “aseguré” o “di mi palabra”.

Más allá de los propios dioses, la lista de seres y objetos por los que se puede jurar es amplia. Aparecen en la vieja literatura juramentos por el pan que se está comiendo, por el sol, por la propia cabeza o por una ajena, por el cabello de la amada, por el alma, por un reino, por uno mismo, por la noche, por tu vida o la mía o por el chápiro verde. No sé cómo un trozo de pan pueda atestiguar sobre una verdad o mentira. Sandro de América cantaba “lo juro por esta”, pero no sé lo que “esta” sea.

Uno de los juramentos más famosos del pasado lo hizo Demóstenes en su discurso “Sobre la corona”. Dice: “¡No, ustedes no han cometido falta alguna; no, lo juro por los que se expusieron al peligro en Maratón!”. En el libro Sobre lo sublime, Longino hace un largo comentario estilístico acerca de este y otros juramentos. Aquí apenas cito una frase: “Parece que a través de esta única figura de juramento, que yo llamo aquí apóstrofe, convierte en dioses a sus antepasados, al sugerir que era necesario jurar por hombres, que han encontrado una muerte semejante, como si fueran dioses”.

El cristo se mete en discusiones bizantinas cuando dice: “¡Ay de ustedes, guías ciegos! que dicen: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor. ¡Insensatos y ciegos! porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica al oro? También dicen: Si alguno jura por el altar, no es nada; pero si alguno jura por la ofrenda que está sobre él, es deudor. ¡Necios y ciegos! porque ¿cuál es mayor, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda? Pues el que jura por el altar, jura por él, y por todo lo que está sobre él; y el que jura por el templo, jura por él, y por el que lo habita; y el que jura por el cielo, jura por el trono de Dios, y por aquel que está sentado en él.”

Y por ahí viene la famosa prohibición que provoca el regaño de los adultos a los niños. “Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.”

Cicerón hace una diferencia entre jurar en falso y faltar a un juramento. “En efecto, jurar en falso no es quebrar el juramento; antes bien, perjurio es no hacer lo que hayas jurado de acuerdo con tu intención, tal como se expresa textualmente en nuestra tradición”. Entonces cita a Eurípides: “Con la lengua he jurado, libre está de juramento mi mente”.

Esto viene de la tragedia Hipólito, del mencionado Eurípides. Así aparece en la edición que tengo:

NODRIZA.— ¡Hijo mío, no deshonres tus juramentos!

HIPÓLITO. — Mi lengua ha jurado, pero no mi corazón.

Cuentan que la frase se volvió tan popular que dio pie a que muchos se sintieran hipólitamente  libres de sus juramentos. Volviendo a la infancia, equivale a jurar con zafos.

Hipólito, como buena tragedia, se parece a la vida. Todos los espectadores conocen la verdad, pero los protagonistas que llevan el destino en las manos se niegan a verla. El héroe termina enredado en las riendas de sus yeguas, “su propia cabeza contra las rocas y desgarrando sus carnes, entre gritos horribles de escuchar”.

Y volviendo a Cicerón, escribe:

Por otra parte, existe también un derecho de guerra y a menudo hay que respetar la lealtad al juramento hecho al enemigo. En efecto, lo que se juró con la idea de que debía cumplirse, hay que respetarlo; si no fue así, no habrá perjurio si no se hace, por ejemplo, si no entregas a los bandidos el rescate pactado por tu vida, no hay engaño, ni siquiera aunque no lo hicieras tras haberlo jurado. Verdaderamente, un pirata no está incluido en el grupo de los combatientes enemigos, sino que es enemigo público de todos: con este último no deben mediar ni la palabra ni el juramento.

Se puede traicionar cualquier pacto hecho con criminales, sin que esto signifique un desliz ético. También se entiende que los políticos hagan suya la frase de Hipólito, sobre todo cuando están en campaña, con más lengua que corazón. Además se comprende que, cuando los acusan de algo, no suelen decir “soy inocente”, sino “tengo la conciencia tranquila”. ~


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